En memoria de Fernando Ortiz Letelier, Luis Moulian Emparanza y Luis Vitale Cometa, historiadores y militantes…

Diego Portales.

Portales, una falsificación histórica.

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Fuente: Portales, una falsificación histórica, Sergio Villalobos, Imagen de Chile, Ed. Universitaria, 1989.

Prólogo para una desilusión

He andado mucho tiempo cerca del Ministro. En mis años escolares le conocí desde lejos, en esa imagen distante, fría y algo solemne realzada por la opinión general sobre su grandeza.

Posteriormente, llegué a conocerle mejor, siempre rodeado de ese enorme prestigio y su admirable inteligencia, que derrochaba frente a los grandes problemas nacionales y en los pequeños incidentes del quehacer diario. Siempre me atrajeron su desenfado, sus palabras sarcásticas, el manejo de los hombres y los juicios certeros, inapelables, sobre cualquier circunstancia.

Durante un largo tiempo admiré su papel decisivo en momentos de grandes problemas públicos, en que determinaba las cosas con aplomo y audacia, mientras los otros vacilaban o no encontraban el camino más simple y evidente.

Conocí todos sus actos oficiales y también su vida privada, tan pintoresca y alegre. Aprendí sus dichos, observé cómo trataba a amigos y enemigos, a la pobre y hermosa Constanza y mil otras pequeñeces.

Jamás olvidaré aquel incidente en Lima, en que unas cuantas bofetadas dieron por el suelo con un jovencito que fue a reprocharle deshonestidad en un asunto mercantil, para terminar todos en la policía. Tampoco olvidaré la redacción iracunda y certera, en Valparaíso, de aquella carta en que volaban conceptos tan duros como despreciativos sobre los jueces, los abogados, el habeas corpus, los mamotretos jurídicos, la respetabilidad de la Constitución y las filosofías de Egaña.

Siempre recordaré con admiración su tenaz defensa de los derechos nacionales frente a la prepotencia de los extranjeros y su posición irreductible contra la Confederación Perú boliviana. Nunca dejé de sentir la presencia del genio. Nunca he dejado de sentirla.

Entre muchos ajetreos, conocí sus documentos, los papeles oficiales y sus cartas a toda clase de personajes, que me han regocijado permanentemente. Las habré leído cuatro, cinco o más veces y cada vez he descubierto una nueva faceta, un dato o un matiz distinto. Si vuelvo a leerlas no dudo que tendré más de alguna sorpresa.

La personalidad de Portales resulta de tal modo avasalladora que me ha parecido estar a su lado, sentir sus pasos livianos y seguros, comprender el significado de sus gestos y adivinar las palabras que tendría para referirse a un hecho cualquiera o para caricaturizar a una persona. De antemano podría señalar cuál sería su reacción en materias de gobierno o en los negocios.
Pero este largo contacto no siempre ha sido grato y ha concluido por abrirme muchos secretos que hubiese preferido ignorar. No deseo anun­ciarlos en las líneas fugaces de un prólogo, porque al escribirlo me ha guiado únicamente el propósito de confesar una desilusión.

No he querido, tampoco, referir su vida entera ni toda su acción gubernativa, en que hubo aciertos indudables, sino limitarme a los aspec­tos que deben ser revisados para entenderlo realmente y apreciar su papel en la historia. En semejante tarea he debido ser honesto e imitar al filósofo griego que afirmaba ser amigo de Platón, pero más de la verdad.
Espero se me crea que si he sido duro con mi personaje, he tenido que serlo primero conmigo mismo.

Hubiese deseado que la primera imagen hubiese sido la definitiva.

CAMINO DEL ALGARROBO

Verano de 1989

Para entender una imagen

El perfil acusado del ministro sugie­re un relieve numismático: frente despejada, nariz recta, mentón agudo. El gesto no es duro y más bien pareciera ocultar la fuerte personalidad del estadista que con mano firme condujo a la república hacia el camino de su grandeza. En el rostro afloran la inteligencia penetrante, la mirada inqui­sitiva y la solidez de quien supo dominar el caos, aplastar a las facciones y construir con fuerzas dispares un régimen político destinado a perma­necer.

Es la fisonomía de un hombre patriota y honesto, que forjó la institu­cionalidad, el respeto al derecho y el halo impersonal de la autoridad respetada y respetable.

Al menos, esa es la medalla acuñada por algunos historiadores y ensayistas, aceptada y manoseada con admiración por toda clase de gente y usada por movimientos políticos en busca de justificación.

Cuando se forja una medalla, existe el ánimo consciente o subcons­ciente de que ella resulte enaltecedora, de modo que la belleza de la imagen sugiera un alto sentido moral. Con fin se escogen la solidez del Meno, las formas sensuales del bronce y aun el brillo del oro, resultando símbolos que, creados en estado de exaltación, simplifican, adornan y ocultan, para terminar siendo deformaciones de la realidad.

Es un fenómeno que se produce invariablemente y que en los casos de van resonancia colectiva nace de fuertes devociones ideológicas y ayuda a prolongarlas en el tiempo; Pero toda medalla tiene un reverso y en la de Portales éste es muy áspero.

La falsedad de una imagen histórica es fácil de entender para el especialista, que conoce el método histórico y los espejismos que pueden alterar la realidad pasada. El asunto gira en torno a dos conceptos muy claros, por nadie discutidos, que deben tenerse en cuenta al abordar cualquier asunto pretérito: la noción de historia y la de historiografía.

La primera es el pasado mismo, los hechos tal como ocurrieron y que sólo pudieron conocer directamente y no por completo los contem­poráneos.

Historiografía, en cambio, es el conjunto de investigaciones, estudios y libros elaborados posteriormente para llegar a conocer los hechos del pasado. Es el trabajo de investigadores e historiadores, que con una técnica bien configurada tratan de reproducir hechos que se desvanecie­ron sin remedio en el momento de producirse. Para ello cuentan con la huella dejada por los hechos: crónicas, documentos de toda suerte y restos.

Esas son las llamadas fuentes de la historia, los únicos testimonios mediante los cuales se puede conocer el pasado. Los historiadores están obligados por la probidad científica a seguirlos con exactitud. Si no lo hacen o emiten afirmaciones reñidas con la verdad de las fuentes, sus conclusiones carecen de validez y pueden ser rebatidas.

Un historiador, como cualquier persona, es el resultado de sus cir­cunstancias; en sus ideas confluyen la educación recibida, la cultura refleja, sus experiencias y sus intereses personales y de grupo. Todo ello forma su concepto de la vida, del hombre y del mundo y se estructura en una filosofía que puede ser muy elaborada o muy sencilla. Ésta constituye una “ideología” o conjunto sistemático de ideas, que en muchos casos es abierta y flexible y en otros se ciñe a una doctrina que no admite desvia­ciones. Pero aun en el caso menos meditado se trata de una ideología.

También debe tenerse presente que en los planteamientos de un historiador pueden aflorar las fuerzas extrañas e inasibles del subcons­ciente y actitudes anímicas tan sutiles como perturbadoras.

El estudioso del pasado, como sujeto cognoscente está expuesto, así, a toda clase de errores. Es subjetivo y en su obra expresa invariablemente su ideología y mentalidad, aun cuando no se lo proponga y haga el mayor esfuerzo de objetividad.

En las historias de viejo estilo, simples relatos de hechos expuestos cronológicamente, la subjetividad suele ser poco evidente, pero está im­plícita. En cambio, en las obras interpretativas, como muchas de este siglo, la subjetividad de los autores puede manifestarse con claridad y ser un manto que deforme groseramente los hechos.

Ahí es donde la ciencia histórica demanda una revisión e impone la vuelta a las fuentes para estudiarlas, analizarlas y alcanzar la objetividad.

Cuando la historia ha sido deformada por la historiografía, es indis­pensable volver a los testimonios mismos del pasado para restablecer la verdad.

No hay historiador intocable. Cualquiera de ellos puede haber errado y sus opiniones son simplemente sus opiniones. Por esa razón -entre otras- la historia se escribe y re escribe continuamente. Sería ingenuo pensar que una ciencia, como es la historia, no evolucionase y que sus conocimientos fuesen rígidos, en circunstancias que hasta las llamadas ciencias exactas han visto alterarse sus nociones fundamentales.

Contra la renovación del saber histórico se unen diversos elementos que actúan sobre la sociedad y dentro de ella: los programas oficiales de enseñanza, la oratoria de circunstancia, los homenajes y la divulgación a través de los medios de comunicación. También influyen algunos orga­nismos amparados por el Estado, los textos escolares, el profesorado, las publicaciones de aficionados y los ensayistas que incursionan en el pasa­do sin conocerlo realmente.

La acción persistente de esos elementos petrifica el pensamiento del hombre corriente, que por inercia llega a creer que la historia, además de ser muy simple, es un conocimiento dado que no cabe revisar. Se forma de ese modo un ambiente mental en que la pereza y la ingenuidad tienen su parte.

Una incidencia muy grave tiene también el concepto generalizado que liga a la historia con el patriotismo, que conduce a iluminarla e idealizarla, de modo que los hechos y los personajes sean ejemplos de alto sentido moral. Se llega, así, a deformarla, falseando la información y ocultando los aspectos grises y negros, en actitudes plenamente conscien­tes y que constituyen un engaño.

Bien planteadas las cosas, no se entiende por qué una ciencia tenga que servir para fines patrióticos. Si ella está destinada a buscar la verdad y a aportar una experiencia, no es aceptable mediatizaría a fines extraños, que generalmente tienen intención política. Hay que entender la historia tal como ella fue, con sus aspectos positivos y negativos, porque sólo de esa manera es una enseñanza válida.

Muchas veces hay que envidiar a la entomología o al cálculo infinite­simal, porque a nadie se le ha pasado por la mente subordinarlos al patriotismo.

Bien decía un célebre intelectual que el amor a la patria es una virtud cívica y no un método de investigación.

En la historiografía relativa a Portales se han manifestado de manera muy nítida los vicios anteriores. Pero ha sido la intención ideológica y la defectuosa visión histórica las que han deformado el tema. Nos referimos a las obras científicas y no a las de difusión que sólo repiten vulgaridades.

La controversia de liberales y conservadores

La glorificación de Portales comen­zó al día siguiente de su asesinato y fueron los círculos gubernativos y la aristocracia ligada al poder autoritario los que mantuvieron un culto sin réplica durante más de dos décadas. El régimen político y el predominio conservador no eran favorables para ideas divergentes. En el fondo, era la necesidad oficial de legitimar el uso aristocrático del poder haciéndolo derivar de un personaje famoso y admirado, cuyo prestigio se cultivaba de manera constante para darle más relieve aún. El mismo sacrificio del ministro le engrandecía en el sentimiento común, entonces y también ahora, debido a la reacción natural frente a la muerte trágica de un estadista. Se tenía el mártir y con él se ennoblecía la causa.

Las exequias del ministro fueron imponentes y se usaron todos los recursos anímicos para exaltar la atrocidad del asesinato. Un espíritu tan agudo como Carmen Arraigada captó el sentido de aquella parafernalia y en carta a Mauricio Rugendas decía al pintor: “los señores mandones de Chile han deificado su ídolo. Traer el birlocho que tuvo la honra de cargar por tres días el sagrado personaje y exponer los grillos que oprimieron sus benditos pies. ¡Vaya!, ¡Y por qué no guardan como reliquias las balas que partieron su corazón benévolo y la espada. He leído que se llena el coche del difunto, el coche de su familia por supuesto, el que lleva las armas y blasones; Pero un birlocho de alquiler y poner hasta los mismos caballos!”

El gobierno de don Joaquín Prieto, después de la desaparición de su inspirador, y los de Manuel Bulnes y Manuel Montt, mantuvieron el culto de Portales y durante el último se inauguró su estatua en la plazoleta situada frente a la Moneda.

A raíz de esa ceremonia, José Victorino Lastarria manifestaba el año siguiente, 1861, en su Juicio histórico sobre don Diego Portales, que “tal vez ningún hombre público de Chile ha llamado más la atención que don Diego Portales, con la particularidad de que a ninguno se le ha quemado más incienso, a ninguno se le ha elogiado más sin contradicciones, más sin discusión sobre su mérito”. Y más adelante se preguntaba: “¿Quién ha podido contradecir su mérito, quién ha podido juzgarlo? Durante su vida habría sido una temeridad estudiarlo, y en esta época tanto como en la que sucedió a su muerte, no habla ni pudo haber inteligencia alguna libre de preocupaciones (prejuicios) para estudiar al hombre ni para apreciar imparcialmente su obra. Por esto jamás se ha levantado una voz para contradecir el unísono coro de alabanzas que ha ensalzado siempre el nombre de Portales; y por esto hasta ha aparecido de mal tono o se ha mirado como un bostezo de pasiones mal disimuladas, cualquier palabra, cualquier objeción que se haya hecho oír en público o en privado contra el hombre que han dado en presentar como el primer estadista de América” (2).

En su ensayo, que no pretendía ser una investigación, Lastarria inicia­ “a la revisión portaliana y fue seguido dos años más tarde por otro liberal, Benjamín Vicuña Mackenna que con sus dos tomos titulados Diego Portales hizo un aporte fundamental por tratarse del primer estudio sistemático y detallado, basado en una extensa documentación y en el testimonio oral de los contemporáneos (3).

Ambos autores enfocaron con dureza la política dictatorial del minis­tro que había ahogado el desenvolvimiento de la libertad para mantener un régimen autocrático que defraudaba los ideales iniciados en 1810. Sus métodos arbitrarios y duros para llegar al poder y luego para mantenerse en él, desatando las persecuciones, silenciando la prensa, desterrando a los opositores y llegando hasta inmolarlos en el patíbulo, fueron expues­ta con toda su crudeza y con adjetivos condenatorios.

Tanto Lastarria como Vicuña Mackenna no dejaron de reconocer la Integridad personal, la falta de ambición política y el patriotismo de portales. Pero Vicuña Mackenna no se conformó con reconocer esas virtudes, sino que, llevado de su espíritu eternamente juvenil e impresionable estampó su admiración por el personaje, atraído por su tenacidad, clara inteligencia, su fuerte carácter y su desenfado burlón.

La verdad sea dicha, no ha habido estudioso que se haya acercado a la figura del ministro que no haya sido cautivado por su personalidad avasalladora e incisiva y su habilidad para manejar hombres y situaciones, en lo que ha influido bastante su correspondencia, salpicada de consideraciones vivaces y picarescas, reveladoras del hombre y su estilo.

La obra de Vicuña Mackenna no satisfizo enteramente a los liberales que habían logrado levantar cabeza con el gobierno de José Joaquín Pérez y confiaban plenamente en el triunfo definitivo de su causa. Hubo crítica por su condescendencia y fue Lastarria el que criticó más duramente las opiniones de su discípulo en una carta que fue una reconvención amable porque, según le decía, la lectura del primer tomo durante un viaje en barco a Lima le significó “rabias, dolores de estómago, patadas y reniegos” (4). El maestro liberal, que había expresado en tono menor algún reconocimiento, no podía soportar el elogio grandilocuente de Vicuña Mackenna, aunque su escrito fuese una condena global del desempeño del ministro.

Años más tarde, en 1877, hizo su aparición la Historia de la administración Errázuriz del político liberal don Isidoro Errázuriz, precedida una reseña del movimiento político desde 1843 hasta 1871, año del inicio del gobierno de Federico Errázuriz Zañartu (5).

El volumen contenía sólo reseña, que es un largo ensayo, inteligente y escrito con elegante pluma por quien dejó fama de hombre culto y gran orador.

La parte destinada a la actuación de Portales es breve; pero no puede dejar de mencionarla, porque en forma aguda y clara, Errázuriz plantea las líneas fundamentales de la interpretación liberal, marcando muchas facetas con visión original. Su juicio global está encerrado estas frases: “La obra de Portales consistió en hacer caer la vida pública completo descrédito, el alejar de ella los espíritus, en desinteresar al país del ejercicio del derecho, en suprimir virtualmente Congresos y Municipalidades, tribunales y opinión en beneficio exclusivo del enorme potentado [el presidente] a que su capricho, más bien que la Constitución entregó la suerte de Chile. Y para realizar esta obra empleó todos los recursos de su fértil imaginación, de su reconocida omnipotencia y de su genio vehemente y sarcástico, desdeñoso y arrebatado. Toda apariencia de oposición o de indulgencia, toda manifestación de ideas propias, todo entusiasmo y toda virtud cívica fueron perseguidos y extirpados. El arado irresistible de la Dictadura penetró hasta el fondo de la tierra en que diez años de leal ensayo democrático habían echado raíces, y lo revolvió de tal suerte que al fin solamente quedaron piedras y arena en la superficie. Al Paso que la abyección y el egoísmo eran premiados como actitud sana y respetable, se desplegaba un verdadero lujo de crueldad y barbarie contra los reos de delitos políticos y hasta contra los jueces que procedían en esos casos con benignidad”.

Si las palabras de Errázuriz pueden parecer muy apasionadas, los hechos en que se fundan son indudables y todo su ensayo es la expresión de un razonamiento sólido con el que sólo se puede diferir en matices eventuales.

Quedaba planteada, así, la crítica de los historiadores liberales y todavía no concluía cuando vino la reivindicación de los conservadores.

El año 1875 vio la luz pública la Historia de Chile durante los cuarenta años transcurridos desde 1831 hasta 1871, de Ramón Sotomayor Val­dés, que comprendía sólo el primer período del gobierno de Joaquín Prieto y que ampliada posteriormente hasta la conclusión de aquella administración, pasó a titularse Historia de Chile bajo el gobierno del General D. Joaquín Prieto, sin que el autor continuase con los gobiernos posteriores (7).

Sotomayor Valdés, destacada figura de la vida pública, diplomático y periodista culto, abordó el tema con método y solidez documental, dejan­do una obra que por su extensión y la sistematización de los temas constituye hasta el día de hoy la columna vertebral para conocer el momento histórico. Se le ha reprochado, sin embargo, desequilibrio en el plan y haber omitido fuentes de información que habrían sido un comple­mento valioso.

En la narración de Sotomayor Valdés se transparenta un esfuerzo de objetividad y un deseo de alejarse de toda interpretación personal, confor­me al método de la historia en el siglo XIX. Con todo, el pensamiento y los afectos del autor dieron un tono benevolente a la obra, sin que se pueda atribuirle de ninguna manera un atropello grosero de la verdad. A lo más, pueden señalarse condescendencias y algunas omisiones generosas. Es notable la suavidad con que el autor expresa que el movimiento de 1829 que llevó a Portales al poder fue ilegítimo y sorprende también como tiende un velo discreto en el relato del “crimen de Curico” que no deja percibir el procedimiento duro y artero que condujo al patíbulo a tres vecinos de la localidad. El estilo sereno y correcto del historiador confiere una gran respetabilidad a su escrito y con ello asegura la aceptación de su relato.

Portales circula por las páginas de Sotomayor como un personaje elevado, puro, no contaminado con nada. Ni siquiera tiene lenguaje propio. Es una figura de mármol con gesto superior, según convenía a la dignidad de la historia.

El historiador hizo desaparecer al hombre y dejó al estadista idealiza­do, que es insuficiente para conocer su real proceder y su carácter. Su personaje es irreconocible; se encuentra muy lejos del que revivió Vicuña Mackenna, con su grandeza y sus miserias, sus tropiezos, su alegría, la soberbia y sus crueldades intransigentes.

Ambos historiadores se aproximaban a la historia de distinta manen. Sotomayor Valdés, escritor elegante y castizo, medido, sujeto a las reglas del clasicismo literario y a la formalidad de la historia, podía trazar desde la altura el cuadro general de un gobierno. Vicuña Mackenna, en cambio, romántico y desordenado, que respiraba vida por todos los poros, se preocupó más del ser humano que del escenario y de todas las circunstan­cias. Por eso, en su obra se siente al personaje tal como él fue.

Más que dos visiones de la historia eran dos estilos y dos formas personales de ser. La una fría, analítica y sistemática; la otra entusiasta, inquieta y afanosa por encontrar la vida.

El enfoque de Sotomayor Valdés estuvo influido no sólo por su ideario conservador, sino también por las experiencias que tuvo como representante de Chile en México y en Bolivia. En el primero de esos países le tocó palpar los defectos de un régimen republicano en un ambiente de escasa moral cívica y donde la persecución a la Iglesia y la apropiación de sus bienes, que dio origen a vergonzosos negociados, tenía que herir su conciencia de católico.

La intervención francesa, mientras Benito Juárez tenía que deambular con su gobierno por los territorios de] norte, mereció la desaprobación de Sotomayor; pero luego, establecido el imperio de Maximiliano de Austria, permaneció dos años en ciudad de México dedicado a las tareas bancarias (8).

Como representante de Chile y convencido republicano habla recha­zado el plan imperial. Como particular se acomodó en la paz y la seguri­dad que por el momento ofrecía el príncipe extranjero.

En Bolivia le correspondió desempeñarse como encargado de nego­cios en los años del dictador Mariano Melga rejo. Conoció entonces hasta lo Intimo lo que era el carnaval político, trágico y sangriento, que mante­nía al pueblo boliviano en la abyección (9).

Al lado de esos ejemplos, la organización republicana de Chile parece un modelo y así lo manifestó orgullosamente en algunos de sus escritos. La dureza de Portales y sus arbitrariedades no eran nada, en sentido comparativo, y podían disculparse si con ello había contribuido a establecer el orden. Esa idea no fue formulada de manera explícita por el historiador, pero puede adivinársela en su obra, que comenzó a tomar forma después de la experiencia en Bolivia.

La Historia de Chile bajo el gobierno del general D. Joaquín Prieto marcó así el rumbo historiográfico que debía prevalecer: la causa del Orden para engrandecer a Chile justificaba los excesos del despotismo.

No pasaron muchos años antes de que un nuevo libro se agregase a la apología del gobernante. Su autor fue el político de dura raíz conservador, Carlos Walter Martínez, el título Portales la ciudad y año de impre­sión, París, 1879.

Corrían entonces los tiempos en que triunfantes los liberales se avan­zaba en la demolición del régimen autoritario y conservador establecido por la aristocracia en la primera mitad del siglo y que se procuraba identificar con el mártir del Cerro Barón. Algunas importantes reformas a la Constitución de 1833 restaron atribuciones al presidente y dieron mayor independencia y poder al Congreso, se ampliaron las libertades individuales, se modificó al sistema electoral y de representación para-orar la participación política y se eliminó el fuero eclesiástico. En ese cuadro, el espíritu de libertad se consolidaba, mientras los círculos conservadores, alejados del poder, se retraían y libraban una lucha sin pers­pectiva. La obra de Walter Martínez tuvo fines muy claros: Justificar y ensal­zar la actuación de Portales y adjudicar al Partido Conservador la gloria de haber organizado la república. Era buscar en el pasado lo que el futuro le negaba.

La razón inmediata que puso la pluma en la mano de Walter Martínez fue el deseo de rebatir el libro de Vicuña Mackenna, que juzgó equivocado en sus apreciaciones.

Para Walter, Portales era conservador porque “era la encarnación, por así decirlo, de las ideas de ese partido. Todas sus virtudes son de esa escuela: su energía, sus creencias, su constancia, su desprendimiento, su patriotismo”. Con igual entusiasmo, en tono épico, declaraba que “sus diez meses de ministerio son el más bello poema que se ha realizado en América” (10).

En comparación con la obra de Sotomayor Valdés, la del político, aunque bien documentada, es menos ponderada, es el fruto del entusias­mo partidista. Pero coincide con la de aquél en algunos aspectos. En forma explícita remacha continuamente la idea de que lo más importante fue la organización de Chile y que por ello Portales desplegó una energía incon­trastable, no respetó nada ni transigió con nadie, actuando con inflexibili­dad heroica y enfrentando los odios más encarnizados11. También coinci­de en la forma pulida y dignificante de abordar la historia, dejando de lado las facetas íntimas del personaje, alegres o crueles, porque es “hacer casi una caricatura de lo que en si es grave”. Con ello hacía respetable al pasado y al estadista; aunque truncaba la realidad.

La primera época de la historiografía relativa a Portales y su tiempo se cierra con la Historia general de Chile de don Diego Barros Arana, en cuyos tomos xv y XVI, publicados los años 1896 y 1902, se enfocan los sucesos que llevaron al poder al presidente Prieto y hasta la promulgación de la Constitución de 1833.

El célebre historiador empleó el método riguroso que ha dado gran categoría a su obra, organizó en forma equilibrada la exposición y procuró no alejarse de la objetividad. En este último sentido no puede sino admi­rarse su esfuerzo, pues su ideología liberal le ponía en pugna con el autoritarismo gubernativo y como opositor habla experimentado la dureza del gobierno de Manuel Montt; aunque el tiempo habla dejado muy atrás ese tipo de problemas.

Igual que Sotomayor Valdés, Barros Arana purifica la historia y se mantiene en el simple relato, con economía de consideraciones persona­les y adjetivos. l-as diferencias entre ambas obras son mínimas en el estilo, el método y la ponderación de los hechos, resultando una aproximación en tomo al personaje.

Con todo, es perceptible que Barros Arana es más crítico que el historiador conservador y que en algunos rincones de sus páginas tuvo expresiones de condena. En general, Barros Arana opina favorablemente del orden implantado por Diego Portales, la seriedad en la administración y la tranquilidad que habría favorecido a las actividades nacionales. Condena, sin embargo, los excesos autoritarios y estima que la omnipo­tencia condujo al ministro, progresivamente, a verdaderos extravíos.

El aporte de la Historia general fue un balance de la historiografía del siglo xix que distó de las posiciones extremas de liberales y conservado­res y donde el autor, bien documentado y con un juicio ecléctico, trazó un cuadro que parecía razonable en su época. Le faltó el análisis del perso­naje, su carácter, sus impulsos y sus motivaciones y también ensayar la interpretación global de los hechos, que permitiese captar el sentido esencial de los fenómenos históricos. Ninguno de esos elementos formaba parte de su método.

Citas

(1) Carta de l de agosto de 1837, citada por Oscar Pinochet de la Barra, El gran amor de Rugendas, Pág. 62.

(2) El Juicio histórico fue publicado como un conjunto de artículos en la revista del Pacífico y mereció ediciones posteriores. Nosotros hemos utilizado la reedición en las Obras Completas de don J. V. Lastarria, Vol. xx. Santiago, 1909.

(3) El título exacto de la obra es Introducción a la historia de los diez años de la administración de Montt. D. Diego Portales. Con más de 500 Documentos Inéditos. Valparaíso, 1866. Para este estudio hemos empleado la reedición en las Obras completas de Vicuña Vol. vi. Santiago, 1937.

(4) Carta publicada por Ricardo Donoso en Don Benjamín Vicuña Mackenna. Santiago 1925, Pág. 154.

(5) E1 título completo de la obra es Historia de lo administración Errázuriz. Precedida uno introducción que contiene lo reseño del movimiento y la lucho de los partidos, da 1823 hasta 1671 (Valparaíso. 1877).

(6) El fragmento relativo a la época de Portales fue incluido por Guillermo Feliú Cruz en el tomo II del Epistolario de don Diego Portales con el título de Juicio sobre don Diego Portales.

(7 ) La edición mencionada, presentada como segunda edición, revisada y corregida, que 4′ que hemos utilizado, fue impresa en cuatro tomos, en Santiago, entre los años 1900 y 1903

(8)Luis Galdames, Ramón Sotomayor Valdés, en Anules de la Universidad de Chile, trimestre de 1930.

(9)Ramón Sotomayor Valdés, la legación de Chile en Bolivia (Santiago, 1912).

(10) IBIDEM Págs. 83 y 171.

(11) IBIDEM Pág. 94.


Portales ¿momio?

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Cuando comienza a extinguirse la controversia que produjo el hallazgo de los restos de Diego Portales, el historiador Alfredo Jocelyn Holt despliega su artillería contra un debate que, a su juicio, no ha aportado nada nuevo: “Sabemos su edad, estatura, grupo sanguíneo, en suma, su ADN supuestamente objetivo e indesmentible. Así y todo, la momia no es más que una momia. No habla, está muerta, y no nos responde lo crucial”, dice.

Por: Alfredo Jocelyn-Holt

Una antigua costumbre

La momificación es un viejo rito funerario. Le debemos a Heródoto los detalles del arte, versión egipcia. Primero, le extraían el cerebro por los orificios de la nariz con pinzas metálicas. Un sacerdote hacía una incisión en el abdomen con un cuchillo; removía las entrañas y succionaba los intestinos por el ano. Se lavaba el cadáver con vino de palmera, rellenaban el vientre con arena, resina, serrín y sustancias aromáticas. Aplicaban esmaltes a la zona de los ojos. Sumergían el cuerpo por treinta a setenta días en un baño de sal eflorescente. Lo untaban con goma, secaban y procedían a vendarlo con tiras de lino. Luego, colocaban el cadáver en un féretro de madera, dentro a su vez de otros ataúdes hasta que, por último, lograban meterlos todos en un gran sarcófago de piedra.

Extraño, aunque, ¿qué tanto? Los babilónicos aderezaban los restos mortales hasta volverlos maniquíes de cera, como los de Madame Tussaud. Se sabe de sectas mahometanas en que los deudos se comen al difunto, mientras que otros pueblos primitivos los cuelgan de los árboles en bolsas de cuero, o, ya esqueletos, fuera de las chozas. Los persas los exponen a las aves de rapiña, estimándose un muy buen augurio si se llega a extraer el ojo derecho primero. En el Orinoco los salvajes pulverizan los huesos, y con el polvillo refuerzan sus brebajes, y lo que es en la India, las viudas se lanzan a la pira humeante.

Embalsamar tiene, al menos, cierta lógica. Se trata que el cadáver goce de una nueva vida por un tiempo indefinido, asegurándose que el alma, después de abandonar el cuerpo, tenga donde volver, propósito que no siempre se cumple. A Tutankamón lo hallaron, después de 33 siglos, transformado en una masa carbonizada a causa de la cantidad exagerada de ungüentos aplicados. Si no hubiese sido por la mascarilla de oro que cubría el rostro, y el magnífico tesoro con que lo sepultaron, este joven de 18 años, al parecer, insignificante como rey, habría sido un fiasco. Al menos la leyenda de una “maldición” que persigue a sus profanadores, inventada por una prensa ávida de “noticias”, se encarga de revivirlo periódicamente. No es el único negocio lucrativo en que se han visto envueltas las momias. Durante largo tiempo se creyó que éstas, en realidad el betún con que se las cubría, tenían poderes medicinales milagrosos. Por eso, cuando escasearon, cundió el tráfico de momias falsas, cadáveres de criminales y suicidas que sirvieron de reemplazo.

Momias, pues, sobran. En Roma se conocen cementerios enteros de frailes embalsamados. En Palermo los hay de laicos, con ropa de calle, en espera de que sus deudos los visiten y hablen. Las hay, también, caseras o ambulantes. A Jeremy Bentham, el filósofo utilitarista, sentado y con chupalla, lo llevan a las sesiones del consejo de la Universidad de Londres. Charles Maurras, el fundador de la reaccionaria Acción Francesa, quería que su corazón estuviese siempre en el canasto de costura de su madre. El del duque de Orleans, a principios del siglo XVIII, sin embargo, se lo devoró su perro Gran Danés mientras lo disecaban para guardarlo como reliquia familiar. Lenin, en cambio, siempre ha estado a buen resguardo, habiendo instalado los soviéticos en los subterráneos del mausoleo en la Plaza Roja un laboratorio sofisticadísimo que monitorea las temperaturas del cadáver. Precaución que a los argentinos no se les ha ocurrido; quien se interese por las peripecias, en América y Europa, que corrieron las distintas “muñecas rubias”, como le gustaba decir a Borges, remítase simplemente a la magnífica novela de Tomás Eloy Martínez, Santa Evita.

En Chile, también, abundan. Sergio Paz, en Santiago Bizarro, destaca al menos tres. La de un tal “Monsieur Martel”, un desconocido al que no se le ha podido dar cristiana sepultura porque no se sabe el nombre, y dos momias egipcias de entre 3.500 a 6.000 años de antigüedad, todas ellas en el Museo de Historia Natural. Habría que agregar la del cerro El Plomo, las momias chinchorro del norte del país, y, por último, el reciente hallazgo de Diego Portales.

¿Portales, momio?

La extraordinaria notoriedad que ha cobrado este macabro descubrimiento exige una explicación. Pero, ¿de qué tipo? Que lleguemos a saber más sobre el ministro ahora que disponemos de su esqueleto es dudoso. ¿O, se piensa que al escanear su anatomía más íntima vamos a verificar, al fin, que “cargaba” más a la derecha que a la izquierda? En estas últimas semanas, con la momia aún “tibia”, comunicacionalmente hablando, ¿qué se ha dicho, en cuanto reportaje y sitio web disponible, que no hayamos oído decir una y otra vez? ¿Que el ministro es el fundador de la República; que era un monumento de sobriedad y honestidad, a diferencia de “otros”, no tan “portalianos” después de todo; que era mujeriego y tirano, o, por el contrario, el salvador de la patria que va y viene de cuando en cuando, devolviéndonos el sentido de país, para así enrielarnos en el curso histórico del cual no debiéramos nunca desviarnos?

Sucede con la momia de Portales lo mismo que con la momia del cerro El Plomo. A ésta se le han hecho todos los exámenes que la ciencia inventa periódicamente para no perder su prestigio. Sabemos su edad, estatura, grupo sanguíneo, las liendres adheridas al pelo y piel, lo que comió y tomó antes de que se congelara, en suma, su ADN supuestamente objetivo e indesmentible. Así y todo, la momia no es más que una momia. No habla, está muerta, y no nos responde lo crucial, concretamente por qué niños inocentes son sacrificados en aras de un propósito mayor, como el que siga corriendo el agua por los ríos Mapocho y Maipo y de ese modo se riegue nuestro asfaltado Valle de Santiago, o bien, el que vuelva a aparecer el sol todas las mañanas y no se pare el mundo. Las momias son, en verdad, objetos y no personas, de indiscutible interés médico o, incluso, antropológico, para qué decir, conmoción periodística, pero no hitos históricos en sentido estricto.

Lo que, sin lugar a dudas, nos permite entrever este tipo de fascinación morbosa es mucho más actual. Hace rato que a Portales lo han fosilizado convirtiéndolo en fetiche. Volverlo totémico congrega a la feligresía correspondiente. A quienes les entusiasman los mandones de turno, que un Portales mano dura, encarnación poco menos que del “alma nacional”, de repente, reviva, por muy apolillado que esté, les viene muy bien. (¡Gracias por el milagro concedido! Más aún, si sus sucedáneos de anteayer se desploman ante nuestros ojos. En cambio, si sostenemos que Portales era un tal por cual, resucitar el prontuario criminal con que algunos historiadores se ganan la vida es, también, una bendición del cielo. (¡Aún tenemos Portales contra quien disparar nuestros mortíferos petardos!)

Portales es bastante más que un mito maquillado por taxidermistas detrás del escenario. Portales es fundamentalmente un problema, un enigma que suscita más incógnitas que respuestas, poniendo a dura prueba nuestra capacidad limitada para pensarnos racionalmente. ¿Qué tanta influencia puede un solo hombre, por muy genial o providencial que nos parezca, ejercer humanamente y con ello cambiar o restaurar el curso histórico conforme o no a nuestros valores y prejuicios? ¿Qué tanto nos pueden revelar sus rastros y huellas, admitamos que discutibles y sujetos, por tanto, a interpretaciones múltiples? ¿Cuánto pueden la expectación y el atosigamiento noticioso fijar el justo lugar en la historia de unos restos mortales, unas osamentas, secuestradas permanentemente, que así como reaparecen, también se pudren? ¿La historia es una constatación de un designio divino o de un diseño prefijado por autoridades, cónclaves y laicos comprometidos que consagran la opinión canónica, y con eso, amén? ¿Qué tan “egipcios” seguimos siendo, tres mil o más años después?

*Alfredo Jocelyn-Holt Historiador, director del Instituto de Estudios Humanísticos de la Universidad Diego Portales, y autor de El Peso de la Noche. Nuestra frágil fortaleza histórica (1997).

Tomado de la Revista Qué pasa


Epístolas de Diego Portales.

Lima, Marzo de 1822.

Señor José M. Cea.

Mi querido Cea: Los periódicos traen agradables noticias para la marcha de la revolución de toda América. Parece algo confirmado que los Estados Unidos reconocen la independencia americana. Aunque no he hablado con nadie sobre este particular, voy a darle mi opinión. El Presidente de la Federación de N. A., Monroe, ha dicho: “se reconoce que la América es para éstos”. ¡Cuidado con salir de una dominación para caer en otra! Hay que desconfiar de esos señores que muy bien aprueban la obra de nuestros campeones de liberación, sin habernos ayudado en nada: he aquí la causa de mi temor. ¿Por qué ese afán de Estados Unidos en acreditar Ministros, delegados y en reconocer la independencia de América, sin molestarse ellos en nada? ¡Vaya sistema curioso, mi amigo! Yo no creo que todo esto obedece a un plan combinado de antemano; y ese sería así: hacer la conquista de América, no por las armas, sino por la influencia en toda esfera. Esto sucederá, tal vez hoy no, pero mañana sí. No conviene dejarse halagar por estos dulces que los niños suelen comer con gusto, sin cuidarse de un envenenamiento. A mí las cosas políticas no me interesan, pero como buen ciudadano puedo opinar con toda libertad y aún censurar los actos del Gobierno. La Democracia, que tanto pregonan los ilusos, es un absurdo en los países como los americanos, llenos de vicios y donde los ciudadanos carecen de toda virtud, como es necesario para establecer una verdadera República. La Monarquía no es tampoco el ideal americano: salimos de una terrible para volver a otra y ¿qué ganamos? La República es el sistema que hay que adoptar; ¿pero sabe cómo yo la entiendo para estos países? Un gobierno fuerte, centralizador, cuyos hombres sean verdaderos modelos de virtud y patriotismo, y así enderezar a los ciudadanos por el camino del orden y de las virtudes. Cuando se hayan moralizado, venga el Gobierno completamente liberal, libre y lleno de ideales, donde tengan parte todos los ciudadanos. Esto es lo que yo pienso y todo hombre de mediano criterio pensará igual

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Mayo 14 de 1832.

Mi querido Garfias:

Ayer escribí a Vd. bajo cubierta de este Administrador de Correos a Curriel o no sé que empleado de esa renta; pero tuve el sentimiento de saber que mi correspondencia llego 2 minutos después de haber salido el postillón: el Administrador dejó las cartas para remitirlas hoy.

Contesto las suyas 10, 11 y 12 del que rige. Puse en conocimiento de Fuentes su capítulo de carta relativo a su encargo y me ha traído unos papeles para probarme lo siguiente: Su sueldo de 25 pesos mensuales debió correrle desde 9 de Febrero de 1831; más el no ha querido exigirlo sino desde el 16, desde el mismo día en que empezó a llenar las obligaciones de su empleo. Dió 5 certificados para que don Clemente Pérez cobrara los 5 meses corridos hasta el 16 de Julio y pagase con ellos a Pope. Después le mandó al mismo Pérez otro certificado del mes corrido desde 16 de Julio hasta el 15 de Agosto, que no sabe si Pérez lo cobró y espera saberlo para repetir contra la testamentaria los 25 pesos; y desde el 16 de Agosto para acá no ha mandado un certificado a nadie, y de consiguiente, dice que nadie puede haber cobrado por él, y si alguien lo ha hecho, diga el Tesorero de Vacuna quien ha sido, y con qué certificado. Resulta, pues, que si el finado Pérez no cobró el sexto certificado, la Tesorería de vacuna debe a Fuentes 5 meses hasta el 16 de Diciembre, y si Pérez lo cobró, sólo le deberá cuatro meses.

Quedo impuesto de algunas de las porquerías de la Corte: ya causa asco tanta inmundicia; pero, entre tanto, van confirmándose mis sospechas de que los fantasmas que ve el pobre don Joaquín lo hacen precipitarse: ha ordenado a Urriola, que de acuerdo con la Asamblea, le propongan a Arteaga para Teniente Coronel efectivo y Comandante en propiedad del N.° 2, con agravio precisamente de los postergados, que verán este paso con desesperación[1].

Los recibos de suscripción fueron entregados por Silva al que la recogió para que recoja también su importe: todos han dicho que lo compraran aquí sin necesidad de inscribirse.

Queda encargado Silva del expediente de Moran.

Siento mucho no poder satisfacer los deseos del Ministro de Hacienda de verme en ésa. No sé por donde pudiera convenir a mis intereses pasar a la capital: yo no espero que nadie me dé conveniencia, menos la quiero del Gobierno: el Mi­nistro, como hombre particular, no puede dármela. Por lo que, mira a los intereses públicos, yo sería más que loco, si tratase de tomar parte alguna en ellos: pensionarse para remediar un mal cuando queda la puerta abierta para mil, seria fatigarse en vano y recibir perjuicios sin frutos. Por esta razón no me tomaré la pensión de observar el proyecto de reforma[2]: Vd. sabe que ninguna obra de esta clase es absolutamente buena ni absolutamente mala; pero ni la mejor ni ninguna servirá para nada cuando está descompuesto el principal resorte de la máquina. Desengáñese usted: no queda otro recurso que abandonarnos a la suerte y hacerla árbitro de nuestros destinos; cualquiera otra cosa es peor.

[1] Parece que los fantasmas que veía el Presidente de la República no eran tales, sino realidades: Arteaga encabezó, ya ascendido a Teniente-Coronel, y pocos meses después de esta carta, en Marzo de 1833, la conspiración que lleva su nombre. Lo extraño es el que el general Prieto, para prevenir o conjurar estas intentonas de revuelta, premiara con ascensos a los oficiales de conducta dudosa en su fidelidad al régimen y al Gobierno.

[2] Se refiere a la reforma de la Constitución de 1828. Esta declaración categórica nos muestra el poco interés con que Portales miró el nuevo Código que se promulgó en 1833, es decir, su desinterés para tomar parte en las deliberaciones a que dió lugar -G. F. C.

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10 de diciembre de 1831.

Señor don Antonio Garfias

Mi don Antonio:

Dígale Ud. A los c… que creen que conmigo solo puede haber Gobierno y orden que estoy muy lejos de pensar así y que si un día me agarré los fundillos y tomé un palo para tranquilidad del país, fué sólo para que los j… y las p… de Santiago me dejaran trabajar en paz. H… y p… son los que joden al gobierno y son ellos los que ponen piedras al buen camino de éste. Nadie quiere vivir sin el apoyo del elefante blanco del Gobierno y cuando los h… y las p… no son satisfechos en sus caprichos, los pipiolos son unos dignos caballeros al lado de estos cojudos. Las familias de rango de la capital, todas jodidas, beatas y malas, obran con un peso enorme para la buena marcha de la administración. Dígales que si en mala hora se me antoja volver al Gobierno, colgaré de un coco a los h… y las p… les sacaré la ch… ¡Hasta cuándo… estos m…! Y Ud., mi don Antonio, no vuelva a escribirme cartas de empeño, si no desea una que no olvidará fácilmente.
No desea escribirle más su amigo

D:PORTALES

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Valparaíso, Diciembre 6 de 1834.

Mi Don Antonio[1]

A propósito de una consulta que hice a don Mariano[2], relativa al derecho que asegura la Constitución sobre prisión de individuos sin orden competente de Juez, pero en los cuales pueden recaer fuertes motivos de que traman oposiciones violentas al Gobierno, como ocurre en un caso que sigo con gran interés y prudencia en este puerto, el bueno de don Mariano me ha contestado no una carta. sino un informe, no un informe sino un tratado, sobre la ninguna facultad que puede tener el Gobierno para detener sospechosos por sus movimientos políticos. Me ha hecho una historia tan larga, con tantas citas, que he quedado en la mayor confusión; y como si el papelote que me ha remitido fuera poco, me ha facilitado un libro sobre el habeas corpus. En resumen; de seguir el criterio del jurisperito Egaña, frente a la amenaza de un individuo para derribar la Autoridad, el Gobierno debe cruzarse de brazos, mientras, como dice él, no sea sorprendido infraganti.

Con los hombres de ley no puede uno entenderse; y así, para que carajo! sirven las Constituciones y papeles, si son incapaces de poner remedio a un mal que se sabe existe, que se va a producir, y que no puede conjurarse de antemano tomando las medidas que pueden cortarlo. Pues es preciso esperar que el delito sea infraganti.

En Chile la ley no sirve para otra cosa que no sea produ­cir la anarquía, la ausencia de sanción, el libertinaje, el pleito eterno, el compadrazgo y la amistad. Si yo, por ejemplo, apreso a un individuo que se esta urdiendo una conspiración, violo la ley. Maldita ley entonces si no deja al brazo del Gobierno proceder libremente en el momento oportuno! Para proceder, llegado el caso del delito infraganti, se agotan las pruebas y las contra pruebas, se reciben testigos, que muchas veces no saben lo que van a declarar, se complica la causa y el Juez queda perplejo. Este respeto por el delincuente o presunto delincuente, acabara con el país en rápido tiempo. El Gobierno parece dispuesto a perpetuar una orientación de esta especie, enseñando una consideración a, la ley que me parece sencillamente indígena. Los jóvenes aprenden que el delincuente merece más consideración que el hombre probo; por eso los abogados que he conocido son cabezas dispuestas a la conmiseración en un grado que los hace ridículos. De mi se decirle que con ley o sin ella, esa señora que llaman la Constitución, hay que violarla cuando las circunstancias son extremas. ¡Y qué importa que lo sea, cuando en un año la parvulita lo ha sido tantas por su perfecta inutilidad!
Escribí a Tocornal sobre este mismo asunto, y dígale usted ahora lo que pienso. A Egaña que se vaya al carajo con sus citas y demostraciones legales. Que la ley la hace uno procediendo con honradez y sin espíritu de favor. A los tontos les caerá bien la defensa del delincuente; a mi me parece mal el que se les pueda amparar en nombre de esa Consti­tución, cuya majestad no es otra cosa que una burla ridícula de la monarquía en nuestros días.

Hable con Tocornal, porque él ya está en autos de lo que pienso hacer. Pero a Egaña dígale que sus filosofías no venían al caso. jPobre diablo!

Hasta mañana. Suyo.

D. Portales [3]

[1] Don Antonio Garfias.-G. F. C.

[2] Don Mariano Egaña. -G. F. C

[3] He aquí definido con absoluta claridad el pensamiento jurídico de Portales, o mejor dicho, en el sentido de la ley; ¡Cualquier comentario está demás! -G.F.C.

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Valparaíso, marzo 16 de 1832

Señor don Antonio[1]:

Tengo a la vista las de usted 14 y 15. Ayer no pude contestar la primera, porque apenas tuve tiempo para incluirle las libranzas que le remití; lo hago ahora por el orden de sus contenidos.
Me parece excusado hablar usted del desahogo en que me dejó la noticia de que podría trabarse e embargo en los bienes de Dueñas, y que Bezanilla estaba resuelto a hacerlo.

Quedo impuesto de todo lo que había hasta ayer en la Hacienda de Pedegua. Celebro el buen resultado de la cobranza encargada a Bari; algo es algo, y muchos poquitos hacen un cirio pascual.

A sus saludables consejos y consolaciones quiero contestarle con un latín, que si no entiende, debe imputarse a sí mismo o al viejo don Antonio Garfias (de quien me ocupe anoche como una hora con el pelado Alvarez) por no haberlo hecho aprender gramática y teología, sin lo cual no hay educación y nada bueno. Facile omnes cum valemus recta concilia aegrotis damus; tu si hic esses alitar sentires.

Estoy por que se haga un baúl fuerte en que venga ajustadito el colchón; pero poco más alto que él para que quepan las almohadas, mi ropa de cama; de este modo se tiene un mueble que sirve para dos objetos; pero la pestaña de la tapa debe bajar mucho para que no entre el polvo ni el agua, en las esquinas debe llevar chapas de agua para mayor firmeza: todo esto es en caso que el baúl con el colchón dentro forme un tercio o la mitad de una carga ligera con que pueda galopar una mula.

(Reservado). Mi opinión sobre el “Hurón” es de que podía estar mejor, variándolo y amenizándolo más con noticias del interior que a todos interesan como dije a usted en una de mis anteriores. Si querían batir al Ministerio, ¿por qué hacerlo escondiéndose tras de un interrogatorio y tan indefinidamente?

Si no hay causas para atacarlo, silencio, y si las hay, echarlas a la luz con sus pelo y sus lanas. Usted me ha dicho en una de sus anteriores que el Ministerio se había opuesto a la suscripción del periódico, ¿habría asunto más lindo para un artículo de importancia y un ataque victorioso? Qué diría el Ministro cuando le preguntase: ¿se quería marchar sin oposición, cualquiera que fuese su marcha? Cuando se le dijese que se trataba de hacer una oposición decente, moderada y con los santos y para los fines: 1º de encaminarle a obrar en el sentido de la opinión; 2º el de comenzar a establecer en el país un sistema de oposición que no sea tumultuario, indecente, anárquico, injurioso, degradante al país y al Gobierno, y que para conseguirla no hay mejor medio que los cambios de Ministerio cuando los M. M. No gozan de la aceptación pública de sus errores, por su falsa política y por otros motivos; que la que la oposición casa cuando sucede el cambio, y, en fin, que queremos aproximarnos a Inglaterra en cuanto sea posible en el modo de hacer la oposición; que el decreto que autoriza al Gobierno para suscribirse a los periódicos con el objeto de fomentar las prensas y escritores no excluye a los de la oposición; que siempre que ésta se haga sin faltar a las leyes ni a la decencia, el buen gobierno debe apetecerla y que esa intolerancia del Ministerio, sólo puede encontrarse en un mal Ministerio que tiene que temer, etc., etc.; añadiendo que es una pretensión muy vana el querer marchar sin oposición; que el Ministerio de Fernando podrá esperar un vergonzoso silencio o un general aplauso de su conducta funcionaria; que sobre todo la distribución de los fondos públicos destinados al fomento de la ilustración no puede hacerse según el gusto y capricho del Ministro, sino conforme a la justicia y conveniencia del pueblo, y podría concluirse diciendo que no se quería la suscripción del Gobierno y que el sostén del Hurón sin ella, sería una de las pruebas de que escribía en el sentido de la opinión, etc., etc.; otra vez. Urízar podría hacer artículo dándole usted estos apuntes.

Tenemos cabo de año y bueno el 21 del corriente: yo me he elevado con él porque principié a correr las diligencias con concepto a hacerlo entre todos los amigos; pero me han dejado solo; paciencia.

Se necesita poner algo en “El Mercurio” ese día: empéñese usted, pues, con el señor don Andrés Bello para que haga alguna cosa buena, como acostumbra; yo le añadiré aquí las particularidades que hayan ese día en la función, y todo el artículo irá también a la imprenta como mío: si es posible debe venir cuando más tarde el 19 para que lo tenga armado y no deje de publicarse el 21. Si el señor Bello tuviese algún inconveniente para hacer el artículo, puede usted valerse de algún otro conocido, aunque no salga tan bueno, pero le prevengo que debe trazarse de modo que reanime y haga revivir aunque sea por horas, el espíritu público de aquellos tiempos. Debe escribir en el sentido de que algunos ciudadanos de este puerto han querido a los manes de Ovalle esta memoria.

Si se encuentra por la calle o en alguna parte con don Ventura Lavalle[2], dígale que he agradecido y apreciado en mucho la colección de convites o retratos del carácter peruano.

¿Cómo se siente mi amigo Pedro Uriondo?

¿En qué términos fueron las propuestas para la hacienda?

Don Roberto Budge ha deshecho el trato de las harinas que habían en su bodega y que avisé a usted estar vendidas porque salieron muy mal molidas. Paciencia.

Soy de usted muy afecto amigo y S. S.

D. PORTALES

[1] Garfias. –G.F.C.

[2] Don Ventura Lavalle desempeño durante largos años delicadas comisiones diplomáticas y consulares en el Perú y Ecuador, y también creemos, accidentalmente, en Nueva Granada. Portales mismo lo nombró para el desempeño de esos cargos, y durante la guerra contra la Federación Perú-Boliviana, su actuación fué brillante y destacada. Era un hombre culto, inteligente y de una poderosa penetración. –G.F.C.

Epistolario de Don Diego Portales

Recopilación y notas de Ernesto de la Cruz y Guillermo Feliú Cruz

Tomo I

Edición impresa por acuerdo del Ministerio de Justicia con la ocasión del centenario de la muerte de Portales, Santiago de Chile, 1937.


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