Carta de O’Higgins el 13 de marzo de 1819 sobre el ESTADO MAPUCHE.
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El Supremo Director del Estado a nuestros hermanos los habitantes de la frontera del Sud.
Chile acaba de arrojar de su territorio a sus enemigos después de nueve años de una guerra obstinada y sangrienta. Sus fuerzas marítimas y terrestres, sus recursos y el orden regular que sigue la causa americana en todo el continente, forman un magnífico cuadro, en que mira afianzada su Independencia.
Las valientes tribus de Arauco, y demás indígenas de la parte meridional, prodigaron su sangre por más de tres centurias defendiendo su libertad contra el mismo enemigo que hoy es nuestro. ¿Quién no creería que estos pueblos fuesen nuestros aliados en la lid a que nos obligó el enemigo común? Sin embargo, siendo idénticos nuestros derechos, disgustados por ciertos accidentes inevitables en guerra de revolución, se dejaron seducir de los jefes españoles. Esos guerreros, émulos de los antiguos espartanos en su entusiasmo por la independencia, combatieron encarnizadamente contra nuestras armas, unidos al ejército real, sin más fruto que el de retardar algo nuestras empresas y ver correr arroyos de sangre de los descendientes de Caupolicán, Tucapel, Colocolo, Galvarino, Lautaro y demás héroes, que con proezas brillantes inmortalizaron su fama.
¿Cuál habría sido el fruto de esta alianza en el caso de sojuzgar los españoles a Chile? Seguramente el de la pronta esclavitud de sus aliados. Los españoles jamás olvidaron el interés que tenían en extenderse hasta los confines del territorio austral. Sus preciosas producciones, su incomparable ferocidad, y su situación local, han excitado siempre su ambición y codicia. Con este objeto han mantenido continua guerra contra sus habitantes, suspendiéndola sólo cuando han visto que no hay fuerza capaz de sujetar a unos pueblos que han jurado ser libres a costa de todo sacrificio. Pero no han desistido de sus designios, pues en los tiempos que suspendieron las armas fomentaron la guerra intestina, para que destruyéndose mutuamente los naturales, les quedase franco el paso a sus proyectos. Entre tanto el comercio no era sino un criminal monopolio; la perfidia, el fraude, el robo y en fin todos los vicios daban impulso a sus relaciones políticas y comerciales.
Pueblos del Sud, decidme si en esto hay alguna exageración; y si por el contrario apenas os presento un lisonjero bosquejo de la conducta española, convendréis precisamente en que dominando España a Chile, se hubiera extendido sobres vuestros países como una plaga desoladora, concluyendo con imponeros su yugo de fierro que acaso jamás podríais sacudir.
En el discurso de la guerra pensé muchas veces hablaros sobre esto, y me detuve porque conocí que estabais muy prevenidos a cerrar los oídos a la voz de la verdad. Ahora que no hay un motivo de consideración hacia vosotros, ni menos a los españoles, creo me escucharéis persuadidos de que sólo me mueve el objeto santo de vuestro bien particular y del común del hemisferio chileno.
Nosotros hemos jurado y comprado con nuestra sangre esa Independencia, que habéis sabido conservar al mismo precio. Siendo idéntica nuestra causa, no conocemos en la tierra otro enemigo de ella que el español. No hay ni puede haber una razón que nos haga enemigos, cuando sobre estos principios incontestables de mutua conveniencia política, descendemos todos de unos mismos Padres, habitamos bajo de un clima; y las producciones de nuestro territorio, nuestros hábitos y nuestras necesidades respectivas no invitan a vivir en la más inalterable buena armonía y fraternidad.
El sistema liberal nos obliga a corregir los antiguos abusos del Gobierno español, cuya conducta antipolítica diseminó entre vosotros la desconfianza. Todo motivo de queja desaparecerá si restablecemos los vínculos de la amistad y unión a que nos convida la naturaleza. Yo os ofrezco como Supremo magistrado del pueblo chileno que de acuerdo con vosotros se formarán los pactos de nuestra alianza, de modo que sean indisolubles nuestra amistad y relaciones sociales. Las base sólidas de la buen fe deben cimentarlas, y su exacta observancia producirá la felicidad y seguridad de todos nuestros pueblos. Se impondrá penas severas a los infractores, que se ejecutarán a vista de la parte ofendida, para que el ejemplo reprima a los díscolos.
Nuestras Escuelas estarán abiertas para los jóvenes vuestros que voluntariamente quieran venir a educarse en ellas, siendo de cuenta de nuestro Erario todo costo. De este modo se propagarán la civilización y luces que hacen a los hombres sociales, francos y virtuosos, conociendo el enlace que hay entre los derechos del individuo y los de la sociedad; y que para conservarlos en su territorio es preciso respetar los de los pueblos circunvecinos. De este conocimiento nacerá la confianza para que nuestros comerciantes entren a vuestro territorio sin temor de extorsión alguna, y que vosotros hagáis lo mismo en el nuestro, bajo la salvaguardia del derecho de gentes que observaremos religiosamente.
Me lleno de complacencia al considerar hago estas proposiciones a unos hombres que aman su independencia como el mejor don del Cielo; que poseen un talento capaz de discernir las benéficas intenciones del pueblo chileno; y que aceptándolas, desmentirán el errado concepto de los europeos sobre su trato y costumbres,
Araucanos, cunchos, huilliches y todas las tribus indígenas australes: ya no os habla un Presidente que siendo sólo un siervo del rey de España afectaba sobre vosotros una superioridad ilimitada; os habla el jefe de un pueblo libre y soberano, que reconoce vuestra independencia, y está a punto a ratificar este reconocimiento por un acto público y solemne, firmando al mismo tiempo la gran Carta de nuestra alianza para presentarla al mundo como el muro inexpugnable de la libertad de nuestros Estados. Contestadme por el conducto del Gobernador Intendente de Concepción a quien he encargado trate este interesante negocio, y me avise de nuestra disposición para dar principio a las negociaciones. Entre tanto aceptad la consideración y afecto sincero con que desea ser vuestro verdadero amigo.
Bernardo O´Higgins R.
SANTIAGO, Sábado 13 de Marzo de 1819.
Segunda Declaración de Historiadores en apoyo al pueblo mapuche.
Con dolor e indignación, los historiadores e historiadoras que suscribimos esta declaración, constatamos que la interpelación que le hiciéramos a la Presidenta de la República, Michelle Bachelet, en enero de 2008, en torno a acoger las demandas históricas del pueblo mapuche no sólo no ha sido escuchada, sino que, por el contrario, el cerco represivo y mediático se ha intensificado. Prueba de ello es el asesinato el miércoles 12 de agosto del joven comunero mapuche Jaime Mendoza Collío. Queremos, en consecuencia, ratificar ante el pueblo chileno y la comunidad internacional lo señalado hace un año y medio atrás.
1. Rechazamos la militarización del Gulumapu (territorio histórico del pueblo mapuche), la instauración de un régimen permanente de vigilancia y terror policial, el encarcelamiento y procesamiento de comuneros mapuches y el cobarde asesinato de Jaime Mendoza Collío.
2. Consideramos que situaciones de esta naturaleza tienen una larga génesis histórica, que arrancó con el proceso de conquista y ocupación militar de la Araucanía por las huestes españolas en el siglo XVI, cuando empezó el proceso de usurpación de las tierras indígenas. Si bien la resistencia mapuche logró contener durante los siglos coloniales y en las primeras décadas republicanas el avance invasor, durante lasegunda mitad del siglo XIX, a medida que el Estado nacional chileno se consolidaba, nuevamente la clase dominante fijó sus ojos en esos territorios, desplegando la mal llamada “Pacificación de la Araucanía”, que culminó con el despojo violento de las tierras del pueblo mapuche y su confinamiento en reducciones que han perpetuado su pobreza, marginación y discriminación hasta nuestros días.
3. Desde entonces la lucha de los mapuches por recuperar sus tierras ancestrales no ha cesado aunque se ha manifestado de manera diversa y ha conocido avances y retrocesos según los momentos históricos. Comenzando con la constitución de las primeras organizaciones mapuches (mutualistas y culturales) a comienzos del siglo XX hasta las actuales recuperaciones de tierras, pasando por la participación en partidos políticos, el levantamiento de Ranquil de 1934 (en alianza con campesinos pobres chilenos) y las “corridas de cerco” de los años de la Reforma Agraria, se puede observar una notable continuidad histórica en las demandas de tierra, justicia y libertad de este pueblo.
4. En los últimos años las reivindicaciones históricas mapuches han sido enfrentadas por el Estado de Chile de manera esencialmente judicial y policial, criminalizando sus luchas y negándose al reconocimiento de su autonomía como pueblo. Esto se ha traducido en una creciente militarización de la Araucanía, la aplicación de la Ley Antiterrorista, heredada de la dictadura militar, y el cerco mediático oficial respecto de la realidad que se vive en ese territorio.
5. Los principales agentes del Estado, al igual que las autoridades regionales y locales de la Araucanía, los partidos políticos representados en el Parlamento, las organizaciones empresariales y la mayoría de los medios de comunicación social han patrocinado o avalado esta ofensiva represiva contra las comunidades mapuches, guardando un silencio cómplice o deformando groseramente lo que está ocurriendo.
6. Esta situación requiere un drástico cambio de política del Estado de Chile, que debe asumir un reconocimiento pleno de la diversidad de pueblos originarios existente en nuestro país, lo que implica, entre otros puntos, la autonomía política de las comunidades indígenas, la devolución de sus tierras arbitrariamente usurpadas en base al “derecho de Conquista” y el pleno respeto de los Derechos Humanos de sus integrantes.
7. Frente a la justicia de las demandas históricas del pueblo mapuche y teniendo presente el actual escenario represivo que el Estado chileno ha configurado en la Araucanía, manifestamos nuestra más profunda solidaridad con el pueblo mapuche y advertimos a las autoridades de gobierno que la violencia desatada por la policía en la región sólo legitima el derecho a la autodefensa de aquellos históricamente agredidos.
Santiago de Chile, 19 de agosto de 2009.
Sergio Grez Toso, Universidad de Chile.
Igor Goicovic Donoso, Universidad de Santiago de Chile.
Julio Pinto Vallejos, Universidad de Santiago de Chile.
Jorge Pinto Rodríguez, Universidad de La Frontera (Temuco).
Patrick Puigmail, Universidad de Los Lagos (Osorno).
Milton Godoy Orellana, Universidad Academia de Humanismo Cristiano.
Verónica Valdivia Ortiz de Zárate, Universidad Diego Portales.
Augusto Samaniego Mesías, Universidad de Santiago de Chile.
Margarita Iglesias Saldaña, Universidad de Chile.
Alberto Díaz Araya, Universidad de Tarapacá (Arica).
Pablo Aravena Núñez, Universidad de Valparaíso.
Alejandra Brito, Universidad de Concepción.
Manuel Loyola, Universidad Católica Cardenal Raúl Silva Henríquez.
Pedro Rosas Aravena, Universidad ARCIS.
Luis Corvalán Márquez, Universidad de Valparaíso.
Nelson Castro, Universidad de Valparaíso.
Sergio Caniuqueo Huircapán, Comunidad de Historiadores Mapuche.
Luis Vitale Cometa, Universidad de Chile.
Claudia Videla, Universidad de Chile.
Karen Alfaro Monsalve, Taller de Ciencias Sociales Luis Vitale Cometa (Concepción).
Pablo Artaza Barrios, Universidad de Chile.
Alexis Meza Sánchez, Universidad ARCIS.
Patricio Quiroga Zamora, Universidad de Valparaíso.
Claudio Robles, Universidad Austral de Chile (Valdivia).
Beatriz Areyuna Ibarra, Universidad Academia de Humanismo Cristiano.
Mario Valdés Vera, Universidad ARCIS (Concepción).
Leonardo León Solís, Universidad de Chile.
Claudio Pérez Silva, Universidad Academia de Humanismo Cristiano.
César Leyton Robinson, Universidad de Chile.
Manuel Fernández Gaete, Universidad Bolivariana (Los Ángeles).
Ivette Lozoya López, Universidad de Santiago de Chile.
Marcos Fernández Labbé, Universidad Alberto Hurtado.
César Cerda Albarracín, Universidad Tecnológica Metropolitana.
Alberto Harambour Ross, Universidad Diego Portales.
Pedro Canales Tapia, Universidad Pedro de Valdivia (La Serena).
Daniel Palma, Universidad ARCIS.
Eduardo Palma, Universidad de Chile.
Claudio Barrientos, Universidad Diego Portales.
José Luis Martínez Cereceda, Universidad de Chile.
Francis Goicovich, Universidad de Chile.
Jorge Iturriaga, Pontificia Universidad Católica de Chile.
Juri Carvajal Bañados, Universidad de Chile.
Juan Carlos Gómez Leyton, Universidad ARCIS.
Marcelo Mella Polanco, Universidad de Santiago de Chile.
Eduardo Cruzat C., Universidad ARCIS (Cañete).
Cristina Moyano Barahona, Universidad de Santiago de Chile.
Sebastián Leiva, Universidad ARCIS.
Lucía Valencia Castañeda, Universidad de Santiago de Chile.
Rodrigo Sánchez, Universidad de Chile.
Fabio Moraga Valle, Universidad Academia de Humanismo Cristiano.
Robinson Silva Hidalgo, Taller de Ciencias Sociales Luis Vitale Cometa (Concepción).
Juan Guillermo Muñoz, Universidad de Santiago de Chile.
Carolina Andaur Marín, Universidad de Talca.
A propósito del 18.
Estamos a sólo horas de un nuevo 18 de Septiembre… en las calles comienzan a enarbolarse las banderas, desde los negocios sale el olor a las empanadas, “está buena la carne”, señala el comercial de una de las tantas empresas monopólicas del país… Hoy, comienza la temporada de fondas, y los periodistas hacen votos por ver a la Bachelet bailar un pie de cueca… y es que las tradiciones son importantes, dicen.
Todo eso, con el propósito de celebrar “nuestras” fiestas patrias… el 18, celebramos el “Día de la Independencia” y el 19, las “glorias de nuestro ejército”.
Partamos por la primera de las celebraciones. Pongámonos de pie… resuenan trompetas… “Día de la Independencia”. ¿Independencia? ¿De quién? Si nosotros vemos la historia, notaremos que la guerra de emancipación es un conflicto elitario. Es la lucha entre una misma clase. Es la lucha de la aristocracia criolla contra la aristocracia peninsular. También se nos señala a través de la historia, que es un proceso multicausal. ¿Cuáles son esas causas? Todas son causas que rodean, de una manera u otra, a la aristocracia. La fundamental, es que los criollos han sido dejados de lado, no eran tomados en cuenta para los cargos más importantes de la colonia hispánica. Sólo podían tener acceso algunos puestos de mediana importancia en el cabildo. Otra de las causas… el daño que habían producido algunas medidas económicas de la dinastía borbona, en la precaria industria “nacional”. ¿Quiénes son los dañados? Ellos. En especial, la aristocracia criolla. A ellos se les alzó los impuestos, ellos perdieron plata con la sobresaturación de mercaderías y la consecuente falta de circulante, y ellos fueron las víctimas del contrabando de los delincuentes del camino, de piratas y corsarios. Ellos son las víctimas del mal gobierno de García Carrasco… lo que se soluciona con su derrocamiento, y con la puesta de Mateo de Toro y Zambrano. Veamos a ese personaje. Un caballero anciano, 83 años, realista, manejable por su frágil memoria. Cómo será, que la prensa de farándula de la época (un chistecito no le hace mal a nadie), señalaba que el Conde de la Conquista (cargo comprado), se quedaba con la opinión del último que le hablaba. Ese fue el hombre que “dirigió” el cabildo abierto del 18 de Septiembre de 1810. El principal acuerdo de esa reunión, en la que participaron los vecinos más virtuosos (concepto muy común en “La República” de Platón) y honorables de la ciudad de Santiago, fue el juramento de lealtad al rey Fernando VII, apresado por las fuerzas napoleónicas. Y ahí está el meollo del asunto… renació una concepción medieval, con respecto a la monarquía absoluta española. El concepto es más o menos así: Dios había delegado el poder al pueblo español, y el rey les gobernaba mediante el pueblo… Dios lo había querido así. Con el rey cautivo, el poder residió en el pueblo, evidentemente estamos hablando de la aristocracia, que por la defensa de sus intereses inauguró Juntas de Gobierno. Y así comienza la lucha de “nuestra” independencia. Lucha que cuando concluye con la batalla en los llanos del Maipo (1818), deja en el poder a un hijo de esta aristocracia, que asume un poder plenipotenciario… inauguró un gobierno republicano, pero en el cual el Director Supremo ejercía un poder cuasi-monárquico. Los libros de historia oficial, no muestran a los rotos. Y es que el “bajo pueblo” debía ser moralizado, disciplinado, enseñado. Por lo mismo, Portales, señala que la democracia es el “gobierno de los ilusos”… por eso, la necesidad de un gobierno autoritario y centralizador. A fines del siglo XIX, comienzan a surgir una serie de movimientos sociales (sindicales, mancomúnales, políticas)… Es ahí, donde sale a la luz, “el viejo topo de la historia” (Marx)… Pero, es una salida a la luz, desde la colonia en adelante, ese bajo pueblo fue oprimido, reprimido, humillado, subyugado. Entonces, el 18 celebramos la Independencia de una clase, la que ostenta el poder, no la del país.
Vueeeeeeelta! Llega el 19. La Parada Militar. Esa que nos hace recordar que estamos celebrando las glorias del Ejército. De ese que ha sido “siempre vencedor, jamás vencido”. ¿A quién ha vencido? No sólo a españoles, peruanos y bolivianos… con el que ha sido infranqueable es con el “enemigo interno”. Esa victoria la logró masacrando, aplastando a sangre y fuego a nuestros compatriotas, a sus compatriotas, en 1830, en 1851-1852, en 1859, en 1891, en 1901, en 1903, 1905, 1906, 1907, 1934, 1946, 1957, 1962, 1967, 1969, y desde 1973 a 1989, entre otras. No importaba… eran los pipiolos, “liberales rojos” y finalmente, eran los marxistas… qué importaban eran los “humanoides”. Lo fue aplastando a sangre y fuego a nuestros antepasados mapuches, en lo que los siúticos denominan pacificación de la Araucanía. Qué pacificación, fue una ocupación violenta. Es ese ejército, que nació para defender al pueblo, que está manchado con la sangre de sus hermanos.
Y esto no es lo que algunos elocuentes llaman “del pasado”. O lo que otros, un poquito más inteligentes, nos invitan a estudiar en su contexto. ¿Qué contexto? Nuestra nación fue forjada con el mal endémico de la desigualdad, del autoritarismo. Tenemos una democracia que ha sido tutelada por la sombra de las bayonetas. Las clases más bajas siguen siendo reprimidas, tal vez, no por las fuerzas policiales o militares, pero si por la exclusión. Es que como dijera María Angélica Illanes, el gobierno está más preocupado de construir una república, no una democracia. Por eso, escuchamos a la presidenta hablar de la importancia de los símbolos patrios, símbolos que tienen derechos (“nadie tiene el derecho de destruirlos”). Pero esos símbolos ¿a quiénes representan? A ellos. A los triunfadores.
Es tiempo, en los cuales debemos preocuparnos más de construir una verdadera democracia, que borre las exclusiones políticas, económicas y sociales. Es tiempo que la Independencia, nos alcance a todos, no sólo con las empanadas y la carne (tipo “pan y circo” romanos), sino la independencia de verdad. La que signifique nuestra autodeterminación, una verdadera soberanía popular. Y que cuando logremos eso, podamos cuidarlo con dientes y uñas, de aquellos que siempre nos han querido someter. Sólo ahí, los que no vivimos para el tiempo del gobierno popular, respiraremos, por vez primera, los aires de la libertad.
Puente Alto, 15 de septiembre de 2006.
Luis Pino Moyano.
Declaración Pública (Primera declaración de Historiadores a favor del pueblo mapuche).
En presencia de los gravísimos acontecimientos acaecidos últimamente en la Araucanía, que han significado la virtual militarización del territorio histórico del pueblo mapuche, la instauración de un régimen permanente de vigilancia y terror policial y el asesinato del joven estudiante y comunero Matías Catrileo Quezada por miembros del cuerpo de Carabineros de Chile, y ante la indiferencia de las principales autoridades del Estado frente a la huelga de hambre de los prisioneros políticos mapuches, los historiadores e historiadoras abajo firmantes declaramos:
1.- Los hechos mencionados tienen una larga génesis histórica, que arrancó con el proceso de conquista y ocupación militar de la Araucanía por las huestes españolas en el siglo XVI, cuando empezó el proceso de usurpación de las tierras indígenas. Si bien la resistencia mapuche logró contener durante los siglos coloniales y en las primeras décadas republicanas el avance invasor, durante la segunda mitad del siglo XIX, a medida que el Estado nacional chileno se consolidaba, nuevamente la clase dominante fijó sus ojos en esos territorios, desplegando la mal llamada “Pacificación de la Araucanía”, que culminó con el despojo violento de las tierras del pueblo mapuche y su confinamiento en reducciones que han perpetuado su pobreza, marginación y discriminación hasta nuestros días.
2.- Desde entonces la lucha de los mapuches por recuperar sus tierras ancestrales no ha cesado aunque se ha manifestado de manera diversa y ha conocido avances y retrocesos según los momentos históricos. Comenzando con la constitución de las primeras organizaciones mapuches (mutualistas y culturales) a comienzos del siglo XX hasta las actuales recuperaciones de tierras, pasando por la participación en partidos políticos, el levantamiento de Ranquil de 1934 (en alianza con campesinos pobres chilenos) y las “corridas de cerco” de los años de la Reforma Agraria, se puede observar una notable continuidad histórica en las demandas de tierra, justicia y libertad de este pueblo.
3.- En los últimos años las reivindicaciones históricas mapuches han sido enfrentadas por el Estado de Chile de manera esencialmente judicial y policial, criminalizando sus luchas y negándose al reconocimiento de su autonomía como pueblo. Esto se ha traducido en una creciente militarización de la Araucanía, la aplicación de la Ley Antiterrorista, heredada de la dictadura militar, y el cerco mediático oficial respecto de la realidad que se vive en ese territorio.
4.- Los principales agentes del Estado, al igual que las autoridades regionales y locales de la Araucanía, los partidos políticos representados en el Parlamento, las organizaciones empresariales y la mayoría de los medios de comunicación social han patrocinado o avalado esta ofensiva represiva contra las comunidades mapuches, guardando un silencio cómplice o deformando groseramente lo que está ocurriendo.
5.- Esta situación requiere un drástico cambio de política del Estado de Chile, que debe asumir un reconocimiento pleno de la diversidad de pueblos originarios existente en nuestro país, lo que implica, entre otros puntos, la autonomía política de las comunidades indígenas, la devolución de sus tierras arbitrariamente usurpadas en base al “derecho de Conquista” y el pleno respeto de los Derechos Humanos de sus integrantes.
Santiago, 10 de enero de 2008.
- Sergio Grez Toso, Director Magíster de Historia y Ciencias Sociales Universidad ARCIS, académico de la Universidad de Chile.
- Igor Goicovic Donoso, académico de la Universidad Santiago de Chile.
- Julio Pinto Vallejos, académico de la Universidad Santiago de Chile.
- Alexis Meza Sánchez, Director de Currículum de la Universidad ARCIS, miembro del Taller de Ciencias Sociales “Luis Vitale”.
- Pablo Marimán Quemenado, académico de la Universidad ARCIS, Bío-Bío.
- Sebastián Leiva, académico de la Universidad ARCIS.
- Carmen González Martínez, académica de la Universidad de Murcia, España.
- Rolando Álvarez Vallejos, académico Universidad de la ARCIS, investigador del Instituto de Ciencias Alejandro Lipschutz.
- Karen Alfaro Monsalve, académica de la Universidad ARCIS, Bío-Bío.
- Daniel Palma Alvarado, académico de las universidades ARCIS y Alberto Hurtado.
- Patricio Herrera González, académico de la Universidad de Valparaíso.
- Alicia Salomone, académica de la Universidad de Chile.
- Mario Valdés Vera, coordinador Carrera de Historia y Ciencias Sociales Universidad ARCIS, Bío-Bío.
- José Luis Cifuentes Toledo, académico de las universidades ARCIS (Bío-Bío) y Bolivariana de Los Ángeles.
- Gabriel Salazar Vergara, Premio Nacional de Historia, académico de la Universidad de Chile.
- Felipe A. Lagos Rojas, Magíster © en Estudios Latinoamericanos.
- Alex Díaz Villouta, académico de la Universidad ARCIS, Bío-Bío.
- Claudia Zapata, académica de la Universidad de Chile.
- Marcos Fernández Labbé, académico de la Universidad Alberto Hurtado.
- José Luis Martínez Cereceda, Director de la Escuela de Postgrado de la Facultad de Filosofía y Humanidades de la Universidad de Chile.
- Ricardo Vargas Morales, académico de la universidades ARCIS Bío-Bío y Bolivariana sede Los Ángeles.
- Eduardo Cruzat C., académico de la Universidad ARCIS, Bío-Bío.
- Margarita Iglesias Saldaña, Directora de Relaciones Internacionales de la Facultad de Filosofía y Humanidades de la Universidad de Chile.
- Milton Godoy Orellana, académico de las univesidades de La Serena y Academia de Humanismo Cristiano.
- Fabio Moraga Valle, profesor investigador de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM).
- Eduardo Godoy Sepúlveda, profesor del Preuniversitario Popular y Solidario Luis Emilio Recabarren González, Pedro Aguirre Cerda, Santiago.
- Alberto Díaz Araya, académico de la Universidad Bolivariana sede Iquique.
- Pablo Artaza Barrios, académico de la Universidad de Chile.
- Francis Goicovic, académico de la Universidad de Chile.
- Pablo Aravena Núñez, Jefe de Carrera de Pedagogía en Historia y Geografía de la Universidad de Viña del Mar.
- Nancy Fernández Mella, académica de la Universidad de Talca.
- Mario Garcés Durán, académico de la Universidad de Santiago de Chile, Director de ECO, Educación y Comunicaciones.
- Elisabet Prudant Soto, ayudante de la Escuela de Historia Universidad Diego Portales.
- María Angélica Illanes, académica de la Universidad Austral, Valdivia.
- Pedro Rosas Aravena, Director de la Escuela de Historia y Ciencias Sociales de la Universidad ARCIS.
- Simón Castillo Fernández, Magíster © en Historia, Universidad de Chile.
- Carlos Vivallos Espinoza, Investigador CONICYT/Fondecyt de la Universidad de Concepción.
- Luis Corvalán Márquez, académico de las universidades de Santiago de Chile (USACH) y de Valparaíso.
- Raúl Núñez Muñoz, académico de la Universidad de Los Lagos.
- Augusto Samaniego, Director del Departamento de Historia Universidad de Santiago de Chile.
- Alberto Harambour Ross, académico de la Universidad ARCIS.
- Jorge Magasich, académico del Institut des Hautes Études des Communications Sociales, Bruselas, Bélgica.
- Carlos Ruiz Rodríguez, académico de la Universidad de Santiago de Chile.
- Jaime Insunza Becker, Vice-rector Académico de la Universidad ARCIS.
- Carlos Sandoval Ambiado, académico de las universidades Bolivariana y del Mar.
- Juan Carlos Gómez Leyton, Director del Doctorado en Procesos Sociales y Políticos en América Latina de la Universidad ARCIS.
- Beatriz Areyuna Ibarra, Jefa de la Carrera de Pedagogía en Historia y Ciencias Sociales de la Universidad Academia de Humanismo Cristiano.
- Hernán Venegas Valdebenito, académico de la Universidad de Santiago.
- Manuel Fernández Gaete, Director Sede Los Ángeles de la Universidad Bolivariana.
- Leonardo León Solís, académico de la Universidad de Chile.
- Miguel Rojas-Mix, Doctor honoris causa de la Universidad de Santiago de Chile y de otras universidades de América y Europa.
- Jorge Rivas Medina, Magíster © en Historia de la Universidad de Santiago de Chile.
- Pedro Canales Tapia, académico de la Universidad Pedro de Valdivia, La Serena.
- Marcela Cubillos Poblete, Directora de la Escuela de Pedagogía en Historia y Geografía de la Universidad de La Serena.
- María Valeria Frindt Carretón, profesora de Historia del Arte e Historia del Diseño.
- Leonardo Mazzei de Grazia, académico de la Universidad de Concepción.
- Claudio Robles Ortiz, académico de la Universidad de Concepción.
- Iván Ljubetic, investigador del Centro de Extensión Luis Emilio Recabarren.
- Alejandra Brito Peña, académica Universidad de Concepción.
- Claudio Pérez, académico Universidad Bolivariana, sede Los Ángeles.
- Luis Jara Urrea, profesor de Historia y Geografía, Secretario CUT provincial Concepción.
- Juan Guillermo Muñoz Correa, académico de la Universidad de Santiago de Chile.
- Pedro Bravo Elizondo, académico de la Wichita State University, Estados Unidos.
- Cristián Castro, doctorando en Historia de la Universidad de California, Estados Unidos.
- Luis Alegría Licuime, académico de las universidades ARCIS y Academia de Humanismo Cristiano.
- Rogelio Alegría Herrera, académico de la Universidad Bolivariana, sede Los Ángeles.
- Carolina Andaur Marín, Doctoranda en Historia, El Colegio de México.
- Nelson Castro Flores, académico de la Universidad de Valparaíso.
- Enrique Fernández Darraz, historiador y Doctor en Sociología por el Instituto de Sociología de la Universidad Libre de Berlín.
- Patrick Puigmail, académico de la Universidad de Los Lagos, Osorno.
- Jorge Benítez, Coordinador Académico de la Escuela de Historia y Ciencias Sociales de la Universidad ARCIS.
- José del Pozo, académico de la Université de Québec, Montreal, Canadá.
La huesera de la gloria.
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Sergio Grez Toso.
“Cuando el ejército chileno marchaba hacia el enemigo y las bandas ponían en juego sus instrumentos, los capellanes bendijeron la tropa, la cual conforme a Ordenanza se hincó, con una rodilla a tierra, y entonces el virtuoso sacerdote don Ruperto Marchant Pereira, que era uno de los capellanes, alzando las manos con profunda y comunicativa emoción pronunció estas palabras:
‘Hermanos: antes de morir por la Patria, elevad el corazón a Dios’” [1].
Así describió el historiador chileno Gonzalo Bulnes uno de los momentos previos a la batalla de Tacna o del Campo de la Alianza, donde perecieron o quedaron heridos, el 26 de mayo de 1880, varios miles de soldados chilenos, peruanos y bolivianos.
Portales, una falsificación histórica.
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Fuente: Portales, una falsificación histórica, Sergio Villalobos, Imagen de Chile, Ed. Universitaria, 1989.
Prólogo para una desilusión
He andado mucho tiempo cerca del Ministro. En mis años escolares le conocí desde lejos, en esa imagen distante, fría y algo solemne realzada por la opinión general sobre su grandeza.
Posteriormente, llegué a conocerle mejor, siempre rodeado de ese enorme prestigio y su admirable inteligencia, que derrochaba frente a los grandes problemas nacionales y en los pequeños incidentes del quehacer diario. Siempre me atrajeron su desenfado, sus palabras sarcásticas, el manejo de los hombres y los juicios certeros, inapelables, sobre cualquier circunstancia.
Durante un largo tiempo admiré su papel decisivo en momentos de grandes problemas públicos, en que determinaba las cosas con aplomo y audacia, mientras los otros vacilaban o no encontraban el camino más simple y evidente.
Conocí todos sus actos oficiales y también su vida privada, tan pintoresca y alegre. Aprendí sus dichos, observé cómo trataba a amigos y enemigos, a la pobre y hermosa Constanza y mil otras pequeñeces.
Jamás olvidaré aquel incidente en Lima, en que unas cuantas bofetadas dieron por el suelo con un jovencito que fue a reprocharle deshonestidad en un asunto mercantil, para terminar todos en la policía. Tampoco olvidaré la redacción iracunda y certera, en Valparaíso, de aquella carta en que volaban conceptos tan duros como despreciativos sobre los jueces, los abogados, el habeas corpus, los mamotretos jurídicos, la respetabilidad de la Constitución y las filosofías de Egaña.
Siempre recordaré con admiración su tenaz defensa de los derechos nacionales frente a la prepotencia de los extranjeros y su posición irreductible contra la Confederación Perú boliviana. Nunca dejé de sentir la presencia del genio. Nunca he dejado de sentirla.
Entre muchos ajetreos, conocí sus documentos, los papeles oficiales y sus cartas a toda clase de personajes, que me han regocijado permanentemente. Las habré leído cuatro, cinco o más veces y cada vez he descubierto una nueva faceta, un dato o un matiz distinto. Si vuelvo a leerlas no dudo que tendré más de alguna sorpresa.
La personalidad de Portales resulta de tal modo avasalladora que me ha parecido estar a su lado, sentir sus pasos livianos y seguros, comprender el significado de sus gestos y adivinar las palabras que tendría para referirse a un hecho cualquiera o para caricaturizar a una persona. De antemano podría señalar cuál sería su reacción en materias de gobierno o en los negocios.
Pero este largo contacto no siempre ha sido grato y ha concluido por abrirme muchos secretos que hubiese preferido ignorar. No deseo anunciarlos en las líneas fugaces de un prólogo, porque al escribirlo me ha guiado únicamente el propósito de confesar una desilusión.
No he querido, tampoco, referir su vida entera ni toda su acción gubernativa, en que hubo aciertos indudables, sino limitarme a los aspectos que deben ser revisados para entenderlo realmente y apreciar su papel en la historia. En semejante tarea he debido ser honesto e imitar al filósofo griego que afirmaba ser amigo de Platón, pero más de la verdad.
Espero se me crea que si he sido duro con mi personaje, he tenido que serlo primero conmigo mismo.
Hubiese deseado que la primera imagen hubiese sido la definitiva.
CAMINO DEL ALGARROBO
Verano de 1989
Para entender una imagen
El perfil acusado del ministro sugiere un relieve numismático: frente despejada, nariz recta, mentón agudo. El gesto no es duro y más bien pareciera ocultar la fuerte personalidad del estadista que con mano firme condujo a la república hacia el camino de su grandeza. En el rostro afloran la inteligencia penetrante, la mirada inquisitiva y la solidez de quien supo dominar el caos, aplastar a las facciones y construir con fuerzas dispares un régimen político destinado a permanecer.
Es la fisonomía de un hombre patriota y honesto, que forjó la institucionalidad, el respeto al derecho y el halo impersonal de la autoridad respetada y respetable.
Al menos, esa es la medalla acuñada por algunos historiadores y ensayistas, aceptada y manoseada con admiración por toda clase de gente y usada por movimientos políticos en busca de justificación.
Cuando se forja una medalla, existe el ánimo consciente o subconsciente de que ella resulte enaltecedora, de modo que la belleza de la imagen sugiera un alto sentido moral. Con fin se escogen la solidez del Meno, las formas sensuales del bronce y aun el brillo del oro, resultando símbolos que, creados en estado de exaltación, simplifican, adornan y ocultan, para terminar siendo deformaciones de la realidad.
Es un fenómeno que se produce invariablemente y que en los casos de van resonancia colectiva nace de fuertes devociones ideológicas y ayuda a prolongarlas en el tiempo; Pero toda medalla tiene un reverso y en la de Portales éste es muy áspero.
La falsedad de una imagen histórica es fácil de entender para el especialista, que conoce el método histórico y los espejismos que pueden alterar la realidad pasada. El asunto gira en torno a dos conceptos muy claros, por nadie discutidos, que deben tenerse en cuenta al abordar cualquier asunto pretérito: la noción de historia y la de historiografía.
La primera es el pasado mismo, los hechos tal como ocurrieron y que sólo pudieron conocer directamente y no por completo los contemporáneos.
Historiografía, en cambio, es el conjunto de investigaciones, estudios y libros elaborados posteriormente para llegar a conocer los hechos del pasado. Es el trabajo de investigadores e historiadores, que con una técnica bien configurada tratan de reproducir hechos que se desvanecieron sin remedio en el momento de producirse. Para ello cuentan con la huella dejada por los hechos: crónicas, documentos de toda suerte y restos.
Esas son las llamadas fuentes de la historia, los únicos testimonios mediante los cuales se puede conocer el pasado. Los historiadores están obligados por la probidad científica a seguirlos con exactitud. Si no lo hacen o emiten afirmaciones reñidas con la verdad de las fuentes, sus conclusiones carecen de validez y pueden ser rebatidas.
Un historiador, como cualquier persona, es el resultado de sus circunstancias; en sus ideas confluyen la educación recibida, la cultura refleja, sus experiencias y sus intereses personales y de grupo. Todo ello forma su concepto de la vida, del hombre y del mundo y se estructura en una filosofía que puede ser muy elaborada o muy sencilla. Ésta constituye una “ideología” o conjunto sistemático de ideas, que en muchos casos es abierta y flexible y en otros se ciñe a una doctrina que no admite desviaciones. Pero aun en el caso menos meditado se trata de una ideología.
También debe tenerse presente que en los planteamientos de un historiador pueden aflorar las fuerzas extrañas e inasibles del subconsciente y actitudes anímicas tan sutiles como perturbadoras.
El estudioso del pasado, como sujeto cognoscente está expuesto, así, a toda clase de errores. Es subjetivo y en su obra expresa invariablemente su ideología y mentalidad, aun cuando no se lo proponga y haga el mayor esfuerzo de objetividad.
En las historias de viejo estilo, simples relatos de hechos expuestos cronológicamente, la subjetividad suele ser poco evidente, pero está implícita. En cambio, en las obras interpretativas, como muchas de este siglo, la subjetividad de los autores puede manifestarse con claridad y ser un manto que deforme groseramente los hechos.
Ahí es donde la ciencia histórica demanda una revisión e impone la vuelta a las fuentes para estudiarlas, analizarlas y alcanzar la objetividad.
Cuando la historia ha sido deformada por la historiografía, es indispensable volver a los testimonios mismos del pasado para restablecer la verdad.
No hay historiador intocable. Cualquiera de ellos puede haber errado y sus opiniones son simplemente sus opiniones. Por esa razón -entre otras- la historia se escribe y re escribe continuamente. Sería ingenuo pensar que una ciencia, como es la historia, no evolucionase y que sus conocimientos fuesen rígidos, en circunstancias que hasta las llamadas ciencias exactas han visto alterarse sus nociones fundamentales.
Contra la renovación del saber histórico se unen diversos elementos que actúan sobre la sociedad y dentro de ella: los programas oficiales de enseñanza, la oratoria de circunstancia, los homenajes y la divulgación a través de los medios de comunicación. También influyen algunos organismos amparados por el Estado, los textos escolares, el profesorado, las publicaciones de aficionados y los ensayistas que incursionan en el pasado sin conocerlo realmente.
La acción persistente de esos elementos petrifica el pensamiento del hombre corriente, que por inercia llega a creer que la historia, además de ser muy simple, es un conocimiento dado que no cabe revisar. Se forma de ese modo un ambiente mental en que la pereza y la ingenuidad tienen su parte.
Una incidencia muy grave tiene también el concepto generalizado que liga a la historia con el patriotismo, que conduce a iluminarla e idealizarla, de modo que los hechos y los personajes sean ejemplos de alto sentido moral. Se llega, así, a deformarla, falseando la información y ocultando los aspectos grises y negros, en actitudes plenamente conscientes y que constituyen un engaño.
Bien planteadas las cosas, no se entiende por qué una ciencia tenga que servir para fines patrióticos. Si ella está destinada a buscar la verdad y a aportar una experiencia, no es aceptable mediatizaría a fines extraños, que generalmente tienen intención política. Hay que entender la historia tal como ella fue, con sus aspectos positivos y negativos, porque sólo de esa manera es una enseñanza válida.
Muchas veces hay que envidiar a la entomología o al cálculo infinitesimal, porque a nadie se le ha pasado por la mente subordinarlos al patriotismo.
Bien decía un célebre intelectual que el amor a la patria es una virtud cívica y no un método de investigación.
En la historiografía relativa a Portales se han manifestado de manera muy nítida los vicios anteriores. Pero ha sido la intención ideológica y la defectuosa visión histórica las que han deformado el tema. Nos referimos a las obras científicas y no a las de difusión que sólo repiten vulgaridades.
La controversia de liberales y conservadores
La glorificación de Portales comenzó al día siguiente de su asesinato y fueron los círculos gubernativos y la aristocracia ligada al poder autoritario los que mantuvieron un culto sin réplica durante más de dos décadas. El régimen político y el predominio conservador no eran favorables para ideas divergentes. En el fondo, era la necesidad oficial de legitimar el uso aristocrático del poder haciéndolo derivar de un personaje famoso y admirado, cuyo prestigio se cultivaba de manera constante para darle más relieve aún. El mismo sacrificio del ministro le engrandecía en el sentimiento común, entonces y también ahora, debido a la reacción natural frente a la muerte trágica de un estadista. Se tenía el mártir y con él se ennoblecía la causa.
Las exequias del ministro fueron imponentes y se usaron todos los recursos anímicos para exaltar la atrocidad del asesinato. Un espíritu tan agudo como Carmen Arraigada captó el sentido de aquella parafernalia y en carta a Mauricio Rugendas decía al pintor: “los señores mandones de Chile han deificado su ídolo. Traer el birlocho que tuvo la honra de cargar por tres días el sagrado personaje y exponer los grillos que oprimieron sus benditos pies. ¡Vaya!, ¡Y por qué no guardan como reliquias las balas que partieron su corazón benévolo y la espada. He leído que se llena el coche del difunto, el coche de su familia por supuesto, el que lleva las armas y blasones; Pero un birlocho de alquiler y poner hasta los mismos caballos!”
El gobierno de don Joaquín Prieto, después de la desaparición de su inspirador, y los de Manuel Bulnes y Manuel Montt, mantuvieron el culto de Portales y durante el último se inauguró su estatua en la plazoleta situada frente a la Moneda.
A raíz de esa ceremonia, José Victorino Lastarria manifestaba el año siguiente, 1861, en su Juicio histórico sobre don Diego Portales, que “tal vez ningún hombre público de Chile ha llamado más la atención que don Diego Portales, con la particularidad de que a ninguno se le ha quemado más incienso, a ninguno se le ha elogiado más sin contradicciones, más sin discusión sobre su mérito”. Y más adelante se preguntaba: “¿Quién ha podido contradecir su mérito, quién ha podido juzgarlo? Durante su vida habría sido una temeridad estudiarlo, y en esta época tanto como en la que sucedió a su muerte, no habla ni pudo haber inteligencia alguna libre de preocupaciones (prejuicios) para estudiar al hombre ni para apreciar imparcialmente su obra. Por esto jamás se ha levantado una voz para contradecir el unísono coro de alabanzas que ha ensalzado siempre el nombre de Portales; y por esto hasta ha aparecido de mal tono o se ha mirado como un bostezo de pasiones mal disimuladas, cualquier palabra, cualquier objeción que se haya hecho oír en público o en privado contra el hombre que han dado en presentar como el primer estadista de América” (2).
En su ensayo, que no pretendía ser una investigación, Lastarria inicia “a la revisión portaliana y fue seguido dos años más tarde por otro liberal, Benjamín Vicuña Mackenna que con sus dos tomos titulados Diego Portales hizo un aporte fundamental por tratarse del primer estudio sistemático y detallado, basado en una extensa documentación y en el testimonio oral de los contemporáneos (3).
Ambos autores enfocaron con dureza la política dictatorial del ministro que había ahogado el desenvolvimiento de la libertad para mantener un régimen autocrático que defraudaba los ideales iniciados en 1810. Sus métodos arbitrarios y duros para llegar al poder y luego para mantenerse en él, desatando las persecuciones, silenciando la prensa, desterrando a los opositores y llegando hasta inmolarlos en el patíbulo, fueron expuesta con toda su crudeza y con adjetivos condenatorios.
Tanto Lastarria como Vicuña Mackenna no dejaron de reconocer la Integridad personal, la falta de ambición política y el patriotismo de portales. Pero Vicuña Mackenna no se conformó con reconocer esas virtudes, sino que, llevado de su espíritu eternamente juvenil e impresionable estampó su admiración por el personaje, atraído por su tenacidad, clara inteligencia, su fuerte carácter y su desenfado burlón.
La verdad sea dicha, no ha habido estudioso que se haya acercado a la figura del ministro que no haya sido cautivado por su personalidad avasalladora e incisiva y su habilidad para manejar hombres y situaciones, en lo que ha influido bastante su correspondencia, salpicada de consideraciones vivaces y picarescas, reveladoras del hombre y su estilo.
La obra de Vicuña Mackenna no satisfizo enteramente a los liberales que habían logrado levantar cabeza con el gobierno de José Joaquín Pérez y confiaban plenamente en el triunfo definitivo de su causa. Hubo crítica por su condescendencia y fue Lastarria el que criticó más duramente las opiniones de su discípulo en una carta que fue una reconvención amable porque, según le decía, la lectura del primer tomo durante un viaje en barco a Lima le significó “rabias, dolores de estómago, patadas y reniegos” (4). El maestro liberal, que había expresado en tono menor algún reconocimiento, no podía soportar el elogio grandilocuente de Vicuña Mackenna, aunque su escrito fuese una condena global del desempeño del ministro.
Años más tarde, en 1877, hizo su aparición la Historia de la administración Errázuriz del político liberal don Isidoro Errázuriz, precedida una reseña del movimiento político desde 1843 hasta 1871, año del inicio del gobierno de Federico Errázuriz Zañartu (5).
El volumen contenía sólo reseña, que es un largo ensayo, inteligente y escrito con elegante pluma por quien dejó fama de hombre culto y gran orador.
La parte destinada a la actuación de Portales es breve; pero no puede dejar de mencionarla, porque en forma aguda y clara, Errázuriz plantea las líneas fundamentales de la interpretación liberal, marcando muchas facetas con visión original. Su juicio global está encerrado estas frases: “La obra de Portales consistió en hacer caer la vida pública completo descrédito, el alejar de ella los espíritus, en desinteresar al país del ejercicio del derecho, en suprimir virtualmente Congresos y Municipalidades, tribunales y opinión en beneficio exclusivo del enorme potentado [el presidente] a que su capricho, más bien que la Constitución entregó la suerte de Chile. Y para realizar esta obra empleó todos los recursos de su fértil imaginación, de su reconocida omnipotencia y de su genio vehemente y sarcástico, desdeñoso y arrebatado. Toda apariencia de oposición o de indulgencia, toda manifestación de ideas propias, todo entusiasmo y toda virtud cívica fueron perseguidos y extirpados. El arado irresistible de la Dictadura penetró hasta el fondo de la tierra en que diez años de leal ensayo democrático habían echado raíces, y lo revolvió de tal suerte que al fin solamente quedaron piedras y arena en la superficie. Al Paso que la abyección y el egoísmo eran premiados como actitud sana y respetable, se desplegaba un verdadero lujo de crueldad y barbarie contra los reos de delitos políticos y hasta contra los jueces que procedían en esos casos con benignidad”.
Si las palabras de Errázuriz pueden parecer muy apasionadas, los hechos en que se fundan son indudables y todo su ensayo es la expresión de un razonamiento sólido con el que sólo se puede diferir en matices eventuales.
Quedaba planteada, así, la crítica de los historiadores liberales y todavía no concluía cuando vino la reivindicación de los conservadores.
El año 1875 vio la luz pública la Historia de Chile durante los cuarenta años transcurridos desde 1831 hasta 1871, de Ramón Sotomayor Valdés, que comprendía sólo el primer período del gobierno de Joaquín Prieto y que ampliada posteriormente hasta la conclusión de aquella administración, pasó a titularse Historia de Chile bajo el gobierno del General D. Joaquín Prieto, sin que el autor continuase con los gobiernos posteriores (7).
Sotomayor Valdés, destacada figura de la vida pública, diplomático y periodista culto, abordó el tema con método y solidez documental, dejando una obra que por su extensión y la sistematización de los temas constituye hasta el día de hoy la columna vertebral para conocer el momento histórico. Se le ha reprochado, sin embargo, desequilibrio en el plan y haber omitido fuentes de información que habrían sido un complemento valioso.
En la narración de Sotomayor Valdés se transparenta un esfuerzo de objetividad y un deseo de alejarse de toda interpretación personal, conforme al método de la historia en el siglo XIX. Con todo, el pensamiento y los afectos del autor dieron un tono benevolente a la obra, sin que se pueda atribuirle de ninguna manera un atropello grosero de la verdad. A lo más, pueden señalarse condescendencias y algunas omisiones generosas. Es notable la suavidad con que el autor expresa que el movimiento de 1829 que llevó a Portales al poder fue ilegítimo y sorprende también como tiende un velo discreto en el relato del “crimen de Curico” que no deja percibir el procedimiento duro y artero que condujo al patíbulo a tres vecinos de la localidad. El estilo sereno y correcto del historiador confiere una gran respetabilidad a su escrito y con ello asegura la aceptación de su relato.
Portales circula por las páginas de Sotomayor como un personaje elevado, puro, no contaminado con nada. Ni siquiera tiene lenguaje propio. Es una figura de mármol con gesto superior, según convenía a la dignidad de la historia.
El historiador hizo desaparecer al hombre y dejó al estadista idealizado, que es insuficiente para conocer su real proceder y su carácter. Su personaje es irreconocible; se encuentra muy lejos del que revivió Vicuña Mackenna, con su grandeza y sus miserias, sus tropiezos, su alegría, la soberbia y sus crueldades intransigentes.
Ambos historiadores se aproximaban a la historia de distinta manen. Sotomayor Valdés, escritor elegante y castizo, medido, sujeto a las reglas del clasicismo literario y a la formalidad de la historia, podía trazar desde la altura el cuadro general de un gobierno. Vicuña Mackenna, en cambio, romántico y desordenado, que respiraba vida por todos los poros, se preocupó más del ser humano que del escenario y de todas las circunstancias. Por eso, en su obra se siente al personaje tal como él fue.
Más que dos visiones de la historia eran dos estilos y dos formas personales de ser. La una fría, analítica y sistemática; la otra entusiasta, inquieta y afanosa por encontrar la vida.
El enfoque de Sotomayor Valdés estuvo influido no sólo por su ideario conservador, sino también por las experiencias que tuvo como representante de Chile en México y en Bolivia. En el primero de esos países le tocó palpar los defectos de un régimen republicano en un ambiente de escasa moral cívica y donde la persecución a la Iglesia y la apropiación de sus bienes, que dio origen a vergonzosos negociados, tenía que herir su conciencia de católico.
La intervención francesa, mientras Benito Juárez tenía que deambular con su gobierno por los territorios de] norte, mereció la desaprobación de Sotomayor; pero luego, establecido el imperio de Maximiliano de Austria, permaneció dos años en ciudad de México dedicado a las tareas bancarias (8).
Como representante de Chile y convencido republicano habla rechazado el plan imperial. Como particular se acomodó en la paz y la seguridad que por el momento ofrecía el príncipe extranjero.
En Bolivia le correspondió desempeñarse como encargado de negocios en los años del dictador Mariano Melga rejo. Conoció entonces hasta lo Intimo lo que era el carnaval político, trágico y sangriento, que mantenía al pueblo boliviano en la abyección (9).
Al lado de esos ejemplos, la organización republicana de Chile parece un modelo y así lo manifestó orgullosamente en algunos de sus escritos. La dureza de Portales y sus arbitrariedades no eran nada, en sentido comparativo, y podían disculparse si con ello había contribuido a establecer el orden. Esa idea no fue formulada de manera explícita por el historiador, pero puede adivinársela en su obra, que comenzó a tomar forma después de la experiencia en Bolivia.
La Historia de Chile bajo el gobierno del general D. Joaquín Prieto marcó así el rumbo historiográfico que debía prevalecer: la causa del Orden para engrandecer a Chile justificaba los excesos del despotismo.
No pasaron muchos años antes de que un nuevo libro se agregase a la apología del gobernante. Su autor fue el político de dura raíz conservador, Carlos Walter Martínez, el título Portales la ciudad y año de impresión, París, 1879.
Corrían entonces los tiempos en que triunfantes los liberales se avanzaba en la demolición del régimen autoritario y conservador establecido por la aristocracia en la primera mitad del siglo y que se procuraba identificar con el mártir del Cerro Barón. Algunas importantes reformas a la Constitución de 1833 restaron atribuciones al presidente y dieron mayor independencia y poder al Congreso, se ampliaron las libertades individuales, se modificó al sistema electoral y de representación para-orar la participación política y se eliminó el fuero eclesiástico. En ese cuadro, el espíritu de libertad se consolidaba, mientras los círculos conservadores, alejados del poder, se retraían y libraban una lucha sin perspectiva. La obra de Walter Martínez tuvo fines muy claros: Justificar y ensalzar la actuación de Portales y adjudicar al Partido Conservador la gloria de haber organizado la república. Era buscar en el pasado lo que el futuro le negaba.
La razón inmediata que puso la pluma en la mano de Walter Martínez fue el deseo de rebatir el libro de Vicuña Mackenna, que juzgó equivocado en sus apreciaciones.
Para Walter, Portales era conservador porque “era la encarnación, por así decirlo, de las ideas de ese partido. Todas sus virtudes son de esa escuela: su energía, sus creencias, su constancia, su desprendimiento, su patriotismo”. Con igual entusiasmo, en tono épico, declaraba que “sus diez meses de ministerio son el más bello poema que se ha realizado en América” (10).
En comparación con la obra de Sotomayor Valdés, la del político, aunque bien documentada, es menos ponderada, es el fruto del entusiasmo partidista. Pero coincide con la de aquél en algunos aspectos. En forma explícita remacha continuamente la idea de que lo más importante fue la organización de Chile y que por ello Portales desplegó una energía incontrastable, no respetó nada ni transigió con nadie, actuando con inflexibilidad heroica y enfrentando los odios más encarnizados11. También coincide en la forma pulida y dignificante de abordar la historia, dejando de lado las facetas íntimas del personaje, alegres o crueles, porque es “hacer casi una caricatura de lo que en si es grave”. Con ello hacía respetable al pasado y al estadista; aunque truncaba la realidad.
La primera época de la historiografía relativa a Portales y su tiempo se cierra con la Historia general de Chile de don Diego Barros Arana, en cuyos tomos xv y XVI, publicados los años 1896 y 1902, se enfocan los sucesos que llevaron al poder al presidente Prieto y hasta la promulgación de la Constitución de 1833.
El célebre historiador empleó el método riguroso que ha dado gran categoría a su obra, organizó en forma equilibrada la exposición y procuró no alejarse de la objetividad. En este último sentido no puede sino admirarse su esfuerzo, pues su ideología liberal le ponía en pugna con el autoritarismo gubernativo y como opositor habla experimentado la dureza del gobierno de Manuel Montt; aunque el tiempo habla dejado muy atrás ese tipo de problemas.
Igual que Sotomayor Valdés, Barros Arana purifica la historia y se mantiene en el simple relato, con economía de consideraciones personales y adjetivos. l-as diferencias entre ambas obras son mínimas en el estilo, el método y la ponderación de los hechos, resultando una aproximación en tomo al personaje.
Con todo, es perceptible que Barros Arana es más crítico que el historiador conservador y que en algunos rincones de sus páginas tuvo expresiones de condena. En general, Barros Arana opina favorablemente del orden implantado por Diego Portales, la seriedad en la administración y la tranquilidad que habría favorecido a las actividades nacionales. Condena, sin embargo, los excesos autoritarios y estima que la omnipotencia condujo al ministro, progresivamente, a verdaderos extravíos.
El aporte de la Historia general fue un balance de la historiografía del siglo xix que distó de las posiciones extremas de liberales y conservadores y donde el autor, bien documentado y con un juicio ecléctico, trazó un cuadro que parecía razonable en su época. Le faltó el análisis del personaje, su carácter, sus impulsos y sus motivaciones y también ensayar la interpretación global de los hechos, que permitiese captar el sentido esencial de los fenómenos históricos. Ninguno de esos elementos formaba parte de su método.
Citas
(1) Carta de l de agosto de 1837, citada por Oscar Pinochet de la Barra, El gran amor de Rugendas, Pág. 62.
(2) El Juicio histórico fue publicado como un conjunto de artículos en la revista del Pacífico y mereció ediciones posteriores. Nosotros hemos utilizado la reedición en las Obras Completas de don J. V. Lastarria, Vol. xx. Santiago, 1909.
(3) El título exacto de la obra es Introducción a la historia de los diez años de la administración de Montt. D. Diego Portales. Con más de 500 Documentos Inéditos. Valparaíso, 1866. Para este estudio hemos empleado la reedición en las Obras completas de Vicuña Vol. vi. Santiago, 1937.
(4) Carta publicada por Ricardo Donoso en Don Benjamín Vicuña Mackenna. Santiago 1925, Pág. 154.
(5) E1 título completo de la obra es Historia de lo administración Errázuriz. Precedida uno introducción que contiene lo reseño del movimiento y la lucho de los partidos, da 1823 hasta 1671 (Valparaíso. 1877).
(6) El fragmento relativo a la época de Portales fue incluido por Guillermo Feliú Cruz en el tomo II del Epistolario de don Diego Portales con el título de Juicio sobre don Diego Portales.
(7 ) La edición mencionada, presentada como segunda edición, revisada y corregida, que 4′ que hemos utilizado, fue impresa en cuatro tomos, en Santiago, entre los años 1900 y 1903
(8)Luis Galdames, Ramón Sotomayor Valdés, en Anules de la Universidad de Chile, trimestre de 1930.
(9)Ramón Sotomayor Valdés, la legación de Chile en Bolivia (Santiago, 1912).
(10) IBIDEM Págs. 83 y 171.
(11) IBIDEM Pág. 94.
Portales ¿momio?
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Cuando comienza a extinguirse la controversia que produjo el hallazgo de los restos de Diego Portales, el historiador Alfredo Jocelyn Holt despliega su artillería contra un debate que, a su juicio, no ha aportado nada nuevo: “Sabemos su edad, estatura, grupo sanguíneo, en suma, su ADN supuestamente objetivo e indesmentible. Así y todo, la momia no es más que una momia. No habla, está muerta, y no nos responde lo crucial”, dice.
Por: Alfredo Jocelyn-Holt
Una antigua costumbre
La momificación es un viejo rito funerario. Le debemos a Heródoto los detalles del arte, versión egipcia. Primero, le extraían el cerebro por los orificios de la nariz con pinzas metálicas. Un sacerdote hacía una incisión en el abdomen con un cuchillo; removía las entrañas y succionaba los intestinos por el ano. Se lavaba el cadáver con vino de palmera, rellenaban el vientre con arena, resina, serrín y sustancias aromáticas. Aplicaban esmaltes a la zona de los ojos. Sumergían el cuerpo por treinta a setenta días en un baño de sal eflorescente. Lo untaban con goma, secaban y procedían a vendarlo con tiras de lino. Luego, colocaban el cadáver en un féretro de madera, dentro a su vez de otros ataúdes hasta que, por último, lograban meterlos todos en un gran sarcófago de piedra.
Extraño, aunque, ¿qué tanto? Los babilónicos aderezaban los restos mortales hasta volverlos maniquíes de cera, como los de Madame Tussaud. Se sabe de sectas mahometanas en que los deudos se comen al difunto, mientras que otros pueblos primitivos los cuelgan de los árboles en bolsas de cuero, o, ya esqueletos, fuera de las chozas. Los persas los exponen a las aves de rapiña, estimándose un muy buen augurio si se llega a extraer el ojo derecho primero. En el Orinoco los salvajes pulverizan los huesos, y con el polvillo refuerzan sus brebajes, y lo que es en la India, las viudas se lanzan a la pira humeante.
Embalsamar tiene, al menos, cierta lógica. Se trata que el cadáver goce de una nueva vida por un tiempo indefinido, asegurándose que el alma, después de abandonar el cuerpo, tenga donde volver, propósito que no siempre se cumple. A Tutankamón lo hallaron, después de 33 siglos, transformado en una masa carbonizada a causa de la cantidad exagerada de ungüentos aplicados. Si no hubiese sido por la mascarilla de oro que cubría el rostro, y el magnífico tesoro con que lo sepultaron, este joven de 18 años, al parecer, insignificante como rey, habría sido un fiasco. Al menos la leyenda de una “maldición” que persigue a sus profanadores, inventada por una prensa ávida de “noticias”, se encarga de revivirlo periódicamente. No es el único negocio lucrativo en que se han visto envueltas las momias. Durante largo tiempo se creyó que éstas, en realidad el betún con que se las cubría, tenían poderes medicinales milagrosos. Por eso, cuando escasearon, cundió el tráfico de momias falsas, cadáveres de criminales y suicidas que sirvieron de reemplazo.
Momias, pues, sobran. En Roma se conocen cementerios enteros de frailes embalsamados. En Palermo los hay de laicos, con ropa de calle, en espera de que sus deudos los visiten y hablen. Las hay, también, caseras o ambulantes. A Jeremy Bentham, el filósofo utilitarista, sentado y con chupalla, lo llevan a las sesiones del consejo de la Universidad de Londres. Charles Maurras, el fundador de la reaccionaria Acción Francesa, quería que su corazón estuviese siempre en el canasto de costura de su madre. El del duque de Orleans, a principios del siglo XVIII, sin embargo, se lo devoró su perro Gran Danés mientras lo disecaban para guardarlo como reliquia familiar. Lenin, en cambio, siempre ha estado a buen resguardo, habiendo instalado los soviéticos en los subterráneos del mausoleo en la Plaza Roja un laboratorio sofisticadísimo que monitorea las temperaturas del cadáver. Precaución que a los argentinos no se les ha ocurrido; quien se interese por las peripecias, en América y Europa, que corrieron las distintas “muñecas rubias”, como le gustaba decir a Borges, remítase simplemente a la magnífica novela de Tomás Eloy Martínez, Santa Evita.
En Chile, también, abundan. Sergio Paz, en Santiago Bizarro, destaca al menos tres. La de un tal “Monsieur Martel”, un desconocido al que no se le ha podido dar cristiana sepultura porque no se sabe el nombre, y dos momias egipcias de entre 3.500 a 6.000 años de antigüedad, todas ellas en el Museo de Historia Natural. Habría que agregar la del cerro El Plomo, las momias chinchorro del norte del país, y, por último, el reciente hallazgo de Diego Portales.
¿Portales, momio?
La extraordinaria notoriedad que ha cobrado este macabro descubrimiento exige una explicación. Pero, ¿de qué tipo? Que lleguemos a saber más sobre el ministro ahora que disponemos de su esqueleto es dudoso. ¿O, se piensa que al escanear su anatomía más íntima vamos a verificar, al fin, que “cargaba” más a la derecha que a la izquierda? En estas últimas semanas, con la momia aún “tibia”, comunicacionalmente hablando, ¿qué se ha dicho, en cuanto reportaje y sitio web disponible, que no hayamos oído decir una y otra vez? ¿Que el ministro es el fundador de la República; que era un monumento de sobriedad y honestidad, a diferencia de “otros”, no tan “portalianos” después de todo; que era mujeriego y tirano, o, por el contrario, el salvador de la patria que va y viene de cuando en cuando, devolviéndonos el sentido de país, para así enrielarnos en el curso histórico del cual no debiéramos nunca desviarnos?
Sucede con la momia de Portales lo mismo que con la momia del cerro El Plomo. A ésta se le han hecho todos los exámenes que la ciencia inventa periódicamente para no perder su prestigio. Sabemos su edad, estatura, grupo sanguíneo, las liendres adheridas al pelo y piel, lo que comió y tomó antes de que se congelara, en suma, su ADN supuestamente objetivo e indesmentible. Así y todo, la momia no es más que una momia. No habla, está muerta, y no nos responde lo crucial, concretamente por qué niños inocentes son sacrificados en aras de un propósito mayor, como el que siga corriendo el agua por los ríos Mapocho y Maipo y de ese modo se riegue nuestro asfaltado Valle de Santiago, o bien, el que vuelva a aparecer el sol todas las mañanas y no se pare el mundo. Las momias son, en verdad, objetos y no personas, de indiscutible interés médico o, incluso, antropológico, para qué decir, conmoción periodística, pero no hitos históricos en sentido estricto.
Lo que, sin lugar a dudas, nos permite entrever este tipo de fascinación morbosa es mucho más actual. Hace rato que a Portales lo han fosilizado convirtiéndolo en fetiche. Volverlo totémico congrega a la feligresía correspondiente. A quienes les entusiasman los mandones de turno, que un Portales mano dura, encarnación poco menos que del “alma nacional”, de repente, reviva, por muy apolillado que esté, les viene muy bien. (¡Gracias por el milagro concedido! Más aún, si sus sucedáneos de anteayer se desploman ante nuestros ojos. En cambio, si sostenemos que Portales era un tal por cual, resucitar el prontuario criminal con que algunos historiadores se ganan la vida es, también, una bendición del cielo. (¡Aún tenemos Portales contra quien disparar nuestros mortíferos petardos!)
Portales es bastante más que un mito maquillado por taxidermistas detrás del escenario. Portales es fundamentalmente un problema, un enigma que suscita más incógnitas que respuestas, poniendo a dura prueba nuestra capacidad limitada para pensarnos racionalmente. ¿Qué tanta influencia puede un solo hombre, por muy genial o providencial que nos parezca, ejercer humanamente y con ello cambiar o restaurar el curso histórico conforme o no a nuestros valores y prejuicios? ¿Qué tanto nos pueden revelar sus rastros y huellas, admitamos que discutibles y sujetos, por tanto, a interpretaciones múltiples? ¿Cuánto pueden la expectación y el atosigamiento noticioso fijar el justo lugar en la historia de unos restos mortales, unas osamentas, secuestradas permanentemente, que así como reaparecen, también se pudren? ¿La historia es una constatación de un designio divino o de un diseño prefijado por autoridades, cónclaves y laicos comprometidos que consagran la opinión canónica, y con eso, amén? ¿Qué tan “egipcios” seguimos siendo, tres mil o más años después?
*Alfredo Jocelyn-Holt Historiador, director del Instituto de Estudios Humanísticos de la Universidad Diego Portales, y autor de El Peso de la Noche. Nuestra frágil fortaleza histórica (1997).
Tomado de la Revista Qué pasa
Himno Nacional de Chile (actual).

Ramón Carnicer, español, remusicalizó los versos de Vera y Pintado. Su musica se mantuvo en el himno actual.

Eusebio Lillo, poeta y político chileno. Escribió la letra del himno actual. Años después, se desempeñó como Ministro del Interior de Balmaceda.
Coro:
Libertad, invocando tu nombre,
la chilena y altiva nación
jura libre vivir de tiranos
y de extraña, humillante opresión
I
Ha cesado la lucha sangrienta;
ya es hermano el que ayer invasor;
de tres siglos lavamos la afrenta
combatiendo en el campo de honor.
El que ayer doblegábase esclavo
libre al fin y triunfante se ve;
libertad es la herencia del bravo,
la Victoria se humilla a sus pies.
II
Alza, Chile, sin mancha la frente;
conquistaste tu nombre en la lid;
siempre noble, constante y valiente
te encontraron los hijos del Cid.
Que tus libres tranquilos coronen
a las artes, la industria y la paz,
y de triunfos cantares entonen
que amedrenten al déspota audaz.
III
Vuestros nombres, valientes soldados,
Que habéis sido de Chile el sostén,
nuestros pechos los llevan grabados;
Los sabrán nuestros hijos también.
Sean ellos el grito de muerte
que lancemos marchando a lidiar,
y sonando en la boca del fuerte
hagan siempre al tirano temblar.
IV
Si pretende el cañón extranjero
nuestros pueblos osado invadir;
desnudemos al punto el acero
y sepamos vencer o morir.
Con su sangre el altivo araucano
nos legó por herencia el valor;
y no tiembla la espada en la mano
defendiendo de Chile el honor.
V
Puro, Chile, es tu cielo azulado,
puras brisas te cruzan también,
y tu campo de flores bordado
es la copia feliz del Edén.
Majestuosa es la blanca montaña
que te dio por baluarte el Señor,
Y ese mar que tranquilo te baña
te promete futuro esplendor.
VI
Esas galas, ¡oh, Patria!, esas flores
que tapizan tu suelo feraz,
no las pisen jamás invasores;
con tu sombra las cubra la paz.
Nuestros pechos serán tu baluarte,
con tu nombre sabremos vencer,
o tu noble, glorioso estandarte,
nos verá combatiendo caer.
La letra fue aprobada por el académico Andrés Bello, quien aceptó el himno, excepto su coro. Como se censuró su coro, y Lillo se consideraba incapaz de superar el original, se quedó con el anterior.
Sólo se cantan de manera oficial la quinta estrofa y el coro. Durante la dictadura de Pinochet se cantaba la tercera estrofa (como segunda), resemantizando su significado original.
Primer Himno Nacional de Chile.
Coro
Dulce Patria, recibe los votos
con que Chile en tus aras juró
que o la tumba serás de los libres
o el asilo contra la opresión.
I
Ciudadanos: el amor sagrado
de la patria os convoca a la lid:
libertad es el eco de alarma
la divisa: triunfar o morir.
El cadalso o la antigua cadena
os presenta el soberbio español:
arrancad el puñal al tirano
quebrantad ese cuello feroz.
II
Habituarnos quisieron tres siglos
del esclavo a la suerte infeliz
que al sonar de sus propias cadenas
más aprende a cantar que a gemir.
Pero el fuerte clamor de la Patria
ese ruido espantoso acalló
y las voces de la Independencia
penetraron hasta el corazón.
III
En sus ojos hermosos la Patria
nuevas luces empieza a sentir
y observando sus altos derechos
se ha encendido en ardor varonil.
De virtud y justicia rodeada
a los pueblos del orbe anunció
que con sangre de Arauco ha firmado
la gran carta de emancipación.
IV
Los tiranos en rabia encendidos
y tocando de cerca su fin
desplegaron la furia impotente,
que aunque en vano se halaga en destruir.
Ciudadanos mirad en el campo
el cadáver del vil invasor…;
que perezca ese cruel que el sepulcro
tan lejano a su cuna buscó
V
Esos valles también ved, chilenos,
que el Eterno quiso bendecir,
y en que ríe la naturaleza
aunque ajada del déspota vil
Al amigo y al deudo más caro
sirven hoy de sepulcro y de honor:
mas la sangre del héroe es fecunda
y en cada hombre cuenta un vengador.
VI
Del silencio profundo en que habitan
esos Manes ilustres, oíd
que os reclamen venganza, chilenos,
y en venganza a la guerra acudid.
De Lautaro, Colo-Colo y Rengo
reanimad el nativo valor
y empeñad el coraje en las fieras
que la España a extinguirnos mandó.
VII
Esos monstruos que cargan consigo
el carácter infame y servil,
¿cómo pueden jamás compararse
con los héroes del Cinco de Abril?
Ellos sirven al mismo tirano
que su ley y su sangre burló;
por la Patria nosotros peleamos
nuestra vida, libertad y honor.
VIII
Por el mar y la tierra amenazan
los secuaces del déspota vil
pero toda la naturaleza
los espera para combatir:
el Pacífico al Sud y Occidente
al Oriente los Andes y el Sol
por el Norte un inmenso desierto
y el centro libertad y unión.
IX
Ved la insignia con que en Chacabuco
al intruso supisteis rendir
y el augusto tricolor que en Maipo
en un día de triunfo nos dio mil.
Vedle ya señoreando el océano
y flameando sobre el fiero león
se estremece a su vista el íbero
nuestros pechos inflama el valor.
Ciudadanos la gloria presida
de la Patria el destino feliz,
y podrán las edades futuras
a sus padres así bendecir.
Declaratoria de guerra de Chile a Perú (Guerra del Pacífico).
Declaratoria de Guerra
Santiago, Abril 5 de 1879 -
Señor Intendente: en virtud de la facultad que me confiere el número 18 del artículo 82 de la Constitución del Estado y la ley del cuatro del presente:
He acordado y decreto:
El Gobierno de Chile declara la guerra al Gobierno del Perú. El Ministro de Relaciones Exteriores comunicará a las naciones amigas esta declaración, exponiendo los justos motivos de la guerra; y el del Interior la hará llegar a noticia de los ciudadanos de la República, mandándola publicar con la solemnidad debida.
Dado en Santiago, el día 5 de Abril de 1879: -A. Pinto. -B. Prats. -Alejandro Fierro. -C. Saavedra. -J. Blest Gana. -Julio Zegers.
Discurso de Andrés Bello. Pronunciado en la instalación de la Universidad de Chile.
17 DE SEPTIEMBRE DE 1843
EXCMO. SR. PATRONO DE LA UNIVERSIDAD:
Señores:
El consejo de la universidad me ha encargado expresar a nombre del cuerpo nuestro profundo agradecimiento por las distinciones y la confianza con que el supremo gobierno se ha dignado honrarnos. Debo también hacerme el intérprete del reconocimiento de la Universidad por la expresión de benevolencia en que el señor ministro de instrucción pública se ha servido aludir a sus miembros. En cuanto a mí, sé demasiado que esas distinciones y esa confianza las debo mucho menos a mis aptitudes y fuerzas que a mi antiguo celo (esta es la sola cualidad que puedo atribuirme sin presunción), a mi antiguo celo por la difusión de las luces y de los sanos principios, y a la dedicación laboriosa con que he seguido algunos ramos de estudios, no interrumpidos en ninguna época de mi vida, no dejados de la mano en medio de graves tareas. Siento el peso de esta confianza; conozco la extensión de las obligaciones que impone; comprendo la magnitud de los esfuerzos que exige. Responsabilidad es esta que abrumaría, si recayese sobre un solo individuo, una inteligencia de otro orden, y mucho mejor preparada que ha podido estarlo la mía. Pero me alienta la cooperación de mis distinguidos colegas en el consejo, y el cuerpo todo de la Universidad. La ley (afortunadamente para mi) ha querido que la dirección de los estudios fuese la obra común del cuerpo. Con la asistencia del consejo, con la actividad ilustrada y patriótica de las diferentes facultades; bajo los auspicios del gobierno, bajo la influencia de la libertad, espíritu vital de las instituciones chilenas, me es lícito esperar que el caudal precioso de ciencia y talento, de que ya está en posesión la Universidad, se aumentará, se difundirá velozmente, en beneficio de la religión, de la moral, de la libertad misma, y de los intereses materiales.
La Universidad, señores, no sería digna de ocupar un lugar en nuestras instituciones sociales, si (como murmuran algunos ecos oscuros de declamaciones antiguas) el cultivo de las ciencias y de las letras pudiese mirarse como peligroso bajo un punto de vista moral, o bajo un punto de vista político. La moral (que yo no separo de la religión) es la vida misma de la sociedad; la libertad es el estímulo que da un vigor sano y una actividad fecunda a las instituciones sociales. Lo que enturbie la pureza de la moral, lo que trabe el arreglado pero libre desarrollo de las facultades individuales y colectivas de la humanidad y — digo más — lo que las ejercite infructuosamente, no debe un gobierno sabio incorporarlo en la organización del estado. Pero en este siglo, en Chile, en esta reunión, que yo miro como un homenaje solemne a la importancia de la cultura intelectual; en esta reunión, que, por una coincidencia significativa, es la primera de las pompas que saludan al día glorioso de la patria, al aniversario de la libertad chilena, yo no me creo llamado a defender las ciencias y las letras contra los paralogismos del elocuente filosofo de Ginebra, ni contra los recelos de espíritus asustadizos, que con los ojos fijos en los escollos que han hecho zozobrar al navegante presuntuoso, no querrían que la razón desplegase jamás las velas, y de buena gana la condenaran a una inercia eterna, más perniciosa que el abuso de las luces a las causas mismas porque abogan. No para refutar lo que ha sido mil veces refutado, sino para manifestar la correspondencia que existe entre los sentimientos que acaba de expresar el señor ministro de instrucción publica y los que animan a la Universidad, se me permitirá que añada a las de su señoría algunas ideas generales sobre la influencia moral y política de las ciencias y de las letras, sobre el ministerio de los cuerpos literarios, y sobre los trabajos especiales a que me parecen destinadas nuestras facultades universitarias en el estado presente de la nación chilena.
Lo sabéis, señores: todas las verdades se tocan, desde las que formulan el rumbo de los mundos en el piélago del espacio; desde las que determinan las agendas maravillosas de que dependen el movimiento y la vida en el universo de la materia; desde las que resumen la estructura del animal, de la planta, de la masa inorgánica que pisamos; desde las que revelan los fenómenos íntimos del alma en el teatro misterioso de la conciencia, hasta las que expresan las acciones y reacciones de las fuerzas políticas; hasta las que sientan las bases inconmovibles de la moral; hasta las que determinan las condiciones precisas para el desenvolvimiento de los gérmenes industriales; hasta las que dirigen y fecundan las artes. Los adelantamientos en todas líneas se llaman unos a otros, se eslabonan, se empujan. Y cuando digo los adelantamientos en todas líneas comprendo sin duda los más importantes a la dicha del género humano, los adelantamientos en el orden moral y político. ¿A qué se debe este progreso de civilización, esta ansia de mejoras sociales, esta sed de libertad? Si queremos saberlo, comparemos a la Europa y a nuestra afortunada América, con los sombríos imperios del Asia, en que el despotismo hace pesar su cerro de hierro sobre cuellos encorvados de antemano por la ignorancia, o con las hordas africanas, en que el hombre, apenas superior a los brutos es, como ellos, un articulo de tráfico para sus propios hermanos ¿Quién prendió en la Europa esclavizada las primeras centellas de libertad civil? ¿No fueron las letras? ¿No fue la herencia intelectual de Grecia y Roma, reclamada, después de una larga época de oscuridad, por el espíritu humano? Allí, allí tuvo principio este vasto movimiento político, que ha restituido sus títulos de ingenuidad a tantas razas esclavas; este movimiento, que se propaga en todos sentidos, acelerado continuamente por la prensa y por las letras; cuyas ondulaciones, aquí rápidas, allá lentas, en todas partes necesarias, fatales, allanaran por fin cuantas barreras se les opongan, y cubrirán la superficie del globo. Todas las verdades se tocan; y yo extiendo esta aserción al dogma religioso, a la verdad teológica. Calumnian, no se si diga a la religión o a las letras, los que imaginan que pueda haber una antipatía secreta entre aquellas y estas. Yo creo, por el contrario, que existe, que no puede menos que existir, una alianza estrecha entre la revelación positiva y esa otra revelación universal que habla a todos los hombres en el libro de la naturaleza. Si encendimientos extraviados han abusado de sus conocimientos para impugnar el dogma, ¿qué prueba esto, sino la condición de las cosas humanas? Si la razón humana es débil, si tropieza y cae, tanto mas necesario es suministrarle alimentos sustanciosos y apoyos sólidos. Porque extinguir esta curiosidad, esta noble osadía del entendimiento, que le hace arrostrar los arcanos de la naturaleza, los enigmas del porvenir, no es posible, sin hacerlo al mismo tiempo, incapaz de todo lo grande, insensible a todo lo que es bello, generoso, sublime, santo; sin emponzoñar las fuentes de la moral; sin afear y envilecer la religión misma. He dicho que todas las verdades se tocan, y aun no creo haber dicho bastante. Todas las facultades humanas forman un sistema, en que no puede haber regularidad y armonía sin el concurso de cada una. No se puede paralizar una fibra (permítaseme decirlo así), una sola fibra del alma, sin que todas las otras enfermen.
Las ciencias y las letras, fuera de ese valor social, fuera de esta importancia que podemos llamar instrumental, fuera del barniz de amenidad y elegancia que dan a las sociedades humanas, y que debemos contar también entre sus beneficios, tienen un mérito suyo, intrínseco, en cuanto aumentan los placeres y goces del individuo que las cultiva y las ama; placeres exquisitos, a que no llega el delirio de los sentidos; goces puros, en que el alma no se dice a sí misma:
……….. medio de fonte leporum sugit amari aliquid, quod in ipsis floribus angit (Lucrecio)
De en medio de la fuente del deleite un no sé qué de amargo se levanta, que entre el halago de las flores punza.
Las ciencias y la literatura llevan en sí la recompensa de los trabajos y vigilias que se les consagran. No hablo de la gloria que ilustra las grandes conquistas científicas; no hablo de la aureola de inmortalidad que corona las obras del genio. A pocos es permitido esperarlas. Hablo de los placeres más o menos elevados, más o menos intensos, que son comunes a todos los rangos en la república de las letras. Para el entendimiento, como para las otras facultades humanas, la actividad es en sí misma un placer; placer que, como dice un filósofo escocés, sacude de nosotros aquella inercia a que de otro modo nos entregaríamos en daño nuestro y de la sociedad. Cada senda que abren las ciencias al entendimiento cultivado, le muestra perspectivas encantadas; cada nueva faz que se le descubre en el tipo ideal de la belleza, hace estremecer deliciosamente el corazón humano, criado para admirarla y sentirla. El entendimiento cultivado oye en el retiro de la meditación las mil voces del coro de la naturaleza: mil visiones peregrinas revuelan en torno a la lámpara solitaria que alumbra sus vigilias. Para él solo, se atavía la creación de toda su magnificencia, de todas sus galas. Pero las letras y las ciencias, al mismo tiempo que dan un ejercicio delicioso al entendimiento y a la imaginación, elevan el carácter moral. Ellas debilitan el poderío de las seducciones sensuales; ellas desarman de la mayor parte de sus terrores a las vicisitudes de la fortuna. Ellas son (después de la humilde y contenta resignación del alma religiosa) el mejor preparativo para la hora de la desgracia. Ellas llevan el consuelo al lecho del enfermo, al asilo del proscrito, al calabozo, al cadalso. Sócrates, en vísperas de beber la cicuta, ilumina su cárcel con las más sublimes especulaciones que nos ha dejado la antigüedad gentílica sobre el porvenir de los destinos humanos. Dante compone en el destierro su Divina Comedia. Lavoisier pide a sus verdugos un plazo breve para terminar una investigación importante. Chenier, aguardando por instantes la muerte, escribe sus últimos versos, que deja incompletos para marchar al patíbulo:
Comme un derrnier rayon, comme un dernier zéphire anime la fin d’un beau jour,
au pied de I’echafaud j’essaie ancor ma lyre.
Cual rayo postrero, cual aura que anima el último instante de un hermoso día, al pie del cadalso ensayo mi lira.
Tales son las recompensas de las letras; tales son sus consuelos. Yo mismo, aun siguiendo de tan lejos a sus favorecidos adoradores, yo mismo he podido participar de sus beneficios, y saborearme con sus goces. Adornaron de celajes alegres la mañana de mi vida, y conservan todavía algunos matices a el alma, como la flor que hermosea las ruinas. Ellas han hecho aun más por mi; me alimentaron en mi larga peregrinación, y encaminaron mis pasos a este suelo de libertad y de paz, a esta patria adoptiva, que me ha dispensado una hospitalidad tan benévola.
Hay otro punto de vista, en que tal vez lidiaremos con preocupaciones especiosas. Las universidades, las corporaciones literarias, ¿son un instrumento a propósito para la propagación de las luces? Mas apenas concibo que pueda hacerse esa pregunta a una edad que es por excelencia la edad de la asociación y la representación; en una edad en que pululan por todas partes las sociedades de agricultura, de comercio, de industria, de beneficencia; en la edad de los gobiernos representativos. La Europa, y los Estados Unidos de América, nuestro modelo bajo tantos respectos, responderán a ella. Si la propagación del saber es una de sus condiciones más importantes, porque sin ellas las letras no harían más que ofrecer unos pocos puntos luminosos en medio de densas tinieblas, las corporaciones a que se debe principalmente la rapidez de las comunicaciones literarias hacen beneficios esenciales a la ilustración y a la humanidad. No bien brota en el pensamiento de un individuo una verdad nueva, cuando se apodera de ella toda la república de las letras. Los sabios de la Alemania, de la Francia, de los Estados Unidos, aprecian su valor, sus consecuencias, sus aplicaciones. En esta propagación del saber, las academias, las universidades, forman otros tantos depósitos, a donde tienden constantemente a acumularse todas las adquisiciones científicas; y de estos centros es de donde se derraman más fácilmente por las diferentes clases de la sociedad. La Universidad de Chile ha sido establecida con este objeto especial. Ellas, si corresponde a las miras de la ley que le ha dado su nueva forma, si corresponde a los deseos de nuestro gobierno, será un cuerpo eminentemente expansivo y propagador.
Otros pretenden que el fomento dado a la instrucción científica se debe de preferencia a la enseñanza primaria. Yo ciertamente soy de los que miran la instrucción general, la educación del pueblo, como uno de los objetos más importantes y privilegiados a que pueda dirigir su atención el gobierno; como una necesidad primera y urgente; como la base de todo sólido progreso; como el cimiento indispensable de las instituciones republicanas. Pero, por eso mismo, creo necesario y urgente el fomento de la enseñanza literaria y científica. En ninguna parte ha podido generalizarse la instrucción elemental que reclaman las clases laboriosas, la gran mayoría del genero humano, sino donde han florecido de antemano las ciencias y las letras. No digo yo que el cultivo de las letras y de las ciencias traiga en pos de sí, como una consecuencia precisa, la difusión de la enseñanza elemental; aunque es incontestable que las ciencias y las letras tienen una tendencia natural a difundirse, cuando causas artificiales no las contrarían. Lo que digo es que el primero es una condición indispensable de la segunda; que donde no exista aquél, es imposible que la otra, cualesquiera que sean los esfuerzos de la autoridad, se verifique bajo la forma conveniente. La difusión de los conocimientos supone uno o más hogares, de donde salga y se reparta la luz, que, extendiéndose progresivamente sobre los espacios intermedios, penetre al fin las capas extremas. La generalización de la enseñanza requiere gran número de maestros competentemente instruidos; y las aptitudes de estos sus últimos distribuidores son, ellas mismas, emanaciones más o menos distantes de los grandes depósitos científicos y literarios. Los buenos maestros, los buenos libros, los buenos métodos, la buena dirección de la enseñanza, son necesariamente la obra de una cultura intelectual muy adelantada. La instrucción literaria y científica es la fuente de donde la instrucción elemental se nutre y se vivifica; a la manera que en una sociedad bien organizada la riqueza de la clase más favorecida de la fortuna es el manantial de donde se deriva la subsistencia de las clases trabajadoras, el bienestar del pueblo. Pero la ley, al plantear de nuevo la universidad, no ha querido fiarse solamente de esa tendencia natural de la ilustración a difundirse, y a que la imprenta da en nuestros días una fuerza y una movilidad no conocidas antes; ella ha unido íntimamente las dos especies de enseñanza; ella ha dado a una de las secciones del cuerpo universitario el encargo especial de velar sobre la instrucción primaria, de observar su marcha, de facilitar su propagación, de contribuir a sus progresos. El fomento, sobre todo, de la instrucción religiosa y moral del pueblo es un deber que cada miembro de la universidad se impone por el hecho de ser recibido en su seno.
La ley que ha establecido la antigua universidad sobre nuevas bases, acomodadas al estado presente de la civilización y a las necesidades de Chile, apunta ya los grandes objetos a que debe dedicarse este cuerpo. El señor ministro vice-patrono ha manifestado también las miras que presidieron a la refundición de la Universidad, los fines que en ella se propone el legislador, y las esperanzas que es llamada a llenar; y ha desenvuelto de tal modo estas ideas, que siguiéndole en ellas, apenas me sería posible hacer otra cosa que un ocioso comentario a su discurso. Añadiré con todo algunas breves observaciones que me parecen tener su importancia.
El fomento de las ciencias eclesiásticas, destinado a formar dignos ministros del culto, y en último resultado a proveer a los pueblos de la república de la competente educación religiosa y moral, es el primero de estos objetos y el de mayor trascendencia. Pero hay otro aspecto bajo el cual debemos mirar la consagración de la universidad a la causa moral y de la religión. Si importa el cultivo de las ciencias eclesiásticas para el desempeño del ministerio sacerdotal, también importa generalizar entre la juventud estudiosa, entre toda la juventud que participa de la educación literaria y científica, conocimientos adecuados del dogma y de los anales de la fe cristiana. No creo necesario probar que esta debiera ser una parte integrante de la educación general, indispensable para toda profesión, y aun para todo hombre que quiera ocupar en la sociedad un lugar superior al ínfimo.
A la facultad de leyes y ciencias políticas se abre un campo el más vasto el más susceptible y de aplicaciones útiles. Lo habéis oído: la utilidad práctica, los resultados positivos, las mejoras sociales, es lo que principalmente espera de la Universidad el gobierno; es lo que principalmente debe recomendar sus trabajos a la patria. Herederos de la legislación del pueblo rey, tenemos que purgarla de las manchas que contrajo bajo el influjo maléfico del despotismo; tenemos que despejar las incoherencias que deslustran una obra a que han contribuido tantos siglos, tantos intereses alternativamente dominantes, tantas inspiraciones contradictorias. Tenemos que acomodarla, que restituirla a las instituciones republicanas. ¿Y qué objeto más importante o más grandioso que la formación, el perfeccionamiento de nuestras leyes orgánicas, la recta y pronta administración de justicia, de seguridad de nuestros derechos, la fe de las transacciones comerciales, la paz del hogar doméstico? La Universidad, me atrevo a decirlo, no acogerá la preocupación que condena como inútil o pernicioso el estudio de las leyes romanas; creo, por el contrario, que le dará un nuevo estímulo y lo asentará sobre bases mas amplias. La Universidad verá probablemente en ese estudio el mejor aprendizaje de la lógica jurídica y forense. Oigamos sobre este punto el testimonio de un hombre a quien seguramente no se tachara de parcial a doctrinas antiguas; a un hombre que en el entusiasmo de la emancipación popular y de la nivelación democrática ha tocado tal vez al extremo. “La ciencia estampa en el derecho su sello; su lógica sienta los principios, formula los axiomas, deduce las consecuencias, y saca de la idea de lo justo, reflejándola, inagotables desenvolvimientos. Bajo este punto de vista, el derecho romano no reconoce igual: se pueden disputar algunos de sus principios; pero su método, su lógica, su sistema científico, lo han hecho y lo mantienen superior a todas las otras legislaciones; sus textos son la obra maestra del estilo jurídico; su método es el de la geometría aplicado en todo su rigor al pensamiento moral”. Así se explica L’Herminier, y ya antes Leibniz había dicho: “In jurisprudentia regnant romani. Dixi saepius post scripta geometrarum nihil extare quod vi ae subtilitate cum romanorum jurisconsultorum scriptis comparari possit: tantum nervi inest; tantum profundi-aris”.
La Universidad estudiara también las especialidades de la sociedad chilena bajo el punto de vista económico, que no presenta problemas menos vastos, ni de menos arriesgada resolución. La Universidad examinará los resultados de la estadística chilena, contribuirá a formarla, y leerá en sus guarismos la expresión de nuestros intereses materiales. Porque en este, como en los otros ramos, el programa de la Universidad es enteramente chileno: si toma prestadas a la Europa las deducciones de la ciencia, es para aplicarlas a Chile. Todas las sendas en que se propone dirigir las investigaciones de sus miembros, el estudio de sus alumnos, convergen a un centro: la patria.
La medicina investigará, siguiendo el mismo plan, las modificaciones peculiares que dan al hombre chileno su clima, sus costumbres, sus alimentos; dictará las reglas de la higiene privada y pública; se desvelará por arrancar a las epidemias el secreto de su germinación y de su actividad devastadora; y hará, en cuanto es posible, que se difunda a los campos el conocimiento de los medios sencillos de conservar y reparar la salud. ¿Enumeraré ahora las utilidades positivas de las ciencias matemáticas y físicas, sus aplicaciones a una industria naciente, que apenas tiene en ejercicio unas pocas artes simples, groseras, sin procederes bien entendidos, sin máquinas, sin algunos aun de los más comunes utensilios; sus aplicaciones a una tierra cruzada en todos sentidos de veneros metálicos, a un suelo fértil de riquezas vegetales, de sustancias alimenticias; a un suelo sobre el que la ciencia ha echado apenas una ojeada rápida?
Pero, fomentando las aplicaciones prácticas, estoy muy distante de creer que la Universidad adopte por su divisa el mezquino cui bono? y que no aprecie en su justo valor el conocimiento de la naturaleza en todos sus variados departamentos. Lo primero, porque, para guiar acertadamente, la práctica, es necesario que el entendimiento se eleve a los puntos culminantes de la ciencia, a la apreciación de sus fórmulas generales. La Universidad no confundirá, sin duda, las aplicaciones prácticas con las manipulaciones de un empirismo ciego. Y lo segundo, porque, como dije antes, el cultivo de la inteligencia contemplativa que descorre el velo de los arcanos del universo físico y moral, es en sí mismo un resultado positivo y de la mayor importancia. En este punto, para no repetirme, copiaré las palabras de un sabio inglés, que me ha honrado con su amistad: “Ha sido, —dice el doctor Nicolas Arnott—, ha sido una preocupación el creer que las personas instruidas así en las leyes generales tengan su atención dividida, y apenas les quede tiempo para aprender alguna cosa perfectamente. Lo contrario, sin embargo, es lo cierto; porque los conocimientos generales hacen más claros y precisos los conocimientos particulares. Los teoremas de la filosofía son otras tantas llaves que nos dan entrada a los más deliciosos jardines que la imaginación puede figurarse; son una vara mágica que nos descubre la faz del universo y nos revela infinitos objetos que la ignorancia no ve. El hombre instruido en las leyes naturales está, por decirlo así, rodeado de seres conocidos y amigos, mientras el hombre ignorante peregrina por una tierra extraña y hostil. El que por medio de las leyes generales puede leer en el libro de la naturaleza, encuentra en el universo una historia sublime que le habla de Dios, y ocupa dignamente su pensamiento hasta el fin de sus días”.
Paso, señores, a aquel departamento literario que posee de un modo peculiar y eminente la cualidad de pulir las costumbres; que afina el lenguaje, haciéndolo un vehículo fiel, hermoso, diáfano, de las ideas; que, por el estudio de otros idiomas vivos y muertos, nos pone en comunicación con la antigüedad y con las naciones más civilizadas, cultas y libres de nuestros días; que nos hace oír, no por el imperfecto medio de las traducciones siempre y necesariamente infieles, sino vivos, sonoros, vibrantes, los acentos de la sabiduría y la elocuencia extranjera; que, por la contemplación de la belleza ideal y de sus reflejos en las obras del genio, purifica el gusto, y concilia con los raptos audaces de la fantasía los derechos imprescriptibles de la razón; que, iniciando al mismo tiempo el alma en sus estudios severos, auxiliares necesarios de la bella literatura, y preparativos indispensables para todas las ciencias, para todas las carreras de la vida, forma la primera disciplina del ser intelectual y moral, expone las leyes eternas de la inteligencia a fin de dirigir y afirmar sus pasos, y desenvuelve los pliegues profundos del corazón, para preservarlo de extravíos funestos, para establecer sobre sólidas bases los derechos y deberes del hombre. Enumerar estos diferentes objetos es presentarlos, señores, según yo lo concibo, el programa de la Universidad en la sección de filosofía y humanidades. Entre ellos, el estudio de nuestra lengua me parece de una alta importancia. Yo no abogaré jamás por el purismo exagerado que condena todo lo nuevo en materia de idioma; creo, por el contrario, que la multitud de ideas nuevas, que pasan diariamente del comercio literario a la circulación general, exige voces nuevas que las representen. ¿Hallaremos en el diccionario de Cervantes y de fray Luis de Granada —no quiero ir tan lejos—, hallaremos en el diccionario de Iriarte y Moratín medios adecuados, signos lúcidos para expresar las nociones comunes que flotan hoy día sobre las inteligencias medianamente cultivadas, para expresar el pensamiento social? ¡Nuevas instituciones, nuevas leyes, nuevas costumbres; variadas por todas partes a nuestros ojos la materia y las formas; y viejas voces, vieja fraseología! Sobre ser desacordada esa pretensión, porque pugnaría con el primero de los objetos de la lengua, la fácil y clara transmisión del pensamiento, sería del todo inasequible. Pero se puede ensanchar el lenguaje, se puede enriquecerlo, se puede acomodarlo a todas las exigencias de la sociedad, y aún a las de la moda, que ejerce un imperio incontestable sobre la literatura, sin adulterar-lo, sin viciar sus construcciones, sin hacer violencia a su genio. ¿Es acaso distinta de la de Pascal y Racine la lengua de Chateaubriand y Villemain? ¿Y no trasparenta perfectamente la de estos dos escritores el pensamiento social de la Francia de nuestros días, tan diferentes de la Francia de Luis XIV? Hay más: demos anchas a esta especie de culteranismo; demos carta de nacionalidad a todos los caprichos de un extravagante neologismo; y nuestra América reproducirá dentro de poco la confusión de idiomas, dialectos y jerigonzas, el caos babilónico de la Edad Media; y diez pueblos perderán uno de sus vínculos más poderosos de fraternidad, uno de sus más preciosos instrumentos de correspondencia y comercio.
La Universidad fomentará, no solo el estudio de las lenguas, sino de las literaturas extranjeras. Pero no sé si me engaño. La opinión de aquellos que creen que debemos recibir los resultados sintéticos de la ilustración europea, dispensándonos del examen de sus títulos, dispensándonos del proceder analítico, único medio de adquirir verdaderos conocimientos, no encontrará muchos sufragios en la Universidad. Respetando, como respeto, las opiniones ajenas y reservándome solo el derecho de discutirlas, confieso que tan poco propio me parecerá para alimentar el entendimiento, para educarle y acostumbrarle a pensar por sí, el atenernos a las conclusiones morales y políticas de Herder, por ejemplo, sin el estudio de la historia antigua y moderna, como el adoptar los teoremas de Euclides sin el previo trabajo intelectual de la demostración. Yo miro, señores, a Herder como a uno de los escritores que han servido más útilmente a la humanidad: él ha dado toda su dignidad a la historia, desenvolviendo en ella los designios de la Providencia, y los destinos a que es llamada la especie humana sobre la tierra. Pero el mismo Herder no se propuso suplantar el conocimiento de los hechos, sino ilustrarlos, explicarlos; ni se puede apreciar su doctrina sino por medio de previos estudios históricos. Sustituir a ellos deducciones y fórmulas, sería presentar a la juventud un esqueleto en vez .de un traslado vivo del hombre social; sería darle una colección de aforismos en vez de poner a su vista el panorama móvil, instructivo, pintoresco, de las instituciones, de las costumbres, de las revoluciones, de los grandes pueblos y de los grandes hombres; sería quitar al moralista y al político las convicciones profundas que sólo pueden nacer del conocimiento de los hechos; sería quitar a la experiencia del género humano el saludable poderío de sus avisos, en la edad, cabalmente que es más susceptible de impresiones durables; sería quitar al poeta una inagotable mina de imágenes y de colores. Y lo que digo de la historia, me parece que debemos aplicarlo a todos los otros ramos del saber. Se impone de este modo al entendimiento la necesidad de largos, es verdad, pero agradables estudios. Porque nada hace más desabrida la enseñanza que las abstracciones, y nada la hace más fácil y amena sino el proceder que, amoblando la memoria, ejercita al mismo tiempo al entendimiento y exalta la imaginación. El raciocinio debe engendrar al teorema, los ejemplos graban profundamente las lecciones.
¿Y pudiera yo, señores, dejar de aludir, aunque de paso, en esa rápida reseña, a la más hechicera de las vocaciones literarias, al aroma de la literatura, al capitel corintio, por decirlo así, de la sociedad culta? ¿Pudiera, sobre todo, dejar de aludir a la excitación instantánea, que ha hecho aparecer sobre nuestro horizonte esa constelación de jóvenes ingenios que cultivan con tanto ardor la poesía? Lo diré con ingenuidad: hay incorrección en sus versos; hay cosas que una razón castigada y severa condena. Pero la corrección es la obra del estudio y de los años; ¿quién pudo esperarla de los que, en un momento de exaltación, poética y patriótica a un tiempo, se lanzaron a esa nueva arena, resueltos a probar que en las almas chilenas arde también aquel fuego divino, de que por una preocupación injusta se las había creído privadas? Muestras brillantes, y no limitadas al sexo que entre nosotros ha cultivado hasta ahora casi exclusivamente las letras, la habían refutado ya. Ellos la han desmentido de nuevo. Yo no sé si una predisposición parcial hacia los ensayos de las inteligencias juveniles extravía mi juicio. Digo lo que siento: hallo en esas obras destellos incontestables del verdadero talento, y aún con relación a algunas de ellas, pudiera decir, del verdadero genio poético. Hallo, en algunas de esas obras, una imaginación original y rica, expresiones felizmente atrevidas, y (lo que parece que sólo pudo dar un largo ejercicio) una versificación armoniosa y fluida, que busca de propósito las dificultades para luchar con ellas y sale airosa de esta arriesgada prueba. La Universidad, alentando a nuestros jóvenes poetas les dirá tal vez: “Si quereis que vuestro nombre no quede encarcelado entre la Cordillera de los Andes y la mar del Sur, recinto demasiado estrecho para las aspiraciones generosas del talento; si quereis que os lea la posteridad, haced buenos estudios, principiando por el de la lengua nativa. Haced más; tratad asuntos dignos de vuestra patria y de la posteridad. Dejad los tonos muelles de la lira de Anacreonte y de Safo: la poesía del siglo xix tiene una misión más alta. Que los grandes intereses de la humanidad os inspiren. Palpite en vuestras obras el sentimiento moral. Dígase cada uno de vosotros, al tomar la pluma: Sacerdote de las Musas, canto para las almas inocentes y puras:
………….Musarum sacerdos virgini bus puerisque canto. (Horacio).
¿y cuántos temas grandiosos no os presenta ya vuestra joven república? Celebrad sus grandes días; tejed guirnaldas a sus héroes; consagrad la mortaja de los mártires de la patria. La Universidad recordará al mismo tiempo a la juventud aquel consejo de un gran maestro de nuestros días: “Es preciso, decía Goethe, que el arte sea la regla de la imaginación y la transforme en poesía”.
¡El arte! Al oír esta palabra, aunque tomada de los labios mismo de Goethe, habrá algunos que me coloquen entre los partidarios de las reglas convencionales, que usurparon mucho tiempo ese nombre. Protesto solemnemente contra semejante aserción; y no creo que mis antecedentes la justifiquen. Yo no encuentro el arte en los preceptos estériles de la escuela, en las inexorables unidades, en la muralla de bronce entre los diferentes estilos y géneros, en las cadenas con que se ha querido aprisionar al poeta a nombre de Aristóteles y Horacio, y atribuyéndoles a veces lo que jamás pensaron. Pero creo que hay un arte fundado en las relaciones impalpables, etéreas, de la belleza ideal; relaciones delicadas,. pero accesibles a la mirada de lince del genio competentemente preparado; creo que hay un arte que guía a la imaginación en sus mas fogosos transportes; creo que sin ese arte la fantasía, en vez de encarnar en sus obras el tipo de lo bello, aborta esfinges, creaciones enigmáticas y monstruosas. Esta es mi fe literaria. Libertad en todo; pero yo no veo libertad, sino embriaguez licenciosa, en las orgías de la imaginación.
La libertad, como contrapuesta, por una parte, a la docilidad servil que lo recibe todo sin examen, y por otra a la desarreglada licencia que se rebela contra la autoridad de la razón y contra los más nobles y puros instintos del corazón humano, será sin duda el tema de la Universidad en todas sus diferentes secciones.
Pero no debo abusar más tiempo de vuestra paciencia. El asunto es vasto; recorrerlo a la ligera es todo lo que me ha sido posible. Siento no haber ocupado más dignamente la atención del respetable auditorio que me rodea, y le doy las gracias por la indulgencia con que se ha servido escucharme.
(Araucano, Año de 1843).
Epístolas de Diego Portales.

Lima, Marzo de 1822.
Señor José M. Cea.
Mi querido Cea: Los periódicos traen agradables noticias para la marcha de la revolución de toda América. Parece algo confirmado que los Estados Unidos reconocen la independencia americana. Aunque no he hablado con nadie sobre este particular, voy a darle mi opinión. El Presidente de la Federación de N. A., Monroe, ha dicho: “se reconoce que la América es para éstos”. ¡Cuidado con salir de una dominación para caer en otra! Hay que desconfiar de esos señores que muy bien aprueban la obra de nuestros campeones de liberación, sin habernos ayudado en nada: he aquí la causa de mi temor. ¿Por qué ese afán de Estados Unidos en acreditar Ministros, delegados y en reconocer la independencia de América, sin molestarse ellos en nada? ¡Vaya sistema curioso, mi amigo! Yo no creo que todo esto obedece a un plan combinado de antemano; y ese sería así: hacer la conquista de América, no por las armas, sino por la influencia en toda esfera. Esto sucederá, tal vez hoy no, pero mañana sí. No conviene dejarse halagar por estos dulces que los niños suelen comer con gusto, sin cuidarse de un envenenamiento. A mí las cosas políticas no me interesan, pero como buen ciudadano puedo opinar con toda libertad y aún censurar los actos del Gobierno. La Democracia, que tanto pregonan los ilusos, es un absurdo en los países como los americanos, llenos de vicios y donde los ciudadanos carecen de toda virtud, como es necesario para establecer una verdadera República. La Monarquía no es tampoco el ideal americano: salimos de una terrible para volver a otra y ¿qué ganamos? La República es el sistema que hay que adoptar; ¿pero sabe cómo yo la entiendo para estos países? Un gobierno fuerte, centralizador, cuyos hombres sean verdaderos modelos de virtud y patriotismo, y así enderezar a los ciudadanos por el camino del orden y de las virtudes. Cuando se hayan moralizado, venga el Gobierno completamente liberal, libre y lleno de ideales, donde tengan parte todos los ciudadanos. Esto es lo que yo pienso y todo hombre de mediano criterio pensará igual
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Mayo 14 de 1832.
Mi querido Garfias:
Ayer escribí a Vd. bajo cubierta de este Administrador de Correos a Curriel o no sé que empleado de esa renta; pero tuve el sentimiento de saber que mi correspondencia llego 2 minutos después de haber salido el postillón: el Administrador dejó las cartas para remitirlas hoy.
Contesto las suyas 10, 11 y 12 del que rige. Puse en conocimiento de Fuentes su capítulo de carta relativo a su encargo y me ha traído unos papeles para probarme lo siguiente: Su sueldo de 25 pesos mensuales debió correrle desde 9 de Febrero de 1831; más el no ha querido exigirlo sino desde el 16, desde el mismo día en que empezó a llenar las obligaciones de su empleo. Dió 5 certificados para que don Clemente Pérez cobrara los 5 meses corridos hasta el 16 de Julio y pagase con ellos a Pope. Después le mandó al mismo Pérez otro certificado del mes corrido desde 16 de Julio hasta el 15 de Agosto, que no sabe si Pérez lo cobró y espera saberlo para repetir contra la testamentaria los 25 pesos; y desde el 16 de Agosto para acá no ha mandado un certificado a nadie, y de consiguiente, dice que nadie puede haber cobrado por él, y si alguien lo ha hecho, diga el Tesorero de Vacuna quien ha sido, y con qué certificado. Resulta, pues, que si el finado Pérez no cobró el sexto certificado, la Tesorería de vacuna debe a Fuentes 5 meses hasta el 16 de Diciembre, y si Pérez lo cobró, sólo le deberá cuatro meses.
Quedo impuesto de algunas de las porquerías de la Corte: ya causa asco tanta inmundicia; pero, entre tanto, van confirmándose mis sospechas de que los fantasmas que ve el pobre don Joaquín lo hacen precipitarse: ha ordenado a Urriola, que de acuerdo con la Asamblea, le propongan a Arteaga para Teniente Coronel efectivo y Comandante en propiedad del N.° 2, con agravio precisamente de los postergados, que verán este paso con desesperación[1].
Los recibos de suscripción fueron entregados por Silva al que la recogió para que recoja también su importe: todos han dicho que lo compraran aquí sin necesidad de inscribirse.
Queda encargado Silva del expediente de Moran.
Siento mucho no poder satisfacer los deseos del Ministro de Hacienda de verme en ésa. No sé por donde pudiera convenir a mis intereses pasar a la capital: yo no espero que nadie me dé conveniencia, menos la quiero del Gobierno: el Ministro, como hombre particular, no puede dármela. Por lo que, mira a los intereses públicos, yo sería más que loco, si tratase de tomar parte alguna en ellos: pensionarse para remediar un mal cuando queda la puerta abierta para mil, seria fatigarse en vano y recibir perjuicios sin frutos. Por esta razón no me tomaré la pensión de observar el proyecto de reforma[2]: Vd. sabe que ninguna obra de esta clase es absolutamente buena ni absolutamente mala; pero ni la mejor ni ninguna servirá para nada cuando está descompuesto el principal resorte de la máquina. Desengáñese usted: no queda otro recurso que abandonarnos a la suerte y hacerla árbitro de nuestros destinos; cualquiera otra cosa es peor.
[1] Parece que los fantasmas que veía el Presidente de la República no eran tales, sino realidades: Arteaga encabezó, ya ascendido a Teniente-Coronel, y pocos meses después de esta carta, en Marzo de 1833, la conspiración que lleva su nombre. Lo extraño es el que el general Prieto, para prevenir o conjurar estas intentonas de revuelta, premiara con ascensos a los oficiales de conducta dudosa en su fidelidad al régimen y al Gobierno.
[2] Se refiere a la reforma de la Constitución de 1828. Esta declaración categórica nos muestra el poco interés con que Portales miró el nuevo Código que se promulgó en 1833, es decir, su desinterés para tomar parte en las deliberaciones a que dió lugar -G. F. C.
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10 de diciembre de 1831.
Señor don Antonio Garfias
Mi don Antonio:
Dígale Ud. A los c… que creen que conmigo solo puede haber Gobierno y orden que estoy muy lejos de pensar así y que si un día me agarré los fundillos y tomé un palo para tranquilidad del país, fué sólo para que los j… y las p… de Santiago me dejaran trabajar en paz. H… y p… son los que joden al gobierno y son ellos los que ponen piedras al buen camino de éste. Nadie quiere vivir sin el apoyo del elefante blanco del Gobierno y cuando los h… y las p… no son satisfechos en sus caprichos, los pipiolos son unos dignos caballeros al lado de estos cojudos. Las familias de rango de la capital, todas jodidas, beatas y malas, obran con un peso enorme para la buena marcha de la administración. Dígales que si en mala hora se me antoja volver al Gobierno, colgaré de un coco a los h… y las p… les sacaré la ch… ¡Hasta cuándo… estos m…! Y Ud., mi don Antonio, no vuelva a escribirme cartas de empeño, si no desea una que no olvidará fácilmente.
No desea escribirle más su amigo
D:PORTALES
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Valparaíso, Diciembre 6 de 1834.
Mi Don Antonio[1]
A propósito de una consulta que hice a don Mariano[2], relativa al derecho que asegura la Constitución sobre prisión de individuos sin orden competente de Juez, pero en los cuales pueden recaer fuertes motivos de que traman oposiciones violentas al Gobierno, como ocurre en un caso que sigo con gran interés y prudencia en este puerto, el bueno de don Mariano me ha contestado no una carta. sino un informe, no un informe sino un tratado, sobre la ninguna facultad que puede tener el Gobierno para detener sospechosos por sus movimientos políticos. Me ha hecho una historia tan larga, con tantas citas, que he quedado en la mayor confusión; y como si el papelote que me ha remitido fuera poco, me ha facilitado un libro sobre el habeas corpus. En resumen; de seguir el criterio del jurisperito Egaña, frente a la amenaza de un individuo para derribar la Autoridad, el Gobierno debe cruzarse de brazos, mientras, como dice él, no sea sorprendido infraganti.
Con los hombres de ley no puede uno entenderse; y así, para que carajo! sirven las Constituciones y papeles, si son incapaces de poner remedio a un mal que se sabe existe, que se va a producir, y que no puede conjurarse de antemano tomando las medidas que pueden cortarlo. Pues es preciso esperar que el delito sea infraganti.
En Chile la ley no sirve para otra cosa que no sea producir la anarquía, la ausencia de sanción, el libertinaje, el pleito eterno, el compadrazgo y la amistad. Si yo, por ejemplo, apreso a un individuo que se esta urdiendo una conspiración, violo la ley. Maldita ley entonces si no deja al brazo del Gobierno proceder libremente en el momento oportuno! Para proceder, llegado el caso del delito infraganti, se agotan las pruebas y las contra pruebas, se reciben testigos, que muchas veces no saben lo que van a declarar, se complica la causa y el Juez queda perplejo. Este respeto por el delincuente o presunto delincuente, acabara con el país en rápido tiempo. El Gobierno parece dispuesto a perpetuar una orientación de esta especie, enseñando una consideración a, la ley que me parece sencillamente indígena. Los jóvenes aprenden que el delincuente merece más consideración que el hombre probo; por eso los abogados que he conocido son cabezas dispuestas a la conmiseración en un grado que los hace ridículos. De mi se decirle que con ley o sin ella, esa señora que llaman la Constitución, hay que violarla cuando las circunstancias son extremas. ¡Y qué importa que lo sea, cuando en un año la parvulita lo ha sido tantas por su perfecta inutilidad!
Escribí a Tocornal sobre este mismo asunto, y dígale usted ahora lo que pienso. A Egaña que se vaya al carajo con sus citas y demostraciones legales. Que la ley la hace uno procediendo con honradez y sin espíritu de favor. A los tontos les caerá bien la defensa del delincuente; a mi me parece mal el que se les pueda amparar en nombre de esa Constitución, cuya majestad no es otra cosa que una burla ridícula de la monarquía en nuestros días.
Hable con Tocornal, porque él ya está en autos de lo que pienso hacer. Pero a Egaña dígale que sus filosofías no venían al caso. jPobre diablo!
Hasta mañana. Suyo.
D. Portales [3]
[1] Don Antonio Garfias.-G. F. C.
[2] Don Mariano Egaña. -G. F. C
[3] He aquí definido con absoluta claridad el pensamiento jurídico de Portales, o mejor dicho, en el sentido de la ley; ¡Cualquier comentario está demás! -G.F.C.
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Valparaíso, marzo 16 de 1832
Señor don Antonio[1]:
Tengo a la vista las de usted 14 y 15. Ayer no pude contestar la primera, porque apenas tuve tiempo para incluirle las libranzas que le remití; lo hago ahora por el orden de sus contenidos.
Me parece excusado hablar usted del desahogo en que me dejó la noticia de que podría trabarse e embargo en los bienes de Dueñas, y que Bezanilla estaba resuelto a hacerlo.
Quedo impuesto de todo lo que había hasta ayer en la Hacienda de Pedegua. Celebro el buen resultado de la cobranza encargada a Bari; algo es algo, y muchos poquitos hacen un cirio pascual.
A sus saludables consejos y consolaciones quiero contestarle con un latín, que si no entiende, debe imputarse a sí mismo o al viejo don Antonio Garfias (de quien me ocupe anoche como una hora con el pelado Alvarez) por no haberlo hecho aprender gramática y teología, sin lo cual no hay educación y nada bueno. Facile omnes cum valemus recta concilia aegrotis damus; tu si hic esses alitar sentires.
Estoy por que se haga un baúl fuerte en que venga ajustadito el colchón; pero poco más alto que él para que quepan las almohadas, mi ropa de cama; de este modo se tiene un mueble que sirve para dos objetos; pero la pestaña de la tapa debe bajar mucho para que no entre el polvo ni el agua, en las esquinas debe llevar chapas de agua para mayor firmeza: todo esto es en caso que el baúl con el colchón dentro forme un tercio o la mitad de una carga ligera con que pueda galopar una mula.
(Reservado). Mi opinión sobre el “Hurón” es de que podía estar mejor, variándolo y amenizándolo más con noticias del interior que a todos interesan como dije a usted en una de mis anteriores. Si querían batir al Ministerio, ¿por qué hacerlo escondiéndose tras de un interrogatorio y tan indefinidamente?
Si no hay causas para atacarlo, silencio, y si las hay, echarlas a la luz con sus pelo y sus lanas. Usted me ha dicho en una de sus anteriores que el Ministerio se había opuesto a la suscripción del periódico, ¿habría asunto más lindo para un artículo de importancia y un ataque victorioso? Qué diría el Ministro cuando le preguntase: ¿se quería marchar sin oposición, cualquiera que fuese su marcha? Cuando se le dijese que se trataba de hacer una oposición decente, moderada y con los santos y para los fines: 1º de encaminarle a obrar en el sentido de la opinión; 2º el de comenzar a establecer en el país un sistema de oposición que no sea tumultuario, indecente, anárquico, injurioso, degradante al país y al Gobierno, y que para conseguirla no hay mejor medio que los cambios de Ministerio cuando los M. M. No gozan de la aceptación pública de sus errores, por su falsa política y por otros motivos; que la que la oposición casa cuando sucede el cambio, y, en fin, que queremos aproximarnos a Inglaterra en cuanto sea posible en el modo de hacer la oposición; que el decreto que autoriza al Gobierno para suscribirse a los periódicos con el objeto de fomentar las prensas y escritores no excluye a los de la oposición; que siempre que ésta se haga sin faltar a las leyes ni a la decencia, el buen gobierno debe apetecerla y que esa intolerancia del Ministerio, sólo puede encontrarse en un mal Ministerio que tiene que temer, etc., etc.; añadiendo que es una pretensión muy vana el querer marchar sin oposición; que el Ministerio de Fernando podrá esperar un vergonzoso silencio o un general aplauso de su conducta funcionaria; que sobre todo la distribución de los fondos públicos destinados al fomento de la ilustración no puede hacerse según el gusto y capricho del Ministro, sino conforme a la justicia y conveniencia del pueblo, y podría concluirse diciendo que no se quería la suscripción del Gobierno y que el sostén del Hurón sin ella, sería una de las pruebas de que escribía en el sentido de la opinión, etc., etc.; otra vez. Urízar podría hacer artículo dándole usted estos apuntes.
Tenemos cabo de año y bueno el 21 del corriente: yo me he elevado con él porque principié a correr las diligencias con concepto a hacerlo entre todos los amigos; pero me han dejado solo; paciencia.
Se necesita poner algo en “El Mercurio” ese día: empéñese usted, pues, con el señor don Andrés Bello para que haga alguna cosa buena, como acostumbra; yo le añadiré aquí las particularidades que hayan ese día en la función, y todo el artículo irá también a la imprenta como mío: si es posible debe venir cuando más tarde el 19 para que lo tenga armado y no deje de publicarse el 21. Si el señor Bello tuviese algún inconveniente para hacer el artículo, puede usted valerse de algún otro conocido, aunque no salga tan bueno, pero le prevengo que debe trazarse de modo que reanime y haga revivir aunque sea por horas, el espíritu público de aquellos tiempos. Debe escribir en el sentido de que algunos ciudadanos de este puerto han querido a los manes de Ovalle esta memoria.
Si se encuentra por la calle o en alguna parte con don Ventura Lavalle[2], dígale que he agradecido y apreciado en mucho la colección de convites o retratos del carácter peruano.
¿Cómo se siente mi amigo Pedro Uriondo?
¿En qué términos fueron las propuestas para la hacienda?
Don Roberto Budge ha deshecho el trato de las harinas que habían en su bodega y que avisé a usted estar vendidas porque salieron muy mal molidas. Paciencia.
Soy de usted muy afecto amigo y S. S.
D. PORTALES
[1] Garfias. –G.F.C.
[2] Don Ventura Lavalle desempeño durante largos años delicadas comisiones diplomáticas y consulares en el Perú y Ecuador, y también creemos, accidentalmente, en Nueva Granada. Portales mismo lo nombró para el desempeño de esos cargos, y durante la guerra contra la Federación Perú-Boliviana, su actuación fué brillante y destacada. Era un hombre culto, inteligente y de una poderosa penetración. –G.F.C.
Epistolario de Don Diego Portales
Recopilación y notas de Ernesto de la Cruz y Guillermo Feliú Cruz
Tomo I
Edición impresa por acuerdo del Ministerio de Justicia con la ocasión del centenario de la muerte de Portales, Santiago de Chile, 1937.
Proclamación de la Independencia de Chile (1 de enero 1818).
El texto de Proclamación de la independencia fue redactado por Bernardo de Monteagudo, a la sazón al servicio del gobierno chileno, aunque el Director O’Higgins introdujo algunas modificaciones antes de firmarla, en su cuartel en Concepci6n. El 12 de febrero de 1818, aniversario de la batalla de Chacabuco, fue solemnemente jurada la independencia.
EL DIRECTOR SUPREMO DEL ESTADO
La fuerza ha sido la razón suprema que por más de trescientos años ha mantenido al Nuevo Mundo en la necesidad de venerar como un dogma la usurpación de sus derechos y de buscar en ella misma el origen de sus más grandes deberes. Era preciso que algún día llegase el término de esta violenta sumisión; pero entretanto era imposible anticiparla: la resistencia del débil contra el fuerte imprime un carácter sacrílego a sus pretensiones, y no hace más que desacreditar la justicia en que se fundan. Estaba reservado al siglo XIX el oír a la América reclamar sus derechos sin ser delincuente y mostrar que el período de su sufrimiento no podía durar más que el de su debilidad. La revoluci6n del 18 de septiembre de 1810 fue el primer esfuerzo que hizo Chile para cumplir esos altos destines a que lo llamaba el tiempo y la naturaleza: sus habitantes han probado desde entonces la energía y firmeza de su voluntad, arrastrando las vicisitudes de una guerra en que el Gobierno español ha querido hacer ver que su política con respecto a la América sobrevivirá al trastorno de todos los abusos. Este último desengaño les ha inspirado naturalmente la resolución de separarse para siempre de la monarquía española y proclamar su independencia a la faz del mundo. Más, no permitiendo las actuales circunstancias de la guerra la convocación de un Congreso Nacional que sancione el voto público, hemos mandado abrir un gran registro en que todos los ciudadanos del estado sufraguen por si mismos, libre y espontáneamente, por la necesidad urgente de que el Gobierno declare en el día la independencia o por la dilación o negativa; y habiendo resultado que la universalidad de los ciudadanos esta irrevocablemente decidida por la afirmativa de aquella proposición, hemos tenido a bien, en ejercicio del poder extraordinario con que para este caso particular nos han autorizado los pueblos, declarar solemnemente a nombre de ellos, en presencia del Altísimo, y hacer saber a la gran confederación del género humano que el territorio continental de Chile y sus islas adyacentes forman de hecho y por derecho un Estado libre, independiente y soberano, y quedan para siempre separados de la monarquía de España, con plena aptitud de adoptar la forma de gobierno que mas convenga a sus intereses. Y para que esta declaración tenga toda la fuerza y solidez que debe caracterizar la primera acta de un pueblo libre, la afianzamos con el honor, la vida, las fortunas y todas las relaciones sociales de los habitantes de este nuevo Estado; comprometemos nuestra palabra, la dignidad de nuestro empleo, y el decoro de las armas de la Patria; y mandamos que con los libros del gran registro se deposite el acta original en el archivo de la municipalidad de Santiago, y se circule a todos los pueblos, ejércitos y corporaciones para que inmediatamente se jure y quede sellada para siempre la emancipación de Chile. — Dada en el Palacio Directorial de Concepción, 1° de enero de 1818, firmada de nuestra mano, signada con el de la nación, y refrendada por nuestros ministros y secretarios de Estado, en los departamentos de Gobierno, Hacienda y Guerra.
Bernardo O’Higgins, Miguel Zañartu, Hipólito de Villegas, José Ignacio Zenteno.
Proclama de Quirino Lemachez.
El nombre Quirino Lemachez es un anagrama de Camilo Henriquez.
De cuanta satisfacción es para un alma formada en el odio de la tiranía, ver a su patria despertar del sueño profundo y vergonzoso, que parecía hubiese de ser eterno, y tomar un movimiento grande e inesperado hacia su libertad, hacia este deseo único y sublime de las almas fuertes, principio de la gloria y dichas de la República, germen de luces, de grandes hombres y de grandes obras, manantial de virtudes sociales, de industria, de fuerza, de riqueza. La libertad elevó en otro tiempo a tanta gloria, a tanto poder, a tanta prosperidad a la Grecia, a Venecia, a la Holanda, y en nuestros días, en medio de los desastres del género humano, cuando gime el resto del mundo bajo el peso insoportable de los gobiernos despóticos, aparecen los colonos ingleses gozando de la dicha incomparable con nuestra debilidad y triste suerte. Estos colonos, o digamos mejor esta nación grande y admirable, existe para el ejemplo y la consolidación de todos los pueblos. No es forzoso ser esclavo, pues vive libre una gran nación. La libertad, ni corrompe las costumbres ni trae las desgracias, pues estos hombres libres son felices, humanos y virtuosos.
A la participación de esta suerte os llama, ¡oh pueblo de Chile!, el inevitable curso de los sucesos. El antiguo régimen se precipitó en la nada de que había salido, por los crímenes y los infortunios. Una superioridad en las artes del dañar y los atentados, impusieron el yugo a estas provincias, y una superioridad de fuerza y de luces las ha librado de la opresión. Consiguió al cabo el ministerio de España llegar al término por que anhelaba tantos siglos: la disolución de la monarquía. Los aristócratas que sin consultar la causa del desastrado monarca, lo vendieron vergonzosamente, y destituidos de toda autoridad legítima, cargados de la execración pública, se nombraron sucesores en la soberanía que habían usurpado; las reliquias miserables de un pueblo, vasallo y esclavo como nosotros, a quienes o su situación local o la política del vencedor no ha envuelto aún en el trastorno universal; este resto débil situado a más de tres mil leguas de nuestro suelo, ha mostrado el audaz e impotente deseo de ser nuestro monarca, de continuar ejerciendo la tiranía y heredar el poder que la imprudencia, la incapacidad y los desórdenes arrancaron de la débil mano de la casa de Borbón.
Pero sean cuales fueren los deseos y las miras que acerca de nosotros forme todo el universo, vosotros no sois esclavos: ninguno puede mandaros contra vuestra voluntad. ¿Recibió alguno patentes del cielo que acrediten que debe mandaros? La naturaleza nos hizo iguales, y solamente en fuerza de un pacto libre, espontánea y voluntariamente celebrado, puede otro hombre ejercer sobre nosotros una autoridad justa, legítima y razonable.
Mas no hay memoria de que hubiese habido entre nosotros un pacto semejante. Tampoco lo celebraron nuestros padres. ¡Ah! Ellos lloraron sin consuelo bajo el peso de un gobierno arbitrario, cuyo centro, colocado a una distancia inmensa, ni conocía ni remediaba sus males, ni se desvelaba por que disfrutasen los bienes que ofrece un suelo tan rico y feraz. Sus ojos, humedecidos con lágrimas, se elevaban al cielo y pedían para sus hijos el goce de los derechos sacrosantos que se concedieron a todos los hombres y de que ellos mismos fueron atrozmente despojados. Pero esforcémonos a dar una idea clara del actual estado de las cosas y de lo que realmente somos.
Numerosísimas provincias esparcidas en ambos mundos formaban un vasto cuerpo con el nombre de monarquía española. Se conservaban unidas entre sí y subyugadas a un Rey por la fuerza de las armas. Ninguna de ellas recibió algún derecho de la naturaleza para dominar a las otras, ni para obligarlas a permanecer unidas eternamente. Al contrario, la misma naturaleza las había formado para vivir separadas.
Esta es una verdad de geografía, que se viene a los ojos y que nos hace palpable la situación de Chile. Pudiendo esta vasta región subsistir por sí misma, teniendo en las entrañas de la tierra y sobre su superficie no sólo lo necesario para vivir, sino aún para el recreo de los sentidos, pudiendo desde sus puertos ejercer un comercio útil con todas las naciones, produciendo hombres robustos para la cultura de sus fértiles campos, para los trabajos de sus minas y todas las obras de la industria y la navegación, y almas sólidas, profundas y sensibles, capaces de todas las ciencias y las artes del genio, hallándose encerrada como dentro de un muro y separada de los demás pueblos por una cadena de montes altísimos, cubiertos de eterna nieve, por un dilatado desierto y por el mar Pacífico, ¿no era un absurdo contrario al destino y orden inspirado por la naturaleza ir a buscar un gobierno arbitrario, un ministerio venal y corrompido, dañosas y oscuras leyes, o las decisiones parciales de aristócratas ambiciosos, a la otra parte de los mares?
¿Era necesario este sistema destructor y vergonzoso de dependencia para conseguir el grande objeto de las sociedades humanas, la seguridad en la guerra? ¿No sabemos que antes, cuantas veces fueron atacadas las provincias de América, rechazaron los esfuerzos hostiles sin auxilio de la metrópoli?
Pero la separación nos pone en estado o de gozar una paz profunda o de repeler con gloria los asaltos de la ambición, aunque un nuevo Cesar se apodere de Europa, de toda la fuerza y recursos del continente; aunque se estableciese en América un conquistador por la revolución inesperada de los sucesos. Entonces las provincias chilenas, animadas del vigor y magnanimidad que inspiran la libertad y la sabiduría de las leyes, gozando ya de una gran población de hombres robustos, opusieron de un modo terrible el número y aliento de sus naturales, de sus caballos y el cobre de sus minas.
Estaba, pues, escrito, ¡oh pueblos!, en los libros de los eternos destinos, que fueseis libres y venturosos por la influencia de una Constitución vigorosa y un código de leyes sabias; que tuvieseis un tiempo, como lo han tenido y tendrán todas las naciones, de esplendor y de grandeza; que ocupaseis un lugar ilustre en la historia del mundo, y que se dijese algún día: la República, la potencia de Chile, la majestad del pueblo chileno.
El cumplimiento de tan halagüeñas esperanzas depende de la sabiduría de vuestros representantes en el Congreso Nacional. Va a ser obra vuestra, pues os pertenece la elección; de su acierto nacerá la sabiduría de la Constitución y de las leyes, la permanencia, la vida y la prosperidad del Estado. ¡Sea lícito al compatriota que os ama y que viene desde las regiones vecinas al Ecuador con el único deseo de serviros hasta donde alcancen sus luces y sostener las ideas de los buenos y el fuego patriótico, hablaros del mayor de vuestros intereses!
Los legisladores de los pueblos fueron los mayores filósofos del mundo; y si habéis de tener una Constitución sabia y leyes excelentes, las habéis de recibir de manos de los filósofos, cuya función augusta es interpretar las leyes de la naturaleza, sacarlos de las tinieblas en que los envolvió la tiranía, la impostura y la barbarie de los siglos, ilustrar y dirigir los hombres a la felicidad. Acostumbrados a la contemplación, saben apartar, con prudentes precauciones, los males de los bienes que promueven y de los medios que proponen para promoverlos, siendo una de las miserias de los hombres que los bienes se mezclen con los males. Ellos evitan el escollo de los establecimientos políticos, dando una sensación útil en un momento crítico, en una época peligrosa, pero funesta en épocas posteriores. Ellos se lanzan en lo futuro, y leyendo en lo pasado la historia de lo que está por venir, descubriendo los efectos en las causas, predicen las revoluciones y ven en los sistemas gubernativos el principio oculto de su ruina y aniquilación.
Aristóteles predice las convulsiones de la Grecia; Polibio la disolución del Imperio Romano; Raynal, las revoluciones memorables de toda la América y de toda la Europa. Cuál es el principio de la fuerza y acción de cada gobierno, sus vicios y ventajas, cuál desorden tendrá por término…, todo esto describe Aristóteles.
¡Que dicha hubiera sido para el género humano si en vez de perder el tiempo en cuestiones oscuras e inútiles, hubieran los eclesiásticos leído en aquel gran filósofo los derechos del hombre y la necesidad de separar los tres poderes: Legislativo, Gubernativo y Judicial, para conservar la libertad de los pueblos! ¡Cuán diferente aspecto presentara el mundo si se hubiese oído la voz enérgica de Raynal, cuando transportado en idea a los consejos de las potencias, les recordaba sus deberes y los derechos de sus vasallos!
En los siglos de oprobio, en que todas las profesiones literarias consagraron sus desvelos a la conservación de las cadenas del despotismo, cuando unos sostenían el edificio vacilante de la arbitrariedad con el apoyo de exterioridades célebres y otros lo decoraban con todas las gracias de la imaginación, sólo los filósofos se atrevieron a advertir a los hombres que tenían derechos, y que únicamente podían ser mandados en virtud y bajo las condiciones fundamentales de un pacto social: al sonido de su voz varonil se conmovieron los cimientos de aquel antiguo edificio, y la antorcha de la verdad que elevaron entre las tinieblas descubrió grandes absurdos y grandes atentados.
De esta clase distinguida de hombres que por un dilatado estudio conocen los medios que engrandecieron y postraron las naciones; que unen al conocimiento de los sucesos pasados la noticia de la política de los gobiernos presentes, deben salir vuestros legisladores. No exige menos copia de conocimientos la obra difícil y complicada de la legislación.
Entonces viviréis dichosos en el seno de la paz, verificándose la sentencia por los siglos: “los hombres fueran felices si los filósofos imperaran o fuesen filósofos los emperadores”. A la ilustración del entendimiento deben unirse las virtudes patrióticas, adorno magnífico del corazón humano, el deseo acreditado de la libertad, la disposición generosa de sacrificar su interés personal al interés universal del pueblo. En este momento en que se constituye un hombre legislador por el voto y la confianza de sus conciudadanos, deja de existir para sí mismo y no tiene más familia que la gran asociación del Estado. Tan puros y elevados sentimientos suelen abrigar los corazones grandes en el retiro, que no merecieron las gracias de la caprichosa fortuna, ni compartieron los honores de la tiranía que aborrecieron. Seguramente no habéis de buscarlos en los que han acreditado odio y aversión al nuevo gobierno ni en los que afectaron una hipócrita indiferencia en nuestra memorable revolución, ni en los que han intrigado por obtener el cargo de representantes. Todos éstos vendieron el derecho de los pueblos y sacrificaron a sus particulares intereses el interés personal.
Pero el hombre virtuoso, el ilustrado patriota, el que más haya contribuido a romper las cadenas de la esclavitud, éste es el que conoce mejor los derechos del hombre, el que quiere conservarlos, el que está animado de espíritu público y el que merece la confianza de todos los hombres.
Primer Capítulo de la Aurora de Chile.
La Aurora de Chile.
Número 1. Jueves, 13 de Febrero de 1812. Tomo I.
Nociones fundamentales sobre los derechos de los Pueblos. Ideas fundamentales de los derechos políticos. Origen de los gobiernos. Constitucionalismo.
Todos los hombres nacen con un principio de sociabilidad que tarde o temprano se desenvuelve. La debilidad y la larga duración de su infancia, la perfectibilidad de su espíritu, el amor maternal, el agradecimiento y la ternura que de él nacen, la facultad de la palabra, los acontecimientos naturales que pueden acercar y reunir de mil modos a los hombres errantes y libres, todo prueba que el hombre está destinado por la naturaleza a la sociedad.
Él fuera infeliz en este nuevo estado si viviese sin reglas, sin sujeción y sin leyes que conservasen el orden. ¿Pero quién podía dar y establecer estas leyes, cuando todos eran iguales? Sin duda, el cuerpo de los asociados que formaban un pacto entre sí, de sujetarse a ciertas reglas establecidas por ellos mismos para conservar la tranquilidad interior y la permanencia del nuevo cuerpo que formaban. Así pues, el instinto y la necesidad que los conducía al estado social, debía dirigir necesariamente todas las leyes morales y políticas al resultado del orden, de la seguridad y de una existencia más larga y más feliz para cada uno de los individuos, y para todo el cuerpo social. Todos los hombres, decía Aristóteles, inclinados por su naturaleza a desear su comodidad, solicitaron, en consecuencia de esta inclinación, una situación nueva, un nuevo estado de cosas, que pudiese procurarles los mayores bienes posibles. Tal fue el origen de la sociedad.
El orden y [la] libertad no pueden conservarse sin un gobierno, y por esto la misma esperanza de vivir tranquilos y dichosos, protegidos de la violencia en lo interior, y de los insultos hostiles, compelió a los hombres ya reunidos a depender, por un consentimiento libre, de una autoridad pública. En virtud de este consentimiento se erigió una Potestad Suprema, y su ejercicio se confió a uno, o a muchos individuos del mismo cuerpo social.
En este gran cuerpo hay siempre una fuerza central, constituida por la voluntad de la nación para conservar la seguridad, la felicidad y la conservación de todos, y prevenir los grandes inconvenientes que nacerían de las pasiones; y se observa también una fuerza centrífuga, que proviene de los esfuerzos, injusticias, y violencias de los pueblos vecinos, por las cuales obran unos sobre otros para extenderse y agrandarse a costa del más débil; a menos que cada uno se haga respetar por la fuerza. Por este principio la historia nos presenta a cada paso la esclavitud, los estragos, la atrocidad, la miseria y el exterminio de la especie humana. De aquí es que no se encuentra algún pueblo que no haya sufrido la tiranía, la violencia de otro más fuerte.
Este estado de los pueblos es el origen de la monarquía, porque en la guerra necesitaron de un caudillo que los condujese a la victoria. En los antiguos tiempos, dice Aristóteles, el valor, la pericia y la felicidad en los combates elevaron a los capitanes, por el reconocimiento y utilidad pública, a la potestad real.
No tuvo otro origen la monarquía española. Los reyes godos ¿qué fueron en su principio, sino capitanes de un pueblo conquistador?, ¿y de qué le hubiera servido al infante don Pelayo descender de los reyes godos, si los españoles no hubiesen conocido en él los talentos y virtudes necesarias para restaurar la nación y reconquistar su libertad?
Establezcamos pues, como un principio, que la autoridad suprema trae su origen del libre consentimiento de los pueblos, que podemos llamar pacto o alianza social.
En todo pacto intervienen condiciones, y las del pacto social no se distinguen de los fines de la asociación.
Los contratantes son el pueblo y la autoridad ejecutiva. En la monarquía son el pueblo y el rey.
El rey se obliga a garantir y conservar la seguridad, la propiedad, la libertad y el orden. En esta garantía se comprenden todos los deberes del monarca.
El pueblo se obliga a la obediencia, y a proporcionar al rey todos los medios necesarios para defenderlo y conservar el orden interior. Este es el principio de los deberes del pueblo.
El pacto social exige, por su naturaleza, que se determine el modo con que ha de ejercerse la autoridad pública; en qué casos, y en qué tiempos, se ha de oír al pueblo; cuándo se le ha de dar cuenta de las operaciones del gobierno; qué medidas han de tomarse para evitar la arbitrariedad; en fin, hasta dónde se extienden las facultades del príncipe.
Se necesita pues un reglamento fundamental, y este reglamento es la Constitución del Estado. Este reglamento no es más en el fondo que el modo y orden con que el cuerpo político ha de lograr los fines de su asociación.
La Constitución del Estado no siempre se forma al tiempo de erigirse la autoridad pública; mas como la forma del Estado, y este no muere, puede en todos tiempos formarla y reformarla según las circunstancias.
El príncipe, en virtud de lo demostrado, es el depositario de la autoridad ejecutiva; es el primer magistrado, y el protector de la ley y del pueblo.
El reino no es pues un patrimonio del príncipe; el príncipe no es un propietario del reino, que puede a su arbitrio vender, legar y dividir.
Con todo, viles cortesanos persuadieron fácilmente a monarcas orgullosos que las naciones se habían hecho para ellos, y no ellos para las naciones; desde entonces las consideraron como a unos rebaños de bestias; desde entonces la autoridad no tuvo límites. ¡Cuán infeliz fue desde entonces la suerte de la humanidad!… (2).
Vanos sofismas se opusieron a los oráculos de la razón, a las lecciones de la historia, al clamor de la naturaleza.
La filosofía se vio precisada en una gran parte del mundo, por el espacio de cerca de diez y ocho siglos, a guardar silencio. Triunfó en fin. La verdad eleva sin temor su frente luminosa en el siglo presente.
Sean cuales fueren las sutilezas con que se envuelva el error, la doctrina establecida se demuestra matemáticamente. Porque si a la nación, o al agregado de hombres libres por naturaleza, llamamos N, y suponemos que conste de un número indeterminado de partes, una de las cuales sea R, que exprese al príncipe, es claro que nunca puede ser R mayor que N, porque el todo es mayor que sus partes.
Supongamos que R sea mayor que N, y diciendo que R representa al príncipe, y N a la nación, preguntemos ¿quién constituyó al príncipe mayor que la nación? No debió esta ventaja a la naturaleza, no al cielo, que hizo iguales a todos los hombres; luego lo constituyó mayor o la fuerza, o la voluntad de la nación. Pero la fuerza no da derecho alguno, por no ser más que la superioridad física del más fuerte; resta pues que deba su autoridad a la voluntad de la nación.
El príncipe es el defensor de la libertad e independencia del pueblo; siempre pues que no esté en estado de ejercer sus funciones según las leyes, se arma la nación y se prepara a sostenerse por sí misma.
Dijimos que era uno de los derechos del pueblo reformar la Constitución del Estado. En efecto la Constitución debe acomodarse a las actuales circunstancias y necesidades del pueblo; variándose pues las circunstancias, debe variarse la Constitución. No hay ley, no hay costumbre, que deba durar si de ella puede originarse detrimento, incomodidad, inquietud al cuerpo político. La salud del pueblo es la ley suprema. Con el lapso del tiempo, vienen los estados a hallarse en circunstancias muy diversas de aquellas en que se formaron las leyes. Las colonias se multiplican, se engrandecen, su felicidad no es desde entonces compatible con el sistema primitivo; es necesario variarlo.
La felicidad de las colonias es lo que determina en este caso la permanencia de la Constitución. El príncipe y el sistema se hicieron para la felicidad de toda la nación. Siempre debe repetirse: Salus populi suprema lex esto.
Las partes integrantes de la nación, como gozan de unos mismos derechos, son iguales entre sí; ninguna puede pretender superioridad sobre otra.
La verdad de estos principios es tan evidente que es susceptible de una expresión y demostración algebraica. En efecto llamemos a la monarquía M, si suponemos que conste de dos partes integrantes, la una E, y la otra A, será M=E+A.
Siendo la relación que hay entre E y A de agregación únicamente, es claro que no puede pretender la una sobre la otra mayoría, ni superioridad.
Si suponemos que E conste de las partes componentes c, g, m, es claro que si se destruye c, y g, no puede la pequeña parte m pretender alguna superioridad sobre A. Porque si el todo E es igual a A, nunca puede su parte m ser mayor que el todo A.
Del mismo modo, si suponemos en A cualquier número de partes, será A igual a todas juntas, y ninguna de ellas tomada separadamente puede pretender relación de superioridad sobre A.
Pueblos, tales son los principios de que emanan vuestros eternos derechos. Ellos ennoblecen vuestro ser; los debisteis al soberano Autor de la Naturaleza; apreciadlos; no permitáis que os los arrebaten y oscurezcan la injusticia y malignidad de los hombres. La suprema mano que os los concedió, os dio corazón y ánimo para defenderlos. Si sois capaces de sentimientos heroicos, de altos intentos y de virtudes sublimes, es para que conservéis vuestra dignidad; nada de esto se necesitaba para esclavos.
Se han expuesto con toda la rapidez posible, para que se fijen en vuestras memorias con más facilidad.
No lo dudéis; la ignorancia de estos derechos conserva las cadenas de la servidumbre. Los países han gemido bajo el peso del despotismo, mientras han estado bajo el imperio de la ignorancia y la barbarie.
¿Qué alabanzas podéis dar a la beneficencia de un gobierno que se afana por vuestra ilustración, que permite que se os hable de lo que nunca habíais oído, aunque os interesa tanto, por mejor decir, él mismo pone ante vuestros ojos la luz, y la verdad? Él conoce que la fortuna de los estados es inseparable de la de los pueblos, y que para hacer a los pueblos felices es preciso ilustrarlos.
Tenemos pues que trabajar mucho para ser felices. El estudio del derecho público y de la política debe ser el de todos los buenos ingenios. El patriotismo debe hacer de él una especie de necesidad; él ha de ser el principal blanco a que deben dirigirse las instituciones públicas. El genio no suple los conocimientos que deben ser muy raros en un pueblo que nace a la libertad. Así hablaba el ilustre Condorcet el año de 1790 en París; ¿cómo hubiera hablado en América? (2).
¡Oh, si la Aurora de Chile pudiese contribuir de algún modo a la ilustración de mis compatriotas!, ¡si fuese la aurora de más copiosas luces, precediendo a escritores más favorecidos de la naturaleza! Ya entonces no vivirá mi nombre. Sin duda caerá en olvido una obra débil que sólo tendrá el mérito de haber precedido a otras mejores; pero no olvidará la patria que trabajé por ella cuanto estuvo a mis alcances, y que tal vez preparé de lejos las mejoras de su suerte.
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(1) Los males en ninguna parte se hicieron sentir más vivamente que en América. Por desgracia la conquista sucedió en tiempos infelices en que los monarcas de España sólo oían adulaciones; sólo ponderaciones de la grandeza de sus dominios, y no se trataba de examinar los verdaderos derechos del ciudadano. Nada se les decía a los reyes de lo que se llama ideas liberales. Todo era despotismo, y no libertándose los infelices americanos se extendía a nuestras mismas provincias. El Señor Borrul, sesión del día 11 de Enero de 1811. Diario de Cortes.
(2) La América, lo mismo que la España, desde su descubrimiento hasta ahora ha estado sumergida en la ignorancia, digámoslo así, en la costumbre de estar subyugada por el despotismo. Pero la América particularmente ha sido el objeto de una tiranía de que quizá no hay ejemplo. No obstante acostumbrada a sufrir este yugo no se ha resentido. Su ignorancia la ha tenido sin movimiento. El Señor Lisperguer en la sesión de 19 de Enero en las Cortes.
José Manuel Balmaceda.
Sin lugar a dudas uno de los políticos más controversiales de la Historia de Chile. Nació en 1840, en la localidad de Bucalemu, cerca de Santiago. Se educó en el Seminario Conciliar de Santiago. Al finalizar sus estudios de Derecho Se inició en la vida política. Su primera labor fue la de Secretario de Manuel Montt ante el Congreso Americano de Lima en 1864. En 1870 y 1872 fue diputado, al mismo tiempo que se desempeñaba como redactor del diario La Libertad y de la Revista de Santiago. Su actuación como Ministro Plenipotenciario en Argentina fue decisiva para que Este país no interviniera en la Guerra del Pacífico. Fue Senador por Coquimbo, Ministro de Relaciones Exteriores y Colonización y Ministro del Interior bajo el mandato de Domingo Santa María. En 1881desbarató el Congreso de Panamá que pretendía intervenir en la paz de Chile y Panamá que pretendía intervenir en la paz de Chile y Perú. Ocupó la Presidencia de Chile entre 1886 y 1891. Su gobierno es recordado como uno de los más Progresistas de nuestra Historia. Se llevaron a cabo múltiples obras públicas. El punto más álgido de su gobierno se dio por su opinión contraria al monopolio del Salitre. El conflicto entre los Poderes Ejecutivo y Parlamentario dieron origen a la Guerra Civil de 1891. Luego de entregar el mandato al General Manuel Baquedano, se asiló en la Embajada Argentina donde se suicidó el 19 de Septiembre de 1891.
ANÁLISIS DE TEXTO Nº 1.
“El Estado puede suministrar en gran parte los elementos en que las aptitudes individuales deben ejercer una acción directa y bienhechora y por esto procuro que la riqueza fiscal se aplique a la construcción de liceos y escuelas y establecimientos de aplicación de todo género que mejoren la capacidad intelectual de Chile, y por eso no cesaré de emprender la construcción de vías férreas, de caminos, de puentes, de muelles y de puertos, que faciliten el trabajo, que alienten a los débiles y que aumenten la savia por donde circula la vitalidad económica del país. Ilustrar al pueblo y enriquecerlo después de haber asegurado sus libertades civiles y políticas, es la obra del momento y bien podríamos decir que es la confirmación anticipada de la grandeza de Chile” (Discurso en La Serena, Marzo de 1889).
CUESTIONARIO.
1. Realiza una investigación sobre las Obras Públicas realizadas durante el Gobierno de Balmaceda.
2. En su opinión, ¿en qué influye este desarrollo en la educación y progreso intelectual de los chilenos?
ANÁLISIS DE TEXTO Nº 2.
“Mis conciudadanos tienen sus ojos fijos en Tarapacá, porque de esta región mana la substancia solicitada en todos los mercados del mundo para rejuvenecer la tierra envejecida.
La propiedad particular es casi toda de extranjeros y se concentra exclusivamente en individuos de una sola nacionalidad.
La aplicación del capital chileno en aquella industria producirá para nosotros los beneficios de la exportación de nuestra propia riqueza y la regularidad de la producción, sin los peligros de un posible monopolio.
Ha llegado el momento de hacer una declaración a la faz de la República entera. El monopolio del salitre no puede ser empresa del Estado, cuya misión fundamental es sólo garantizar la propiedad y la libertad. Tampoco debe ser obra exclusiva de particulares, ya sean éstos nacionales o extranjeros, porque no aceptaremos jamás la tiranía económica de muchos ni de pocos. El Estado habrá de conservar siempre la propiedad salitrera para resguardar la producción y la venta y frustrar en toda eventualidad la dictadura industrial en Tarapacá.
Es oportuno marcar el rumbo y, por lo mismo, señalen los perfeccionamientos de la elaboración, en el abaratamiento de los acarreos, en los embarques fáciles y expeditos, en la disminución de los fletes y del seguro de mar y, principalmente, en el ensanchamiento de los mercados y de los consumos los provechos que la codicia y el egoísmo pretenden obtener del monopolio.
Es este un sistema condenado por la moral y la experiencia, pues en el régimen económico de las naciones modernas está probado y demostrado que sólo la libertad de trabajo alumbra y vivifica la industria…
Por último debemos invertir el excedente en obras reproductivas, para que en el momento en que el salitre se agote o se menoscabe su importancia por descubrimientos naturales o los progresos de la ciencia, hayamos formado la industria nacional y creado con ella y los ferrocarriles del Estado, la base de nuevas rentas y de una positiva grandeza” (Discurso del Presidente Balmaceda, pronunciado en Iquique el 8 de Marzo de 1889).
CUESTIONARIO.
1. ¿Por qué Balmaceda se opone al monopolio de la Industria Salitrera?
2. Según el texto, ¿quiénes deben ser los beneficiarios de la industria salitrera? Para esto, ¿quién debe conducir a esta industria? (Observen atentamente el uso de la palabra monopolio).
ANÁLISIS DE TEXTO Nº 3.
El texto que pongo a continuación es el Testamento Político de Balmaceda. Al igual que en los textos anteriores lee cuidadosamente y luego responde el cuestionario.
“Mi vida pública ha terminado. Debo por lo mismo, a mis amigos y a mis conciudadanos, la palabra intima de mi experiencia y de mi convencimiento público.
Mientras subsista en Chile el gobierno parlamentario en la forma y el modo en que se le ha querido practicar y tal como lo sostiene la revolución triunfante, no habrá libertad electoral ni organización seria y constante en los partidos, ni paz entre los círculos del Congreso. El triunfo y sometimiento de los caídos producirán una quietud momentánea; pero antes de mucho renacerán las viejas divisiones, las amarguras y los quebrantos morales para el Jefe del Estado.
Sólo en la organización del Gobierno popular representativo con poderes independientes y responsables y medios fáciles y expeditos para hacer efectiva la responsabilidad, habrá partidos con carácter nacional y derivados de la voluntad de los pueblos y armonía y respeto entre los poderes fundamentales del Estado
El régimen parlamentario ha triunfado en los campos de batalla, pero esta victoria no prevalecerá. O el estudio, el convencimiento y el patriotismo abren camino razonable y tranquilo a la reforma y la organización de Gobierno representativo, o nuevos disturbios o dolorosas perturbaciones habrán de producirse entre los mismos que han hecho la revolución unidos y que mantienen la unión para el financiamiento del triunfo, pero que al fin concluirán por dividirse y chocarse. Esas eventualidades están, más que en la índole y el espíritu de los hombres, en la naturaleza de los principios que hoy triunfan en la fuerza de las cosas.
Este es el destino de Chile y ojalá que las crueles experiencias del pasado y los sacrificios del presente, induzcan la adopción de las reformas que hagan fructuosa la organización del nuevo gobierno, seria y estable la constitución de los partidos políticos, libres e independientes la vida y el funcionamiento de los poderes públicos y sosegada y activa la elaboración común del progreso de la República.
No hay que desesperar de la causa que hemos sostenido ni del porvenir. Si nuestra bandera, encarnación del pueblo verdaderamente republicano, ha caído plegada ensangrentada en los campos de batalla, será levantada de nuevo en tiempo no lejano, y con defensores numerosos y más afortunados que nosotros, flameará un día para honra de las instituciones chilenas y para dicha de mi patria, a la cual he amado sobre todas las cosas de la vida.
Cuando Ustedes y los amigos me recuerden, crean que mi espíritu con sus más delicados afectos, estará en medio de Ustedes. José Manuel Balmaceda.
CUESTIONARIO.
1. ¿Qué sistemas de gobierno compara Balmaceda? ¿En qué se diferencian? Y ¿Cuál prefiere?
2. Investiga cómo funciona el régimen parlamentario.
3. ¿Cuáles son, según Balmaceda, las limitaciones que el régimen triunfante sufrirá en el porvenir?
4. ¿En qué circunstancias de su vida escribió Balmaceda este Testamento Político?















