Mar para Bolivia: una exigencia histórica.

 

Por Tomás Moulian.

Existe en nuestro país una gran cantidad de temas cuyo tratamiento despierta pasiones desproporcionadas. A causa de ello son evitados por columnistas, intelectuales o políticos, puesto que el costo de abordarlos es demasiado alto. Sin embargo, el tupido velo de silencio no los resuelve ni los hace desaparecer, solo impide su discusión y dificulta su abordaje racional. Así, es marginado, de las conversaciones entre ciudadanos, un conjunto de problemas reales. Estas actitudes inquisitoriales contra quienes se atreven a tomar posiciones no convencionales sobre ciertos temas forman parte de un dispositivo de censura y amedrentamiento que opera respecto de ciertos temas culturales y de otros considerados “patrióticos”.

Uno de los asuntos que despierta reacciones viscerales es manifestarse a favor de la concesión de un acceso marítimo a Bolivia. Cuando alguien osa pronunciarse sobre el tema, se arriesga a ser acusado de vulnerar intereses nacionales y de cometer el pecado de mancillar el heroísmo de nuestros soldados caídos en combate. En esta ocasión estas operaciones de terrorismo verbal han afectado al presidente del Partido Socialista, Gonzalo Martner. Este, en declaraciones a periodistas alemanes, se manifestó a favor de una solución de ese problema histórico, que entorpece nuestras relaciones políticas, culturales y de todo tipo con un país para el cual su reclusión es vivida como una dolorosa herida. En general, no comparto las declaraciones de este dirigente, pero en este caso ha tenido coraje cívico.

Cada vez que este tema sale a colación, la palabra Patria es pronunciada a destajo. Pero es necesario introducir alguna claridad en el uso legítimo de ese concepto. La guerra del Pacífico no tiene el mismo estatuto que la de la Independencia, en la cual estaba involucrada, efectivamente, nuestra identidad nacional.

El más sumario análisis histórico muestra que hay muchos tipos de guerras. Solo algunas afectan intereses nacionales globales y tienen el carácter de patrióticas. Es el caso de los conflictos de liberación nacional o de los conflictos que involucran concepciones civilizatorias, por ejemplo aquel que enfrentó el fascismo y la democracia. Allí puede hablarse con razón de patria o pueden utilizarse con rigor y con verosimilitud legitimaciones universales.

Pero debemos tener el coraje de reconocer que no fue ese el carácter de la guerra del Pacífico. Ella constituyó un conflicto cuyo objetivo era la expansión comercial y la salvaguardia de los intereses contingentes de algunos inversionistas. Se trata de una guerra de gran importancia para nuestro desarrollo como sociedad capitalista, pero no de un conflicto en el cual estuvieran puestos en juego nuestros intereses nacionales de carácter universal.

Ello no significa, por cierto, que los muertos en el combate de Iquique, en la batalla de la Concepción o en la toma del Morro de Arica no sean héroes. Lo son como para Inglaterra los soldados muertos en la conquista colonial de la India. Pero tienen ese carácter pese a que la causa por la que dieron la vida carecía de universalidad o, como en el caso del ejemplo inglés, se trataba de un recurso para la expansión comercial de una sociedad necesitada de materias primas y mercados para sus productos manufacturados, operación envuelta (como es obvio) en la retórica civilizatoria.

El caso de Chile solo se diferencia en los detalles, entre ellos la magnitud de los territorios involucrados. La crisis de los años setenta del siglo XIX que afectó a nuestro tradicional mercado minero y al mercado transitorio del trigo colocó al país en una situación delicada. El triunfo en la Guerra del Pacífico convirtió a Chile, de la noche a la mañana, en una importante potencia exportadora.

Por ello constituye una retórica mañosa escudarse en los grandes valores de la Patria para mezquinarle a Bolivia una salida al mar. Debemos darle un enclave que le permita romper su enclaustramiento por vocación latinoamericana, por realizar gestos políticos de integración. Hace mucho tiempo que debimos hacerlo. Pero, en todo caso, más vale tarde que nunca.

Nada deben tener que ver nuestros gestos de reconciliación con Bolivia con los negocios del gas. Tienen razón aquellos que dicen que los reclamos políticos no son solo un asunto contra Chile. También revelan la postura de ciertos grupos que pretenden que esa gran riqueza no represente solo el negocio de las transnacionales, sino la posibilidad de un polo nacional de desarrollo. Hay pues que separar ambas cosas. Tenemos con Bolivia una deuda histórica. El verdadero gesto patriótico consiste en reconocerla.

Tomado de El Mostrador.

 

La guerra del Pacífico, el mar para Bolivia y la gloria

 

Por Tomás Moulian.

Anteayer se celebró el combate naval de Iquique, en el cual Prat y sus compañeros entregaron su vida por defender lo que los grupos dirigentes de la época consideraron e impusieron como un deber patriótico. Junto con ellos murieron miles de chilenos de pueblo. Muchos de ellos creyeron que en lucha con Perú y Bolivia se realizaba el destino de nuestro país, mientras otros fueron reclutados para defenderlo.

Como sociedad debemos mirar esa guerra sin orgullo ni falso patriotismo. Fue un conflicto armado por defender nuestras propiedades y derechos en las tierras del salitre, una guerra comercial como muchas de esa época. Tiene que ver con el desarrollo capitalista de nuestro país, más que con otra cosa. Esto evidentemente no niega el carácter heroico de muchos de los actos de nuestros oficiales, soldados, dirigentes civiles que se comprometieron en la dirección de la guerra. Pero esa guerra, como decisión colectiva, no tiene que ver con la gloria de Chile. En realidad, tiene relación con decisiones de política económica que nos permitían, o si se quiere forzaban, a usar nuestras potencialidades como Estado en la lucha contra pueblos hermanos por el dominio de un recurso natural, cuya conquista nos iba a permitir la primera modernización capitalista de nuestro siglo.

Creo que esto lo sabemos inconscientemente y por ello celebramos con unción las derrotas, el combate naval de Iquique y la batalla de la Concepción. No hablamos de gloria para celebrar la ocupación de Lima por nuestras tropas, quizás porque, en el secreto de nuestra conciencia colectiva, sabemos que lo que en verdad se juega en la guerra es el poder de una sociedad y que en todo conflicto armado con otra nación las miserias de los hombres salen a la luz tanto como sus grandezas.

En la guerra del Pacífico contribuimos a humillar con daños territoriales y simbólicos a dos pueblos hermanos. A Perú, de una manera coyuntural, porque nuestros diplomáticos y políticos contribuyeron a una solución que a nuestros vecinos no les inflingió tanto daño. Pero a Bolivia la hemos obligado a soportar una pérdida que todavía dura. En relación con esa nación no debe importarnos el formalismo de los derechos, debe importarnos la construcción de lazos para el futuro.

En algún recodo de nuestra historia nos convertimos en un país aislacionista que contribuyó más al refuerzo de la fragmentación de nuestro continente que al sueño de la unificación. Fracasada en el pasado la unificación creciente de los pueblos de nuestro subcontinente, de nuestra América sureña, es hoy una condición del desarrollo futuro. El necio orgullo de creernos más yanquis que sureños nos llevó, durante la dictadura y después de ella, a creernos del primer mundo. Somos de aquí y para poder ser de aquí con nuestros vecinos, con los más próximos, debemos resolver la pérdida simbólica que le ocasionamos a Bolivia. Ese gesto nos podría dar la gloria a la que tanto nos referimos en nuestros discursos patrióticos.

23 de Mayo del 2000.

Tomado de El Mostrador.