En memoria de Fernando Ortiz Letelier, Luis Moulian Emparanza y Luis Vitale Cometa, historiadores y militantes…

Historia Política de Chile Siglo XX.

Discurso del general Augusto Pinochet en cerro Chacarillas con ocasión del día de la juventud el 9 de julio de 1977.

Al celebrarse hoy el Día de la Juventud que instituyéramos hace dos años en este mismo lugar, retorno a él con renovada fe en el futuro de Chile.

Concurro así a la invitación que me ha formulado el Frente Juvenil de Unidad Nacional, que también celebra en esta noche el segundo aniversario de su creación, como un movimiento propio y responsable de la juventud chilena, que quiso identificar su compromiso con la defensa y proyección histórica del 11 de septiembre, uniéndolo a aquel imperecedero ejemplo de patriotismo que representa la inmolación de los 77 héroes juveniles de La Concepción.

Mi corazón de viejo soldado revive con profunda emoción el coraje insuperable de Luis Cruz Martínez y de los otros 76 jóvenes chilenos, que junto a él, en plena soledad de la sierra peruana, supieron demostrar con la entrega de sus vidas, que nuestra Patria y los valores permanentes del espíritu están por encima de cualquier sacrificio personal que su defensa pueda demandar.

Mi espíritu de Presidente de la República se llena de justificada esperanza, al contemplar que la juventud de hoy ha sabido descubrir el sello de eternidad y de exigencia que encierra para las generaciones siguientes la sangre que nuestros mártires derramaron pensando en la grandeza futura de Chile.

Como muy bien lo señaláis en el lema que habéis escogido, ellos murieron porque soñaban en una Patria libre, unida, grande y soberana. Convertir ese ideal en la más plena realidad posible, efectivamente es y será vuestra obra. Abriros diariamente el surco para que podáis emprender y proseguir esa tarea, es en cambio la difícil e irrenunciable misión que Dios y la historia han colocado sobre nuestros hombros.

Hace muy poco, de nuevo el pueblo chileno supo reeditar durante tres años de heroica lucha en contra de la inminente amenaza de totalitarismo comunista, aquel supremo grito de guerra de la Batalla de la Concepción: “Los chilenos no se rinden jamás”. Y cuando acudiendo al llamado angustioso de nuestra ciudadanía, las Fuerzas Armadas y de Orden, decidieron actuar el 11 de septiembre de 1973, nuevamente nuestra tierra fue regada por la sangre de muchos de nuestros hombres, que cayeron luchando por la liberación de Chile.

Quedaba de este modo en evidencia que el temple de nuestra raza y la fibra de nuestra nacionalidad para defender la dignidad o la soberanía de nuestra patria no habían muerto ni podrían morir jamás, porque son valores morales que se anidan en el alma misma de la chilenidad. Hoy, volvemos a enfrentar una lucha desigual, contra una acción foránea de diversos orígenes y tonalidades, que a veces adopta la forma de la agresión enemiga, y que en otras ocasiones se presenta bajo el rostro de una presión amiga.

En ese complejo cuadro, Chile continuará actuando con la prudencia y mesura que tradicionalmente han caracterizado nuestra política internacional, aun en horas muy difíciles. Nuestra colaboración hacia los organismos internacionales y nuestro diálogo franco y leal con los países y Gobiernos amigos seguirán comprometiendo los mejores esfuerzos y la más amplia buena voluntad de parte nuestra. Pero por ningún motivo permitiremos que dicha actitud se confunda con debilidad o vacilación ante quienes pretendan dictarnos desde el exterior, el camino que debemos seguir, ya que su determinación es de exclusivo resorte de nuestra soberanía interna.

Por esta razón, dispuse recientemente que renunciáramos a la solicitud de un crédito externo, cuyo otorgamiento pretendió condicionarse públicamente a un examen de un Gobierno extranjero acerca de la evolución de nuestra situación en materia de derechos humanos. Estoy cierto de que en esta actitud me acompaña el país entero, porque si hay algo que todo chileno de verdad tiene muy en claro es que la dignidad de nuestra patria no se transa ni se hipoteca ante nada ni frente a nadie.

Desbordes del imperialismo ya superados.

Quienes pretenden doblegarnos con presiones o amenazas foráneas, se equivocan rotundamente, y sólo verán crecer una cohesión interna que siempre se agiganta ante la adversidad. Quienes, por su parte pretenden desde el interior aliarse con estos desbordes internacionales que parecieran revivir formas de imperialismo que creíamos ya superadas en el Occidente, sólo logran retratarse mejor en sus ambiciones sin freno, y hacerse acreedores al justo desprecio del pueblo chileno.

Menos aceptable son todavía los intentos de intervención foránea cuando la causa que se invoca para ella es una supuesta defensa de los derechos humanos.

Nuestra historia y nuestra idiosincrasia se han forjado en el respeto a la dignidad del hombre. Sólo una amarga experiencia reciente, que estuvo a punto de conducirnos a la guerra civil, nos ha hecho comprender que los derechos humanos no pueden sobrevivir en un régimen político y jurídico que abre campo a la agresión ideológica del marxismo-leninismo, hoy al servicio del imperialismo soviético, o a la subversión terrorista, que convierte a la convivencia social en una completa anarquía.

Resulta incomprensible que toda restricción a determinados derechos de las personas se enjuicie como una presunta transgresión de los derechos humanos, mientras que la actitud débil o demagógica de muchos gobiernos frente al terrorismo no merezca reparo alguno en la materia, aun cuando es evidente que ella se traduce en una complicidad por omisión, con una de las formas más brutales de violación de los derechos humanos.

Es posible que nuestro enfoque más amplio y profundo en esta materia sea difícil de comprender para quienes no han vivido un drama como el nuestro. He ahí, en cambio, la razón por la cual las limitaciones excepcionales que transitoriamente hemos debido imponer a ciertos derechos, han contado con el respaldo del pueblo y de la juventud de nuestra Patria, que han visto en ella el complemento duro pero necesario para asegurar nuestra Liberación Nacional, y proyectar así amplios horizontes de paz y progreso para el presente y el futuro de Chile. La juventud se ha destacado por su comprensión visionaria hacia la exigencia histórica que afrontamos en el sentido de dar vida a un Nuevo Régimen político institucional.

Es por ello que, al cumplir el Frente Juvenil dos años de vida, siento el deber de expresar que, respetando el carácter plenamente autónomo e independiente de este movimiento, el Gobierno que preside aprecia debidamente los importantes avances que aquel ha ido logrando en su misión de unir a la juventud chilena en cursos humanos, geográficos y económicos; con el 11 de septiembre y con la nueva institucionalidad que a partir de esa fecha está surgiendo. De ahí que haya escogido esta noche, que ya se identifica con la juventud de nuestra Patria, para señalar públicamente los pasos fundamentales que hemos delineado para avanzar en el proceso institucional del país. Nada me parece más apropiado que hacerlo en un acto juvenil, ya que seréis vosotros, jóvenes chilenos, los responsables de dar continuidad a la tarea en que estamos empeñados y los más directos beneficiados con el esfuerzo que en ella ha puesto desde su inicio, el país entero.

Frente al éxito ya perceptible del plan económico, el progreso en las medidas de orden social, y el orden y la tranquilidad que hoy brindan una vida pacífica a nuestros compatriotas, la atención pública se ha centrado ahora en mayor medida en nuestro futuro jurídico-institucional. Las sanas inquietudes de la juventud y de otros sectores nacionalistas por una participación cada vez mayor se inserta en esa realidad.

Para un adecuado enfoque de este problema, es conveniente reiterar una vez más, que el 11 de septiembre no significó sólo el derrocamiento de un Gobierno ilegítimo y fracasado, sino que representó el término de un régimen político-institucional definitivamente agotado, y el consiguiente imperativo de construir uno nuevo.

No se trata pues de una tarea de mera restauración sino de una obra eminentemente creadora, sin perjuicio de que dicha creación para ser fecunda debe enraizarse en los signos profundos de nuestra auténtica y mejor tradición nacional.

Nuestra democracia.

Ello nos señala el deber de caminar por el sendero del Derecho, armonizando siempre la flexibilidad en la evolución social con la certeza de una norma jurídica objetiva e impersonal, que obligue por igual a gobernantes y gobernados. En esa perspectiva, advertimos nítidamente que nuestro deber es dar forma a una nueva democracia que sea autoritaria, protegida, integradora tecnificada y de auténtica participación social, características que se comprenden mejor cuando el individuo se despoja de su egolatría, ambición y egoísmo.

Una democracia es autoritaria, en cuanto debe disponer un orden jurídico que asegure los derechos de las personas, con una adecuada protección de los Tribunales de Justicia independientes y dotados de imperio para hacer cumplir sus resoluciones.

Protegida, en cuanto debe afianzar como doctrina fundamental del Estado de Chile el contenido básico de nuestra Declaración de Principios, reemplazando el Estado liberal clásico, ingenuo e inerme, por uno nuevo que esté comprometido con la libertad y la dignidad del hombre y con los valores esenciales de la nacionalidad. Consiguientemente, todo atentado en contra de estos principios, cuyo contenido se ha ido precisando en las Actas Constitucionales vigentes, se considera por éstas como un acto ilícito y contrario al ordenamiento institucional de la República. La libertad y la democracia no pueden sobrevivir si ellas no se defienden de quienes pretenden destruirlas.

Integradora, en cuanto debe robustecer el Objetivo Nacional y los Objetivos permanentes de la Nación, para que por encima de legítimas divergencias en otros aspectos más circunstanciales, los sucesivos Gobiernos tengan en el futuro la continuidad esencial que les ha faltado en el pasado. De ahí debe brotar un poderoso elemento de unidad de la gran familia chilena, a la cual se ha pretendido sistemáticamente disgregar por tanto tiempo, impulsando una lucha de clases que no existe y no debe existir.

Tecnificada, en cuanto al vertiginoso progreso científico y tecnológico del mundo contemporáneo, no puede ser ignorado por las estructuras jurídicas, resultando en cambio indispensable que se incorpore la voz de los que saben al estudio de las decisiones. Sólo ello permitirá colocar la discusión en el grado y nivel adecuados, reducir el margen de debate ideológico a sus justas proporciones, aprovechar el aporte de los más capaces, y dar estabilidad al sistema.

De auténtica participación social, en cuanto a que sólo es verdaderamente libre una sociedad que, fundada en el principio de subsidiariedad, consagra y respeta una real autonomía de las agrupaciones intermedias entre el hombre y el Estado, para perseguir sus fines propios y específicos. Este principio es la base de un cuerpo social dotado de vitalidad creadora, como asimismo de una libertad económica que, dentro de las reglas que fija la autoridad estatal para velar por el bien común, impida la asfixia de las personas por la férula de un Estado omnipotente. Estamos frente a una tarea que, por su naturaleza y envergadura, debe ser gradual. De este modo, nos alejamos por igual de dos extremos: el del estancamiento, que más tarde o más temprano siempre conduce los procesos sociales a rupturas violentas, y el de la precipitación, que traería consigo la rápida destrucción de todo nuestro esfuerzo, el retorno del régimen anterior con sus mismos hombres y vicios y, muy pronto, un caos similar o peor al que vivimos durante el Gobierno marxista.

Las etapas.

El proceso concebido en forma gradual contempla tres etapas: la de recuperación, la de transición y la de normalidad o consolidación. Dichas etapas se diferencian por el diverso papel que en ellas corresponde a las Fuerzas Armadas y de Orden, por un lado, y a la civilidad, por el otro. Asimismo, se distinguen por los instrumentos jurídico-institucionales que en cada una de ellas deben crearse o emplearse.

En la etapa de recuperación el Poder Político ha debido ser integralmente asumido por las Fuerzas Armadas y de Orden, con colaboración de la civilidad, pero en cambio, más adelante, sus aspectos más contingentes serán compartidos con la civilidad, la cual habrá de pasar así de la colaboración a la participación.

Finalmente, entraremos en la etapa de normalidad o consolidación, el Poder será ejercido directa y básicamente por la civilidad, reservándose constitucionalmente a las Fuerzas Armadas y de Orden el papel de contribuir a cautelar las bases esenciales de la institucionalidad, y la seguridad nacional en sus amplias y decisivas proyecciones modernas.

Hoy nos encontramos en plena etapa de recuperación, pero estimo que los progresos que en todo orden estamos alcanzando, nos llevan hacia la de transición.

Durante el período que falta de la etapa de recuperación, será necesario completar la dictación de Actas Constitucionales, en todas aquellas materias de rango constitucional aún no consideradas por ellas, como también de algunas leyes trascendentales, como de seguridad, trabajo, previsión, educación y otras que se estudiarán en forma paralela. De esta manera, quedará definitivamente derogada la Constitución de 1925, que en sustancia ya murió, pero que jurídicamente permanece vigente en algunas pequeñas partes, lo que no resulta aconsejable.

Simultáneamente, deberán revisarse las Actas Constitucionales ya promulgadas, en aquellas materias donde su aplicación práctica hubiere demostrado la conveniencia de introducir ampliaciones, modificaciones o precisiones.

La culminación de todo este proceso de preparación y promulgación de las actas constitucionales, que continuará desarrollándose progresivamente desde ahora, estimo que deberá en todo caso estar terminado antes del 31 de diciembre de 1980, ya que la etapa de transición no deberá comenzar después de dicho año, coincidiendo su inicio con la plena vigencia de todas las instituciones jurídicas que las actas contemplen.

Entre las referidas actas constitucionales, ocupa un lugar prioritario la que habrá de regular el ejercicio y la evolución de los Poderes Constituyente, Legislativo y Ejecutivo. Para orientar en esta materia a la Comisión de Estudios de la Nueva Constitución, el Presidente que os habla entregará próximamente ciertas directrices fundamentales que permitan a dicha comisión preparar el anteproyecto pertinente, para su posterior consulta al Consejo de Estado, antes del pronunciamiento final que corresponderá a la Junta de Gobierno.

Dichas orientaciones para el esquema que deberá regir en la etapa de transición son principalmente las siguientes:

- El Poder Constituyente deberá permanecer siendo ejercido por la Junta de Gobierno. Sin embargo, él se ejercerá normalmente con previa consulta al Consejo de Estado.

- El Poder Ejecutivo deberá permanecer siendo ejercido por el Presidente de la Junta de Gobierno, en calidad de Presidente de la República, y con las facultades de que hoy está investido.

- El Poder Legislativo, de acuerdo a la tradición nacional, deberá tener dos colegisladores: el Presidente de la República y una Cámara Legislativa o de Representantes, como se podría denominar, sin perjuicio de las facultades legislativas que, en esta etapa de transición, deberá mantener la Junta de Gobierno, en carácter extraordinario.

Estas autoridades deberán comprender, por una parte, el derecho de cada uno de sus integrantes a presentar proyectos de ley a través de la Presidencia de la República, y por la otra, la facultad de solicitar, antes de la promulgación de cualquier ley, que su texto sea revisado por la Junta de Gobierno. En este último caso, si en la Junta prevaleciera la opinión de que un precepto atenta contra la Seguridad Nacional, éste no podrá ser promulgado. Se trata de un veto absoluto, destinado a operar en los casos en que la Junta de Gobierno lo interponga, a petición de cualquiera de sus miembros, diferenciándose así del veto ordinario del Presidente de la República frente a la Cámara Legislativa.

Por su parte, y tal como lo expusiera el 18 de marzo pasado, la Cámara Legislativa o de Representantes deberá tener una composición mixta: un tercio de sus miembros habrá de corresponder a personalidades de alto relieve nacional, que la integrarán por derecho propio o por designación presidencial, y los otros dos tercios restantes, serán representantes de Regiones o agrupaciones de Regiones, en una cantidad proporcional al número de sus habitantes.

En cuanto a la legislación ordinaria, se deberán contemplar sistemas de iniciativa de las leyes, de veto presidencial y otros, que eviten los excesos demagógicos que caracterizaron a los últimos períodos de nuestro anterior Parlamento.

Especial importancia cabe atribuir a que la Cámara Legislativa cuente con Comisiones Técnicas, en que participen establemente, con derecho a voz, las personas más calificadas en el plano científico, técnico y profesional en las diversas materias.

La instalación de esta Cámara Legislativa deberá realizarse durante el año 1980 y para su primer período, cuya duración será de 4 ó 5 años, dado que no es factible la realización de elecciones, los representantes de las Regiones habrán de ser designados por la Junta de Gobierno.

Posteriormente, en cambio, dichos representantes regionales se elegirán ya por sufragio popular directo, de acuerdo a sistemas electorales que favorezcan la selección de los más capaces, y que eviten que los partidos políticos vuelvan a convertirse en máquinas monopólicas de la participación ciudadana.

Constituida la Cámara Legislativa en este período, es decir, con dos tercios de sus miembros elegidos popularmente, deberá corresponder a la propia Cámara el designar al ciudadano que a partir de esa fecha desempeñará el cargo de Presidente de la República por un período de seis años.

Simultáneamente con lo anterior, que implicará el paso de la etapa de transición a la de consolidación, corresponderá aprobar y promulgar la nueva Constitución Política del Estado, única y completa, recogiendo como base la experiencia que arroje la aplicación de las Actas Constitucionales. La etapa de transición servirá así para culminar los estudios del proyecto definitivo de la nueva Carta Fundamental.

Al bosquejar este plan general ante el país, el Gobierno cree cumplir con su misión de esclarecer las líneas básicas sobre las cuales anhela desarrollar nuestra evolución institucional próxima, durante la cual también será necesario intensificar la elaboración y consagración jurídica de las nuevas formas de participación social, tanto de carácter gremial o laboral, como estudiantil, profesional, vecinal y de las demás expresiones ciudadanas en general.

Jóvenes chilenos:

La posibilidad de materializar integralmente este plan está sujeta a la condición de que el país siga presentando los signos positivos que nos han permitido avanzar hasta la fecha. Para ello se requiere indispensablemente el concurso patriótico de toda la ciudadanía, y muy especialmente, el idealismo generoso de la juventud, que debe encender de mística nuestro camino hacia el futuro.

No ignoro que se levantarán muchos escollos, ambiciones y personalismos, que de mil maneras pretenderán impedir nuestra marcha, y hacernos volver hacia atrás, donde sólo nos esperarían las penumbras de la esclavitud. Pero estoy seguro de que la luz que emerge al final de nuestra ruta será siempre más fuerte y más luminosa, y por encima de todo, confío plenamente en Dios, en el pueblo de Chile, y en nuestras Fuerzas Armadas y de Orden que, con patriotismo, hoy guían sus destinos.

Mis queridos jóvenes:

El futuro de Chile está siempre en vosotros, cuya grandeza estamos labrando.


Discurso de Arturo Alessandri Palma ante su nominación como candidato a la presidencia (1920).

DISCURSO DE DON ARTURO ALESSANDRl, AGRADECIENDO SU DESIGNACION COMO CANDIDATO A LA PRESIDENCIA DE LA REPUBLICA, PRONUNCIADO EN LA CONVENCION PRESIDENCIAL EL 25 DE ABRIL DE 1920 Y QUE CONSTITUYE SU PROGRAMA DE GOBIERNO.

Señores convencionales:

Me habéis discernido el más alto honor que puede alcanzar un ciudadano en una república democrática, honor que es todavía más excelso ante los escasos méritos que justifiquen la extraordinaria benevolencia que para conmigo habéis gastado en esta solemne ocasión.

Aprecio en toda su magnitud la responsabilidad que envuelve esta distinción; la he pesado conscientemente y comprendo que descansa sobre mis hombros, en estos instantes, la suerte entera del liberalismo chileno; pero es tanta, es tan inquebrantable la fe que me inspira la justicia de nuestra causa, que no vacilo, en augurar para ella una victoria cierta y segura: el sentimiento liberal del país no puede ser vencido y no se dejará vencer jamás. Sin temor de equivocarme, conociendo como conozco el país de un extremo a otro, puedo afirmaros que no emprendemos en estos momentos una lucha, sino que empezamos un paseo triunfal, y oigo que el toque de victoria resuena ya de un extremo a otro de la República.

En mi excursión por el país acabo de sentir las vibraciones del alma nacional, he auscultado sus palpitaciones y sus más nobles anhelos y, aunque modestísimo soldado de una gran causa, me siento irresistible a impulso de las grandes aspiraciones populares.

No puedo leeros un programa, porque no he tenido tiempo para redactarlo, ni mucho menos para meditarlo, pues, lo declaro con sinceridad, esta honrosa designación me ha tornado de sorpresa. No creí jamás que esta solemne e imponente asamblea me iba a discernir con tanta rapidez tan grande honor. Es una honra grande por el objetivo que señaláis y es más grande todavía por la composición de esta asamblea soberana que, sin hipérbole de ninguna especie, constituye el comicio más repre­sentativo y democrático, en el concepto amplio de la palabra, que jamás haya presenciado la República.

Se encuentran aquí congregados hombres de todo el país, y puede afirmarse que en esta asamblea palpita la condensación del alma chilena, genuinamente representada por todas las corrientes, por todas las aspiraciones, por todos los anhelos que animan a los ciudadanos de un extremo a otro del territorio de la República.

Si me cabe la honra de regir los destinos de este país, lo que no dudo, porque el empuje de los ideales de bien público que a todos vosotros guía no puede ser contenido y porque esos ideales, esparciéndose de pueblo en pueblo, de aldea en aldea, flamearán seguramente el 25 de junio próximo con el pabellón del liberalismo en las almenas de la Moneda, podéis tener la seguridad de que conmigo llegará hasta el gobierno el programa de la Alianza Liberal, aceptado por esta Convención y que yo hago mío en todas sus partes y en cada uno de sus puntos.

Ello no obstante, quiero detenerme, aunque sea con brevedad, en algunos puntos esenciales y fundamentales del programa que ha servido de plataforma a esta solemne asamblea.

El país atraviesa por uno de los momentos más difíciles de su historia. Vivimos desde hace años en medio de la anarquía y del desgobierno. Toda clase de angustias y de dificultades obstaculizan la marcha próspera de las actividades en esta patria tan cara a todos nosotros. El país desea, exige un gobierno sólido y fuerte, con rumbos definidos, orientados sobre la base de una política netamente nacional.

Sólo aquellas combinaciones de partidos que tienen por bandera una enseña de vastos ideales de bien público, son capaces de satisfacer la noble y generosa aspiración que siente y exige el país en los momentos actuales. Las combinaciones personales o de círculo, las que no tienen bandera ni principios, aquellas que no reconocen idea­les, sirven sólo para fomentar el desgobierno que el país abomina y detesta como enemigo del orden y generador de la anarquía.

He servido toda mi vida la causa santa de las libertades públicas. He peleado por ella las más enérgicas batallas, rindiendo especial culto a la libertad electoral, a la cual he ofrecido sacrificios no pequeños. Comprenderéis que quien ha luchado por estos nobles principios durante su vida entera no podría en el gobierno renegar de ellos, y podéis estar seguros de que esas libertades, garantizadas por nuestras instituciones fundamentales y que han hecho la grandeza de la República, serán leal y honradamente respetadas por vuestro candidato. La libertad electoral, principalmente, gana da en nuestro país a costa de cruentos sacrificios, es una de las conquistas que todo hombre patriota, que rinde culto a la religión de la democracia, debe respetar y servir con todas sus energías, con toda la fe de su honradez.

Todos los pueblos han luchado por sus libertades, y ante todo por la libertad de conciencia. El nuestro no se quedo atrás en esta lucha.

Ya en el año 1865 nuestros estadistas, dando fiel cumplimiento a una aspiración nacional, reformaron el artículo 5° de la Carta Fundamental, cimentando la libertad de cultos y de conciencia sobre el pedestal sólido de la tolerancia mutua. Esa evolución histórica, empezada el año 65, no ha terminado definitivamente. Debemos de concluir la obra de laicizar todas nuestras instituciones, sin propósitos de persecución, sin provocar odios ni divisiones en la familia chilena, inspirándonos sólo en el sagrado espíritu de tolerancia que, en la lucha de las ideas, es tienda bajo la cual pueden cobijarse todas las conciencias a respirar el aire puro de la libertad.

Sancionemos de una vez en la ley lo que ya felizmente ha sido consagrado en el hecho, estableciendo en forma definitiva la constitución civil de la familia chilena y propendamos con todas nuestras energías a alejar de las luchas candentes de la política las banderas o credos religiosos, cualesquiera que ellos sean, evitando que se mezclen en el terreno temporal cuestiones de orden meramente espiritual que son del fuero interno y cuyo violento choque no cuadra ya con las exigencias marcadas por las necesidades nacionales del momento histórico en que vivimos.

Nuestra Constitución del 33, monumento glorioso sobre el cual se ha cimentado la grandeza de la República, fue dictada sobre la base de un centralismo absorbente y absoluto, que era necesario dado el estado social de la época en que aquel código se dictara. Atendida la extensión del territorio, la población poco densa, la escasa difusión de la cultura en aquellos años, ese régimen fue útil, conveniente, necesario para la formación de la República y el afianzamiento de sus instituciones dentro del orden y la paz. Pero los años han pasado, el país ha crecido en todos los órdenes de su actividad, la población ha aumentado, la cultura se ha difundido y por todas partes surge poderoso y enérgico el progreso. El centralismo exagerado del año 33 no es ya posible ni conveniente, es simplemente absurdo. Nuestra Carta Fundamental debe ser reformada al respecto, dando a las provincias personalidad propia para que atiendan a todos sus servicios y necesidades locales y para que intervengan directamente en la elección de las autoridades que deben regirlas. Elección de las autoridades lo­cales directamente por las provincias; facultad para atender las necesidades locales con sus propias actividades e inversión de sus caudales públicos por ellas mismas, son los tres puntos que constituyen la base indestructible y necesaria de una descentralización metódica y razonada que, levantando el nivel intelectual y material de las pro­vincias, redundara en el progreso general de la República.

Cuando esto ocurra, existirán caminos, puentes, escuelas en buen estado y se habrán mejorado las cárceles, los hospitales, los edificios públicos que, hoy día, desgraciadamente, constituyen un oprobio y un atentado contra la civilización.

Reservemos para el gobierno central los servicios de interés general, los que afectan al país entero, y demos a las provincias la autonomía que necesitan para servir sus necesidades locales. El interesado es el mejor y más escrupuloso vigilante de la inversión de sus caudales. Vigilada la inversión de ellos por los que sienten la necesidad, seguramente, serán empleados con más discreción y eficacia.

No preconizo el federalismo. Lo reputo inaceptable para nosotros por una serie de consideraciones de orden histórico que sería lato desarrollar; quiero sólo la descentralización político-administrativa. Al defender la descentralización no defiendo ni fomento odios regionales. Nadie levantara aquella bandera como un ataque, sino como una bandera de progreso y amor al país. Quienes aman el progreso aman a la República y a la patria, y siendo grandes y prosperas las provincias, es también grande y prospera la República. Si el gobierno central no atiende todas y cada una de las necesidades efectivas de las provincias en los momentos actuales, no es porque se niegue a ello, sino porque se lo impide el régimen centralista exagerado en que vivimos, régimen que lo imposibilita en absoluto para atender a ese progreso en la forma que el país reclama. Para nadie es un misterio que las provincias no tienen buenos cami­nos, no poseen puentes, no cuentan con servicios de ferrocarriles adecuados, carecen del número suficiente de puertos y de las condiciones que el desarrollo del país exige les faltan los establecimientos de enseñanza, cárceles y hospitales que requiere su población.

Los que sufren esta situación han sentido la necesidad y levantan su queja dolorida pidiendo que se les oiga y atienda. El gobierno debe afrontar resuelta y definitivamente las reformas constitucionales que actualmente exigen el desarrollo y crecimiento del país y, así como el marino para salvar su nave del peligro y librarla de los escollos pone proa a la tempestad, los gobernantes deben también acometer de frente la solución de los problemas que exige la evolución de los pueblos.

Otros tópicos de inmenso interés esperan también y reclaman enérgicamente la atención de los gobernantes.

La historia de los pueblos, en su marcha siempre ascendente hacia el progreso, está marcada por etapas y ciclos que representan inmensas y superpuestas graderías, que marcan períodos bien diversos y definidos, tal como la corteza terrestre marca y diseña en las páginas gigantescas de su libro de rocas, los diversos períodos de su evolu­ción geológica.

En los momentos actuales, la humanidad entera atraviesa por uno de aquellos grandes periodos que marcan una gran transformación social; asistimos, ciertamente, al nacimiento de un nuevo régimen, y es ciego y sordo quien no quiera verlo y sentirlo.

De un extremo a otro del universo surge una exigencia perentoria, reconocida por todos los pensadores y por los más eminentes estadistas, en orden a resolver con criterio de estricta justicia y equidad los derechos que reclama el proletariado en nombre de la solidaridad, de1 orden y la conveniencia social.

El progreso económico de los pueblos, que es la atención preferente de todo gobierno racionalmente organizado, es la resultante precisa del esfuerzo personal del individuo y del capital que utiliza y remunera ese esfuerzo. En consecuencia, si el proletariado que representa el músculo, el vigor, el esfuerzo inteligente en el inmenso laboratorio económico donde se genera la riqueza de los países, es un factor eficiente y necesario del progreso, debe ser atendido, protegido y amparado. Hay para ello razones morales de justicia y razones materiales de conveniencia.

En los precisos momentos en que hablo, la opinión pública sigue con afanosa aten­ción un movimiento huelguista que tiene suspendidas y paralizadas las faenas carboníferas del sur de la República.

No es el momento oportuno para analizar las causas u orígenes de aquel movimiento. No me corresponde, tampoco, en esta ocasión pronunciarme respecto de quienes tienen la justicia. Baste solo para mi objeto, comprobar el hecho. Hay una gran huelga que se prolonga, lleva ella el hambre, la miseria y el dolor a muchos miles de nuestros conciudadanos. Pesan los sufrimientos, caen las horas de angustia no solamente sobre los hombres, sino también sobre las mujeres y los niños.

El capitalista se perjudica también en sus intereses, la sociedad entera se siente afectada, perturbado el servicio de ferrocarriles, dañada la economía general del país.

Esta situación desastrosa va, además, cavando poco a poco un abismo de enconos y de rencores entre el capitalista y el obrero, factores ambos del progreso nacional, socios comunes en la vida económica de los pueblos, cuyo crecimiento y prosperidad esta precisamente basado en la armonía que debe presidir las relaciones de aquellos dos grandes factores obligados de toda prosperidad y de toda grandeza.

La impotencia del gobierno ante tal situación es profundamente desastrosa para los altos y sagrados intereses sociales. Un gobierno en tal situación debe tener normas preestablecidas para conjurar el peligro y no es posible que, desarmado e inerte, asista como un testigo impotente ante el desorden y la desorganización que importa la prolongación de tal estado de cosas.

Una ley de simple previsión para tales emergencias es necesaria y salvadora. La creación por ley de la República del tribunal de arbitraje obligatorio se impone para poder evitar estas situaciones dolorosas. Vale más prevenir que curar. El gobierno necesita tener en sus manos esa arma poderosa de orden y progreso.

En estos conflictos que desgraciadamente, se van generalizando tanto entre nosotros, hay siempre una parte débil frente a otra que es fuerte y poderosa; necesario, conveniente, indispensable es entonces que entre el débil y el fuerte aparezca la justicia soberana e imparcial, fría como la ley, majestuosa como la fuerza moral que ella representa, fuerza moral que dirima la contienda, que restablezca la paz y el orden, produciendo la armonía entre el capital y el trabajo, los dos rodajes de la máquina del progreso.

La solución de este gravísimo problema de nuestra vida nacional no admite ya espera. Quienes discuten su oportunidad, no aprecian debidamente las exigencias imperiosas del orden social y de progreso sólido y firme de nuestro país. Nadie puede desconocer la eficacia del proletariado como factor económico irreemplazable, y el Estado, representado por el gobierno, debe tener los elementos necesarios para defenderlo, física, moral e intelectualmente.

Debe exigirse para él habitaciones higiénicas, cómodas y baratas que resguarden su salud y que tengan el atractivo necesario para alejarlo de la taberna y para generar en su espíritu los sentimientos de hogar y de familia. Hay que velar por que su trabajo sea remunerado en forma que satisfaga las necesidades mínimas de su vida y las de su familia, no sólo las de su vida física sino las de su perfeccionamiento moral y de su honesta recreación. Hay que protegerlos en los accidentes, en las enfermedades y en la vejez. La sociedad no puede ni debe abandonar a la miseria y al infortunio a quienes entregaron los esfuerzos de su vida entera a su servicio y pro­greso.

Las mujeres y los niños reclaman también la protección eficaz y constante de los poderes públicos que, cual padres afectuosos y vigilantes, deben defender a tan importante porción de sus vitales energías económicas. Quienes no quieren prestar atención a estos problemas de la vida moderna, movidos por nobles y generosos impul­sos del corazón, deben afrontarlos siquiera por las razones, algo más egoístas, pero igualmente evidentes, de conveniencia económica y conservación social.

La raza, su vigor, sus excepcionales condiciones de fuerza y de energía, deben ser defendidos y considerados con especial interés y atención. Quienes se dedican a proteger y amparar los deportes nacionales, que tan feliz desarrollo están tomando entre nosotros, realizan una obra verdaderamente patriótica. Así como la resistencia de los edificios reposa sobre la solidez y buena calidad de sus materiales, también la energía y el vigor de los pueblos descansan sobre la vitalidad y robustez de los individuos que forman su célula primaria. Defendamos nuestra noble y enérgica raza mediante la protección decidida del Estado a la educación y a los ejercicios físicos en todas sus variadas y múltiples ramificaciones. Defendamos también la raza combatiendo por todos los medios, con todas las energías posibles, el alcoholismo, las enfermedades de trascendencia social y las epidemias engendradas por falta de higiene y de cultura. Esforcémonos por el desarrollo de la beneficencia pública, organizándola so­bre la base del concepto científico moderno que la impone, no por razones sentimentales, sino como un deber ineludible y premioso de defensa social. Todos los organismos están sometidos a la ley biológica de su conservación, y las sociedades humanas, que forman los mas amplios y completos organismos conocidos, se rigen también, por estas mismas leyes, en virtud, de las cuales deben dictarse todas las medidas complejas y múltiples destinadas a satisfacer ampliamente las necesidades a que acabo de referirme
Los puntos anteriormente insinuados, más que el programa político de un candidato que solicita y pide los sufragios de sus conciudadanos, son las vibraciones de un alma apasionada y sincera, que persigue su realización desde hace muchos años. Son afirmaciones que formula quien jamás dice lo que no siente y quien nunca deja de cumplir lo que promete.

En el mecanismo de nuestra organización administrativa falta el órgano adecuado para atender, desarrollar y fiscalizar todas las cuestiones relativas a los problemas económico-sociales. Ese órgano es el Ministerio del Trabajo y de la Previsión Social, que debe crearse, que reclama la opinión, y el cual vengo pidiendo desde hace tiempo con resolución inquebrantable. No puede pasarse más tiempo sin atender a esta premiosa e ineludible exigencia de nuestro desarrollo social.

La ley de instrucción primaria obligatoria pende de la consideración del Honorable Senado de la República. Falta sólo la sanción de su último tramite constitucional para constituir en una hermosa realidad, lo que fue durante tantos años una grande y sentida aspiración nacional. Vosotros sabéis cuanto he luchado por esta ley de salvación pública y, como no basta que las leyes estén escritas sino que deben producir toda su eficacia en la practica, mediante su aplicación correcta y atinada, os decla­ro que sería la más honda y profunda satisfacción de mi alma si me cupiera la honra, como Jefe de Estado, de dar vida, forma y movimiento a una ley que he perseguido con tan incansable tenacidad.

Perdonadme, señores, si en un arranque de lícita satisfacción afirmo, sin que pueda ser contradicho, que sólo por obra de mi constante, inquebrantable y obstinada energía, al amparo de nuestra justa y niveladora democracia, hijo de mis obras, alcanzo hoy la honrosa situación que vosotros me otorgáis. Con mayor tenacidad, con mayor energía, incansable, irreductible, perseguiré la solución definitiva en mi país del problema de la educación, que es un problema fundamental. La educación del pueblo, amplia, completa, obligatoria, formará el alma nacional, Redimida nuestra raza de la torpe esclavitud de la ignorancia, podrán nuestros conciudadanos levantarse todos, por si solos, al nivel necesario para ser la base indestructible y sólida de una verdadera democracia.

El régimen prolongado del papel moneda, que impera entre nosotros desde hace tantos años, presentándonos como una dolorosa excepción en el concierto del mundo civilizado, crea para nuestro país una situación aflictiva de angustia y de justificado malestar.

La inestabilidad monetaria asume los caracteres de un verdadero flagelo público que, como es natural, azota con mayor crueldad y energía a las clases desvalidas, a los que viven de un salario, de un sueldo módico o de una modesta renta, a los pequeños industriales y propietarios. Sólo lucran y medran al amparo de esta situación los agiotistas y audaces especuladores que no vacilan en construir su fortuna perso­nal con las lágrimas y el dolor de sus conciudadanos.

Este régimen funesto no puede, no debe continuar. La estabilidad de nuestra moneda, como medida cierta de los valores comerciales, se impone. El país lo pide y lo exige.

Penetrado de estas razones y en mi carácter de presidente de la comisión especial que nombro el Honorable Senado de la República aporté todo el contingente de mi esfuerzo decidido y enérgico, para obtener el despacho del proyecto monetario que aquella elaboro y que pende actualmente del estudio v conocimiento de aquel alto cuerpo.

Nuestro código político, con criterio de estricta justicia. Impone la igual repartición de las cargas publicas y establece también que ellas deben ser proporcionadas a los haberes de cada cual. Sin embargo, nuestro régimen tributario, vetusto y caduco, está muy lejos de cumplir el principio justiciero y racional que inspira el precepto positivo de nuestra Constitución. Domina sin contrapeso en nuestro régimen tributario el impuesto indirecto, que representa el 70 por ciento de nuestra rentabilidad fiscal. La ciencia y la experiencia uniforme del mundo civilizado afirman, y con mucha razón, que tal impuesto no es equitativo ni justo, porque la unidad y fijeza de su pago no impone igual sacrificio a todos los ciudadanos, ya que el pago de una misma unidad de valor por un objeto determinado no representa un sacrificio igual para el capitalista y para el hombre de fortuna que para un modesto asalariado o empleado.

No se cumple así el precepto constitucional de la proporcionalidad entre las cargas públicas y los haberes de cada cual, por cuya razón es urgente modificar nuestro régimen tributario dentro de los principios positivos de la Constitución y de las prescripciones de la justicia social. Sólo el impuesto directo sobre la renta cumple con este requisito; cada ciudadano debe soportar las cargas públicas proporcionalmente a lo que tiene y a lo que persigue. Estas ideas no son nuevas en mí, ni es la primera vez que las sostengo. Como ministro de la Administración del Excmo. Señor Ramón Barros Luco, en 1913, tuve la honra de elevar al Congreso Nacional un proyecto de ley en que el Ejecutivo, por primera vez en Chile, pedía que se estableciera el impuesto a la renta.

Ni son las enunciadas las únicas injusticias que presenta nuestro régimen tributario. La agricultura, industria madre de nuestro progreso y a la cual se debe prestar todo el amparo y protección de los poderes públicos, por ser la base fundamental del ” edificio económico del país, esta injustamente gravada con un cinco por mil que re­presenta el 7, el 8, el 10 por ciento sobre sus rentas. Igual cosa ocurre con la propiedad urbana. Mientras tanto, los valores mobiliarios, que representan la riqueza acumulada y que reditúa entre nosotros un interés anual superior a dos mil millones de pesos, paga apenas uno y cuarto por ciento de contribución. No quiero, no pido, no acepto persecuciones injustas contra la riqueza y la fortuna, que son y deben ser protegidas y amparadas; pero, razones de elevada justicia, de derecho, de orden y de conservación social, imponen el rechazo del privilegio para los unos en desmedro de los otros y exigen el cumplimiento igualitario en la repartición de las cargas públicas.

La condición legal de la mujer en Chile permanece aún aprisionada en moldes estrechos que la humillan, que la deprimen y que no cuadran con las aspiraciones y exigencias de la civilización moderna. Carece ella de toda iniciativa, de toda libertad y vegeta reducida al capricho de la voluntad soberana del marido en forma injusta e inconveniente.

Todas las legislaciones actuales reconocen, todos los pensadores del siglo reclaman para la mujer la elevada posición de su nivel moral, legal e intelectual, en la forma que corresponde a aquella parte tan noble y respetable de la sociedad que tan alta e importante participación tiene en el desarrollo de la vida moderna

Nuestra legislación no puede continuar siendo a este respecto una excepción desdorosa en el concierto armónico del mundo civilizado.

Nuestro organismo social entero nuestro, régimen constitucional, requieren en los momentos actuales reformas urgentes y radicales. El tiempo todo lo destruye, todo lo cambia, todo lo aniquila o lo transforma. La casa solariega en que nacieron nuestros antepasados se destruye y derrumba a través de los años; así también las instituciones de los pueblos, con la marcha ascendente del progreso se envejecen y terminan por no corresponder a sus actuales y premiosas necesidades.

Una serie interminable de problemas apremiantes requieren solución inmediata, impostergable. Necesitamos afrontarlos con valor y decisión sobre la base inconmovible de la justicia y el derecho, que constituyen el cimiento único sobre el cual se construye la grandeza de los pueblos, pero tomando también en cuenta las nuevas circunstancias sociales y las nuevas exigencias del progreso nacional.

En un momento inolvidable de su historia, la Francia se sintió conmovida por aspiraciones e ideales nuevos. Un soplo de renovación, un grito de protesta cruzó su suelo de un extremo a otro, el edificio secular de sus instituciones políticas y sociales crujió desde sus cimientos en una vibración de reforma, de sacudimiento y de vida. Cansada la masa inmensa de los privilegios que constituían el beneficio de unos pocos, se levantó al grito de “Libertad, Igualdad y Fraternidad”, echando así los ci­mientos de la democracia universal. Alarmado el rey por los gritos destemplados de la multitud, volvió sin embargo a su calma habitual a la voz halagüeña de un cortesano que le señalaba aquello simplemente como el bullicioso alarido de la canalla que pasa.

Si el monarca, en vez de prestar oídos al cortesano, hubiera sentido el alma de la Francia que rugía en aquellos alaridos, si hubiera auscultado sus vibraciones que exigían libertad, igualdad, fraternidad, habría ahorrado para su pueblo las sangrientas, las horrendas y dolorosas escenas del terror; sus conciudadanos, la posteridad y la humanidad entera, le habrían levantado un monumento perenne de gratitud y de admiración, y habría perpetuado el recuerdo de la redención pacífica y grande, un pueblo tan grande como sus anhelos.

La Inglaterra también, como la Francia, sintió en 1830 palpitar en su seno ardientes aspiraciones de conquistar la libertad electoral, desconocida por ese pueblo hasta entonces.

El monarca inglés, inspirado en el espíritu práctico inimitable de esa gran nación, lejos de oír la voz de los cortesanos que lo instaban también a desoír los clamores de la canalla que pasa, convoco a su pueblo a nuevas elecciones para la Cámara de los Comunes. Triunfó en ella la reacción, el espíritu de resistencia; pero continuaron la agitación pública, la exigencia, el tumulto, porque no ceden el paso las corrientes de opinión cuando están realmente basadas en principios de justicia y conveniencia social. Y el monarca, atendiendo siempre a las aspiraciones licitas del gran pueblo que regía, ejercitando sus facultades constitucionales, aumentó la Cámara de los Lores con nuevos nombramientos, se abrió paso la reforma reclamada, la evolución se hizo, se evitó la revolución, y la Inglaterra continuó, sin sacrificios ni dolores, majestuosa y más grande que nunca en la marcha indefinida de su progreso y engrandecimiento. Así crece la Inglaterra, marchando siempre sin vacilaciones por las vías de la evolución para evitar la revolución y el trastorno.

Lecciones de historia son éstas que los hombres de gobierno no deben jamás olvidar y que deben tomarlas como solemne advertencia para el bien de sus conciudadanos,

No quiero trastornos ni violencia; los abomino y anatematizo; los condeno con toda la energía honrada de mi espíritu. Quiero y exijo el respeto de todos los derechos fundamentales garantizados por nuestras instituciones; pero, para mantener el orden y la estabilidad social, es deber ineludible de los gobernantes atender, servir y solucionar todas aquellas necesidades públicas que tienen por base la justicia, que destruyen el privilegio no basado en altas y nobles consideraciones de orden moral.

Hace muchos años se mantiene sin solución el problema del norte. Reiteradamente en mi vida parlamentaria he sostenido que debió resolverse hace ya largo tiempo. Los países no deben mantener sin solución, indefinidamente, los problemas internacionales, porque no pueden prever el futuro para saber cuál será el momento oportuno para afrontarlos. Pero, ya que esta solución no ha llegado debemos buscarla y propiciarla todavía, a la sombra y dentro del cumplimiento estricto de los tratados vigentes, a cuyo cumplimiento están vinculadas la fe y la honra de la República.

Nuestro derecho es claro y sostenido con severa dignidad, estoy cierto que se abrirá camino, que se impondrá, como se impuso en otra de las épocas memorables de nuestra historia.

Los pueblos que nos miran, principalmente aquellos que acaban de liquidar la gran guerra sobre la base de los principios de derecho, de justicia y de respeto a los tratados, se inclinarán, seguramente, dentro del criterio de ellos mismos ante las razones de un pueblo fuerte en su derecho y en la justicia que reclama.

La humanidad atraviesa un período que pudiera llamarse de la reintegración y de la reconstrucción. Los Estados y los pueblos, unidos por una red inmensa de intereses morales y materiales, tienden a solidarizarse y a estrecharse más aún por nuevos y múltiples vínculos. Debemos también nosotros esforzarnos por desarrollar y estrechar nuestros lazos materiales con todos los pueblos del orbe civilizado, sobre la base de un mutuo intercambio de ideas y de pensamientos, ya que los vínculos mo­rales son, en muchas ocasiones, más poderosos y sólidos que aquellos que solo se basan en las relaciones meramente materiales.

Pero nuestro país debe aportar también su contribución indispensable, como todo país civilizado, a la reconstrucción económica del mundo, mediante el desarrollo, convenientemente fomentado por el gobierno, de su agricultura, de su minería, de sus industrias y de su marina mercante. El aumento constante de la producción y la facilidad de las comunicaciones deben constituir una preocupación de todos los momentos para los gobernantes de Chile.

Señores: os pido de nuevo perdón por haber abusado tanto de vuestra benevolencia en esta ocasión única de mi vida. Os he expuesto improvisadamente mis ideas, mis sentimientos y mis aspiraciones, olvidando, seguramente, muchos puntos; y también os pido por ello perdón, junto con hacer llegar hasta vosotros nuevamente la expresión sincera de mi gratitud, dejando constancia de la emoción que me embarga ante la inmensa responsabilidad que gravita sobre mis hombros en este instante solemne.

Yo quiero, antes de terminar, haceros una declaración:

Ha sido costumbre oír a los que han tenido la satisfacción de alcanzar el honor que ahora vosotros me discernís, que “no son una amenaza para nadie”.

Mi lema es otro:

Quiero ser amenaza para los espíritus reaccionarios, para los que resisten toda reforma justa y necesaria: ésos son los propagandistas del desconcierto y del trastorno.

Yo quiero ser amenaza para los que se alzan contra los principios de justicia y de derecho; quiero ser amenaza para todos aquellos que permanecen ciegos, sordos y mudos ante las evoluciones del momento histórico presente sin apreciar las exigencias actuales para la grandeza de este país; quiero ser una amenaza para los que no saben amarlo y no son capaces de hacer ningún sacrificio por servirlo.

“Seré finalmente, una amenaza para todos aquellos que no comprenden el verdadero amor patrio y que, en vez de predicar soluciones de armonía y de paz, van provocando divisiones y sembrando odios, olvidándose de que el odio es estéril y que solo el amor es fuente de vida, simiente fecunda que hace la prosperidad de los pueblos y la grandeza de las naciones”.


La crisis moral de la República. Enrique Mac-Iver.

Voy a hablaros sobre algunos aspectos de la crisis moral que atravesamos; pues yo creo que ella existe y en mayor grado y con caracteres más perniciosos para el progreso de Chile que la dura y prolongada crisis económica que todos palpan.

Me parece que no somos felices; se nota un malestar que no es de cierta clase de personas ni de ciertas regiones del país, sino de todo el país y de la generalidad de los que lo habitan. La holgura antigua se ha trocado en estrechez, la energía para la lucha en laxitud, la confianza en temor, las expectativas en decepciones. El presente no es satisfactorio y el porvenir aparece entre sombras que producen la intranquilidad.

No sería posible desconocer que tenemos más naves de guerra, mas soldados, mas jueces, mas guardianes, mas oficinas, mas empleados y mas rentas publicas que en otros tiempos; pero, ¿tendremos también ma­yor seguridad, tranquilidad nacional, superiores garantías de los bienes, de la vida y del honor, ideas más exactas y costumbres más regulares, ideales más perfectos y aspiraciones más nobles, mejores servicios, mas población y más riqueza y mayor bienestar? En una palabra: ¿progresamos?

Hace cinco anos se levantó el censo decenal de la República. El recuento de la población no fue satisfactorio, pues aparecía un aumento por demás pobre y en escala muy inferior a la de anteriores censos.

Se dijo que la operación era incompleta y defectuosa y hasta ahora no ha si do oficialmente aprobada. Con esto pudimos desentendernos de un hecho tan grave y revelador del estado del progreso del país; pero, en verdad, deficiencias y vicios considerables en el censo no se ven y sus cifras continúan manifestando que la población no aumenta por lo menos en el grado que corresponde a un pueblo que prospera.

Mas, si el numero de los habitantes de Chile no crece, o crece con desalentadora lentitud, en cambio el numero de contravenciones a la ley penal aumenta con inusitadas proporciones. Comienza a oírse que en San­tiago, por ejemplo, se necesitan ocho jueces del crimen, el doble de los que existen para atender medianamente las necesidades del servicio.

En el verano último se me hizo notar un curioso fenómeno que acaecía en uno de los departamentos de la provincia de Maule, y que probablemente se verá también en otras regiones del territorio. Los pequeños propietarios rurales enajenaban sus tierras a precios ínfimos para asilarse en los centres de población, y lo hacían porque les faltaba seguridad para sus bienes y para su vida. El bandolerismo ahuyenta de los campos a los labradores, el agente principal de la producción agrícola, en un país que desde hace veinte años no sabe dónde está el fondo de sus cajas.

Hace poco daba alguien cuenta de otro hecho curioso que se presenta en Chile. El número de escuelas ha aumentado; pero a medida que las escuelas aumentan la población escolar disminuye.

No sé si la enseñanza primaria sea mejor ahora de lo que fue en años atrás; ello es probable porque los maestros formados en nuestras es­cuelas pedagógicas adquieren conocimientos generales y profesionales más extensos, más completes y más científicos que los recibidos en otros tiempos. Por desgracia, ni la superioridad técnica de los maestros, ni la mejoría de los métodos modifican la significación del dato relativa a la matrícula escolar hasta el punto de que fuera posible sostener que adelantamos, que la ilustración cunde, que la ignorancia se va.

Pienso que no hay negocio público en Chile más trascendental que éste de la educación de las masas populares. Es redimirla de los vicios que las degradan y debilitan y de la pobreza que los esclaviza, y es la incorporación en los elementos de desarrollo del país de una fuerza de valor incalculable.

No me es difícil creer que la instrucción secundaria y superior se han generalizado considerablemente en los últimos tiempos, el número de personas ilustradas es más crecido ahora de lo que fue antes; se puede encontrar un bachiller hasta en las silenciosas espesuras de los bosques australes.

Pero, ¿será inexacto el hecho de que, estando más extendida la instrucción y siendo más numerosas las personas ilustradas, las grandes figuras literarias y políticas, científicas y profesionales que honraron a Chi­le y que con la influencia de su saber y sus prestigios encauzaron las ideas y las tendencias sociales carecen hasta ahora de reemplazantes? Hemos tenido muchos hombres de la pasada generación de nombradía americana y aun europea, y me parece que nadie se ofenderá si digo que no acontece lo mismo en la generación actual.

Entre los elementos de progreso de una sociedad pocos hay superiores a la energía para el trabajo y al espíritu de empresa. Uno y otro se desarrollan con la educación y el ejemplo y con el ejercicio que es la gimnasia que los afirma y fortifica. Esa ha sido la principal fuerza del pueblo inglés y del pueblo americano, y, en general, del europeo del Occidente.

Ni de espíritu de empresa ni de energía para el trabajo carecemos nosotros, descendientes de rudos pero esforzados montañeses del norte de España. ¿A dónde no fuimos? Proveíamos con nuestros productos las costas americanas del Pacifico y las islas de la Oceanía del hemisferio del sur, buscábamos el oro de California, la plata de Bolivia, los salitres del Perú, el cacao del Ecuador, el café de Centroamérica, fundábamos bancos en La Paz y en Sucre, en Mendoza y en San Juan; nuestra bandera corría todos los mares y empresas nuestras y manos nuestras bajaban hasta el fondo de las aguas en persecución de la codiciada perla.

A la iniciativa, al esfuerzo y al capital de nuestros conciudadanos debemos los primeros ferrocarriles y telégrafos, puertos, muelles, establecimientos de crédito, grandes canales de irrigación y toda clase de empresas.

¿Podría con verdad afirmarse que el espíritu y la energía que entonces animaran a nuestro país para el trabajo se hayan, no digo fortificado sino siquiera mantenido? ¿Significará algo el que hayamos perdido nuestra acción comercial e industrial en el extranjero y que el extranjero no reemplace en nuestro propio territorio? En general, ¿se gasta hoy actividad para la lucha de la vida y para crear fuentes de riqueza por medio del trabajo libre, o se ve una funesta tendencia al reposo enervante y la empleomanía?

Preguntas son éstas que todos pueden responder y las respuestas no serán tal vez satisfactorias para los que cuentan entre los elementos de apreciación del progreso de un país, la energía de sus habitantes para el trabajo, y el espíritu de empresa.

La producción en realidad no aumenta desde hace años; si no fuera por el salitre, podría decirse que disminuye; la agricultura vegeta; la minería aun en estos días de grandes precios, permanece estacionaria; la incipiente manufactura galvanizada con el dinero público y con el sacrificio de todos, no prospera; el comercio y el trafico son siempre los mismos y el capital acumulado es menor.

¿Tenemos algunos rieles más, algunas escuelas, algunos pocos mi­les de habitantes? Enhorabuena; ¿pero qué importancia tiene esto para juzgar de nuestro adelanto, si esos centenares de rieles debieran ser millares, si esas docenas de escuelas debieran ser centenares y si esos pocos miles de habitantes debieran ser millones? ¿Y qué vale ello delante de las obras publicas en ruinas, de la agricultura decadente, de las minas inutilizadas, del comercio anémico, de los capitales perdidos, del ánimo enfermo?

En el desarrollo humano el adelanto de cada pueblo se mide por el de los demás; quien pierde su lugar en el camino del progreso, retrocede y decae. ¿Que éramos comparados con los países nuevos como el Brasil, la Argentina, México, la Australia, el Canadá? Ninguno de ellos nos superaba; marchábamos adelante de unos y a la par de los otros.

¿Que somos en el día de hoy? Me parece que la mejor respuesta es el silencio. Y sería bien triste por cierto que nos consoláramos de la perdida de nuestro puesto preferente, con el poder militar, como se consolaban con su espada y sus pergaminos los incapaces que se veían desalojados por la actividad de los hombres de iniciativa y de trabajo.

No hay para que avanzar en esta somera investigación acerca del estado del país en lo que se relaciona con su progreso; importa más preguntarse ¿por qué nos detenemos?, ¿qué ataja el poderoso vuelo que había ornado la República y que había conducido a la más atrasada de las colonias españolas a la altura de la primera de las naciones hispanoamericanas?

En mi concepto, no son pocos los factores que han conducido al país al estado en que se encuentra; pero sobre todos me parece que predomina uno hacia el que quiero llamar la atención y que es probablemente el que menos se ve y el que más labora, el que menos escapa a la voluntad y el más difícil de suprimir. Me refiero ¿Por qué no decirlo bien alto? A nuestra falta de moralidad pública; sí, a la falta de moralidad pública que otros podrían llamar la inmoralidad pública.

Mi propósito no es otro que el de señalar un mal gravísimo de nuestra situación, que participa más de la naturaleza de mal social que de mal político, con el objeto de provocar un estudio acerca de sus causas y sus remedies, y para el fin de corregirlo en bien de todos y no en beneficio de individuos, bandos o partidos.

Quiénes son los responsables de la existencia de ese mal, no sé; ni me importa saberlo; expongo y no acuso, busco enmiendas y no culpas. La historia juzgará y su fallo ha de decir si la responsabilidad por la lamen­table situación a que ha ligado el país es de algunos o de todos, resultado de errores y de faltas, o de hechos que no caen bajo el dominio y la previsión de los hombres.

Quería decir también que la moralidad pública de la que hablo no es esa moralidad que se realiza con no apropiarse indebidamente los dineros nacionales, con no robar al fisco, con no cometer raterías, perdónenme la palabra. Tal moralidad que llamaré subalterna, depende de otra más alta moralidad, y sus quebrantos los sancionan los jueces ordinarios y no la decadencia nacional y la historia.

Hablo de la moralidad que consiste en el cumplimiento de su deber y de sus obligaciones por los poderes públicos y por los magistrados, en el leal y completo desempeño de la función que les atribuye la carta funda­mental y las leyes, en el ejercicio de los cargos y empleos, teniendo en vista el bien general y no intereses y fines de otro género.

Hablo de la moralidad que da eficacia y vigor a la función del estado y sin la cual esta se perturba y se anula hasta el punto de engendrar el despotismo y la anarquía y como consecuencia ineludible, la opresión y el despotismo, todo en daño del bienestar común, del orden público y del adelanto nacional.

Es esa moralidad, esa alta moralidad, hija de la educación intelectual y hermana del patriotismo, elemento primero del desarrollo social y del progreso de los pueblos; es ella la que formó los cimientos de la grandeza de los Estados Unidos y que se personalizó en un Washington; es ella la que condujo a nuestra República al primer rango entre las naciones americanas de origen español y que se personalice en ciertos tiempos, no en un hombre sino en el gobierno, en la administración, en el pueblo de Chile.

Yo no admiro y amo el pasado de mi país a pesar de sus errores y de sus faltas, por sus glorias en la guerra, sino por sus virtudes en la paz. Sin estas tan inútiles como en los actuales tiempos el salitre, habrían sido para la prosperidad de la república los grandes descubrimientos mineros la creación de los mercados de California y Australia y las facilidades de la navegación que nos acercaron a todos los centros productores y de consu­mo.

No hay qué encarecer la parte que corresponde a la moral pública en el adelantamiento de un pueblo, la historia de las nacionalidades americanas de nuestra misma raza de sobra lo demuestra.

No han sido ni un régimen nuevo disconforme con las costumbres, ni el aislamiento, ni la ignorancia, ni otros hechos semejantes, los que mantuvieron y aún mantienen en parte a las repúblicas que nacieron a la vida en el primer cuarto de este siglo que concluye, en un perpetuo vaivén entre la anarquía y el despotismo y apartadas del camino del progreso; ha sido la falta de moralidad pública, ha sido el olvido del deber por el funcionario y el abandono de la función pública para dar paso a las ambiciones personales, al odio, a la venganza, a la codicia y al interés de bandería.

¡Ignorancia! ¿Eran acaso sabios los pueblos del Brasil? ¿Fue más ilustrado Chile que el Perú y Méjico, que Colombia y Venezuela?

¡El aislamiento, las distancias, la escasez de población! ¿Era más densa nuestra población que la de Centroamérica? ¿Eran más cortas las distancias en el Brasil que en el Uruguay? ¿Estaba menos aislado Chile que Méjico y el Perú?

¡El régimen nuevo desconforme con las costumbres! ¿Eran menos nuevo y más conforme con las costumbres el régimen adoptado en Chile que el adoptado en Bolivia o en Nueva Granada? No niego la influencia de hechos como los aludidos en las anarquías y despotismo hispanoamericanos; pero nadie podrá negar tampoco que así como se moderó el efecto de esos hechos en Chile, pudo moderarse en otras partes, si verdadero imperio hubiese ejercido la moral pública, si la idea, y el sentimiento del deber para con el país y la sociedad hubieran dominado en el funcionario.

Estos elementos morales del progreso, más indispensables son en países que no pueden desenvolverse sino por medio del esfuerzo constante del hombre, que en otros donde la naturaleza más generosa reemplaza en mucho la acción física e intelectual de aquél.

¿Se pondrá en duda que, como obedeciendo a una ley de atavismo de la raza, se presenta hoy en Chile; aunque con manifestaciones diversas, el mismo fenómeno que perturbó el progreso de una gran parte de la América? ¿Pensará alguien que no sufre verdaderamente el país de una crisis moral así como ha sufrido y sufre de una crisis económica? Me atrevo a creer que no; y si engañara, bastaría poner los ojos en las funciones más ordinarias y comunes del Estado para adquirir el convencimiento de que la moralidad pública se halla profundamente quebrantada entre nosotros.

¡Cuántos esfuerzos y cuántos sacrificios costó el derecho electoral!

Esa conquista del trabajo de muchos años, ese fruto de las lágrimas de nuestras mujeres y de la sangre de nuestros conciudadanos, ese premio de la energía y de la perseverancia de nuestros políticos y del pueblo, esa base de nuestras instituciones, del buen gobierno y del orden público, es mercancía que se compra y que se vende, materia que se falsifica, tema de una burda y siniestra comedia.

Y si mal funciona el poder electoral en su generación; ¡qué triste es su desempeño en lo que llamaremos su fiscalización o control! Ya no se califican elecciones sino que se justifican fraudes.

Ni en Chile ni en otras partes han sido siempre la ley y la verdad las inspiradoras de los que intervienen en ese acto. Generalmente dominan en él la pasión y el interés político o partidista, que tanto perturban el criterio y que es natural produzcan resoluciones erróneas o injustas de parte de las corporaciones políticas tratándose de cosas que a los partidos y a la política atañen.

Pero nótese el carácter del fenómeno que presenciamos. Entre nosotros no se viola la ley, no se desconoce la verdad, no se atropella el derecho, no se desnaturaliza y envilece, en una palabra, la función electoral fiscalizadora, por error producido por pasión nacida del interés político, por interés político proveniente de las convicciones y del anhelo del bien vinculado al predominio de un sistema o de un partido, como antes ha sucedido y en muchas partes sucede, no. El fenómeno es más simple, más llano, más casero. Sin verdadero interés político o partidista, sin pasión, sin error, por mero apego a una persona o a un grupo o por antipatía a otra persona o a otro grupo, por tener un voto más o por no tener un voto menos, por adquirir un adherente para otra injusticia o por no desagradar a alguien, por una pequeña venganza o por pagar un pequeño servicio, fría y tranquilamente, sin acordarse por un momento siquiera de los intereses públicos y del derecho, se quita al elegido su asiento y se da asiento al no elegido y se falsifica la representación nacional. No es un secreto para nadie que el voto parlamentario en la calificación de elecciones ha llegado a ser objeto de arreglos, de trueques, de contratos entre individuos o grupos.

He visto mucho malo, muy malo y mucho bueno, muy bueno; pero, lo digo francamente, eso no lo había visto nunca. Ha transcurrido más de veinte años desde que una guerra tan justificada en su iniciación como gloriosa en su mantenimiento y fructífera en sus resultados, repletó de oro las arcas públicas. Los que éramos jóvenes en aquellos días legendarios no sentíamos dominado el espíritu por la embriaguez de la victoria ni afligido el corazón por los sacrificios de la grandiosa lucha; satisfacciones y dolores ante otra preocupación, otra atracción; era el progreso, el engrandecimiento y la felicidad de Chile, era su misión bienhechora en el continente sudamericano. El oro de los territorios que nos obligó a tomar, no la avidez y el egoísmo sino la propia seguridad, había de ser la vara que haría brotar puertos y ferrocarriles, canales y caminos, escuelas e inmigración, industrias riquezas, trabajo y bienestar en toda la extensión de la República.

Con nuestros pobres ahorros y el económico centavo arrancado al sudor del pueblo por vía del impuesto, habíamos hecho la primera línea férrea del hemisferio austral, el primer telégrafo, las obras públicas relativamente más difíciles y costosas de la tierra hispanoamericana. Con millones en la mano y estimulados por la aspiración patriótica del adelanto de Chile y por la conveniencia de garantir con su engrandecimiento la seguridad nacional ¿qué no haríamos? Las cualidades manifestadas en la guerra no serían sino reflejo del esfuerzo, de la perseverancia, del heroísmo que ostentaríamos en las obras de la paz.

¡ Qué amargo despertar! Sueños fueron los puertos y ferrocarriles, canales y caminos, escuelas e inmigración, industrias y riquezas, trabajo y bienestar; el oro vino, pero no como lluvia benéfica que fecundiza la tierra, sino como un torrente devastador que arrancó del alma la energía y la esperanza y arrastró con las virtudes públicas que nos engrandecieran.

Cabe aquí el recuerdo de un hecho que no sería difícil comprobar. Hace pocos años, cuando aún estaba intacto nuestro crédito, que no hemos sabido mantener, la potencia financiera de la República y del Gobierno sin esfuerzos habría alcanzado para pagar con generosidad todos los servicios, para hacer cinco puertos, siendo uno de ellos militar y comercial, para construir cuatro mil Kilómetros de líneas férreas, para abrir siete mil kilómetros de carreteras, para regar quinientas mil hectáreas de suelo y para costear las grandes obras de salubridad de nuestras ciudades municipales.

No digo que se tuviera el personal necesario para esas obras, pero si afirmo que podrían tenerse los fondos para realizarlas.

Permítaseme ahora formular una cuestión. En un país nuevo, cuyo fomento y cuyo progreso dependen más de la iniciativa y del esfuerzo del poder público que de la iniciativa y del esfuerzo particular, en que se desperdicia el tiempo y se malgastan los ingentes recursos que hubieran de destinarse a aquellos objetos ¿Se cumple la función gubernativa? ¿Se atienden debidamente los grandes intereses nacionales? Y si no atienden estos intereses ni se cumple esa función, ¿hay moralidad pública?

Venciendo resistencias naturales y tradicionales, en un momento que se consideró propicio, se creó la autonomía comunal, el gobierno local. Este nuevo organismo del poder público debía por una parte moderar el exceso de facultades del primer magistrado de la República y por la otra, atender con más acierto y eficacia a la administración de los negocios que interesan exclusivamente a la ciudad, a la villa, a la aldea, a la comuna.

¿Qué resultados ha producido en la práctica esa laboriosa y trascendental reforma? El desaparecimiento del gobierno y de los servicios locales y una vergüenza nacional. ¿Era como se decía y se dice por algunos, que el país no estaba preparado para una institución semejante, que no había elementos personales suficientes ilustrados para el gobierno comunal? Me parece que no.

El pueblo no ha resistido ni perturbado la acción de las autoridades locales, ni ella ha encontrado un escollo en las ideas, costumbres, y sentimientos del pueblo. Tampoco ha carecido a comuna de recursos necesarios para ser convenientemente administrada.

Elementos personales de sobra, con ilustración más que suficiente, ha habido para el desempeño de las funciones del gobierno local, nadie podría con verdad sostener lo contrario, sobre todo tratándose de nuestras principales ciudades, de las ciudades que más brillantes escándalos han dado.

Un país en que el gobierno se corrompe, en que sólo por excepción se encuentra una municipalidad que sirva con honradez al fin de su instituto, es un país cuya masa social está moralmente enferma o es un país cuya moral pública se halla en quiebra.

Y sin la existencia de este último estado, ¿cómo se explican los hechos que vengo enunciando? ¿Cómo el abandono de las obras nacionales más necesarias y valiosas por más de un año y hasta completar su ruina? ¿Cómo los pactos políticos sobre la base del reparto de los empleos? ¿Cómo la previsión de éstos sin atender ni a las aptitudes personales ni el interés general? ¿Cómo las corruptelas, los vicios y el desasimiento de la administración? ¿Cómo, finalmente, la ausencia de todo intento formal y la impasibilidad musulmana con que se contempla, no diré nuestra decadencia, pero si diré nuestra estagnación?

Tan absurdo sería sostener que un estado comercial es bueno cuando la generalidad de las personas carecen de recursos para cumplir sus obligaciones, como sostener que el estado moral es bueno cuando la generalidad deja de cumplir sus deberes.

Ceguera sería desconocer que el país es víctima (empleo deliberadamente la palabra) tanto de una crisis económica, cuanto de una crisis moral que detiene su antigua marcha progresista.

Consecuencia de innovaciones poco atinadas o efectos de vicios y pasiones, resultado de sucesos fatales u obra de la imprevisión y el abandono, el hecho es que no sería ya temeridad decir, dando a las frases una acepción general y sin referirlas a hombres ni a partidos determinados: falta gobierno, no tenemos administración.

No pienso que deba disimularse la realidad de nuestro estado y mucho menos pienso que sea razonable desalentarse ente esa realidad. Estas crisis son plagas que azotan a los pueblos que se desvían de los caminos trazados por los principios que rigen la vida de las sociedades; matan a los débiles, los fuertes se reponen y cobran nuevas energías para la lucha del progreso.

Señalar el mal es hacer un llamamiento para estudiarlo y conocerlo y el conocimiento de él es un comienzo de la enmienda. Una sola fuerza puede extirparlo, es la de la opinión pública, la voluntad social encaminada a ese fin; y para formar esa opinión y convertirla en voluntad dispuesta a obrar, hay que poner de manifiesto la llaga que nos debilita ahora y nos amenaza para el futuro y hay que hacer sentir los estímulos del deber y del patriotismo y aun los del interés por el propio bienestar.

Formada esa opinión pública vendrán y se cumplirán leyes que dan sufragio ilustrado y consciente, que abren la puerta de la representación nacional, cerrada hoy por falsas teorías constitucionales y en resguardo de una fantástica independencia parlamentaria, a muchos de los más aptos para los cargos legislativos, que apartan de los altos puestos de la administración a la incapacidad y la ignorancia, que sancionan eficazmente el abandono del deber y el olvido del bien común; se corregirán los errores, se castigarán las faltas, se enmendarán los rumbos y volverá el país a ver cumplida la función gubernativa para su felicidad y su progreso.

Los propósitos levantados, las ideas benéficas, las empresas salvadoras, sin mezcla de egoísmo personal o partidista, allega siempre fuerzas poderosas que los apoyen y no sólo cuentan con los sostenedores que tienen en el campo, sino con una inagotable y abnegada reserva. Es la juventud que, sin más ley de servicio obligatorio que la escrita en su alma ansiosa del bien y amante de la patria, se alista bajo la bandera que representa una gran causa nacional.

Tengo fe en los destinos de mi país y confío en que las virtudes públicas que lo engrandecieron volverán a brillar con su antiguo esplendor.

Discurso sobre la crisis moral de la República, Santiago, 1900.


Bando Nº 5 de la Junta Militar de Gobierno, 11 de septiembre de 1973.

Teniendo presente:

1º Que el gobierno de Allende ha incurrido en grave ilegitimidad demostrada al quebrantar los derechos fundamentales de libertad de expresión, libertad de enseñanza, derecho de reunión, derecho de huelga, derecho de petición, derecho de propiedad y derecho en general, a una digna y segura subsistencia;

2º Que el mismo gobierno ha quebrantado la unidad nacional, fomentando artificialmente una lucha de clases estéril, y en muchos casos cruenta, perdiendo el valioso aporte que todo chileno podría hacer en búsqueda del bien de la Patria, y llevando a una lucha fratricida y ciega, tras ideas extrañas a nuestra idiosincrasia, falsas y probadamente fracasadas.

3º Que el mismo gobierno se ha mostrado incapaz de mantener la convivencia entre los chilenos al no acatar ni hacer cumplir el Derecho, gravemente dañado en reiteradas ocasiones;

4° Que, además, el gobierno se ha colocado al margen de la Constitución en múltiples oportunidades, usando arbitrios dudosos e interpretaciones torcidas e intencionadas, o en forma flagrante en otras, las que por distintos motivos han quedado sin sanción;

5° Que, asimismo, usando el subterfugio que ellos mismos han denominado “resquicios legales”, se han dejado leyes sin ejecución, se han atropellado otras y se han creado situaciones de hecho ilegitimas desde su origen;

6º Que, también, reiteradamente ha quebrado el mutuo respeto que se deben entre si los Poderes de Estado, dejando sin efecto las decisiones del Congreso Nacional, del Poder Judicial y de la Contraloría Ge­neral de la República, con excusas inadmisibles o sencillamente sin explicaciones;

7º Que el Poder Ejecutivo se ha extralimitado en sus atribuciones en forma ostensible y deliberada, procurando acumular en sus manos la mayor cantidad de poder político y económico, en desmedro de actividades nacionales vitales y poniendo en grave peligro todos los derechos y libertades de los habitantes del país;

8º Que el Presidente de la República ha mostrado a la faz del país que su autoridad personal esta condicionada a las decisiones de comités y directivas de partidos políticos y grupos que le acompañan, perdiendo la imagen de máxima autoridad que la Constitución le asigna, y. por tanto, el carácter presidencial del gobierno;

9º Que la economía agrícola, comercial e indus­trial del país se encuentra estancada o en retroceso y la inflación en acelerado aumento, sin que se vean indicios, siquiera, de preocupación por esos problemas, los que están entregados a su sola suerte por el gobierno, que aparece como un mero espectador de ellos;

10º Que existe en el país anarquía, asfixia de li­bertades, desquiciamiento moral y económico y, en el gobierno, una absoluta irresponsabilidad o incapacidad que han desmejorado la situación de Chile impidiendo impidiendo al puesto que por vocación le corresponde, dentro de las primeras naciones del continente;

11º Que todos los antecedentes consignados en los números anteriores son suficientes para concluir que están en peligro la seguridad interna y externa del país, que se arriesga la subsistencia de nuestro Estado independiente y que la mantención del gobierno es inconveniente para los altos intereses de la República y de su Pueblo Soberano;

12º Que estos mismos antecedentes son, a la luz de la doctrina clásica que caracteriza nuestro pensamiento histórico, suficientes para justificar nuestra intervención para deponer al gobierno ilegitimo, inmoral y no representativo del gran sentir nacional, evitando así los mayores males que el actual vacío del poder pueda producir, pues para lograr esto no hay otros medios razonablemente exitosos, siendo nuestro propósito restablecer la normalidad económica y social del país, la paz, tranquilidad y seguridad perdidas;

13º Por todas las razones someramente expuestas, las Fuerzas Armadas han asumido el deber moral que la Patria les impone de destituir al gobierno que, aunque inicialmente legitimo, ha caído en la ilegitimidad flagrante, asumiendo el Poder por el solo lapso en que las circunstancias lo exijan, apoyado en la evidencia del sentir de la gran mayoría nacional, lo cual de por si, ante Dios y ante la Historia, hace justo su actuar y, por ende, las resoluciones, normas e instrucciones que se dicten para la consecución de la tarea de bien común y de alto interés patriótico que se dispone cumplir, y

14º En consecuencia, de la legitimidad de estas normas se colige su obligatoriedad para la ciudadanía, las que deberán ser acatadas y cumplidas por todo el país y especialmente por las autoridades.

FIRMADO. JUNTA DE GOBIERNO DE LAS FUERZAS ARMADAS Y CARABINEROS DE CHILE.

 

 


Discurso de la Patria Joven. Eduardo Frei, 1964.

Pueblo de Chile: como en las antiguas gestas del descubrimiento de Chile, hemos tomado posesión de nuestra Patria, en este gran abrazo del Norte y del Sur.

Ustedes, jóvenes que han marchado, son mucho más que un Partido, son mucho más que un hecho electoral. Son verdaderamente la Patria Joven que se ha puesto en marcha.

En una hora en que muchos chilenos dudaban en el destino de su propia Patria, en una hora en que muchos creían que nuestra nación había perdido la vitalidad, y que no tenía mensaje que enseñar, en una hora en que muchos temblaban y comenzaban a preparar su fuga de Chile, en una hora en que parecía para muchos que este país se desintegraba y en el corazón de tantos y tantos pobres había como una especie de amargura y escepticismo sobre las instituciones, las leyes y los hombre que dirigían su Patria, Uds. han traído una respuesta, respuesta que es una afirmación de fe frente a la duda, que es una afirmación de valor frente a la cobardía.

Y esta respuesta no podía darla un hombre. La tenía que dar Chile. Y como todas las cosas grandes, que dejan una honda huella en la historia y que traducen realmente el alma de una Nación, comenzó esta marcha tan sencillamente. Me pregunto: ¿eran doce? ¿eran veinte los que partieron, cuando surgió esta idea, cuando Germán Becker la echó a andar? Eran tan pocos, que algunos pensaron que este sería un simple caminar de juventud; apenas tal vez un acto de propaganda, acaso un signo de entusiasmo juvenil. Pero bruscamente, como la luz que atraviesa las tinieblas, el pueblo se comenzó a encontrar en Uds. y empezaron a salir las gentes a los caminos, a las plazas y a las calles. ¡Allá vienen!, decían y salían con banderas, pero sobre todo, con el corazón, a recibirlos a Uds., muchachos de Chile, que en esta hora respondieron por Chile y transformaron a Chile. ¡Gracias! ¡Gracias! Uds. han hecho más, yo diría que han integrado a la Patria. Han integrado su geografía. Ustedes muchachos del Norte traen la lección del heroísmo. En sus pies hay sal de la pampa y polvo del desierto y en vuestra piel, impregnados, el cobre y el hierro, el salitre y la plata. Es el Norte que llega.

Ustedes muchachos del Sur, con sus canciones, han conmovido a las viejas araucarias y a los milenarios alerces, cuyos troncos calcinados parecen al viajero cementerios de héroes antiguos. Traen ustedes en su mirada los lagos, los ríos y los bosques, y en sus manos, los frutos de nuestra tierra.

Ustedes han venido flanqueados por dos compañeros: la cordillera y el mar, que nunca abandonan al chileno. Y ustedes nos traen una lección. La lección de esta tierra, de este territorio chileno que nos ama, que busca y espera nuestro amor como un gran amor, como un gran amigo.

¿Qué nos dice la tierra chilena? ¡Cuídenme, para que yo no me vaya hasta el mar y se queden ustedes sin territorio que cultivar! ¿Qué nos dicen los ríos? ¡Sujétenme, porque cada litro de mi agua es para fecundar su tierra! ¿Qué nos grita el árbol? ¡No me quemen! No me destrocen inútilmente, porque hay muchos anos en mi corazón para servirte, para traerte lluvia, para sujetar desiertos, para regular tus ríos.

Ustedes traen esta lección a Chile, que muchas veces empequeñecido no se da cuenta que tiene un territorio que amar, como un amigo querido. Ustedes nos traen un mensaje. Vamos a construir una nueva Patria. Ahí está la tierra y el artesano. Ahí está nuestro Chile, en una nueva expresión de solidaridad humana y de justicia social. Ese es el mensaje de ustedes, mensaje que no nace de ningún mandato de afuera, sino que resuena en los pasos de nuestros propios pies, sobre nuestro propio suelo chileno. Por eso ustedes están aquí y han traído no sólo el mensaje de la tierra, la montaña y el mar. Han traído también el clamor de la gente de Chile.

¿Por qué esta multitud nunca igualada en la historia de Chile? ¡Cuántos hay aquí? ¿trescientos, cuatrocientos, mil? ¿Quién puede contarlos? ¿Quién puede desafiar la realidad con la propaganda? ¿Por qué están? ¿Por qué ustedes son la respuesta, son el mensaje, son el clamor de Chile?

Este movimiento y este hombre que está aquí para hablarles, representa la realización de grandes tareas en el porvenir de la Patria. Tareas que significan una revolución en libertad.

Una transformación profunda de Chile. Respaldada por la presencia de ustedes nunca como ahora mi voz ha tenido tanta autoridad, porque es la voz del pueblo de Chile.

Con ustedes vamos a construir el desarrollo económico de Chile.

Vamos a levantar la condición de la agricultura chilena, para que la tierra alimente al pueblo de Chile. Esta será una tarea de la más alta prioridad en mi Gobierno.

Vamos a desarrollar la industria. Chile tiene un definido destine industrial por la calidad de sus trabajadores, sus materias primas y por su tradición de nación laboriosa. La Patria les debe dar a ustedes trabajo. A vosotros, miles de jóvenes; trabajo en nuevas industrias modernas, en ampliaciones de las que existen, en usinas que elaboren, transformen y exploten nuestra riqueza. Realizaremos este esfuerzo industrial para elaborar los productos alimenticios y darle valor al tra­bajo del campo.

Vamos a hacer una audaz política minera. Para que refinemos, fundamos, industrialicemos el cobre y el hierro chileno y para que el interés de Chile, representado por el Estado chi­leno, sea el que diga siempre la palabra directora respecto al comercio y al destino y a las condiciones en que se van a trabajar los productos chilenos en nuestro país.

Vamos a conquistar los mercados del mundo, para que no solo salga de nuestro país el fruto y la tierra bruta, sino que los productos elaborados por el trabajo chileno convertidos en algo noble y de valor. No nos vamos a encerrar. Vamos a salir a luchar con brazos chilenos, con productos chilenos, con imaginación a los mercados del mundo”

(…) Yo creo que para realizar esta tarea ustedes tienen que ser como los grandes guardianes. La juventud no sólo es entusiasmo. Para que la juventud pueda significar algo para el país, que poner el corazón limpio y puro. Una alta moral está pidiendo Chile. Está cansado de ver como algunos lucran y se aprovechan. La gente quiere honestidad en la dirección. Por eso mismo, ustedes, jóvenes, mantengan el corazón limpio. Así servirán a su partido. Así servirán a su patria Tengan ustedes no sólo gritos. Sean portadores de un mensaje. Tengan ideas en la cabeza y no sólo entusiasmo, porque así marcarán siempre el rumbo. Tengan alegría, porque ustedes tienen una gran Patria y van a vivir grandes días en los años que se avecinan; una juventud con la moral alta, con ideas claras aplastará al caudillo, al cacique, al aprovechador, al eterno barro humano que se quiere pegar al carro del triunfo. Vigilen ustedes para que este movimiento siempre quede limpio. Este país sobre todo necesita un mensaje moral. No quiere partidos que sean oficinas de empleos.

Ustedes ven que esta campaña responde a la marcha. Ustedes no traían un sólo slogan que contuviera un insulto. Traían cantos, alegrías, juventud. Yo he visto ahora marchar inmensas columnas, y no he visto un solo afiche contra nadie. Uste­des solo traían cantos de amistad, de patriotismo, de energía viril. Esa es la lección que le estamos dando a Chile.

Por eso, en esta hora en que nos atacan, en que a veces la piedra aleve o el insulto mentiroso o la calumnia infame pretende morderlos o morderme, ustedes han visto que ni siquiera me he agachado para recoger lo que lanzan. No podría hacerlo, porque sería como contaminar esta inmensa marcha del pueblo de Chile. ¡Para que detenerse! Ustedes comprenderán. ¿Por qué nos atacan? ¿Será porque vamos a perder? Nos atacan porque nos temen, porque saben que vamos a ganar, y porque somos fuertes, podemos permitirnos el supremo lujo de los fuertes: permanecer serenos frente al ataque vil.

Yo quiero expresar hoy lo que ayer ya sabía, pero que ahora se convierte en certeza: estamos haciendo una campaña sin causar heridas, porque mañana seré Presidente de todos los chilenos, de los que me apoyan y también de los que me atacan.

Y vamos hacer un Gobierno que no sólo va a garantizar el progreso económico, la justicia y la incorporación del pueblo en forma responsable a la tarea y al beneficio, sino que vamos a hacer esta tarea en libertad y en respeto a los derechos de la persona humana. En libertad religiosa, sindical, política y de expresión. Porque nosotros, durante toda nuestra vida, hemos sido garantía de respeto al derecho y a la libertad. Nadie tiene que temer de nosotros, si quiere incorporarse a esta tarea de libertad y de justicia.

En esta hora en que tantos me apoyan por distintos motivos, hay una sola razón común para apoyarme: realizar la Democracia, de veras y no formal; realizar la justicia de veras y no en palabras; realizar el desarrollo económico de veras y no en las estadísticas. Para eso estoy llamando a todos los chilenos, y la respuesta desde la Izquierda y la Derecha es generosa, porque es sin condiciones a un programa de Gobierno del cual sólo es dueño el pueblo de Chile.

Amigos del Norte y del Sur, ¿cómo pudiera decirles mi emoción? La emoción de los hombres junto a los cuales yo comencé mi vida y que están aquí en esta tribuna y que ustedes ven cómo decirles lo que ustedes son para mi! Yo me figuraba anoche o creí oírlo, ¡cómo podría saberlo! Yo veía que un niño venía corriendo y le decía a su padre: -¡Ahí vienen! ¡Ahí vienen! ¡Vienen desde Arica! ¡Cruzan Tarapacá! ¡Van por Concón, por Placilla! ¡Miren como montan sobre la Cuesta de Chacabuco! ¡Miren los otros, como pasan por Cancha Rayada, por Rancagua y llegan a Maipú! Padre, ¿quiénes son? ¿Son los democratacristianos?

-No, son más que eso…

-¿Son los freístas?

-No, hijo, mucho más que eso…

-¿Qué son, padre?

-Hijo, ¿No ves las banderas? Son los mismos, los del año 1810, los de 1879, los de 1891. ¡Son la Patria!

Si, amigos míos, ustedes son eso. Son la Patria. ¡Son la Patria, gracias a Dios!

Discurso de La Patria Joven, en el Parque Cousiño, el 21 de junio de 1964. (Texto parcial).

Obras escogidas (Período-1931-1982)

Eduardo Frei Montalva (1911-1982)

Ediciones del Centro de Estudios Políticos Latinoamericanos Simón Bolívar

Fundación Eduardo Frei Montalva.


Balance Patriótico (por Vicente Huidobro).

Un país que apenas a los cien años de vida está viejo y carcomido, lleno de tumores y de supuraciones de cáncer como un pueblo que hubiera vivido dos mil años y se hubiera desangrado en heroísmos y conquistas.

Todos los inconvenientes de un pasado glorioso pero sin la gloria. No hay derecho para llegar a la decadencia sin haber tenido apogeo.

Un país que se muere de senectud y todavía en pañales es algo absurdo, es un contrasentido, algo así como un niño atacado de arteriosclerosis a los once años.

El sesenta por ciento de la raza, sifilítica. El noventa por ciento, heredo-alcohólicos (son datos estadísticos precisos); el resto insulsos y miserables a fuerza de vivir entre la estupidez y las miserias. Sin entusiasmo, sin fe, sin esperanzas. Un pueblo de envidiosos, sordos y pálidos calumniadores, un pueblo que resume todo su anhelo de superación en cortar las alas a los que quieren elevarse y pasar una plancha de lavandera sobre el espíritu de todo aquel que desnivela el medio estrecho y embrutecido.

En Chile cuando un hombre carga algo en los sesos y quiere salvarse de la muerte, tiene que huir a países más propicios llevando su obra en los brazos como la Virgen llevaba a Jesús huyendo hacia Egipto. El odio a la superioridad se ha sublimado aquí hasta el paroxismo. Cada ciudadano es un Herodes que quisiera matar en ciernes la luz que se levante. Frente a tres o cuatro hombres de talento que posee la República, hay tres millones setecientos mil Herodes.

Y luego la desconfianza, esa desconfianza del idiota y del ignorante que no sabe distinguir si le hablan en serio o si le toman el pelo. La desconfianza que es una defensa orgánica, la defensa inconsciente del cretino que no quiere pasar por tal cree que sonriendo podrá enmascarar su cretinismo, como si la mirada del hombre sagaz no atravesara su sonrisa mejor que un reflector.

El huaso macuco disfrazado de médico que al descubrirse teoría microbiana exclama: a mí no me meten el dedo en la boca; el huaso macuco disfrazado de filósofo que al oír los problemas del transformismo dice: a otro perro con ese hueso; el pobre huaso macuco disfrazado de artista o de político que cree que diciendo: no comprendo, mata a alguien en vez de hacer el mayor elogio.

Por eso Chile no ha tenido grandes hombres, ni podrá tenerlos en muchos siglos. ¿Qué sabios ha tenido Chile? ¿Que teoría científica se debe a un chileno? ¿Qué teoría filosófica ha nacido en Chile? ¿Qué principio químico ha sido descubierto en Chile? ¿Qué político chileno ha tenido trascendencia universal? ¿Qué producto de fabricación chilena o qué producto del alma chileno se ha impuesto en el mundo?

No recuerdo nunca en una universidad de Europa, ni en Francia, ni Alemania, ni en ningún otro país haber oído el nombre de un chileno, ni haberlo leído en ningún texto.

Esto somos y no otra cosa. Es preciso que se diga de una vez por todas la verdad, es preciso que ni vivamos sobre mentiras, ni falsas ilusiones. Es un deber, porque sólo sintiendo palpitar la herida podremos corregimos y salvarnos aún a tiempo y mañana podremos tener hombres y no hombrinos.

Decir la verdad significa amar a su pueblo y creer que aún puede levantársele y yo adoro a Chile, amo a mi patria desesperadamente, como se ama a una madre que agoniza.

Recorred nuestros paseos, mirad las estatuas de nuestros hombres de pensamiento: ¡qué cisos de valores efectivos! A la excepción de 4 ó 5, ninguno de ellos habría sabido responder en un examen universitario de hombres serios ¡qué sabios de aldea, qué cerebros más primarios! ¿En dónde fuera de aquí iban a tener estatuas esos pobrecitos?

Es necesario levantar estatuas en los paseos y como no hay a quién elevárselas, el pueblo busca el primero que pilla, y cuando es el pueblo el que levanta monumentos, ellos surgen debidos a las influencias de familias, son los hijos que levantan monumento al papá en agradecimiento por haberlos echado al mundo. ¡Es conmovedor!

¿Y el mérito, en dónde está el mérito? El pueblo pasa soñoliento y lánguido, arrastrando su cuerpo como un saco de pestes, su cuerpo gastado por la mala alimentación y carcomido de miserias y entre tanto la sombra de Francisco Bilbao llora de vergüenza en un rincón. ¿Qué hombre ha sabido sintetizar el alma nacional?

¡Pobre país; hermosa rapiña para los fuertes!

Y así vienen, así se dejan caer sobre nosotros; las inmensas riquezas de nuestro suelo son disputadas a pedazos por las casas extranjeras y ellos viendo la indolencia y la imbecilidad troglodita de los pobladores del país, se sienten amos y les tratan como a lacayos, cuando no como a bestias. Ellos fijan los precios de nuestros productos, ellos fijan los precios de nuestra materia prima al salir del país y luego nos fijan otra vez los precios de esa misma materia prima al volver al país elaborada. Y como si esto fuera poco, ellos fijan el valor cotidiano de nuestra moneda.

Vengan los cuervos. Chile es un gran panizo. A la chuña, señores, corred todos, que todavía quedan migajas sobre la mesa.

¡Es algo que da náuseas!

Chile aparece como un inmenso caballo muerto, tendido en las laderas de los Andes bajo un gran revuelo de cuervos.

El poeta inglés pudo decir: “Algo huele a podrido en Dinamarca”, pero nosotros, más desgraciados que él, nos veremos obligados a decir: “Todo huele a podrido en Chile”.

Un gran banquero alemán decía en una ocasión a un ex Encargado de Negocios de Chile en Austria: “Los políticos chilenos se cotizan como las papas”, y un magnate de las finanzas francesas decía otra vez, y esto lo oí yo: “Desde que a los políticos argentinos les dio por ponerse honrados, el gran panizo para los negocios es Chile”.

Y esos prohombres de la política chilena, esos señores que entregarían el país maniatado por una sonrisa de Lord Curzon y unos billetes de Guggenheim, no se dan cuenta que cada vez que esos hombres les dan la mano, les escupen el rostro.

¡Qué desprecio deben sentir los señores del cobre por sus abogados!

¡Qué asco debe sentir en el fondo de su alma en el amo de nuestras fuerzas eléctricas por los patrióticos tinterillos que defienden sus intereses en desmedro de los intereses del país!

Y no es culpa del extranjero que viene a negocios en nuestra tierra. Se compra lo que se vende; en un país en donde se vende conciencias, se compra conciencias. La vergüenza es para el país. El oprobio es para el vendido, no para el comprador.

Frente a la antigua oligarquía chilena, que cometió muchos errores, pero que no se vendía, se levanta hoy una nueva aristocracia de la banca, sin patriotismo, que todo lo cotiza en pesos y para la cual la política vale tanto cuanto sonante pueda sacarse de ella. Ni la una ni la otra de estas dos aristocracias ha producido grandes hombres, pero la primera, la de los apellidos vinosos, no llegó nunca a la impudicia de esta obra de los apellidos bancosos.

La historia financiera de Chile se resume en la biografía de unos cuantos señores que asaltaban el erario nacional, como Pancho Falcato asaltaba las casas de una hacienda. Pero aquéllos más cobardes que éste, porque el célebre bandido por los menos exponía su pellejo.

¡Pobre Chile! Un país que ha tenido por toda industria el aceite de Santa Filomena y los dulces de la Antonia Tapia.

(Chile tiene hierro, Chile entero es un gran bloque de hierro y no posee altos hornos. La Argentina no tiene hierro y tiene altos hornos).

¿Y la justicia?

La justicia de Chile haría reír, si no hiciera llorar. Una justicia que lleva en un platillo de la balanza la verdad y en el otro platillo, un queso. La balanza inclinada del lado del queso.

Nuestra justicia es un absceso putrefacto que empesta el aire y hace la atmósfera irrespirable. Dura o inflexible para los de abajo, blanda y sonriente con los de arriba. Nuestra justicia está podrida y hay que barrerla en masa. Judas sentado en el tribunal después de la crucificación, acariciando en su bolsillo las treinta monedas de su infamia, mientras interroga a un ladrón de gallinas.

Una justicia tuerta. El ojo que mira a los grandes de la tierra, sellado, lacrado por un peso fuerte y sólo abierto el otro, el que se dirige a los pequeños, a los débiles.

Buscáis a los agitadores en el pueblo. No, mil veces no; el más grande agitador del pueblo es la injusticia, eres tú mismo que andas buscando a los agitadores de abajo y olvidas a los de arriba.

Las instituciones, las leyes, acaso no sean malas, pero nunca hemos tenido hombres, nunca hemos tenido un alma, nos ha faltado el Hombre.

El pueblo lo siente, lo presiente y se descorazona, se desalienta, ya no tiene energías ni para irritarse, se muere automáticamente como un carro cargado de muertos que sigue rodando por el impulso adquirido.

Hace días he visto al pueblo agrupado en torno a la estatua de O’Higgins. ¿Qué hacían esos hombres al pie del monumento? ¿Qué esperaban? ¿Buscaban acaso protección a la sombra del gran patriota?

Tal vez creían ellos que el alma del Libertador flotaba en el aire y que de repente iba a reencarnarse en el bronce de su estatua y saltando desde lo alto del pedestal se lanzaría al galope por las calles y avenidas, dando golpes de mandoble hasta romper su espada de tanto cortar cabezas de sinvergüenzas y miserables.

No valía la pena haberos libertado para que arrastrarais de este modo mi vieja patria, gritaría el Libertador.

Y luego, como una trompeta, exclamara a los cuatro vientos: despiértate, raza podrida, pueblo satisfecho en tu insignificancia, contento acaso de ser un mendigo harapiento del sol, resignado como un Job que lame su lepra en un establo.

Los países vecinos pasan en el tren del progreso hacia días de apogeo y de gloria. El Brasil, la Argentina, el Uruguay ya se nos pierden de vista y nosotros nos quedamos parados en la estación mirando avergonzados el convoy que se aleja. Hasta el Perú hoy es ya igual a nosotros y en cinco años más, en manos del dictador Leguía, nos dejará también atrás, como nos dejará Colombia, que se está llenando de inmigrantes europeos.

¿Y esto debido a qué? Debido a la inercia, a la poltronería, a la mediocridad de nuestros políticos, al desorden de nuestra administración, a la chuña de migajas y, sobre todo, a la falta de un alma que oriente y que dirija.

Un Congreso que era la feria sin pudicia de la imbecilidad. Un Congreso para hacer onces buenas y discursos malos.

Un municipio del cual sólo podemos decir que a veces poco ha faltado para que un municipal se llevara en la noche la puerta de la Municipalidad y la cambiase por la puerta de su casa. Si no empeñaron el reloj de la Intendencia y la estatua de San Martín, es porque en las agencias pasan poco por artefactos desmesurados.

¿Hasta cuándo, señores? ¿Hasta cuándo?

Es inútil hablar, es inútil creer que podemos hacer algo grande mientras no se sacuda todo el peso muerto de esos viejos políticos embarazados de palabras ñoñas y de frases hechas.

Al día siguiente del 23 de enero, cuando el país estaba sobre un volcán, ¿saben ustedes en qué se entretenía una de las lumbreras de nuestra vieja politiquería, a quienes preguntaban militares qué opinaban sobre la designación de don Emilio Bello para ponerle al frente del Gobierno? En dar una conferencia de dos horas para probar que el nombramiento de don Emilio Bello era razonable, pues este caballero había sido Ministro de Relaciones cuando el General Altamirano era Ministro del Interior; por lo tanto, pasando el Ministro del Interior a la Jefatura del país, al Ministro de Relaciones le tocaba pasar al Interior, automáticamente, según las leyes, a la Vicepresidencia de la República, en caso de quedar vacante la Presidencia, y por lo tanto…, etc.

No se le ocurrió por un momento hablar de la competencia ni de la energía, ni de los méritos o defectos del señor Bello. El pobre estaba buscando argucias justificativas cuando se trataba de obrar rápidamente, hipnotizado por las palabras cuando había que saltar por encima de todo. Pobre atleta enredado en la madeja de lanas de una abuela cegatona, en los momentos en que la casa esta ardiendo.

He ahí el símbolo de nuestros políticos. Siempre dando golpes a los lados, jamás apuntando el martillazo en medio del clavo.

Cuando se necesita una política realista y de acción, esos señores siguen nadando sobre las olas de sus verbosidades.

Por eso es que toda nuestra insignificancia se resuelve en una sola palabra: Falta de alma.

¡Crisis de hombres! ¡Crisis de hombres! ¡Crisis de Hombre!

Porque, como dice Guerra Junqueiro, una nación no es una tienda, ni un presupuesto una Biblia. De la mera comunión de vientres no resulta una patria, resulta una piara. Socios no es lo mismo que ciudadanos. Al hablar de Italia decimos: la Italia del Dante, la Italia de Garibaldi, no la Italia de Castagneto, y es que el espirito cuenta y cuenta por sobre todas las cosas, pues sólo el espíritu eleva el nivel de una nación y de sus compatriotas.

Se dice la Francia de Voltaire, de Luis XIV, de Víctor Hugo, la Francia de Pasteur: nadie dice la Francia de Citroën, ni de monsieur Cheron. Nadie dice la España de Pinillos, sino la España de Cervantes. Y Napoleón solo vale más que toda la historia de la Córcega; como Cristóbal Colón vale más que toda la historia de Génova.

El mundo ignorará siempre el nombre de los pequeños politiquillos y comerciantes que vivieron en la época de los grandes hombres. Sólo aquellos que lograron representar el alma nacional llegaron hasta nosotros; de Grecia guardamos en nuestro corazón el nombre de Platón y de Pericles, pero no sabemos quiénes eran sus proveedores de ropa y alimentos.

En Chile necesitamos un alma, necesitamos un hombre en cuya garganta vengan a condensarse los clamores de tres millones y medio de hombres, en cuyo brazo vengan a condensarse las energías de todo un pueblo y cuyo corazón tome desde Tacna hasta el Cabo de Hornos el ritmo de todos los corazones del país.

Y que este hombre sepa defendernos del extranjero y de nosotros mismos.

Tenemos fama de imperialistas y todo el mundo nos mete el dedo en la boca hasta la campanilla. Nos quitan la Patagonia, la Puna de Atacama, firmamos el Tratado de Ancón, el más idiota de los tratados, y nos llaman imperialistas.

Advirtiendo de pasada que hubo un ministro de Chile en Argentina, el ministro Lastarria, que tuvo arreglado el asunto de la Patagonia, dejando a la Argentina como límite sur el río Negro, y este ministro fue retirado de su puesto por antipatriota. Tal ha sido siempre la visión de nuestros gobernantes. Los macucos tan maliciosos y tan diablos y sobre todo tan boquiabiertos.

Necesitamos lo que nunca hemos tenido, un alma. Basta repasar nuestra historia. Necesitamos un alma y un ariete, diré, parafraseando al poeta ibero.

Un ariete para destruir y un alma para construir.

El descontento era tan grande, la corrupción tan general, que dos revoluciones militares estallaron al fin: la del 5 de septiembre de 1924 y la del 23 de enero de 1925.

La primera giraba a todos los vientos como veleta loca, para caer luego en el mismo desorden y en la misma corrupción que atacara en el gobierno derrocado, echando sobre las espaldas de un solo hombre culpas que eran de todos; pero más que de nadie, de aquellos que, en vez de ayudarle, amontonaban los obstáculos en su camino.

La segunda, hecha por un grupo de verdaderos idealistas, se diría que principia a desflecarse y a perder sus rumbos iniciales al solo contacto de la eterna lepra del país, los políticos viejos.

¿Hasta cuándo tendrán la ingenuidad de creer que esa gente va a enmendarse y cambiar de un solo golpe sus manías del pasado, arraigadas hasta el fondo de las entrañas, como quien se cambia un paletó?

Dos revoluciones llenas de buenos propósitos, pero escamoteadas por los prestidigitadores de la vieja politiquería, de esa vieja politiquería incorregible y con la cual no hay que contar sino para barrerla.

El país no tiene más confianza en los viejos, no queremos nada con ellos. Entre ellos, el que no se ha vendido, está esperando que lo compren.

Y no contentos con tener la mano en el bolsillo de la Nación, no han faltado gobernantes que emplearan a costillas del Fisco a más de alguna de sus conquistas amorosas, pagando con dineros del país sus ratos de placer. ¿Y éstos son los que se atreven hablar de patriotismo? Roban, corrompen las administraciones y, como si esto fuera poco, convierten al Estado en un cabrón de casa pública.

¿Qué se puede esperar de un país en el cual al más grande de los ladrones, al que comete la más gorda de las estafas, se llama admirativamente: ¡Gallo padre!? Este es un peine, dicen, y lo dejan pasar sin escupirle el rostro.

Se dice que el robo lo tenemos en la sangre, que es herencia araucana. Bonita disculpa de francachela. Pues bien, si lo tenemos en la sangre, quiere decir que hay que extirparlo cortando cabezas. Por ahí sale la sangre. Si no hay más remedio, que salga como un río.

¡Que mueran ellos, pero que no muera el país!

Que suban al arca unos cuantos Noé y los demás perezcan en el diluvio de la sangre pútrida.

Como la suma de latrocinios de los viejos políticos es ya inconmensurable, que se vayan, que se retiren. Nadie quiere saber más de ellos. Es lo menos que se les puede pedir.

Entre la vieja y la nueva generación, la lucha va a empeñarse sin cuartel. Entre los hombres de ayer sin más ideales que el vientre y el bolsillo, y la juventud que se levanta pidiendo a gritos un Chile nuevo y grande, no hay tregua posible.

Que los viejos se vayan a sus casas, no quieran que un día los jóvenes los echen al cementerio.

Todo lo grande que se ha hecho en América y sobre todo en Chile, lo han hecho los jóvenes. Así es que pueden reírse de la juventud. Bolívar actuó a los 29 años. Carrera, a los 22; O’Higgins, a los 34, y Portales, a los 36.

Que se vayan los viejos y que venga juventud limpia y fuerte, con los ojos iluminados de entusiasmo y de esperanza.


La República Socialista de 1932.

A las afueras de La Moneda el 12 de Junio de 1932.

Mujeres preparando ollas comunes, 1932.

Marmaduke Grove, líder de la República Socialista de Chile de Junio de 1932.

El siguiente texto fue escrito por el historiador Patricio Mason (Master en Historia de la Universidad de Toronto). Fue publicado por el periódico El Popular en Junio de 1991 (p. 5). Fue titulado: A 59 Años de la República Socialista de 1932.

Uno de los hechos más ignorados de la historia política de nuestro país es que entre el 4 y 16 de junio de 1932 existió en Chile –al menos en la intención de sus gobernantes- una república socialista. Casi 60 años después, este capítulo de la historia chilena no se enseña en ninguna escuela ni está en ningún libro de texto, ni siquiera como un simple hecho histórico. Son pocos los que lo conocen y menos aún los que podrían definir en qué consistió. Sin embargo, basta conocer una sola de sus consecuencias, la fundación del Partido Socialista de Chile menos de un año después para darse cuenta de que este hecho oscuro e ignorado merece ser más conocido, especialmente por la izquierda socialista que se identifica con el legado político que dejó tras de sí. La Proclamación de la República Socialista en la mañana del 4 de Junio de 1932 no es una anécdota ni uno entre varios golpes de Estado, como la han caracterizado algunos historiadores.

Los seis grupos de pensamiento socialista que tomaron el poder ese día estaban motivados por el legítimo propósito de introducir cambios fundamentales en un sistema semicapitalista con una gran carga de feudalismo que, a su juicio, había demostrado su fracaso y entrado en la mayor crisis de su historia. A grandes rasgos, el marco que explica 1932 es la aparición y posterior caída de la industria del salitre en el Norte Grande, donde por primera vez se organiza una clase obrera como tal; es la Primera Guerra Mundial, de la cual emergió la Unión Soviética como primer Estado de trabajadores al tiempo que los imperios alemán, inglés, francés y ruso se derrumbaban y el capitalismo parecía agotado; es la gran depresión económica de 1929, donde la caída del mercado de valores en Nueva York causó el descalabro de la economía de muchos países dependientes, incluyendo a Chile, donde la crisis económica se convirtió rápidamente en una crisis política generalizada que la clase dominante no pudo controlar.

La proclamación de la República Socialista fue, en rigor, el resultado de una acción de tipo conspirativo encabezada por personas que, representando el pensamiento más avanzado y progresista de la época, no tenían suficientes lazos con el movimiento popular ni contaron con el respaldo de los entonces diminutos sectores de la clase obrera organizada. Su programa de gobierno, sin embargo, y las pocas medidas que alcanzaron a implementar en 12 días, constituyeron la primera vez que un grupo político daba respuestas coherentes y globales a los graves problemas de la sociedad chilena. Entre los anteriores estaba la nacionalización de los recursos básicos, la igualdad de la mujer, el voto de los analfabetos, la expropiación de las empresas improductivas, el impulso a la educación y la cultura, la apertura de relaciones con todos los países, el derecho a la sindicalización y muchas otras de similar alcance y magnitud. Los decretos leyes que promulgó la República Socialista, no sólo tuvieron efecto inmediato y beneficiaron a muchos, especialmente los más desposeídos, sino que permanecieron vigentes en la legislación chilena y sirvieron de base jurídica para muchas de las medidas que implementó el gobierno de Salvador Allende. Han transcurrido 59 años de la República Socialista, y sus postulados siguen siendo tan validos como entonces. Mientras no se resuelvan definitivamente los problemas de las grandes mayorías y siga sin respuesta el hambre de justicia social, seguirán estando vigentes las ideas que plantean que la riqueza de un país no puede ser monopolio de unos pocos privilegiados.


Pasado-Presente en Rojinegro. El MIR y la Historia.

Esta ponencia fue presentada el miércoles 20 de octubre de 2010, en la IV Jornadas de Historia Política: Vitalizando la Historia Política: Utilidades Teóricas y Prácticas, Estudios sobre Chile 1970-2010, en la Universidad de Valparaíso.


Yo acuso (Discurso del Senador Pablo Neruda).

 

Sesión del martes 6 de enero de 1948.

El Presidente consulta a la sala si se acepta o no que se celebre esta sesión especial destinada a oír a Neruda.

El señor Secretario: Resultado de la votación: 9 votos por la afirmativa, 9 por la negativa, 1 abstención y 2 pareos.

El señor Alessandri Palma (Presidente): Se va a repetir la votación, pero antes quiero retirarme de la Sala. Considero que esta votación importa una censura a la Mesa y dejo presentada la renuncia al cargo de Presidente del Senado.

El señor Rodríguez de la Sotta: No ha sido mi ánimo censurar a su Señoría los hechos son hechos y dejo presentada mi renuncia al Senado.

El señor Neruda: ¡Esto es lo que deseaban provocar! ¡Totalitarismo! ¡Las órdenes del Gobierno!

El señor Martínez Montt (Presidente): Se va a repetir la votación.

El señor Neruda: Señor Presidente, como consta al Senado, por meses he estado guardando rigurosamente un pareo con el Senador señor Maza, quien viaja por diversos países. Los Senadores liberales en este momento no han guardado ninguna consideración para dejarme siquiera defender, como corresponde a un colega. En este caso, autorizado por mi partido, rompo definitivamente el pareo.

El señor Videla: ¡Falta a un compromiso de honor Su Señoría, votando por su conveniencia!

El señor Contreras Labarca: ¡No falta a ningún compromiso el señor Neruda! ¡Ustedes quieren acallar la voz de Neruda!

El señor Rodríguez de la Sotta: Las palabras del señor Senador Neruda, que dan a impedir, me obligan a decir dos breves palabras más. Yo respeto, como el que más, el sagrado derecho de defensa de cualquier ciudadano, con mucha mayor razón el de un Senador ante sus jueces, que no somos nosotros. Los jueces del Honorable señor Neruda, en este caso, no están en esta sala; están en el edificio de enfrente, en los Tribunales de Justicia. Allí es donde Su Señoría tiene que hacer su defensa.

El señor Lafertte: Allá y aquí también, señor Senador.

El señor Guevara: Y también se defenderá en las calles

El señor Secretario: Resultado de la votación: 10 votos por la negativa, 9 por la afirmativa, 1 abstención y 1 pareo.

El señor Martínez Montt (Presidente): Aprobada la cuestión previa planteada por el Honorable señor Rodríguez de la Sotta.

El señor Neruda: Entonces, hablaré en la sesión de esta tarde.

El señor Martínez Montt (Presidente): Se levanta la sesión.

El señor Neruda: Pido la palabra, señor Presidente.

El señor Videla (Presidente): Tiene la palabra Su Señoría.

El señor Neruda: Vuelvo a ocupar la atención del Senado, en los dramáticos momentos que vive nuestro país, para ocuparme del documento enviado por mí a diversas personalidades americanas en defensa del prestigio de Chile y que hace una rápida historia de nuestro sombrío panorama político.

El Presidente de la República ha dado un paso más en la desenfrenada persecución política que lo hará notable en la triste historia de este tiempo, iniciando una acción ante los Tribunales de Justicia, pidiendo mi desafuero para que, desde este recinto, se deje de escuchar mi crítica a las medidas de represión que formarán el único recuerdo de su paso por la historia de Chile. Al hablar ante el Honorable Senado en este día, me siento acompañado por un recuerdo de magnitud extraordinaria.

En efecto, en un 6 de enero como éste, el 6 de enero de 1941, un titán de las luchas de la libertad, un Presidente gigantesco, Franklin Delano Roosevelt, dio al mundo el mensaje en que estableció las cuatro libertades, fundamentos del futuro por el cual se luchaba y se desangraba el mundo.

Estas fueron:

1.- Derecho a la libertad de palabra;

2.- Derecho a la libertad de cultos;

3.- Derecho a vivir libres de miseria;

4.- Derecho a vivir libres de temor;

Este fue el mundo prometido por Roosevelt. Es otro el mundo que desean el Presidente Truman y los también Presidentes Trujillo, Moriñigo, González Videla.

En Chile no hay libertad de palabra, no se vive libre de temor. Centenares de hombres que luchan por que nuestra patria viva libre de miseria son perseguidos, maltratados, ofendidos y condenados. En este 6 de enero de 1948, siete años justos después de aquella declaración rooseveltiana, soy perseguido por continuar fiel a las altas aspiraciones humanas y he debido sentarme por primera vez ante un tribunal por haber denunciado a la América la violación indigna de esas libertades en el último sitio del mundo en que yo hubiera deseado ocurriera: CHILE.

Esta acusación de que se me hace objeto es historia antigua. No hay país, no hay época en que mi caso no tenga ilustres y conocidos antecedentes. ¿Se deberá ello a que en los países se repiten periódicamente los fenómenos de traición y antipatriotismo? No lo creo. Los nombres de los que fueron acusados livianamente son nombres que hoy día todo el mundo respeta; fueron, una vez pasadas la persecución y la perfidia, incluso dirigentes máximos de sus países y sus compatriotas confiaron en su honradez y en su inteligencia para dirigir el destino de sus patrias y ellos llevaron siempre como un timbre de honor, el máximo timbre de honor, la persecución que fueron objeto.
No, la causa debe ser otra. Ella fue estudiada y expuesta en forma lúcida por Guizor, historiador francés monarquista, Ministro de Luis Felipe de Orléans. He aquí lo que dice en su obra De las conspiraciones y la justicia política, página 166:

“¿Qué hará el Gobierno que ve agitarse bajo su mano la sociedad mal administrada? Inhábil para gobernarla, intentará castigarla. El Gobierno no ha sabido realizar sus funciones, emplear sus fuerzas. Entonces, pedirá que otros poderes cumplan una tarea que no es suya, le presten su fuerza para un uso al cual no está destinada. Y como el poder judicial se halla vinculado a la sociedad mucho más íntimamente que cualquier otro, como todo desemboca o puede desembocar en juicios, tal poder tendrá que salir de su esfera legítima para ejercerse en aquélla en que el Gobierno no ha podido bastarse a sí mismo.

En todos aquellos lugares en que la política ha sido falsa, incapaz y mala, se ha requerido a la justicia para que actuara en su lugar, para que se comportara, según motivos procedentes de la esfera del Gobierno y no de las leyes, para que abandonara finalmente su sublime sede y descendiera hasta la palestra de los partidos. ¿En qué se convertiría el despotismo si no gobernara absolutamente a la sociedad, si sólo tolerara alguna resistencia? ¿Adónde iría a parar si no hiciera tolerar su política a los tribunales y nos los tomara como instrumentos? Si no reina en todas partes, no estará seguro en parte alguna. Es por naturaleza tan débil que el menor ataque lo hace peligrar. La presencia del más pequeño derecho lo perturba y amenaza”. He aquí expuesta por un francés de la primera mitad del siglo pasado la exacta situación del gobierno chileno en el año 1948. He aquí explicado por qué se ha pedido mi desafuero y se me injuria, aprovechando la censura de sur a norte del país por periodistas bien o mal pagados.

Al acusarme de haber herido el prestigio de mi patria por haber publicado en el extranjero la verdad que en mi patria un régimen de facultades extraordinarias y de censura no me permite hacer saber, no se infiere una injuria a mí sino a los más grandes hombres de la humanidad y a los Padres de la Patria. Es curioso verse motejado de antipatriótico por haber hecho lo mismo que hicieron en el extranjero los que nos dieron independencia y echaron las bases de lo que debiera haber sido siempre una nación libre y democrática. Al tachárseme de traidor y antipatriota, ¿no se me dirige acaso la misma acusación que los Osorio, los San Bruno, los Marcó del Pont dirigían contra O’Higgins, contra los Carrera, contra todos los chilenos expatriados en Mendoza o en Buenos Aires, que, después de haber luchado en Rancagua, combatían con la pluma a los invasores que más tarde iban a vencer con espada?

La misma acusación que en mi contra se mueve fue hecha por el Gobierno tiránico de Juan Manuel de Rosas, que se llamaba a sí mismo Ilustre Restaurador de las Leyes. También el tirano pidió al Gobierno de Chile la extradición de Sarmiento para ser juzgado por traición y falta de patriotismo. Tengo a mano un párrafo de la altiva carta que Sarmiento dirigió en esa ocasión al Presidente de Chile. Dice así:

“La conspiración por la palabra, por la prensa, por estudio de las necesidades de nuestro pueblo; la conspiración por el ejemplo y persuasión; la conspiración por los principios y las ideas difundido por la prensa y la enseñanza; esta nueva conspiración será. Excelentísimo Señor, de mi parte, eterna constante, infatigable, de todos los instantes, mientras una gota de sangre bulla en mis venas, mientras un sentimiento moral viva en mi conciencia, mientras la libertad de pensar y de emitir el pensamiento exista en algún ángulo de la tierra”.

Por su parte Juan Bautista Alberdi, también exiliado en nuestra patria, escribía: “No más tiranos ni tiranías, argentina o extranjera, toda tiranía es infernal y sacrílega. Si el argentino es tirano y tiene ideas retardatarias, muera el argentino. Si el extranjero es liberal y tiene ideas progresistas, viva el extranjero”. Rosas no logró tener en sus manos a Sarmiento ni a Alberdi y, una vez caído el tirano, Sarmiento fue Presidente de su patria.

Podría ser cuento de nunca acabar el citar todos los hombres libres que se vieron obligados a enjuiciar los regímenes tiránicos que sojuzgaban su patria y contra quienes se movió la acusación de traición y antipatriotismo. Víctor Hugo, implacable fustigador de Napoleón III desde su destierro de Guernesey; Víctor Hugo, el poeta inmenso y el patriota abnegado, fue también acusado de traición por parte de Napoleón, el Pequeño, y sus secuaces, que preparaban para Francia la humillación y la derrota de Sedan.

En Chile, 1868, la propia Corte Suprema y su Presidente, don Manuel Montt, fueron causados, por razones políticas, ante el Parlamento. La acusación, acepta por la Cámara de Diputados, no prosperó en el Senado. De esa acusación el jurista señor Larraín Zañartu dice lo siguiente:

“Se trata de procesar a un hombre para conseguir la ruina de su partido, de socavar un sólido edificio para aprovechar sus cimientos, de destruir la Constitución para ejercitar una estéril venganza personal”. Las últimas palabras del señor Larraín Zañartu parece que hubieran sido escritas en previsión de lo que ahora sucede.

¿Cómo deberían calificar los que a mí me injurian y procesan a los apristas peruanos que desde Argentina, Chile y todo el continente revelaron los crímenes de los gobiernos de los señores Leguía, Sánchez Cerro y Benavides? Si fueran lógicos, deberían tratarlos como a mí de traidores, pero en su país no piensan lo mismo y a uno de ellos lo han designado Vicepresidente del Senado. En cambio, sí que pensaron lo mismo los dictadores atacados.

Y ¿qué decir de Venezuela? El dicterio de traidor que se me aplica fue aplicado con igual razón por Juan Vicente Gómez, Juan Bisonte, contra aquellos que lo combatieron. Y nuevamente nos encontramos con que el pueblo de allá acaba de ungir Presidente electo a uno de ellos, Rómulo Gallegos, amigo mío personal y que sufrió en su tiempo la persecución que ahora sufro.

De estos hechos se desprende una lección: los ejemplos de Argentina, de Perú, de Venezuela, de Chile mismo indican que, tarde o temprano, la justicia se abre paso y la justicia impera. Los hombres que fueron expatriados en tiempos del Gobierno del General Ibañez y desde el extranjero lo combatieron con la palabra y la acción y que fueron denigrados como traidores, fueron después dirigentes estimados en su tierra. Uno de ellos, reelegido Presidente de la República, es ahora Presidente de esta Alta Corporación y, seguramente, se indignaría si alguien sostuviera que, al combatir en el extranjero un régimen que él consideraba tiránico, cometió un delito de lesa patria. Siempre, tarde o temprano, triunfa la buena causa.

Este hecho indiscutido, esta sensación que hace que el perseguido sienta aun en los momentos del tormento la infinita superioridad que lo distingue de su perseguidor; esa sensación de estar luchando por la buena causa que hizo exclamar a Giordano Bruno al ser condenado a la hoguera: “Estoy más tranquilo en este banquillo que Uds. – y señaló a los jueces eclesiásticos – que me condenáis a muerte”; esa convicción en una justicia que separa la buena de la mala fe y la causa justa de la injusta, fue expresada por nuestro compatriota Francisco Bilbao en forma magistral durante su proceso. Dijo así:

“Aquí dos nombres: el del acusador y el del acusado. Dos nombres enlazados por la fatalidad de la historia y que rodarán en la historia de mi patria. Entonces veremos, señor Fiscal, cuál de los dos cargará con la bendición de la posteridad. La filosofía también su código y este código es eterno. La filosofía os asigna el nombre de retrógrado. Y bien, innovador, he aquí lo que soy; retrógrado, he aquí los que sois”. Dice José Victorino Lastarria a este respecto: “El vaticinio no podía dejar de cumplirse, pues los iracundos estallidos de odio de los servidores del antiguo régimen han labrado siempre la gloria futura de sus víctimas y han contribuido al triunfo de la verdad y de la libertad casi con más eficiencia que los esfuerzos de los que la sustentan”. La posteridad honra y glorifica al autor de la Sociabilidad chilena. Sin embargo, Francisco Bilbao fue condenado bajo los cargos de inmoral, blasfemo, a ver su obra quemada por la mano de verdugo.

No aspiro a méritos ni a recompensa. Pero tengo la certeza absoluta de que, tarde o temprano, más bien temprano que tarde, el inicuo proceso político a que he sido sometido será juzgado como merece y sus inspiradores y perpetradores recibirán el nombre que les corresponde. Pero nadie podrá remediar el daño que se ha causado al país al obligar a los tribunales a abandonar la tarea que les corresponde para librar al Gobierno del resultado de los desaciertos que ha cometido y que no sabe cómo remediar.

Voy a hacerme cargo de las observaciones que mi persona, mi obra y mi actitud en las presentes circunstancias han merecido al Honorable Senador don Miguel Cruchaga Tocornal en la sesión del 23 de diciembre del pasado año. El Honorable señor Cruchaga no es solo un miembro distinguido de esta Alta Corporación, sino también un ilustre hijo de Chile; su labor de tratadista, de diplomático y de Canciller le han valido una destacada situación en el extranjero. Se cita su nombre como una autoridad indiscutible en materias internacional y se usan sus juicios como argumentos de gran valor y peso. En cuanto a su prestigio en el interior; es inútil que me refiera a él, ya que es de todos conocido. Me bastará recordar que el señor Cruchaga Tocornal, después de haber desempeñado con brillo las más altas funciones de Canciller de la República, ocupó, en tiempos difíciles, la presidencia de esta Corporación.

Es por lo tanto, con cierta alarma que noto, en las observaciones que el Honorable Senador me dedicó, falta de claridad no sólo en los juicios, sino también en las bases estrictamente jurídicas de sus argumentaciones, y sentiría que su limpio prestigio de jurista, que jamás debió ser empañado, sufriera los ataques de quien menos se podría esperar: de él mismo, que habría entrado en franca contradicción no sólo con la generosidad y la equidad que debería merecerle un compatriota y colega suyo, no sólo con los principios cristianos que lo obligarían a estudiar, analizar y profundizar un asunto antes de pronunciar sobre su prójimo un juicio de esos que la Biblia llama temerarios; no sólo con la serenidad e imparcialidad que deben presidir la actuación de todo jurisconsulto para no caer en afirmaciones aventuradas, sino, lo que es gravísimo, con lo que él ha sostenido en su tratado universalmente conocido; en una palabra, que se convirtiera, de la noche a la mañana, en el detractor e impugnador de su propia obra, sobre la que descansa su fama de internacionalista.

Pido perdón al Honorable señor Cruchaga y a esta Alta Corporación por estas dudas irreverentes pero, en verdad, no atino a explicar dentro de las normas universalmente conocidas de Derecho Público la grave afirmación en mi contra, emitida por el Honorable señor Cruchaga, cuando dice así: “El Senado ha tenido el triste privilegio de presenciar uno de los hechos más insólitos ocurridos en la historia de Chile. Producido un conflicto diplomático entre la República y un Gobierno extranjero, un miembro de esta Corporación no ha trepidado en volverse contra su propia patria atacando al Ejecutivo y convirtiéndose en ardiente defensor no de Chile, sino justamente de dicho Gobierno extranjero”.

No deseo, por el momento, referirme a la parte personal, apasionada y subjetiva de la frase que he citado. El desagrado que ella pueda causarme, sobre todo por ser aventurada e injusta, es superado por la sensación de malestar que me produce el pensar la cara de asombro y de incredulidad que habrán puesto los admiradores chilenos y extranjeros del señor Cruchaga Tocornal y que aún debe dominarlos.

No es posible – deben pensar – que el sereno y circunspecto tratadista haya abandonado el escrupuloso uso del vocabulario técnico-jurídico para caer en una confusión tan arbitraria y populachera de términos que tiene cada cual en una confusión tan arbitraria y populachera de términos que tienen cada cual un significado preciso; y todo, ¿para qué? Para llegar a una conclusión que no honra a un tratadista.

 


ESTABILIDAD DEMOCRÁTICA EN CHILE: UNA MIRADA HISTÓRICA.

Universidad de Chile

Departamento de Pregrado

Cursos de Formación General

http://www.cfg.uchile.cl/

 

Curso: La economía Chilena: visiones alternativas y problemas

Tomás Moulian

Doce Conferencias

 

Voy a hacer un análisis diferente al de Gonzalo Vial, usando un modelo histórico – genérico, puesto que relaciono la estabilidad de la democracia en Chile con momentos históricos precisos, en los cuales ésta pudo consolidarse o pudo destruirse, Hablar de un enfoque histórico – genérico puede parecer una tautología; al fin y al cabo lo específicamente histórico es el estudio del desarrollo y los cambios. Pero o que quiero enfatizar es que hubo momentos y coyunturas iniciales en que la democracia, siendo todavía muy reciente y muy débil, pudo retroceder o aniquilarse. También quiero enfatizar que al tomar la democracia presidencialista de la Constitución del 25 ciertos caminos (en sus momentos iniciales, superada la crisis política en 1932), se inscribe en ella un código de posibilidades y restricciones que marca sus futuras evoluciones.

Cuando hablo de democracia, estoy hablando del orden político contemporáneo que se estabilizo en Chile en 1932. Es decir, de un sistema que se caracterizaba por un régimen presidencialista diferente al que había habido hasta 1924, por un pluralismo político amplio (ya que en el espectro político existieron partidos marxistas aun en el período de proscripción del partido comunista, entre 1947 y 1958) y, por último, por un participación electoral en constante y veloz ampliación, como señalaba Gonzalo Vial. Desde las reformas de 1962, el voto y la inscripción se hicieron obligatorios en Chile, de modo que en 1973 la población electoral se había multiplicado por cuatro.

Puede decirse que ese sistema político democrático fue estable, comparándolo con dos parámetros, el de América Latina y el de la historia interna. La democracia política contemporánea fue estable comparada con los otros ciclos de la historia chilena: todos ellos duraron un tiempo semejante o un tiempo menor. El ciclo del “orden conservador”, que, oyendo a hablar a algunos historiadores, se creería fue eterno, de hecho duró entre 1830 y 1860 aproximadamente, como ya lo mostraron los libros de Gonzalo Vial o Julio Heisse; entonces empezó una mutación del presidencialismo extremo del primer periodo (1860-91), se quebró con la guerra civil; el otro ciclo comenzó con la guerra civil y terminó en 1924, con el golpe militar contra Alessandri. Entonces, cuarenta años (1932-73) es una larga duración, comparada con el ciclo interno de la historia política chilena, y sobre todo con América Latina.

EL FRENTE POPULAR Y LA INSTITUCIONALIZACIÓN DEL CONFLICTO

El momento en que democracia política se estabilizó en Chile, después de la “restauración conservadora” de Arturo Alessandri, entre 1932 y 1938, correspondió a las coaliciones de centro-izquierda del tipo “frente popular”, que duraron entre 1938 y 1946 y que eligieron a tres presidentes. Ese fue el momento de estabilización de la democracia chilena contemporánea, pero también pudo ser su momento de destrucción. Una importante pregunta histórica es ¿por qué en vez de debilitarse la democracia cuando surgieron las coaliciones de centro izquierda como fuerzas gobernantes sucedió el fenómeno contrario, de estabilización de la misma?

A causa de un programa de reformas mucho menos profundo y que producía menos sensación subjetiva de amenaza en las fuerzas políticas dominantes de la época, como fue el programa de reformas de Arturo Alessandri, hubo un golpe militar en 1924. Entonces no deja de ser una sorpresa que con la elección de Pedro Aguirre Cerda, en 1938, se consolidara la democracia política contemporánea, que en 1932 recién se había restaurado bajo nuevas formas.

La razón principal y espero poder demostrarlo, es opuesta a la que señala Vial en su conferencia. Creo que el régimen político democrático se estabilizó en Chile porque consiguió institucionalizarse el conflicto de clases como conflicto político electoral; es decir, permitió que se “trasladara” hacia el nivel de la competencia regulada por el poder. Es importante entender que la democracia política se desarrolló en Chile cuando ya el consenso estaba destruido. Resurgió cuando ya existía una izquierda marxista. Se produjo, entonces, una confluencia azarosa, pero eficaz, entre ciertos proyectos políticos (los proyectos de la coalición de centro izquierda) y una coyuntura de emergencia de nuevos actores. Eso permitió este fenómeno de institucionalización del conflicto social, del conflicto de clase como conflicto político. Comprender esa hipótesis requiere ciertas explicaciones.

Para que un sistema político funcione debe cumplir algunos requisitos. Primero, se necesitan normas políticas que tengan que ver con la distribución y sucesión en el poder o con el procesamiento de los conflictos y que deben ser operantes para todas las fuerzas principales. Segundo, se requiere que el sistema político funciones como una estructura de mediación, es decir, que las organizaciones políticas que existen en la sociedad expresen los conflictos de intereses fundamentales. Esto significa que los partidos políticos deben ser orgánicos, y “representar” a sectores sociales. Esas dos cualidades son importantes pero todavía no bastan. Si tenemos la pura legalidad tendremos un gobierno coercitivo que asegura su dominio (la obediencia a las normas) mediante la fuerza. Si existe lo segundo, tendremos un sistema político representativo. Pero se requiere una tercera cualidad, la legitimidad del sistema político. Tiene que existir, por parte de los actores políticos principales, una cierta forma de representarse al sistema político como una estructura equitativa de oportunidades políticas, de modo que valga la pena seguir en él, que no se suscite en uno o varios de los actores principales el interés por destruirlo, porque siente o calcula que gana más destruyéndolo que participando en él.

Lo que sucedió en la coyuntura histórica de los gobiernos de centro izquierda fue que integraron a fuerzas políticas que habían aflorado desde 1932 para adelante; entre ellas, una izquierda marxista que demostraba interés por participar en el sistema político y que pudo verlo como una estructura equitativa de oportunidades. Esa izquierda podía calificar al Estado de burgués, pero sus prácticas políticas fueron de integración.

La cualidad del sistema político chileno, desde el periodo originario de los frentes populares, era producir institucionalización política; tanto es así que sectores que habían estado sometidos a la lógica de opresión o de exclusión política empezaron a sentirse interesados en la incorporación o en la participación en el sistema político. Este interés no se basaba en la performance del sistema económico (existía un 20% de miseria como lo afirmaba Gonzalo Vial), sino en un Estado que operaba como eficiente regulador de los conflictos sociales, integrando a un sistema de negociaciones y de transacciones a la clase obrera organizada, a empresarios y a la clase media.

Los momentos fundacionales del sistema político chileno fueron, en primer lugar, el gobierno de Alessandri, entre 1932 y 1938, y luego la experiencia de casi diez años de coaliciones de centro izquierda. Entonces, en un momento originario, en una coyuntura muy particular de la historia política de Chile, el sistema político reveló la capacidad de generar legitimidad, de modo que la obediencia política pudo ser compatible con una cierta participación.

El problema de la legitimidad era crucial en el período 1932-38, porque las transformaciones sociales ocurridas desde el auge salitrero, que habían empezado a manifestarse políticamente, en la sociedad chilena desde la década del veinte, generaron una transformación estructural del campo de fuerzas. El dato básico fue que apareció una izquierda con poder electoral en el horizonte político. El 17% de los votos que obtuvo Marmaduque Grove (ex coronel de ejército, líder de la “República Socialista”) en 1932, demostraba la existencia de una izquierda que se postulaba socialista y que tenía significación política. Entonces, hay una configuración nueva del campo de fuerzas, propia de la década de los 30.

Hasta entonces, si bien el Partido Comunista existía desde 1922, éste estaba en un momento izquierdista junto con todo el movimiento comunista internacional de la época. No es que se negara a participar en elecciones, ya que llevó a Lafferte como candidato presidencial en 1931 y 1932. Pero no sacó más que el 0,5% de los votos. Estaba en otra cosa, y tenía poco arrastre electoral.

El fenómeno del grovismo significa la aparición del Partido Socialista como una fuerza electoral significativa. Además, entre 1933 y 1935, el Partido Comunista cambió su línea de asalto desde fuera del Estado Burgués, por una política de alianzas amplias en el interior del sistema político representativo existente. Se cristalizó una configuración nueva del campo de fuerzas, surgida en la década de los 30, podemos llamarla una configuración tripartita, de tres tendencias políticas. Desde la década de los treinta, el espectro político ha estado estructurado con una izquierda que postulaba al socialismo como ideal de sociedad, una tendencia intermedia donde en un tiempo predomino el radicalismo, y una tendencia de la derecha.

En la década del veinte, la izquierda del sistema político era el Partido Radical, puesto que el Partido Obrero socialista (1912), o después el Partido Comunista (1922), casi no participaban del sistema político. Los radicales podían autodenominarse partido de centro, pero su posicionamiento en el espectro político era de izquierda, puesto que el Partido democrático vivía un proceso de creciente degeneración. En la década del treinta apareció la izquierda socialista comunista y esto marcó el posterior desarrollo de la democracia: por eso marcó el posterior desarrollo de la democracia: por eso mismo había un problema de legitimidad. El sistema político debía parecer como una estructura equitativa de oportunidades, no sólo para la derecha y el centro radical. Era básico que apareciera así también para una izquierda que postulaba al socialismo en el largo plazo, que empezaba a tomar significación política y que, si era proscrita, podía convertirse en una fuerza destructora que atacaría desde fuera al sistema político.

Entonces el problema, tal como estaba planteado, era el de hacer convivir, en el interior de un mismo espacio político, a una izquierda marxista con una derecha en la cual el “alessandrismo” del año 20 había debilitado las corrientes modernizadoras del liberalismo, expresado en la Alianza Liberal. Hasta 1919 existía un sector importante de la derecha que era capaz de integrar una coalición de la reformas, junto con el radicalismo y el Partido Demócrata. El “alessandrismo” alejó de es apolítica de reformas y de modernización a un sector importante de la derecha. Esta era una fuerza en proceso de derechización. En esas condiciones se produjo la integración al sistema político de esa izquierda marxista, que en el largo plazo aspiraba al socialismo.

¿Cómo se consiguió eso? Creo que esa la gran pregunta relacionada con la estabilidad de la democracia en Chile. Aquí no se consolidó cualquier democracia. Se estabilizó una democracia con el Partido Comunista y el Partido Socialista participando en el gobierno, durante los diez años de la post crisis que se vivieron después de los oscuros tiempos transcurridos entre 1924 y 1932.

Ese fenómeno social nuevo, esa estructuración tripartita del campo de fuerzas, explica en gran medida la constitución del Frente Popular y el triunfo de Pedro Aguirre Cerda. ¿Cómo pudo suceder en Chile? Como todos saben, los “frentes populares” fueron creados para resolver el problema de la amenaza del fascismo, de la inclusión de la Unión Soviética en las alianzas europeas para la defensa contra Hitler. Sin embargo, esa línea fue más duradera y mas eficiente históricamente en esa ultima cola del mundo que era Chile, porque en España desencadeno una guerra civil y en Francia duro menos (su política militar estuvo íntimamente ligada a la derrota aplastante de los franceses ante la invasión alemana). Esta “invención europea” se afincó en Chile, y con va y vienes, duró diez años: los socialistas se retiran, vuelven, se dividen; los comunistas participan rara vez en los ministerios, pero la coalición elige tres presidentes. Más aun, impulsa una cierta forma de desarrollo de la sociedad chilena que vamos a tratar de describir.

Desde el siglo XIX nos hemos caracterizado por copiar todas las modas ideológicas. No obstante, que esta copia haya sido fructífera tiene que ver tanto con razones de fondo como con el azar histórico. ¿Por qué sobrevivió la democracia, todavía inmadura, a la elección de Pedro Aguirre Cerda? Para usar la analogía anunciada ¿por qué el niño siguió creciendo? De un palmetazo en la cabeza de esa débil democracia, unos cuantos militares pudieron hacer reaparecer el ciclo pretoriano.

Primero veamos por qué surgieron estas coaliciones de centro izquierda, por qué ganaron y por qué ayudaron a reforzar la estabilidad democrática.

Entender por qué se formó esa coalición no es difícil. Fue importante en ese proceso el papel del Partido Comunista, pero éste era una fuerza sin gran significación electoral; tenía el 4% de los votantes en 1937. Lo interesante, como pregunta histórica, es por qué el radicalismo giró a la izquierda y por qué estuvo dispuesto a ir a una coalición con los socialistas y los comunistas. La respuesta básica es que lo impulsa la estructuración tripartita del sistema político que se empieza a consolidar en ese momento: al ser un partido intermedio tiene ofertas y expectativas bilaterales.

En un régimen presidencial, un partido de derecha jamás espera que la izquierda le proponga elegir al Presidente de la República. Eso está fuera de todo realismo político. Lo característico de los partidos intermedios era que recibían ofertas bilaterales y tenían expectativas bilaterales. Dentro de ciertas restricciones, podían aliarse con la derecha, podían aliarse con la izquierda. ¿Por qué el PR eligió aliarse con la izquierda? Primero, porque había sufrido transformaciones ideológicas que lo acercaban a ésta. Pero las ideologías no lo explicaban todo: también el PR se caracterizaba por mirar a la política con enorme flexibilidad y pragmatismo. Entonces las puras transformaciones ideológicas no explican el proceso. Lo que sucedió fue que el PR podía tener expectativas de poder presidencial puestas en la izquierda, pero no podía tenerlas en la derecha. Esta no le ofrecía la Presidencia, la izquierda se la ofreció.

¿Cómo el PC, que hasta 1933 proponía realizar pronto el socialismo o la dictadura revolucionaria de obreros y campesinos, se colocó, unos años después, en la lógica de garantizarle al PR el cumplimiento de su expectativa de poder presidencial? ¿Cómo el PS, que surgió a la vida política con el golpe militar populista de 1932, estuvo dispuesto, pese a que desde su origen las coaliciones con el centro le representaron costos, a apoyar al PR? Fueron las condiciones políticas de la coyuntura las que mejor explican lo ocurrido; por eso he hablado de un análisis genético del desarrollo de la democracia.

En 1938 el PC, pese a que tenía apenas el 4% de los votos, cumplió el papel de garantizar al PR que se iba a cumplir su expectativa de poder presidencial. Y los socialistas se vieron forzados, pese a que pretendían aprovechar el carisma populista de Grove, a apoyar a un radical. En esa coyuntura, lo que hace comprensible la actitud del PR, fuerza política decisiva, fue el ver en la izquierda una garantía de poder que no vio en la derecha.

Hubo algo suicida en la actitud de la derecha chilena de esa época. Al fin y al cabo, Alessandri tenía en 1920 un programa de reformismo burgués, por llamarlo de algún modo. Lo botaron los militares con el apoyo inicial y el aplauso clamoroso de la llamada “fronda aristocrática”. En este periodo crítico de la historia política chilena la derecha no percibió que el PR era una fuerza política disponible y que constituía, por lo tanto, un objeto de seducción política (porque sin su concurso se corría el peligro de perder las elecciones). En 1938 la derecha no fue capaz de mirar hacia el centro como un aliado político. Algo había pasado con ella. La experiencia histórica del “alessandrismo”, y sus secuelas, había creado una derecha defensiva, con pánico a los cambios, cuyas corrientes modernizadoras eran más débiles que sus corrientes conservadoras y reactivas.

Entonces, la derecha de 1938 no estaba en condiciones de ver en el centro político un aliado, porque no estaba dispuesta a perder la presidencia. Al fin y al cabo el presidencialismo se estaba recién poniendo en práctica. Entonces, esa derecha, incapaz de acercarse al centro, eligió el “camino propio”, con un candidato que tenía una imagen muy reaccionaria, aunque en realidad no lo era tanto, desde cierto punto de vista. En efecto, el modo de resolver la crisis económica de 1932-28, de Gustavo Ross, fue un modo ecléctico, pero éste quedó señalado como “hambreador del pueblo”. Se generaron en el interior de la derecha movimientos, como la Juventud Conservadora y los Liberales Doctrinarios, que propusieron otros candidatos en vez de Ross. Los sectores dominantes de la derecha insistieron en Ross, porque estaban seguros de ganar. Cegados por la seguridad del triunfo, no miraron hacia el centro, no les preocupaba; basándose en las elecciones del 1937, creían que iban a barrer.

Y no ganaron por un azar histórico. La derecha hizo cálculos políticos racionales; con Ross podía ganar, porque había otro candidato (Ibáñez) que disputaba al Frente el voto popular. El Ibáñez de 1038 tenía un discurso anti oligarquico, de reformas sociales avanzadas y criticaba al Frente Popular por “centrista”. Pero el 5 de septiembre de 1938 ocurrió la insurrección nazista. Insisto en este detalle histórico para poner atención sobre el papel del azar en la política. Maquiavelo, mucho antes que Lenin, puso atención en la “fortuna”. César Borgia lo previó todo menos la muerte del Papa, su padre y perdió su poder. La derecha no podía prever lo incalculable: que los nazis iban a intentar tomarse el poder y que iban a terminar masacrados en el Seguro Obrero. “Sesenta y ocho muertos en la escalera”, se tituló la novela de Carlos Drogueet sobre esos trágicos acontecimientos. Ese azar histórico cambió la historia política de Chile contemporáneo. Por supuesto que operaban factores estructurales; entre ellos una configuración nueva del campo de fuerzas, pero es muy posible que Pedro Aguirre Cerda ni hubiese ganado si no sucede el putsch del 5 de septiembre. Sin éste hubiésemos tenido un desarrollo histórico distinto. Así, el triunfo de Pedro Aguirre Cerda ocurrió por una confluencia de factores estructurales, entre ellos una configuración nueva del campo de fuerzas, y de coyunturas históricas fortuitas.

Pero ¿por qué aquello que surgió en 1938, tan precariamente, ganando apenas por un uno por ciento, permitió diez años de gobierno estables, sin que los derribaran los militares? Hay que pensar que en ese año todavía quedaba mucho del mundo de la hacienda. Chile era todavía una sociedad muy estamental, quizás mas estamental que de clases. En ella el linaje importaba mucho y el poder político estaba asociado no sólo a la fortuna, sino también al “orden de las familias”. La elite se auto asignaba una absoluta legitimidad para dirigir. ¿Cómo esa sociedad soportó que un viejo político, radical, y masón, apoyado por una masa de plebeyos, llegara a gobernar? Las coaliciones de centro izquierda consolidaron la democracia política contemporánea y fundaron un estilo de desarrollo que fue bastante duradero. Pueden señalarse varias razones para ello.

Primero, la experiencia histórica de la crisis, del periodo de desorden político que se extendió de 1924 a 1932. Esa situación caótica generó una aspiración de orden político que se concretó en la llamada “reacción civilista” contra las intervenciones militares: ¡Basta de pretorianismo, basta de Ibáñez o Grove! Aspiración, entonces de una sucesión regulada en el poder. Pero, además, la crisis dejó otra enseñanza. La derecha ya había intentado el golpe militar y había fracasado; lo intentó el año 24 y generó un desorden que duró ocho años. Por lo tanto, existía una derecha que, cuando pensaba en la intervención de los militares en política, recordaba al coronel Ibáñez. Los militares en política representaban las reformas y no la restauración del orden conservador. Por lo menos significaban una amenaza, ya que las fuerzas armadas no querían aparecer como delegadas y tendían a tener un proyecto cesarista, con un discurso más allá de las clases, por encima de la derecha y de la izquierda. No aceptaban el rol de mediadoras de clases dominantes. Buscaban un camino propio; por eso se puede usar la palabra cesarismo o incluso bonapartismo. Existía una derecha que donde veía militares, pensaba en un peligro, o en una “caja de Pandora”, de la cual podría salir alfo favorable, pero también algo desfavorable; ellas podían tomar medidas de desarrollo capitalista y de protección del mercado interno, pero también negar a todos su representación política, castigando juntos a comunistas y conservadores: Rafael Luis Gumucio y Elías Laffarte compartieron la misma relegación. Entonces existía una derecha que ya había vivido la experiencia de un gobierno militar y de actitud antipolíticos.

Segundo, se produjo una distribución afectivamente compensada del poder político. No sabemos qué hubiese pasado si, además de ganar la presidencia en 1938, la izquierda hubiese ganado el Parlamento. Las elecciones parlamentarias habían tenido lugar antes, en 1937. Entonces la derecha se aseguró una sólida mayoría parlamentaria. Así se produjo una situación típica del régimen político chileno: un Presidente de la coalición de centro izquierda y un Parlamento, que en el periodo 1937-41 estaba en manos de la derecha ¿Por qué entonces ella iba a dejar de ver el sistema político como un sistema de oportunidades políticas equitativas? Aunque la alianza de centro izquierda elegía al Presidente, la derecha podía realizar en el Parlamento una política de contención, defensiva, de neutralización de las reformas. Y esto fue así durante todo el periodo.

En 1941 la derecha sufrió una derrota electoral en las elecciones parlamentarias. Apenas llegó al treinta por ciento. Y, sin embargo, a través de la integración ministerial del Partidlo Liberal, en algunos momentos críticos del momento de Ríos, la derecha fue compensada de la pérdida de peso electoral y de control del Parlamento. En realidad, la derecha nunca enfrentó la necesidad del gobierno militar. Esto lo fue descubriendo a través de la práctica. Cuando salió Pedro Aguirre Cerda no lo sabía, no tenía la experiencia de cómo hacer una eficiente política de contención.

Existieron oportunidades políticas para una estrategia defensiva, que la derecha no hubiese tenido si antes de perder la presidencia hubiese sufrido una derrota muy fuerte en las elecciones parlamentarias de 1937.

Tercero, la tolerabilidad del programa de reformas es otro punto que explica la estabilidad. Si bien, podemos decir, no había consenso en los fines últimos (pensemos en el modelo de sociedad que la coalición de centro izquierda tenía en la cabeza y en el que tenía la derecha), lo que realizaron las coaliciones de centro izquierda era tolerable para la derecha. Ante el dilema de estabilidad versus cambio, dicha coalición siempre opto por la estabilidad. Fue su gran astucia política y al mismo tiempo su gran debilidad. El hecho de que tendencialmente hubiera preferido esa opción está ligado a la estabilización de la democracia en esos diez años críticos en los cuales pudo haberse derrumbado.

La permanente opción por la institucionalización, por la estabilidad, les permitió a las fuerzas de centro izquierda ser lo que fueron: las fuerzas que fomentaron la industrialización capitalista, apoyada en el Estado, mas la democratización social, inaugurando un estilo de desarrollo. El argumento no es que la industrialización comenzó en la post crisis o con los frentes populares. En algún tiempo se creyó eso; que el “gran empuje” había comenzado del 32 para adelanta. Que los “frentes populares” habían casi inaugurado la industrialización.

Lo que se inauguraba en verdad era un nuevo papel del Estado en relación con la industrialización, una intervención más racional y planeada, mucho más intensa, en cantidad y calidad, que lo que había habido anteriormente.

Entonces es interesante que una coalición de radicales con socialistas y comunistas haya formulado un programa de modernización capitalista, que es lo que hicieron los “frentes populares”. Esa coalición nunca intentó el socialismo, sino el desarrollo industrial más la democratización social. Y en los dilemas optó siempre por la estabilidad, optó siempre por la transacción con la derecha para evitar la crisis política, bien retirando proyectos o bien permitiéndole a la derecha, a través de los liberales, una cierta participación en los gobiernos llamados de la “Unión Nacional”, o aun la cautela de ciertos intereses básicos. Ese énfasis en la estabilidad, esa preferencia por la transacción cuando se enfrentaban dilemas, impidió completar las tareas de modernización que eran necesarias para que tuviese espacio un estilo de democratización. Esas fueron tareas que las coaliciones de centro izquierda no abordaron y que quedaron pendientes para la década del sesenta como un peso muerto.

LAS TAREAS PENDIENTES Y EL DESENCADENAMIENTO DE LA CRISIS

Tres cuestiones básicas quedaron sin resolver. Una fue la dependencia externa crítica de la economía, expresada en la casi nula injerencia en el control de la producción cuprífera, en la escasa injerencia en la comercialización y en el débil desarrollo de la industria elaboradora de productos derivados del cobre. Los gobiernos de los “frentes populares” hicieron algo en esa materia, pero fue poco. Entonces quedó como una tarea pendiente que Ibáñez enfrentó parcialmente, y que fue abordada globalmente por los gobiernos de Frei, a través de la chilenización, y de Allende, con la nacionalización. Pero esta tarea no fue abordada en los gobiernos de los “frentes populares”, siendo asumida con retardo.

Otra deficiencia, tan importante como la anterior, fue que tampoco se asumió lo que podemos llamar el atraso agrario. Hablo de atraso agrario, no en relación a la productividad del agro, sino en relación al carácter de las relaciones sociales y productividad que existían en el campo chileno.

Por lo menos algunas de sus instituciones tenían un carácter atrasado, caso colonial, y eso afectó el desarrollo capitalista en un aspecto crítico: la marginación de la masa campesina de los bienes industriales. Este problema no fue abordado por los “frentes populares” en alguna forma de las que pudo ser enfrentado. Efectivamente se puede suponer que una reforma agraria era políticamente desestabilizadora en ese momento. La elite política de la derecha era culturalmente oligárquica y estaba ligada al latifundio. Si se hacia una reforma agraria, lo más probable es que dejara de representarse al sistema político como estructura equitativa de posibilidades y buscara, por lo tanto, soluciones alternativas. Pero lo que no tenía por qué estar fuera del horizonte histórico era la sindicalización campesina, la incorporación de los campesinos al sistema de negociación, con el objeto de unificar y ampliar el mercado interno. Eso quedó como una reforma pendiente: persistieron sectores de carácter semicapitalista o de servidumbre, como se quiera llamarlo. Esos sectores sociales son, desde el punto de vista del desarrollo capitalista, una masa que no entra a formar parte de los consumidores del mercado interno, sino muy tardíamente.

Por último, los “frentes populares” o coaliciones de centro izquierda tampoco hicieron nada para mejorar las deficiencias de la representatividad del sistema político, porque si bien se había terminado la manipulación del voto por el ejecutivo, no se habían terminado el cohecho ni la sobre representación de las zonas agrarias en el Parlamento. Esas reformas se hicieron en 1958, al fin del gobierno de Ibáñez.

Entonces, podemos decir que los frentes populares, pese a tener eficiencia histórica, dejaron “cargado” el sistema político de tensiones, debido a las debilidades de su política de modernización. Se produjo un problema que afectó al desarrollo futuro, debido no a los excesos de los programas de cambios, sino justamente a lo contrario, al carácter muy contrabalanceado y muy compensatorio que tenía el sistema político, con demasiado “Estado de Compromiso”. Esa característica explica la estabilidad del orden político, que en todo caso pospuso tareas que, desde el punto de vista del propio modelo de desarrollo (capitalismo más democratización), hubiese sido necesario que se hicieran antes.

En este aspecto el ejemplo básico es el “atraso agrario”, la permanencia en el campo de formas productivas y de relaciones sociales semi capitalistas. Hay escasa penetración del capitalismo en la agricultura chilena. Hasta la reforma agraria de Frei, existía una completa imbricación entre la hacienda y el minifundio, ambas tecnológicamente poco eficientes. La existencia de una agricultura semi capitalista afectó al proceso de industrialización. Pero, además produjo un efecto de radicalización del discurso. Ciertos temas de modernización se cargaron de un contenido cuasi subversivo. El tema del atraso agrario en la década de los sesenta, dadas las fuerzas sociales que parecieron en el escenario, se verbalizó más en términos de justicia social que de penetración capitalista en el campo.

Es necesario recordar que la revolución francesa de 1789, o la revolución inglesa del Siglo XVII, “revolucionaron” la tenencia tradicional de la tierra, y eso no conspiró contra el capitalismo; al contrario, desarrolló una estructura de tenencia de la tierra que ha estado en la base del capitalismo francés o inglés. En Chile, el tema de la reforma agraria como discurso no pudo, en la década de los sesenta, estar ligado al desarrollo capitalista. Estaba cargado de otros contenidos semánticos y aparecía desvinculado del proceso de industrialización y del desarrollo capitalista. Por el tipo de fuerzas sociales que predominaron en la década de los sesenta, las reformas de la situación agraria no fueron vistas como tareas de modernización, sino como tareas de “revolución social”.

¿Y cuáles eran las fuerzas sociales de la década del sesenta? Sabemos que desde los treinta existió un campo de fuerzas políticas que era estructuralmente tripartito, con una izquierda socialista marxista, que aspiraba en el futuro a cambiar la sociedad capitalista, un partido intermedio, como el radicalismo, y una derecha muy poco modernizadora. Pero para entender lo que sucedía hay que distinguir entre estructura y funcionamiento. Hay sistemas con estructura tripartita que en algunos momentos funcionan con dos tendencias. En el periodo de los frentes populares, tenemos una bipartición del campo entre la derecha y la izquierda. La izquierda en el gobierno, la derecha en la posición, y un partido liberal que de repente coqueteaba con las coaliciones de centro izquierda. No hay polaridad política, sino estabilidad.

En la década del sesenta, el proceso fue el opuesto. Casi siempre hubo un funcionamiento multipartidario, sin alianzas, con un doble centro, y, en las elecciones de 1970, una situación de tres tercios. Uno diría que no hay, fuera del período de la Unidad Popular, partición del campo entre dos fuerzas enfrentadas abiertamente. Sin embargo, existió un creciente grado de polarización política. ¿Por qué? Porque, a diferencia del sistema de partidos de la década anterior, el de la década del sesenta no fue aliancista. La propensión coalicional del sistema político cayó verticalmente y se agudizó la polarización política. Uno puede pensar que debió ser todo lo contrario, dado que hasta 1970-73 no existió un polo enfrentado directamente con el otro. Pero en vez de tener un sistema mucho más flexible, tenemos en ese período uno más inflexible y más polar.

¿Qué hay detrás de esto? Creo que es real el análisis de Vial sobre la miseria; creo que el problema de fondo son estas modernizaciones incompletas y atrasadas que pendían sobre la sociedad chilena; tareas que históricamente debieron haberse realizado antes y que se acumularon todas en un momento histórico. Esta situación fue agravada por el crecimiento de la participación electoral. En 1957 votaron 800.000 personas, mientras que en 1973 votaron 4.500.000. Entonces, en ese contexto de participación electoral se produjo la radicalización de todas las fuerzas políticas. Dije de todas, Una radicalización de la izquierda, una radicalización de la derecha y un papel político muy particular del tipo de centro dominante que surgió en la década de los sesenta.

La Democracia Cristiana cumplió papeles cambiantes, lo que es típico de los partidos intermedios. Así, la DC, el año 64, le proporcionó a la derecha una salida para evitar el triunfo de Allende, pero su papel político fue muy diferente en el periodo 1964-70. En la coyuntura electoral del 64 fue moderadora, pero el 64 y 70 operó como fuerza centrífuga; colaboró a la radicalización política del espectro, empujando a la derecha hacia la derecha, y a la izquierda hacia la izquierda. Eso lo llamamos una doble centrifugación. En vez de operar como factor moderador de las tensiones políticas jugó, por su posicionamiento en el espectro, un papel radicalizador.

¿Por qué? Porque le tocó asumir las tareas históricas que quedaban pendientes. Porque el verdadero continuador de los frentes populares en Chile fue la DC. Ella intentó completar el ciclo de reformas anti oligárquicas de la sociedad chilena; entre ellas la chilenización del cobre, pero especialmente la reforma agraria y la sindicalización campesina. Entonces ¿cómo no iba a arrastrar a la derecha hacia la derecha cuando, justamente, lo que había caracterizado a las clases dominantes chilenas era la de ser la expresión política conjunta del latifundio y la burguesía, a través de partidos del tipo conservador? En la práctica, la no existencia de una representación biclasista, con un partido conservador que tuviera que ver con los latifundistas interesados en mantener el atraso agrario, fue un factor perturbador. Liberales y conservadores tenían un gran número de latifundistas entre sus elites políticas, y los intereses del latifundio tenían una fuerte expresión en el sistema político. Entonces, cuando la DC puso en ejecución la reforma agraria, el conjunto de la elite política derechista se colocó en contra.

La estrategia de la DC fue la profundización de la industrialización con cambios agrarios: “les quitamos el latifundio, pero modernizamos la industria”. Con eso creyeron que iban a conseguir la división de la clase dominante en dos partidos, uno moderno y otro tradicional. Pero se produjo la reconstitución de la derecha en un solo partido; una derecha que luchó unificada contra la reforma agraria como si ésta fuera la muerte del capitalismo. En realidad, era la muerte del latifundio, pero no tenía por qué haber sido la muerte del capitalismo en la sociedad, ya que la DC no planteaba nacionalizaciones industriales, y ni siquiera en la agricultura. Frente a una derecha conservadora, con una ausencia casi total del proyecto de modernización, el programa de la DC produjo un movimiento uniforme de la derecha hacia la derecha y no el surgimiento de un partido burgués moderno que representara políticamente de un modo separado a los sectores más conservadores.

Se les pudo hacer a los latifundistas el siguiente discurso: “nosotros, en aras de la modernización y de cambios que prevengan una revuelta futura, somos partidarios de la sindicalización campesina y de la división de la tierra, acepten el sacrificio”. Esa argumentación no prosperó, no sólo por el conservantismo de la derecha, que la hacía insensible, sino también porque estábamos en la década del sesenta, en la época de la Revolución cubana, donde los temas de la revolución y del cambio global de estructura eran los temas de Chile y de América Latina.

La radicalización de la izquierda ¿qué tuvo que ver con la DC? Al desarrollarse un partido intermedio, tan reformista que hablaba de revolución ¿qué le quedaba a la izquierda? Si la DC hacía la reforma agraria, ¿cuáles eran las tareas de la izquierda? Cuando pregunto qué le quedaba a la izquierda pienso dentro de un sistema de competencia electoral. ¿Cómo definía su principio de identidad de izquierda si la reforma agraria ya la había hecho Frei?

Las identidades y los espacios electorales requieren diferenciación y especificidad porque existía un mercado político. No estábamos en un sistema donde Presidente, legisladores y alcaldes eran nombrados. En un sistema de competencia electoral, la lógica de la diferenciación opera muy fuertemente y ¿qué necesitaba la izquierda para diferenciarse de la DC? Anunciar la nacionalización de la industria, el tránsito al socialismo. Necesitaba ganarle a Tomic, disputarle la votación popular. Esa es la segunda centrifugación que proviene desde el centro: la DC empujó a la izquierda hacia la izquierda, porque le expropió, por así decirlo, su discurso revolucionario. Este proceso – la izquierdización de la izquierda – se juntó con otro y lo activó por influencia no del “guevarismo”, sino del “castrismo”.

El guevarismo influyó en casi toda América Latina. En Chile influyó sobre el MIR. Sus militantes leían devotamente al Ché, pero se saltan sus capítulos donde decía que Chile y Uruguay eran excepciones históricas, por la fuerza de sus democracias representativas. Guevara se hizo la pregunta: ¿era Cuba una excepción histórica? Y se contestó que no; que en casi toda América Latina la guerrilla era la forma principal de lucha. Observen ustedes la mentalidad política de la época: se postula un fenómeno particular e histórico sin estudiar los correspondientes sistemas de clases, como validez general. Así el Ché fue a morir heroica e inútilmente en Bolivia.

En Chile, la influencia importante fue la del castrismo, del cual surgió la idea de que había que pasar luego a la fase socialista de la revolución, porque si no la estabilidad política no era posible. La teoría gradualista de la revolución, que era la que tenía la izquierda chilena, especialmente los comunistas, fue declarada insensible. Apareció la obsesión por llegar rápido al socialismo. Esto podría perfectamente analizarse como un mito de izquierda, puesto que se suponía que el criticado estado burgués podría transformarse, desde dentro y rápidamente, como por encanto, en un estado socialista. Esa era la izquierda que existía, que se fue desarrollando en los sesenta. Entonces, la influencia cubana y la lógica de diferenciación de la izquierda respecto de la DC para disputar el voto popular, generaron una radicalización de esa izquierda, la cual afectó al PS más que al PC.

Para terminar, porque tengo un problema de tiempo, creo que la crisis chilena (y aquí seguramente voy a discrepar con Gonzalo Vial), fue fundamentalmente política. Pienso que no hubiera habido término de la democracia chilena si no es por el periodo de la Unidad Popular, lo que no significa decir que lo ocurrido es responsabilidad exclusiva de la izquierda.

Evidentemente el sistema político aumentó considerablemente su carga tensional con el triunfo de Allende, pero éste accedió “pacíficamente” al gobierno. ¿Por qué? En primer lugar, porque el Partido Nacional, como tal, no buscó la fórmula de la salida extralegal para impedir la votación del Congreso Pleno. Fue un grupo marginal el que organizó el asesinato de Schneider. La derecha buscó una fórmula legal. El sistema consistía en que Alessandri fuera elegido por el Congreso Pleno, que acto seguido renunciara y que, finalmente, se convocara a una nueva elección. Frei podría ser reelegido porque había pasado un nuevo período presidencial. La DC dijo que no, porque hubiese tenido que imponer una fuerte represión y se hubiera dividido, convirtiéndose en la “nueva derecha”. Eligió sus intereses políticos inmediatos. Además ¿quiénes fueron los otros responsables de que subiera Allende? Los militares, porque no hubo ni un golpe ni un veto militar. ¿Por qué estas conductas “pacíficas”? Porque el sistema político era muy legítimo y no era posible hacer un golpe en ese momento.

Entonces, no es que el sistema político con la subida de Allende hubiera estado ya socavado. Había dado una prueba más de que era un sistema muy representativo y muy legítimo. Había sido capaz de procesar el ascenso de Allende a través de la negociación. De esta manera, lo que pasó después fue responsabilidad política de actores concretos.

Para entender el final de este período (el golpe militar), hay que decir algunas palabras sobre la génesis de la crisis entre 1970 y 1973. Parto de una premisa: no creo que fuera fatal que Allende cayera derribado por los militares. Algunos analistas de izquierda han descubierto, después de 1973, que el golpe era inevitable: como en las tragedias griegas, se sabía desde el principio, que Edipo iba a matar a su padre; y conociéndose el género se conoce el desenlace, se sabe que todo va a terminar mal. Fue así, pero hubo múltiples coyunturas donde pudieron establecerse arreglos políticos entre el centro y la izquierda, los que hubiesen abierto otros caminos al desarrollo político posterior. Lo que fatalmente llevaba a la crisis era tratar de construir el socialismo sin conseguir la mayoría en el Estado; no sólo en las masas, sino en el Estado. Como es sabido, en ese sistema político no bastaba recurrir a la masa, puesto que las leyes se hacían en el Parlamento. ¿Qué le pasó a la UP en las elecciones municipales del año 71 cuando sacó el 50% de los votos? Demostró su apoyo en las masas, pero no tuvo ningún efecto estatal, porque los diputados habían sido elegidos en el año 1969; así era el sistema institucional chileno. En esas condiciones no se podía hacer el programa de reformas que Allende pretendía sin una coalición política con el centro. El otro camino llevaba a la crisis inevitable, pero elegirlo fue una opción. El camino de las reformas extraparlamentarias, sin negociación política, conducía a la extrema polarización. Pero lo que quiero decir es que la crisis no estaba activada desde el principio.

En pocas palabras, puede decirse que la aplicación del programa de la UP requería de la formación de un bloque democratizador con el partido intermedio dominante, la DC. La izquierda, al elegir el camino de las reformas no negociadas, contribuyó a favorecer la estrategia de centrifugación de la derecha, la cual buscaba el vaciamiento del centro hacia su lado. Cuando eso se consumó, la crisis estaba desencadenada. Por último, creo que entre 1970 y 1973, no fracasó la “vía chilena al socialismo”. Ella no fue aplicada hasta sus últimas consecuencias, porque hacerlo hubiera requerido formar una mayoría estatal para los cambios.

Este tipo de interpretación analiza la crisis de 1973, menos en términos de necesidades históricas y de factores objetivos, fuera del control de la acción política, y más como el resultado de opciones, decisiones, cálculos, conflictos o luchas entre partidos y sectores sociales. Se prefiere privilegiar esa mirada de crisis, definiéndola como crisis del sistema de partidos, como crisis de la elite política y como resultado de luchas políticas, por razones que también tiene que ver con el análisis de la dictadura miliar. La crisis política chilena era profunda, pero no necesitaba de la “cirugía mayor”, de una contra revolución burguesa. El problema no era estructural, en el sentido marxista del término, sino cultural, de radicalización de las elites políticas. La dureza del golpe se puede entender por la lógica paranoica que los actores políticos tenían. Tanto la DC como la derecha se imaginaron que la izquierda tenía fuerza para imponer una dictadura, pero el 11 de septiembre ya se habían dado cuenta que esa creencia era un mito. Entonces, es falso que se necesitara de esta contrarrevolución burguesa para salvar a la democracia. En verdad, ella se necesitaba para restaurar un sistema económico capitalista, sin presión sindical y sin interferencias provenientes de una competencia política plural.

Por último, Gonzalo Vial nos ha hablado del odio. Sí, la polarización trae consigo una carga de pasión y de violencia. Pero no se pueden comparar las odiosidades del pasado con el odio que incuba una dictadura terrorista. No creo que nada de lo que ha ocurrido estos trece años nos prepare para la democracia. Más bien, todo favorece una política con muy poco sentido racional y de cálculo una política de oposición, que es más que nada, un clamor y un grito contra la tortura, la muerte y la exclusión. En las condiciones actuales ¿puede ser de otra manera?

Tomás Moulian.

 


Manifiesto de Historiadores II: CONTRA LOS QUE TORTURAN EN NOMBRE DE LA PATRIA.

Informe Valech

La sociedad chilena ha sido conmocionada por la publicación—parcial—del Informe de la Comisión Nacional sobre Prisión Política y Tortura. Mucho más que el Informe Rettig o los resultados de la Mesa de Diálogo, esta nueva y dolorosa erupción de memoria social, surgida de más de 28.000 recuerdos de torturas vividas en casi 1.200 recintos bajo control militar o policial, nos ha tornado vívida la deuda pendiente en materia de verdad y justicia, así como ha ratificado, una vez más, que el olvido no se impone por decreto. Esta vez, todos han debido inclinarse ante la fuerza y verdad que emana de esos recuerdos. Ya nadie, salvo los más culpables, podrán seguir negando que en Chile, utilizando banalmente el nombre de la Patria, se torturó y se violaron los derechos civiles y humanos de un enorme número de chilenos, a quienes se consideró y trató, no como ciudadanos, sino como ‘enemigo interno’.

El mérito del Informe Valech no radica sólo en que el Gobierno haya ordenado constituir la comisión respectiva, sino, principalmente, en que recopila y revela un trascendental testimonio ciudadano, cuya importancia no es judicial ni es sólo ética, sino, más bien, histórica y política. Como tal, es un testimonio que corona el largo y valiente esfuerzo de los luchadores por los derechos humanos, que fueron abriendo camino, trabajosamente, a la verdad y la justicia. Los deberes que se desprenden de él, por lo mismo, rebasan la esfera de acción del Estado, incluso de los tribunales de justicia, porque comporta una verdad que es ciudadana por testimonio y destino, y porque es la soberanía ciudadana la que ahora tiene que entrar en acción para hacer, no sólo justicia de tribunal, sino, sobre todo, justicia histórica y política.

El Informe tiene, con todo, debilidades. Es inaceptable, por ejemplo, que su publicación vaya acompañada de restricción: se dará a conocer lo ocurrido a las víctimas, pero se mantendrá oculto, por medio siglo, el nombre y la conducta de los torturadores y los victimarios. ¿Por qué se entrega una verdad cercenada? ¿Por qué dar libre curso al dolor y la conmiseración y no a la indignación y la justicia? ¿Por qué un gobierno que se dice democrático tiene que seguir ocultando a los culpables? ¿Es que la impunidad es una conveniencia política mayor que la justicia? ¿Es que el respeto a los poderes fácticos es más importante que el respeto a la dignidad ciudadana?

II El contexto histórico

Algunos personajes sospechosos de culpabilidad (o tardíos legitimadores de lo ilegítimo) han procurado aminorar los crímenes cívicos y humanos cometidos en dictadura buscando justificaciones en el saco de Pandora del “contexto histórico”. Como historiadoras e historiadores profesionales, estamos ciertos que el contexto histórico es un escenario y una trama abierta que no obliga a nadie a tomar un curso de acción u otro, razón por la cual no puede, de por sí, ni explicar ni justificar ni exculpar ningún crimen contra la humanidad. Incluso un contexto de ‘crisis estructural’ como el que vivió Chile, no sólo desde 1970 – que es, para los personajes citados, el origen de todo – sino desde mucho antes. Desde que Diego Portales y el general Prieto destruyeron, a sangre y fuego, la cultura de los respetos ciudadanos y la democracia de los cabildos. O desde que la misma oligarquía desnacionalizó las riquezas del país, hacia 1900. O desde que el empresariado chileno fue incapaz de desarrollar el capitalismo nacional sin entregarlo al capital extranjero. O desde que Estados Unidos se negó a colaborar con los planes del Estado Desarrollista para industrializar plenamente el país. O desde que los militares han impuesto una y otra vez un sistema político (liberal) y un modelo económico (liberal) en oposición radical a la voluntad ciudadana. El contexto histórico chileno no se limita al gobierno de Allende, que llegó para administrar la crisis de todo eso. Fue esa crisis de largo plazo la que llevó a la juventud de los años ’60 a buscar una vía no capitalista y no parlamentaria de desarrollo (lo que ocurrió en toda América Latina), y fue la misma percepción, aunque bajo amparos y para intereses distintos, la que llevó al Partido Nacional, por la misma fecha (1966) a entregar una Declaración de Principios en la que, coincidiendo con los jóvenes revolucionarios de Izquierda, desestimó abiertamente la vigencia de la democracia liberal. ¿Y qué decir de Patria y Libertad que, acosada por la desesperación de ver caer el sistema tradicional de dominación, se lanzó trabajar y conspirar fuera de la ley y del Congreso? El contexto de la crisis estructural de la economía y del propio Estado chilenos desencadenó procesos de radicalización política en la Izquierda, en el Centro y en la Derecha, en el sentido, sin duda, de buscar otras rutas y utilizar otros medios, mejores que los que, hacia 1968, claramente, se habían gastado.

Pero nada de eso justificaba y justifica torturar prisioneros, violar mujeres con perros y ratones, perpetrar aberraciones sexuales, asesinar con perversión, dinamitar cadáveres y fondear en el mar los restos de esas vejaciones. Y menos aun usando todos los recintos militares y policiales y, cuando menos, la mitad de los efectivos que la Nación ha mantenido y apertrechado para consolidar la seguridad, la dignidad y la unidad de los chilenos.

No puede compararse la masividad y la brutalidad de esa particular ‘política de represión’ (si no se quiere reconocer que fue y ha sido una ‘política’ de los poderes fácticos, dígase al menos que es una de sus ‘técnicas’ de guerra sucia; o sea: de guerra política contra connacionales), con las bravatas ideológicas de un líder socialista, o los intentos de la izquierda revolucionaria por organizar algo que evitara o pudiera enfrentar lo que se veía venir: aquella política masiva de represión con tortura, que había irrumpido en la historia de Chile cada vez que el movimiento popular quiso hacer valer sus derechos ciudadanos. La izquierda revolucionaria no se equivocó en prever la brutalidad de lo que venía, pero sí en calcular su horrorosa magnitud. Sólo alguien con poca o ninguna conciencia cívica, como Manuel Contreras, puede seguir insistiendo en que detrás de Allende había un fantasmagórico ejército de 14.000 cubanos dispuestos a matar el doble de militares chilenos si éstos se descuidaban. Pero sin apelar a estos ejercicios de “guerra ficción”, lo que cabe subrayar es que ningún militar formado y pagado por la República puede considerar enemigos de guerra a sus compatriotas civiles, o asumir que sólo los militares son patriotas y no los civiles, o que los chilenos de clase alta son humanos y los otros “humanoides”, al extremo de cometer con ellos las aberraciones que el Tratado de Ginebra prohibió terminantemente para el trato de prisioneros de guerra entre naciones, cuanto más entre ciudadanos de una misma nación.

III Las Fuerzas Armadas

Lo que es más grave aun, es que la ‘política represiva’ que se perfila en los testimonios del Informe Valech no ha sido un rasgo exclusivo de la Dictadura de Pinochet. Si hemos de ser rigurosos, la violación de los derechos humanos y sociales se instaló en Chile desde la Conquista, cuando nuestros pueblos originarios se vieron violentamente sometidos a una voluntad política que los despojó de sus tierras, que reprimió su cultura, negó su identidad y trató por siglos como un enemigo interno a diezmar y suprimir. Asimismo, desde que se consolidó hacia 1830 la “República Autoritaria”, los demócratas han sido muchas veces reprimidos, exonerados, relegados y desterrados –cuando no fusilados–, en tanto que los “rotos” sufrieron durante décadas castigos infamantes e inhumanos: encierro en jaulas de fierro con ruedas o “presidios ambulantes”(creación de nuestro máximo estadista: Diego Portales), sujeción al cepo, colgamientos, pena de azotes, etc. ¿Y por qué no recordar aquí las reiteradas matanzas obreras y sociales que jalonan tristemente la historia del siglo XX: Valparaíso 1903, Santiago 1905, Antofagasta 1906, Iquique 1907, Puerto Natales 1919, San Gregorio 1921, Coruña 1925, Copiapó 1931, Ranquil 1934, Santiago 1946, Santiago 1957, Santiago 1962, El Salvador 1966, Puerto Montt 1969…, donde las Fuerzas Armadas tuvieron una ‘destacada’ actuación?

Casi todos esos actos fueron ejecutados por cuerpos militares obedeciendo, por lo común, órdenes de gobiernos civiles (que defendían Constituciones impuestas por la fuerza, como las de 1833 y 1925), pero también por un insano patriotismo propio. La hoja de servicios de las Fuerzas Armadas muestra, en este sentido, un manchón que ha sido y es, histórica y políticamente, significativo. Ni Chacabuco o Maipú, ni Yungay ni La Concepción pueden lavar la afrenta que se ha cometido contra la propia ciudadanía. Mucho menos pueden atenuarla principios dudosos como el de la “obediencia debida”, el de la responsabilidad “individual y no institucional”, el de las guerras fantasmagóricas, o el tono prepotente de arenga de cuartel. Y no resulta casual que esos manchones coincidan precisamente con las grandes “coyunturas constituyentes” del pasado siglo, que son aquellas en las cuales se definían y construían las estructuras políticas y económicas que enmarcan y rigen la convivencia social, política e internacional de los chilenos. Y tampoco puede pasar desapercibido el hecho de que esas “coyunturas” (trascendentales) han estado saturadas de políticas represivas y, por tanto, de miedo ciudadano. Por eso, las violaciones perpetradas durante la dictadura del general Pinochet no pueden asumirse como una anomalía patológica o un caso excepcional de individuos aislados. Por desgracia, la tortura se ha practicado en Chile desde hace mucho tiempo, y ya la policía de Carlos Ibáñez del Campo (1927-1931) institucionalizó la picana eléctrica como método de interrogatorio, en su caso, contra delincuentes. El general Pinochet, en un sentido, continuó esa tradición ampliándola esta vez contra grandes sectores de la ciudadanía, en una escala sin parangón histórico, y en otro sentido, produjo una ruptura en ella al perpetrar horrores sin registros anteriores. El monopolio de las armas, que la Nación ha confiado a los institutos uniformados, no autoriza en ningún caso volverlas contra el propio pueblo.

IV Los encubridores

Y es también lamentable que muchos civiles hayan incentivado a esos institutos a actuar de la forma en que lo hicieron. Y que, de un modo u otro, hayan colaborado, ocultado o pretendido ignorar un crimen que sólo puede calificarse de ‘lesa ciudadanía’. Y que hoy, por esa colaboración, complicidad tácita o negligencia culpable magnifiquen sucesos aislados, inventen guerras falsas o se laven las manos para quedar libres de toda “connivencia”. A ellos se suman, además, todos los que se han beneficiado con los cambios introducidos mediante tales procedimientos, beneficios que no son nimios (tenemos la distribución de ingresos más desigual desde 1900), de los cuales las sumas registradas a nombre de Pinochet en el Banco Riggs son sólo muestra estadística. Los nuevos ricos ‘de mercado’ no tienen una historia, como clase, tan limpia como pudieran sugerir sus trayectorias individuales.

V La justicia histórica

La única forma de terminar de una vez con la tradición perversa de reprimir al ‘enemigo interno’ para construir riquezas desiguales de mercado, es asumir los testimonios ciudadanos del Informe Valech como una verdad histórica y política, que, derivada de lo ético, vaya más lejos que lo judicial. Es el proceso histórico el campo de acción propio de la soberanía ciudadana, no sólo la liturgia del dolor por los deudos, el trámite engorroso de los procesos judiciales o los gestos simbólicos de perdón y reconciliación. Es preciso erradicar para siempre de la conciencia ideológica de las Fuerzas Armadas la convicción de que su tarea principal es aplastar una y otra vez al enemigo interno que amenaza los grandes intereses privados. Es preciso terminar para siempre con el temor a los poderes fácticos, que inhibe la soberanía popular, corrompe la representatividad de los políticos, torna negligentes los poderes judiciales, transforma la política en una estéril diplomacia entre clases dirigentes y obliga al pueblo a la movilización callejera y la “acción directa”.

Para poner fin de raíz a los horrores ocurridos, no basta con repetir en letanía: “nunca más”, “mea culpa”, “pido perdón”, o exhortar con voz compungida a la reconciliación, o aplaudir a cualquiera que se atreva a rezar en público tales letanías. Para que el “nunca más” sea histórica y políticamente efectivo se requiere, en primer lugar, que la ciudadanía eduque y reeduque a los grupos e instituciones que, de hecho y por derecho ilegítimo, se han convertido en poderes fácticos que violan la soberanía ciudadana. En segundo lugar, se requiere que la ciudadanía se eduque a sí misma como poder soberano, para hacer posible no sólo la desaparición de las políticas de represión y tortura contra un supuesto ‘enemigo interno’, sino también para construir una sociedad más democrática, participativa y con una distribución más justa de las riquezas que produce. Hasta ahora, la Historia dice categóricamente: Chile, desde 1830, no ha podido nunca construir una democracia y un mercado de esa naturaleza. No pocas veces los movimientos cívicos y sociales lo han intentado, pero han pagado caro por ello, ya que los poderes fácticos han torcido, en cada caso, la voluntad soberana que animaba esos movimientos.

El “nunca más” depende, en los hechos, de que seamos capaces de desarrollar, a partir de la verdad contenida en la memoria colectiva de la ciudadanía, un movimiento cívico capaz de construir, esta vez exitosamente, lo que siempre han querido construir las generaciones de luchadores por la justicia que registra la historia social de nuestro país.

 

Santiago, 16 de diciembre de 2004.

 

Karen Alfaro Monsalve, Magíster © en Historia y Ciencias Sociales, profesora Universidad San Sebastián, Concepción.

Beatriz Areyuna, Magíster © en Historia y Ciencias Sociales, profesora Universidad Academia de Humanismo Cristiano.

Alejandra Araya Espinoza, Magíster en Historia, profesor Universidad de Chile.

Pablo Artaza Barrios, Magíster en Historia, profesor Universidad de Chile.

Jorge Benítez González, Magíster © en Historia y Ciencias Sociales, Secretario de Estudios Escuela de Historia y Ciencias Sociales Universidad ARCIS.

Ernesto Bohoslavsky, Magíster en Antropología e Historia, profesor Universidad Nacional de General Sarmiento, Argentina.

Alejandra Brito Peña, Magíster en Historia, Jefa de Carrera Departamento de Sociología, Universidad de Concepción.

Azún Candina Palomer, Magíster en Historia, profesor Universidad de Chile.

José Luis Cifuentes Toledo, Magíster © en Historia y Ciencias Sociales.

Emma De Ramón, Doctora en Historia, profesora Universidad Nacional Andrés Bello.

Alex Giovanni Díaz Villouta, Licenciado en Educación, Magíster © en Historia y Ciencias Sociales, Taller de Ciencias Sociales Luis Vitale Cometa, Concepción.

Francisco Domínguez, Doctor en Economía Política, profesor Universidad de Middlessex, Gran Bretaña.

Manuel Fernández Gaete, Magíster © en Investigación Social y Desarrollo, Coordinador de la carrera de Historia y Ciencias Sociales de la Universidad Bolivariana, sede Los Ángeles.

Marco Fernández Labbé, Doctor © en Historia, Becario Conicyt.

Elisa Fernández N., Doctora en Historia, profesora de la Universidad de Chile.

Mario Garcés Durán, Doctor en Historia, profesor Universidad ARCIS.

Juan Carlos Gómez Leyton, Licenciado en Historia, Doctor en Ciencias Políticas, profesor universidades ARCIS, de Talca y Alberto Hurtado.

Sergio Grez Toso, Doctor en Historia, profesor Universidad de Chile. N° 10.636 del Listado de prisioneros y torturados del Informe Valech.

Alberto Harambour Ross, Licenciado en Historia, Programa Doctoral Historia, SUNY Stony Brook, Estados Unidos.

Rodrigo Henríquez Vásquez, Dr. © en Historia, Universidad Autónoma de Barcelona, España.

Margarita Iglesias Saldaña, Magíster en Historia, profesora Universidad de Chile. N° 11.850 del Listado de prisioneros y torturados del Informe Valech.

María Angélica Illanes Oliva, Doctora en Historia, Directora Escuela de Historia y Ciencias Sociales Universidad ARCIS.

Leonardo León Solís, Doctor © en Historia, profesor Universidad de Chile. N° 13.028 del Listado de prisioneros y torturados del Informe Valech.

Manuel Loyola Tapia, Licenciado en Historia, Magíster en Filosofía Política, profesor Universidad Cardenal Raúl Silva Henríquez.

José Luis Martínez Cereceda, Doctor en Antropología, profesor Universidad de Chile. N° 14.222 del Listado de prisioneros y torturados del Informe Valech.

Jaime Massardo, Doctor en Historia, profesor Universidad Academia de Humanismo Cristiano. N° 14.374 del Listado de prisioneros y torturados del Informe Valech.

Leonardo Mazzei de Grazia, Doctor en Historia, profesor Universidad de Concepción.

Alexis Meza Sánchez, Magíster © en Historia y Ciencias Sociales, Director Universidad ARCIS, sede Cañete.

Pedro Milos Hurtado, Doctor en Historia, profesor Universidad de Santiago de Chile.

Maximiliano Moder García, profesor de Historia, Ministerio de Educación.

Fabio Moraga Valle, Doctor © en Historia, El Colegio de México.

Tomás Moulian Emparanza, Sociólogo, Rector Universidad ARCIS.

Víctor Muñoz Tamayo, Licenciado en Historia, Maestría en Ciencias Sociales ©, Centro Cultural Manuel Rojas.

Luis Osandón Millavi, Licenciado en Historia, Doctor en Ciencias de la Educación, Jefe de Carrera Pedagogía en Historia y Ciencias Sociales Universidad Academia de Humanismo Cristiano.

Julio Pinto Vallejos, Doctor en Historia, profesor Universidad de Santiago.

Pedro Rosas Aravena, profesor de Historia, Magíster © en Historia y Ciencias Sociales Universidad ARCIS, prisionero político actualmente recluido en la Cárcel de Alta Seguridad de Santiago (CAS).

Gabriel Salazar Vergara, Doctor en Historia, profesor Universidad de Chile, Decano Facultad de Humanidades Universidad ARCIS. N° 22.144 del Listado de prisioneros y torturados del Informe Valech.

Rodrigo Sandoval, Licenciado en Historia, Máster en Archivística, Pontificia Universidad Católica de Chile.

Alicia Salomone, Magíster en Historia, Doctora © en Literatura, profesor Universidad de Chile.

Carlos Sandoval Ambiado, Profesor de Historia, Magíster en Educación, académico Universidad ARCIS. N° 22.532 del Listado de prisioneros y torturados del Informe Valech.

Robinson Silva Hidalgo, Magíster © en Historia, Coordinador Académico Universidad ARCIS, Arauco.

Soledad Tapia Venegas, profesora de Historia y Geografía, Magíster © en Gestión Educativa, Universidad SEK.

Mario Valdés Vera, Magíster en Historia, académico Universidad San Sebastián, Concepción.

Verónica Valdivia Ortiz de Zárate, Magíster en Historia, académica Universidad de Santiago.

Ricardo Vargas Morales, Magíster en Historia, Director Carrera de Historia y Ciencias Sociales Universidad San Sebastián, Concepción.

Ángela Vergara Marshall, Doctora en Historia, académica UT-Panamerican, Edinburg, Texas, Estados Unidos.

Claudia Videla Sotomayor, Licenciada en Historia, Magíster © en Historia, Universidad de Chile.

 


Manifiesto de Historiadores I.

I

 

De un tiempo a esta parte hemos percibido un recrudecimiento notorio de la tendencia de algunos sectores de la sociedad nacional a manipular y acomodar la verdad pública sobre el último medio siglo de la historia de Chile, a objeto de justificar determinados hechos, magnificar ciertos resultados y acallar otros; casi siempre, con el afán de legitimar algo que difícilmente es legitimable y tornar verdadero u objetivo lo que no lo es, o es sólo la autoimagen de algunos grupos. Esta tendencia se ve facilitada por el acceso que esos sectores y grupos tienen, de modo casi monopólico, a los medios masivos de comunicación, lo que les permite, por la vía de una extensa e impositiva difusión, dar una apariencia de verdad pública a lo que es, en el fondo, sólo expresión históricamente distorsionada de un interés privado.

 

La profusa difusión de verdades históricas manipuladas respecto a temas que inciden estratégicamente en la articulación de la memoria histórica de la nación y por ende en el desarrollo de la soberanía civil, nos mueve, a los historiadores que abajo firman, a hacer valer el peso de nuestra parecer profesional y la soberanía de nuestra opinión ciudadana sobre el abuso que la difusión de esas supuestas verdades implica.

 

En gran medida, la manipulación se observa en el juicio histórico sobre:

 

a) El proceso democrático anterior al golpe militar de 1973; b) el proceso político bajo condiciones de dictadura que le siguió (1973-1990) y c) sobre los problemas de derechos humanos y soberanía suscitados durante y después del advenimiento del último proceso.

 

Estimamos que esa manipulación se observa, en su versión más extrema y simple, en la difundida “Carta a los Chilenos” del ex-general Augusto Pinochet; en su versión más historiográfica y profesional, en los “Fascículos” publicados por el historiador Gonzalo Vial en el diario La Segunda, y en su forma más coyuntural y pragmática, en los alegatos, explicaciones y justificaciones esgrimidas “ante las cámaras” por miembros de la clase política civil y de la clase política militar respecto a las graves cuestiones de derechos humanos y soberanía que se están ventilando, sobre todo, en la Cámara de los Lores, de Inglaterra. Tres formas y manifestaciones distintas de un mismo tipo de manipulación de la Historia, que intentan legitimar y justificar un tipo de situación y un conjunto de intereses privados que, objetivamente, no representan ni la situación ni los intereses de la mayoría de los chilenos.

 

Ante esto, nos sentimos obligados a plantear lo que sigue:

 

II

 

En su “Carta a los Chilenos”, el ex-general Pinochet plantea, entre otras, tres “verdades históricas”:

 

a) que la intervención dictatorial de los militares entre 1973 y 1990 fue Una “gesta, hazaña o epopeya” de carácter nacional; b) que la crisis política de la anterior democracia fue obra exclusive del gobierno de la Unidad Popular, cuyo programa se proponía, con la “prédica del odio, la venganza y la división” y la “siniestra ideología del socialismo marxista”, imponer Una “visión atea y materialista… con un sistema implacablemente opresor de sus libertades y derechos… ; el imperio de la mentira y el odio”, y c) que “los hombres de armas” actuaron como “reserva moral de la nación” para reimplantar la “unidad del país… no para un sector o para un partido”, el “respeto a la dignidad humana”, la “libertad de los chilenos”, y dar “verdaderas oportunidades a los pobres y postergados”.

 

Respecto a la primera afirmación, queremos decir que en Historia se asigna la expresión “gesta, hazaña o epopeya nacional” sólo a las acciones decididas y realizadas mancomunadamente por todo un pueblo, nación o comunidad nacional, actuando en ejercicio de su soberanía. Tal como, durante siglos, el pueblo mapuche luchó contra los invasores, o como se movilizó el pueblo chileno, después de 1879, en la Guerra del Pacifico. Es por eso que llamar “gesta, hazaña o epopeya nacional” a la acción armada que “un” sector de chilenos emprendió contra “otro” sector de chilenos, implica un uso particularista, abusivo y coyuntural de un termino que tiene un significado más trascendente. En rigor, ese tipo de acción no es una gesta nacional, sino Una acción faccionalista (independientemente de que triunfe o no). Si la “facción” de chilenos que dio y apoyó el golpe militar de 1973 considera que esa (su) acción fue una “gesta nacional”, entonces también debería llamarse “gesta” al intento realizado, entre 1932 y 1973, por la facción” de chilenos derrotada por ese golpe, puesto que durante ese periodo procuró alcanzar el desarrollo económico y social del país luchando legalmente “contra” la facción opositora que, durante todo ese tiempo, estorbó sus planes. Es necesario diferenciar entre el “faccionalismo” que opera a través de la ley (caso de los derrotados en 1973) y el que opera a través de las armas (caso de los vencedores en 1973), pues un movimiento faccional democrático y legalista está más cerca de ser una “gesta nacional” que un “movimiento armado.

 

Respecto a la segunda afirmación, cabe decir que la crisis de 1973 no se debió sólo a la conducta gubernamental de la Unidad Popular (en verdad, ningún historiador serio caricaturizaría esa conducta reduciéndola a “prédica del odio”, a implementación de ideologías “siniestras”, a la “opresión” que sus reformas ejercieron sobre ciertos intereses y derechos, o al “imperio de la mentira” que habría primado en el fundamento de sus reformas) sino también -y no poco- a procesos históricos de larga duración, cuyo origen puede rastrearse en el siglo XIX, o antes. De hecho, la Unidad Popular administró (y precipitó) una crisis que tenia no sólo carácter político sino también, y sobre todo, económico y social, la cual se habla larvado cuando menos un siglo antes, lapso en el que la responsabilidad histórica no cabe imputaría ni al marxismo ni a los partidos de centro – izquierda, sino a la longeva rotación e inepcia gubernamental de las ó1ites oligárquicas de este país. Es preciso considerar que las crisis “pre-populistas” de 1851, 1859, 1890-1891, 1907-1908, 1924, 1930-1932 y las crisis “desarrollistas” de 1943, 1947, 1955, 1962 y 1967-1969 revelan, en conjunto, que el daño estructural causado por un siglo de gobiernos oligárquicos y neo-oligárquicos era de difícil remonte por vías democráticas (como el economista Tom Davis, de Chicago, señaló en 1957). Por esto, el intento de “reducir” la crisis estructural de la sociedad chilena a la crisis “política” del periodo 1970-1973, y la responsabilidad histórica estratégica al programa reformista de la Unidad Popular, no tiene cabida en la 1ógica del análisis científico, por más que la tenga en la lógica del alegato faccional. Ni la tiene en la visión de los verdaderos estadistas, que miran la situación del conjunto de los chilenos en el conjunto de su historia. Es lamentable que ni la lógica de la ciencia histórica ni la 1ógica del verdadero estadista aparezcan en la “Carta a los Chilenos” del ex-general Pinochet, pues los términos derogatorios que usa para referirse a las opciones y acciones soberanas de la facción de chilenos que, en marzo de 1973, copaban 43,3 % del electorado nacional (sin considerar los votantes de la Democracia Cristiana) revelan que su 1ógica no es más que la de un cabecilla faccional y no la de un estadista nacional.) ¿Por qué condenar derogatoriamente las opciones soberanas de casi la mitad de los chilenos? ¿Es esa derogación necesaria para desplazar y cargar sobre ellos no sólo la responsabilidad de sus errores propios, sino también la que corresponde a todos los errores oligárquicos del pasado y a todos los excesos de la facción triunfalista en el presente? Para inculpar a otros de las responsabilidades propias ¿es necesario denostar?

 

Respecto a la tercera afirmación (que los “hombres de armas”, actuando como “reserva moral”, lucharon por la unidad del país, y la dignidad humana de los chilenos, etc.), cabe decir que no se lucha por la unidad de la nación cuando se usan las “armas de la nación” contra casi la mitad de los connacionales; no se lucha por la dignidad de los chilenos cuando se violan los derechos humanos de miles de desaparecidos, centenas de miles de torturados, prisioneros, exonerados, etc. Ni se aseguran “verdaderas oportunidades para pobres y postergados” cuando se instala autoritariamente un régimen laboral que descansa en la masiva precarización del empleo y en un hipermercantilizado sistema de educación superior. Ni, por último, podemos llamar “reserva moral de la nación” a los que, faccionalmente, declaran la “guerra sucia” a la mitad de la nación, a los que violan la dignidad humana de sus connacionales e incurren en asesinatos de opositores políticos dentro y fuera del país, y a los que invocan el principio superior de la “soberanía” para intentar justificar e inmunizar los atentados que perpetraron contra ella. Las “armas de la nación” no deben usarse faccionalmente, ni en beneficio exclusive de minorías, ni para usurpar la soberanía de todos. Si se usan de ese modo, se incurre en un delito de lesa soberanía. El que no puede taparse con pueriles mantos de piedad y públicas confesiones de que se cuenta con la asistencia personal de Dios y la Santísima Virgen.

 

III

 

En la serie de fascículos que está publicando en el diario La Segunda, el historiador Gonzalo Vial postula las siguientes tesis históricas:

 

a) la polarización de la política chilena se produjo a partir de los años 60, al implementarse las “planificaciones globales” de la Democracia Cristiana y la Unidad Popular, de preferencia “contra” los agricultores y otros sectores patronales vinculados a la Derecha; b) la “violencia” se introdujo en Chile por la vía del “guevarismo” y tuvo como objetivo “la división de las Fuerzas Armadas”, la “colonización” del Centro Político y la profundización del ataque “contra” los patrones; c) ante todo eso, la Derecha se polarizó, entrando también en el juego de la violencia, dada la “horrible perspectiva” del triunfo de Allende; d) las Fuerzas Armadas eran legalistas, pero debieron intervenir cuando la “ilegalidad se usó como sistema” y diversos sectores, ante la crisis, buscaron soluciones de fuerza (“guerra civil”) y, e) por omisión – dado que sus fascículos abarcan sólo el periodo 19ó4-1973- el historiador Vial excluye todo juicio histórico sobre el “terrorismo de Estado” que la Junta Militar desplegó durante y después que logró controlar militarmente la situación (o sea, una semana después del 11 de septiembre).

 

En conjunto, las tesis históricas de Gonzalo Vial se refieren al periodo que permite explicar (y justificar) el Golpe de Estado de 1973, y están arregladas de modo de atribuir, a los afectados por ese golpe (las facciones que implementaban “planificaciones globales” y las que desestimaron la vía electoral-parlamentaria), la responsabilidad “provocativa” de la crisis, por haber creado las condiciones de inestabilidad, ilegalidad y violencia que hicieron ineludible y necesaria la acción militar. Las tesis no están diseñadas, pues, para explicar o justificar por qué se llegó al “exceso” de implementar “planificaciones globales” desde 19ó4, ni para explicar o justificar por qué el gobierno militar perpetró una impresionante cantidad de “excesos” después de 1973. El estudio se aplica a un periodo parcial, para configurar una verdad también parcial, que se liga, según todo lo indica, a un interés faccional.

 

Frente a este enfoque, queremos señalar:

 

a) la polarización de la política no se debió tanto al carácter “intransigente” de las planificaciones globales introducidas desde 1964, sino más bien al efecto acumulado de la estagnación económica y la crisis social, que se arrastraban de, cuando menos, comienzos de siglo (la polarización antagónica de la política la inició el estallido de la “cuestión social”, que la Encíclica Rerum Novarum percibió ya en 1891); b) el incremento de la violencia social-popular y la radicalización política de una parte de la izquierda y de un sector relevante de la juventud chilena no se debió sólo al “embrujo” del guevarismo -que fue posterior a 19ó0-, sino a la reiterada “constatación” del fracaso de los gobiernos radicales, del de Carlos Ibáñez y del empresario Jorge Alessandri, todos los cuales reprimieron con violencia la protesta social y explicaron su fracaso por haber gobernado maniatados por el rígido texto (liberal) de la Constitución de 1925 y el célebre obstruccionismo intransigente de la mayoría senatorial; c) la implementación de reformas estructurales “contra” los agricultores y otros grandes propietarios no fue “intransigente” sólo por faccionalismo, sino también por la necesidad de remover los dañinos intereses que se hablan enquistado en la estructura económica social y política del agro, provocando allí el subdesarrollo del capitalismo y la explotación laboral -longeva de siglo y medio- de los peones y trabajadores de la tierra; reformas que no tenían otro fin que incorporar esos “muertos económicos” a la economía “viva” del mercado nacional; d) la resistencia patronal a las reformas estructurales de tipo económico y social habla surgido con anterioridad a las “planificaciones” (los gobiernos radicales y el del propio Jorge Alessandri fueron afectados por esa oposición), de modo que, después de 19ó5 y de 1970, lo que hubo no fue el “surgimiento” de esa resistencia sino su “escalada” política ya que los patrones pasaron, de la simple protesta escrita y la no colaboración, a plantear frontalmente -en progresiva asociación con una potencia extranjera- la desestabilización de la economía y del gobierno, a cuyo efecto lanzaron, primero, la “acusación constitucional”; e) dada la sólida votación lograda por la Unidad Popular en marzo de 1973 (43,3 %), las fuerzas de Derecha desecharon el trámite parlamentario para impulsar el golpe militar (se arrojó maíz al paso de los soldados, acusándolos de “gallinas”), y f) tensado al máximo el orden constitucional (con riesgo, según Vial, de “guerra civil”), las Fuerzas Armadas no intervinieron, sin embargo, para reimponer la Constitución, ni convocar la ciudadanía a un Asamblea Nacional que acordara soberanamente una nueva Constitución, ni para impulsar la reunificación nacional (que era pertinente para “pacificar” el país), sino para destruir el poder político de la Izquierda y aun (si se analiza finamente) del Centro, a cuyo efecto consumaron una masacre y una violación de derechos humanos y civiles sin parangón en la historia de Chile.

 

Como se aprecia, la lógica de la manipulación histórica es la misma en el caso de la “Carta” del ex-general Pinochet y en el caso de los “Fascículos” del historiador Vial, pues coinciden plenamente en: la reducción del proceso histórico al periodo en que es posible justificar el Golpe de 1973: el silenciamiento de los procesos históricos estructurales y de la correspondiente responsabilidad oligárquica acumulada; la atribución de la crisis política de 1973 a la implementación de las reformas económicas y sociales; la ineludible y moralista intervención armada de los militares, y el acallamiento de los excesos faccionales cometidos por el gobierno militar después de 1973. La mayor riqueza factual y contextual de los fascículos de Vial en nada disminuye ni disimula su ostensible identidad discursiva y “faccional” con la arenga del citado ex-general.

 

IV

 

Diversas autoridades de gobierno y altos oficiales de las Fuerzas Armadas han defendido “ante las cámaras”, con calor inusitado, la tesis de que el enjuiciamiento incoado en Inglaterra y/o España contra el ex-general Pinochet es un atentado contra la soberanía nacional, por lo que seria un deber patriótico defender al ex-general con todos los recursos del Estado. Que, si ha de ser juzgado, que lo sea por las leyes chilenas. Se ha proclamado y sostenido, a este efecto, la tesis de que el “principio” de la soberanía nacional (en este caso, según el texto constitucional de 1980) está por encima no sólo de los “actos delictuales” de cualquier connacional, sino también sobre la red internacional de derechos humanos. El Gobierno ha dado a ese principio una validez suprema, dentro y fuera del país, subordinando o postergando todo otro principio, incluso la demanda de justicia que emana de los miles y miles de chilenos afectados por esas violaciones y de los ciudadanos del mundo que solidarizan con ellos. Aquí cabe la siguiente pregunta: ante los crímenes contra la humanidad ¿qué vale más? ¿El “principio” de soberanía nacional -según se defina en la constitución, leyes y decretos promulgados por el mismo gobierno dictatorial que “comandó” esos crímenes-, o el “principio” de justicia que los afectados y la humanidad misma quieren aplicar? ¿Qué está hoy defendiendo el Estado chileno?

 

Nuestro parecer es que la cuestión de la soberanía y de los derechos humanos es la materia última, esencial, de que trata la Historia. La soberanía emana de la libertad individual y colectiva, y los derechos humanos constituyen la consagración jurídica universal de esa dignidad soberana. La historia no es sino el ejercicio de esa soberanía y la revalidación continua de esos derechos. La Constitución y las Leyes, en tanto expresan la voluntad soberana de la comunidad nacional, son legítimas. Si -y sólo si- la expresan, se puede decir que representan soberanía. Cuando se respeta la voluntad legisladora de la comunidad ciudadana se respeta también, simultáneamente, el más fundamental de los derechos humanos: la posibilidad de que esa comunidad pueda construir por si misma la realidad que estime conveniente. Cuando la soberanía ciudadana es usurpada por unos pocos, cuando esos pocos dictan leyes para pocos pero pretenden aplicaría para todos, cuando esas leyes se imponen por la fuerza de las armas y no por la voluntad libre e informada de todos los ciudadanos, no se está en presencia de la soberanía, sino de actos usurpatorios de soberanía.

 

Las leyes que se dictan en estado de usurpación soberana, no son legítimas. Los tribunales, jueces y policías que actúan en función de ellas, no expresan la justicia soberana, sino intereses de usurpación y de los (pocos) beneficiados con ello. No es verdadera justicia. Los dispositivos regales que imponen los usurpantes para protegerse a si mismos de la justicia soberana o de la justicia internacional, no son expresión de soberanía. Son, simplemente, su burla.

 

Lamentamos que en Chile actual las clases dirigentes están “deduciendo” la soberanía del texto constitucional de 1980, sin importar si éste fue producto soberano de una informada decisión popular, o de una imposición faccional de los poderes fácticos. Sin importar si se usa “esa” soberanía para defender los derechos del pueblo, o para defender los intereses de los dictadores que usurparon y violaron los derechos del pueblo. Si, en fin, se usa esa soberanía para hacer justicia a los asesinados y torturados, o para proteger a los que ampararon esos crímenes.

 

Así, de ese modo, no se hace historian sino anti-historia. Y por ello, anteponer esos “principios” a la verdad de los hechos y a los derechos soberanos revela, no una vocación ciudadana de servicio público, sino una burla faccional contra lo público.

 

V

 

La historia no es sólo pasado, sino también, y principalmente, presente y futuro. La historia es proyección. Es la construcción social de la realidad futura. El más importante de los derechos humanos consiste en respetar la capacidad de los ciudadanos para producir por si mismos la realidad futura que necesitan. No reconocer ese derecho, usurpar o adulterar ese derecho, es imponer, por sobre todo, no la verdad, sino la mentira histórica. Es vaciar la verdadera reserva moral de la humanidad.

 

Santiago, enero 25 de 1999.

 

Mario Garcés Duran, Doctor en Historia (c). Director de ECO (Educación y Comunicaciones.)

Sergio Grez Toso, Doctor en Historia. Director del Museo Nacional Benjamín Vicuña Mackenna.

Maria Eugenia Horvitz, D.E.A. Profesora Departamento de Historia, Universidad de Chile.

Maria Angélica Illanes, Doctor en Historia (c). Profesora Instituto Estudios Humanísticos, Universidad de Chile.

Leonardo León Solís, Doctor en Historia (c). Profesor Departamento de Historia, Universidad de Valparaíso.

Pedro Milos, Doctor en Historia. Profesor Universidad Academia de Humanismo Cristiano.

Julio Pinto Vallejos, Doctor en Historia. Director Departamento de Historia, Universidad de Santiago.

Armando de Ramón Folch, Premio Nacional de Historia. Pontificia Universidad Católica de Chile.

Jorge Rojas Flores, Licenciado en Historia y Magíster en Ciencias Sociales. Investigador del P.E.T.

Gabriel Salazar Vergara, Doctor en Historia. Profesor Departamento de Historia, Universidad de Chile.

Verónica Valdivia Ortiz de Zarate, Magíster en Historia. Profesora Universidad de Santiago.

 

 

(Esta lista incluye sólo los que firmaron hasta el 27/01/1999. Este documento fue refrendado por muchos otros historiadores, y fue publicado por LOM Ediciones con una serie de reacciones al documento).

 


Los revolucionarios y la revolución. Una lectura a Salvador Allende.

Luis Pino Moyano[1].

Hablar de Salvador Allende Gossens y de su pensamiento político implica una serie de desafíos. En términos personales, debo hacer presente una serie de cuestiones emocionales. Yo nací casi nueve años después del Golpe Militar de 1973 que impusiera una dictadura asesina en nuestro país. Pero crecí escuchando de Salvador Allende. Recuerdo que muchas veces en la casa de mi abuelo se escuchó el casete, que era la copia de la copia de la copia con algunos discursos de Allende, los bandos militares y al final el “discurso de despedida”, en el cual el Presidente Allende daba a conocer que resistiría hasta el final el ataque artero de los militares. Un discurso en el que se dirige a chilenos y chilenas, a las víctimas de lo que vendría y a los victimarios, inclusive, entre ellos, “los traidores”, algunos mencionados con nombre y apellido. Y, finalmente, el mensaje esperanzador de que “otros hombres” harían la construcción necesaria para volver a caminar por las “anchas alamedas”. Y ahí emana otro de los desafíos. El de la formación académica e historiográfica que invita a diferenciar entre discursividad y acción, lo que trasunta en el reconocimiento de ciertos rasgos “mesiánicos” en la figura de Allende, de la fusión marxismo y romanticismo, de las concepciones modernas, entre otras. Y está el desafío político que se presenta como un camino con bifurcación. Un camino conduce a cuestionar el concepto de revolución y con ello hacer un examen crítico del proceso dirigido por la Unidad Popular entre 1970 y 1973. Aquí nos adentramos al clásico debate entre reforma y revolución, pugna teórica y práctica de las izquierdas en Chile. Y el otro camino, del desafío político, es nuestra manera de mirar hacia el pasado. Tertuliano, un “padre de la iglesia” señalaba que la “sangre de los mártires es la semilla de la iglesia”, cita fácil de parafrasear en el discurso de la izquierda chilena. Nuestro apego a la figura de mártires obnubila nuestra mirada a los errores. Nos hace colocar a los finados en un pedestal y no reconocerlos dentro de su humanidad como si fuesen seres impecables, inerrantes, santos. Un historiador con el cual es difícil de estar de acuerdo, Alfredo Jocelyn-Holt, señaló en el contexto de las conmemoraciones de los cien años de la masacre de Santa María de Iquique que: “lo mejor de la izquierda chilena es cuando lucha y gana batallas posibles. Pero sucede que la izquierda actual está confundida. Su sector blando renuncia a sus luchas de ayer “concertándose”, mientras que su sector duro insiste en estos memoriales auto-justificativos. La izquierda precisa proyectos viables, no lloriqueos ni autotraiciones. Sólo entonces sus víctimas podrán descansar en paz”[2]. Puede sonar duro, pero se da cuenta de algo que nos falta. Evidentemente, mi intención no es llamar al olvido. Creo que debemos mirar constantemente hacia atrás, pero dichos actos de recordación deben estar ligados a una función social y política, que planteándola de cuajo, es la misma que señalara Marx en una de sus más citadas tesis sobre Feuerbach: “los filósofos han interpretado de diversos modos el mundo, pero de lo que se trata es de transformarlo”. No podemos permitir que el dolor nos paralice dejándonos como sujetos escleróticos. Debemos asumir con responsabilidad nuestra tarea intelectual y política, de manera tal que recordando nuestro pasado, tengamos la posibilidad de interpretar nuestro presente y forjar un futuro mejor, entendiendo que “la historia es nuestra y la hacen los pueblos”[3]. Y al entender que es nuestra es que asumo estos desafíos no como limitaciones, puesto que no creo en la neutralidad, sino más bien, como elementos a tener en cuenta, ya sea para afinar o potenciar la mirada.

La ponencia que presento, consiste en un acercamiento teórico a la revolución y como resultado de dicho ejercicio, una lectura al pensamiento de Allende, a partir del análisis discursivo.

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[1] Estudiante de Licenciatura en Historia con mención en Estudios Culturales de la Universidad Academia de Humanismo Cristiano. E-Mail: luispinomoyano@gmail.com

Ponencia presentada en la 2ª Jornada de Estudiantes de Historia de la Universidad Academia de Humanismo Cristiano, “Historia Política y Social de Chile (Siglo XX)”, efectuada los días 29 y 30 de septiembre de 2009.

[2] Jocelyn-Holt, Alfredo. “Iquique a 100 años”. En: Diario La Tercera, Ideas & Debates, Santiago, domingo 23 de diciembre de 2007, p. 4.

[3] Frase tomada del discurso de despedida de Allende, en La Moneda. 11 de septiembre de 1973.


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