3ª Jornada de Historia de las izquierdas en Chile. 5 y 6 de junio de 2012.
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De dogmas, hombres nuevos, muerte y martirologio. La relación subterránea marxismo-cristianismo en Chile, 1960-70.
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Autor: Luis Pino Moyano.
Resumen: Esta comunicación presenta las “coincidencias de contenido” entre el marxismo y el cristianismo en las décadas de 1960-70 en Chile. Dichas coincidencias, que se encuentran en lo subterráneo del discurso dan cuenta de la síntesis dialéctica, en la cual no sólo son superados y negados los elementos de la tesis más débil en términos cualitativos, sino que son absorbidos por ella, dando continuidad a la contradicción. Centraremos nuestra mirada en las categorías de hombre nuevo, sacrificio, muerte y martirologio y en los sujetos históricos Salvador Allende y Miguel Enríquez.
Palabras clave: Dogma, hombre nuevo, sacrificio, muerte, mártir / martirologio.
Publicación: 2011-12-03.
Tipo: Artículo original.
Formato: PDF.
Fuente: Revista Izquierdas 0718-5049 (2011) Num. 11.
Idioma: Español.
Derechos: De los autores.
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Franja política por el NO (Chile, 1988).
Subo este especial realizado por “Teleanálisis” que da cuenta de la lucha política realizada por la “Concertación de Partidos por el No”, sobre todo en su recordada acción propagandística.
Y, a modo de Bonus Track, subo cuatro spots de la campaña del Sí (en un sólo vídeo) que parodian algunos elementos de la propaganda opositora, buscando generar miedo en la población. Una buena muestra de lo que significa una “campaña del terror”.
Fernando Ortiz Letelier. Militante comunista, historiador y profesor.
Luis Pino Moyano[1].
En este profesor nacido en Puerto Montt el año 1922 se puede ver encarnada esa unión forjada al acero entre el académico y el militante, en la cual, si bien es cierto, la tarea de la militancia era la prioritaria, puesto que lo más importante para estos actores, los historiadores marxistas, era llevar a cabo las tareas que condujeran a la toma del poder, el rol intelectual no fue dejado de lado, muy por el contrario, fue ejercido con mucho profesionalismo, lo que podrá verse en los antecedentes biográficos que las siguientes líneas presentarán.
- La vida en la que se funden la intelectualidad y la militancia.
Desde Puerto Montt este joven estudiante viajó a Santiago, en 1943, para llevar a cabo sus estudios de Pedagogía en Historia, Geografía y Educación Cívica en el Instituto Pedagógico de la Universidad de Chile, estudios que suspendió por un tiempo debido a la enfermedad y deceso de su padre. Al retomar sus estudios, se graduó de manera brillante, con una tesis titulada: “El Movimiento Obrero en Chile (1891-1919). Antecedentes”[2]. Era el año 1956. En ese mismo año, su maestro, Hernán Ramírez Necochea, publicaba su libro “Historia del Movimiento Obrero en Chile”.
[1] Licenciado en Historia con mención en Estudios Culturales de la Universidad Academia de Humanismo Cristiano. Este artículo forma parte de una investigación mayor desarrollada por el Núcleo Temático de Investigación: “Desarrollo de la historiografía marxista chilena hasta el golpe militar de 1973”, dirigido por las académicas Ana López Dietz y Paula Raposo Quintana.
[2] Orlando Millas, en su prólogo al libro de Ramírez Necochea, “Origen y formación del Partido Comunista de Chile”, refiere a la obra de Ortiz con el título de “La Cuestión Social en Chile. Antecedentes. 1891-1919”. Millas, Orlando. “El tema y la significación de esta obra”. Ramírez Necochea, Hernán. Origen y formación del Partido Comunista de Chile. Moscú, Editorial Progreso, 1984, p. 5.
Discursos de Salvador Allende el 11 de Septiembre de 1973.
Santiago de Chile, Martes 11 de Septiembre de 1973.
7:55 A.M. Radio Corporación
Habla el Presidente de la República desde el Palacio de La Moneda. Informaciones confirmadas señalan que un sector de la marinería habría aislado Valparaíso y que la ciudad estaría ocupada, lo que significa un levantamiento contra el Gobierno, del Gobierno legítimamente constituido, del Gobierno que está amparado por la ley y la voluntad del ciudadano.
En estas circunstancias, llamo a todos los trabajadores. Que ocupen sus puestos de trabajo, que concurran a sus fábricas, que mantengan la calma y serenidad. Hasta este momento en Santiago no se ha producido ningún movimiento extraordinario de tropas y, según me ha informado el jefe de la Guarnición, Santiago estaría acuartelado y normal.
En todo caso yo estoy aquí, en el Palacio de Gobierno, y me quedaré aquí defendiendo al Gobierno que represento por voluntad del pueblo. Lo que deseo, esencialmente, es que los trabajadores estén atentos, vigilantes y que eviten provocaciones. Como primera etapa tenemos que ver la respuesta, que espero sea positiva, de los soldados de la Patria, que han jurado defender el régimen establecido que es la expresión de la voluntad ciudadana, y que cumplirán con la doctrina que prestigió a Chile y le prestigia el profesionalismo de las Fuerzas Armadas. En estas circunstancias, tengo la certeza de que los soldados sabrán cumplir con su obligación. De todas maneras, el pueblo y los trabajadores, fundamentalmente, deben estar movilizados activamente, pero en sus sitios de trabajo, escuchando el llamado que pueda hacerle y las instrucciones que les dé el compañero Presidente de la República.
8:15 A.M.
Trabajadores de Chile:
Les habla el Presidente de la República. Las noticias que tenemos hasta estos instantes nos revelan la existencia de una insurrección de la Marina en la Provincia de Valparaíso. He ordenado que las tropas del Ejército se dirijan a Valparaíso para sofocar este intento golpista. Deben esperar la instrucciones que emanan de la Presidencia. Tengan la seguridad de que el Presidente permanecerá en el Palacio de La Moneda defendiendo el Gobierno de los Trabajadores. Tengan la certeza que haré respetar la voluntad del pueblo que me entregara el mando de la nación hasta el 4 de Noviembre de 1976. Deben permanecer atentos en sus sitios de trabajo a la espera de mis informaciones. Las fuerzas leales respetando el juramento hecho a las autoridades, junto a los trabajadores organizados, aplastarán el golpe fascista que amenaza a la Patria.
8:45 A.M.
Compañeros que me escuchan:
La situación es crítica, hacemos frente a un golpe de Estado en que participan la mayoría de las Fuerzas Armadas. En esta hora aciaga quiero recordarles algunas de mis palabras dichas el año 1971, se las digo con calma, con absoluta tranquilidad, yo no tengo pasta de apóstol ni de mesías. No tengo condiciones de mártir, soy un luchador social que cumple una tarea que el pueblo me ha dado. Pero que lo entiendan aquellos que quieren retrotraer la historia y desconocer la voluntad mayoritaria de Chile; sin tener carne de mártir, no daré un paso atrás. Que lo sepan, que lo oigan, que se lo graben profundamente: dejaré La Moneda cuando cumpla el mandato que el pueblo me diera, defenderé esta revolución chilena y defenderé el Gobierno porque es el mandato que el pueblo me ha entregado. No tengo otra alternativa. Sólo acribillándome a balazos podrán impedir la voluntad que es hacer cumplir el programa del pueblo. Si me asesinan, el pueblo seguirá su ruta, seguirá el camino con la diferencia quizás que las cosas serán mucho más duras, mucho más violentas, porque será una lección objetiva muy clara para las masas de que esta gente no se detiene ante nada. Yo tenía contabilizada esta posibilidad, no la ofrezco ni la facilito. El proceso social no va a desaparecer porque desaparece un dirigente. Podrá demorarse, podrá prolongarse, pero a la postre no podrá detenerse. Compañeros, permanezcan atentos a las informaciones en sus sitios de trabajo, que el compañero Presidente no abandonará a su pueblo ni su sitio de trabajo. Permaneceré aquí en La Moneda inclusive a costa de mi propia vida.
9:03 A.M. Radio Magallanes
En estos momentos pasan los aviones. Es posible que nos acribillen. Pero que sepan que aquí estamos, por lo menos con nuestro ejemplo, que en este país hay hombres que saben cumplir con la obligación que tienen. Yo lo haré por mandato del pueblo y por mandato conciente de un Presidente que tiene la dignidad del cargo entregado por su pueblo en elecciones libres y democráticas. En nombre de los más sagrados intereses del pueblo, en nombre de la Patria, los llamo a ustedes para decirles que tengan fe. La historia no se detiene ni con la represión ni con el crimen. Esta es una etapa que será superada. Este es un momento duro y difícil: es posible que nos aplasten. Pero el mañana será del pueblo, será de los trabajadores. La humanidad avanza para la conquista de una vida mejor.
Pagaré con mi vida la defensa de los principios que son caros a esta Patria. Caerá un baldón sobre aquellos que han vulnerado sus compromisos, faltando a su palabra… rota la doctrina de las Fuerzas Armadas.
El pueblo debe estar alerta y vigilante. No debe dejarse provocar, ni debe dejarse masacrar, pero también debe defender sus conquistas. Debe defender el derecho a construir con su esfuerzo una vida digna y mejor.
9:10 AM
Amigos míos. Seguramente ésta será la última oportunidad en que pueda dirigirme a ustedes. La Fuerza Aérea ha bombardeado las torres de Radio Postales y Radio Corporación. Mis palabras no tienen amargura sino decepción Que sean ellas el castigo moral para los que han traicionado el juramento que hicieron: soldados de Chile, comandantes en jefe titulares, el almirante Merino, que se ha autodesignado comandante de la Armada, más el señor Mendoza, general rastrero que sólo ayer manifestara su fidelidad y lealtad al Gobierno, y que también se ha autodenominado Director General de carabineros.
Ante estos hechos sólo me cabe decir a los trabajadores: ¡Yo no voy a renunciar! Colocado en un tránsito histórico, pagaré con mi vida la lealtad del pueblo. Y les digo que tengo la certeza de que la semilla que hemos entregado a la conciencia digna de miles y miles de chilenos, no podrá ser segada definitivamente. Tienen la fuerza, podrán avasallarnos, pero no se detienen los procesos sociales ni con el crimen ni con la fuerza.
La historia es nuestra y la hacen los pueblos.
Trabajadores de mi Patria: quiero agradecerles la lealtad que siempre tuvieron, la confianza que depositaron en un hombre que sólo fue intérprete de grandes anhelos de justicia, que empeñó su palabra en que respetaría la Constitución y la ley, y así lo hizo. En este momento definitivo, el último en que yo pueda dirigirme a ustedes, quiero que aprovechen la lección: el capital foráneo, el imperialismo, unidos a la reacción, creó el clima para que las Fuerzas Armadas rompieran su tradición, la que les enseñara el general Schneider y reafirmara el comandante Araya, víctimas del mismo sector social que hoy estará en sus casas esperando con mano ajena reconquistar el poder para seguir defendiendo sus granjerías y sus privilegios.
Me dirijo, sobre todo, a la modesta mujer de nuestra tierra, a la campesina que creyó en nosotros, a la abuela que trabajó más, a la madre que supo de nuestra preocupación por los niños.
Me dirijo a los profesionales de la Patria, a los profesionales patriotas que siguieron trabajando contra la sedición auspiciada por los colegios profesionales, colegios de clases para defender también las ventajas de una sociedad capitalista de unos pocos.
Me dirijo a la juventud, a aquellos que cantaron y entregaron su alegría y su espíritu de lucha.
Me dirijo al hombre de Chile, al obrero, al campesino, al intelectual, a aquellos que serán perseguidos, porque en nuestro país el fascismo ya estuvo hace muchas horas presente; en los atentados terroristas, volando los puentes, cortando las vías férreas, destruyendo lo oleoductos y los gaseoductos, frente al silencio de quienes tenían la obligación de proceder. Estaban comprometidos. La historia los juzgará.
Seguramente Radio Magallanes será acallada y el metal tranquilo de mi voz ya no llegará a ustedes. No importa. La seguirán oyendo. Siempre estaré junto a ustedes. Por lo menos mi recuerdo será el de un hombre digno que fue leal con la Patria.
El pueblo debe defenderse, pero no sacrificarse. El pueblo no debe dejarse arrasar ni acribillar, pero tampoco puede humillarse.
Trabajadores de mi Patria, tengo fe en Chile y su destino. Superarán otros hombres este momento gris y amargo en el que la traición pretende imponerse. Sigan ustedes sabiendo que, mucho más temprano que tarde, de nuevo se abrirán las grandes alamedas por donde pase el hombre libre, para construir una sociedad mejor.
¡Viva Chile! ¡Viva el pueblo! ¡Vivan los trabajadores!
Estas son mis últimas palabras y tengo la certeza de que mi sacrificio no será en vano, tengo la certeza de que, por lo menos, será una lección moral que castigará la felonía, la cobardía y la traición.
El Primer año de Allende, según Eric Hobsbawm.
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Que el traspaso constitucional del poder y una transición pacífica al socialismo son posibles ha sido admitido por los marxistas teóricamente desde que Marx lo puso por escrito en 1872. La perspectiva de semejante transición, empero, permanece sombría.
Los escritos marxistas al respecto son escasos y abstractos, probablemente porque casi no hay experiencias prácticas relevantes para esa discusión. Hasta el momento ninguna economía socialista ha llegado a existir, si no a través de transferencias violentas o inconstitucionales del poder. Esto hace del caso de Chile hoy [septiembre de 1971] algo bastante único. Hasta noviembre de 1970, cuando Salvador Allende asumió la presidencia, los casos que podían pretender ser transiciones legales al socialismo pertenecían a tres tipos, todos igualmente inútiles como precedentes. Primero, hay montones de ejemplos de transferencias del poder, pacíficas o no, a gobiernos socialdemócratas o laboristas. Desafortunadamente, ninguno de ellos hizo ningún intento para introducir el socialismo y la mayoría ni siquiera quería hacerlo. Segundo, tenemos los frentes populares de los años ’30… [Pero] de hecho, el objetivo político inmediato de tales gobiernos fue defensivo –hacer retroceder la marea del fascismo- y muy rara vez tuvieron la oportunidad de ir más allá de eso… Tercero, hubo gobiernos de unión antifascista que surgieron de la lucha contra Alemania al final de la Segunda Guerra Mundial en muchos países europeos… Sin embargo, aún si no consideramos la lucha armada a partir de la cual estos regímenes emergieron, el rápido quiebre de los frentes antifascistas nacionales e internacional acabaron muy pronto con esta perspectiva… Por ello la situación en el Chile de Allende no tiene precedentes. No puede haber ninguna duda de que la meta del gobierno de la Unidad Popular es el socialismo…
Discurso de Salvador Allende en las Naciones Unidas (4 de diciembre de 1972).
Señor presidente, señoras y señores delegados:
Agradezco el alto honor que se me hace al invitarme a ocupar esta tribuna, la más representativa del mundo y el foro más importante y de mayor trascendencia en todo lo que atañe a la humanidad. Saludo al señor secretario general de las Naciones Unidas, a quien tuvimos el agrado de recibir en nuestra patria las primeras semanas de su mandato, y a los representantes de más de 130 países que integran la Asamblea.
A usted, señor presidente, proveniente de un país con el cual nos unen lazos fraternales y a quien personalmente apreciamos cuando encabezó la delegación de la República Popular de Polonia a la tercera UNCTAD, junto con rendir homenaje a su alta investidura, deseo agradecerle sus palabras tan significativas y calurosas.
Vengo de Chile, un país pequeño, pero donde hoy cualquier ciudadano es libre de expresarse como mejor prefiera, de irrestricta tolerancia cultural, religiosa e ideológica, donde la discriminación racial no tiene cabida. Un país con una clase obrera unida en una sola organización sindical, donde el sufragio universal y secreto es el vehículo de definición de un régimen multipartidista, con un Parlamento de actividad ininterrumpida desde su creación hace 160 años, donde los tribunales de justicia son independientes del Ejecutivo, en que desde 1833 sólo una vez se ha cambiado la carta constitucional, sin que ésta prácticamente jamás haya dejado de ser aplicada. Un país donde la vida pública está organizada en instituciones civiles, que cuenta con Fuerzas Armadas de probada formación profesional y de hondo espíritu democrático. Un país de cerca de diez millones de habitantes que en una generación ha dado dos premios Nobel de Literatura, Gabriela Mistral y Pablo Neruda, ambos hijos de modestos trabajadores. En mi patria, historia, tierra y hombre se funden en un gran sentimiento nacional.
Pero, Chile es también un país cuya economía retrasada ha estado sometida e inclusive enajenada a empresas capitalistas extranjeras, que ha sido conducido a un endeudamiento externo superior a los cuatro mil millones de dólares, cuyo servicio anual significa más del 30% del valor de sus exportaciones; un país con una economía extremadamente sensible ante la coyuntura externa, crónicamente estancada e inflacionaria, donde millones de personas han sido forzadas a vivir en condiciones de explotación y miseria, de cesantía abierta o disfrazada.
Hoy vengo aquí porque mi país está enfrentado a problemas que en su trascendencia universal son objeto de la permanente atención de esta Asamblea de las Naciones Unidas: la lucha por la liberación social, el esfuerzo por el bienestar y el progreso intelectual, la defensa de la personalidad y dignidad nacionales.
La perspectiva que tenía ante sí mi patria, como tantos otros países del Tercer Mundo, era un modelo de la modernización reflejo, que los estudios técnicos y la realidad más trágica coinciden en demostrar que está condenado a excluir de las posibilidades de progreso, bienestar y liberación social a más y más millones de personas, relegándolas a una vida subhumana. Modelo que va a producir mayor escasez de viviendas, que condenará a un número cada vez más grande de ciudadanos a la cesantía, al analfabetismo, a la ignorancia y a la miseria fisiológica.
La misma perspectiva, en síntesis, que nos ha mantenido en una relación de colonización o dependencia. Que nos ha explotado en tiempos de guerra fría, pero también en tiempos de conflagración bélica y también en tiempos de paz. A nosotros, los países subdesarrollados, se nos quiere condenar a ser realidades de segunda clase, siempre subordinadas.
Éste es el modelo que la clase trabajadora chilena, al imponerse como protagonista de su propio devenir, ha resuelto rechazar, buscando en cambio un desarrollo acelerado, autónomo y propio, transformando revolucionariamente las estructuras tradicionales.
El pueblo de Chile ha conquistado el gobierno tras una larga trayectoria de generosos sacrificios, y se encuentra plenamente entregado a la tarea de instaurar la democracia económica, para que la actividad productiva responda a necesidades y expectativas sociales, y no a intereses de lucro particular. De modo programado y coherente, la vieja estructura apoyada en la explotación de los trabajadores y en el dominio por una minoría de los principales medios de producción, está siendo superada. En su reemplazo surge una nueva estructura dirigida por los trabajadores que, puesta al servicio de los intereses de la mayoría, está sentando las bases de un crecimiento que implica desarrollo auténtico, que involucra a todos los habitantes, y no margina a vastos sectores de conciudadanos a la miseria y relegación social.
Los trabajadores están desplazando a los sectores privilegiados del poder político y económico, tanto en los centros de labor, como en las comunas y en el Estado. Éste es el contenido revolucionario del proceso que está viviendo mi país, de superación del sistema capitalista y de apertura hacia el socialismo.
La necesidad de poner al servicio de las enormes carencias del pueblo la totalidad de nuestros recursos económicos, iba a la par con la recuperación para Chile de su dignidad. Debíamos acabar con la situación de que nosotros, los chilenos, debatiéndonos contra la pobreza y el estancamiento, tuviéramos que exportar enormes sumas de capital en beneficio de la más poderosa economía de mercado del mundo. La nacionalización de los recursos básicos constituía una reivindicación histórica. Nuestra economía no podía tolerar por más tiempo la subordinación que implicaba tener más de 80% de sus exportaciones en manos de un reducido grupo de grandes compañías extranjeras que siempre han antepuesto sus intereses a las necesidades de los países en los cuales lucran. Tampoco podíamos aceptar la lacra del latifundio, los monopolios industriales y comerciales, el crédito de beneficios de unos pocos, las brutales desigualdades en la distribución del ingreso.
El camino revolucionario que Chile está siguiendo, el cambio de la estructura del poder que estamos llevando a cabo, el progresivo papel directivo que en ella asumen los trabajadores, la recuperación nacional de las riquezas básicas, la liberación de nuestra patria de la subordinación a las potencias extranjeras, son la culminación de un largo período de nuestra historia, de esfuerzo por imponer las libertades políticas y sociales, de heroica lucha de varias generaciones de obreros y campesinos por organizarse como fuerza social, para conquistar el poder político y desplazar a los capitalistas del poder económico.
Su tradición, su personalidad, su conciencia revolucionaria, permiten al pueblo chileno impulsar el proceso hacia el socialismo fortaleciendo las libertades cívicas, colectivas e individuales, respetando el pluralismo cultural e ideológico. El nuestro es un combate permanente por la instauración de las libertades sociales, de la democracia económica, mediante el pleno ejercicio de las libertades políticas.
La voluntad democrática de nuestro pueblo ha asumido el desafío de impulsar el proceso revolucionario dentro de los marcos de un Estado de Derecho altamente institucionalizado, que ha sido flexible a los cambios y que hoy está frente a la necesidad de ajustarse a la nueva realidad socioeconómica.
Hemos nacionalizado las riquezas básicas. Hemos nacionalizado el cobre. Lo hemos hecho por decisión unánime del Parlamento, donde los partidos de gobierno están en minoría. Queremos que todo el mundo lo entienda claramente: no hemos confiscado las empresas extranjeras de la minería del cobre. Eso sí, de acuerdo con disposiciones constitucionales, reparamos una injusticia histórica, al deducir de la indemnización las utilidades por ellas percibidas más allá de un 12% anual, a partir de 1955.
Las utilidades que habían obtenido en el transcurso de los últimos quince años algunas de las empresas nacionalizadas eran tan exorbitantes, que al aplicárseles como límite de utilidad razonable el 12% anual, esas empresas fueron afectadas por deducciones de significación.
Tal es el caso, por ejemplo, de una filial de Anaconda Company, que entre 1955 y 1970 obtuvo en Chile una utilidad promedio del 21,5% anual sobre su valor libro, mientras las utilidades de Anaconda en otros países alcanzaban sólo un 3,6% al año. Ésa es la situación de una filial de Kennecott Copper Corporation que, en el mismo período, obtuvo en Chile una utilidad promedio del 52,8% anual, llegando en algunos años a utilidades tan increíbles como el 106 % en 1967, el 113 % en 1968 y más del 205% en 1969.
El promedio de las utilidades de Kennecott en otros países alcanzaba, en la misma época, a menos de 10% anual. Sin embargo, la aplicación de la norma constitucional ha determinado que otras empresas cupríferas no fueran objeto de descuentos por concepto de utilidades excesivas, ya que sus beneficios no excedieron el límite razonable del 12% anual.
Cabe destacar que en los años inmediatamente anteriores a la nacionalización, las grandes empresas del cobre habían iniciado planes de expansión, los que en gran medida han fracasado y para los cuales no aportaron recursos propios, no obstante las grandes utilidades que percibían y que financiaron a través de créditos externos. De acuerdo con las disposiciones legales, el Estado chileno ha debido hacerse cargo de esas deudas, las que ascienden a la enorme cifra de más de 727 millones de dólares. Hemos empezado a pagar incluso deudas que una de estas empresas había contraído con Kennecott, su compañía matriz en Estados Unidos.
Estas mismas empresas, que explotaron el cobre chileno durante muchos años, sólo en los últimos cuarenta y dos años se llevaron, en ese lapso, más de cuatro mil millones de dólares de utilidad, en circunstancias que su inversión inicial no subió de treinta millones. Un simple y doloroso ejemplo, un agudo contraste: en mi país hay seiscientos mil niños que jamás podrán gozar de la vida en términos normalmente humanos, porque en sus primeros ocho meses de existencia no recibieron la cantidad elemental de proteínas. Cuatro mil millones de dólares transformarían totalmente a Chile. Sólo parte de esa suma, aseguraría proteínas para siempre a todos los niños de mi patria.
La nacionalización del cobre se ha hecho observando escrupulosamente el ordenamiento jurídico interno, y con respeto a las normas del derecho internacional, el cual no tiene por qué ser identificado con los intereses de las grandes empresas capitalistas.
Éste es, en síntesis, el proceso que mi patria vive, que he creído conveniente presentar ante esta asamblea, con la autoridad que nos da el que estamos cumpliendo con rigor las recomendaciones de las Naciones Unidas y apoyándonos en el esfuerzo interno como base del desarrollo económico y social.
Aquí, en este foro, se ha aconsejado el cambio de las instituciones y de las estructuras atrasadas: la movilización de los recursos nacionales, naturales y humanos; la redistribución del ingreso; dar prioridad a la educación y a la salud, así como a la atención de los sectores más pobres de la población. Todo esto es parte esencial de nuestra política y se halla en pleno proceso de ejecución.
Por eso resulta tanto más doloroso tener que venir a esta tribuna a denunciar que mi país es víctima de una grave agresión.
Habíamos previsto dificultades y resistencias externas para llevar a cabo nuestro proceso de cambios, sobre todo frente a la nacionalización de nuestros recursos naturales. El imperialismo y su crueldad tienen un largo y ominoso historial en América Latina y está muy cerca la dramática y heroica experiencia de Cuba. También lo está la del Perú, que ha debido sufrir las consecuencias de su decisión de disponer soberanamente de su petróleo.
En plena década del 70, después de tantos acuerdos y resoluciones de la comunidad internacional, en los que se reconoce el derecho soberano de cada país de disponer de sus recursos naturales en beneficio de su pueblo; después de la adopción de los pactos internacionales sobre derechos económicos, sociales y culturales, y de la estrategia para el segundo decenio del desarrollo, que solemnizaron tales acuerdos, somos víctimas de una nueva manifestación del imperialismo. Más sutil, más artera y terriblemente eficaz, para impedir el ejercicio de nuestros derechos de Estado soberano.
Desde el momento mismo en que triunfamos electoralmente el 4 de septiembre de 1970, estamos afectados por el desarrollo de presiones externas de gran envergadura, que pretendió impedir la instalación de un gobierno libremente elegido por el pueblo, y derrocarlo desde entonces. Que ha querido aislarnos del mundo, estrangular la economía y paralizar el comercio del principal producto de exportación: el cobre. Y privarnos del acceso a las fuentes de financiamiento internacional.
Estamos conscientes de que cuando denunciamos el bloqueo financiero-económico que nos agrede, tal situación aparece difícil de ser comprendida con facilidad por la opinión pública internacional y aun por algunos de nuestros compatriotas. Porque no se trata de una agresión abierta que haya sido declarada sin embozo ante la faz del mundo. Por el contrario, es un ataque siempre oblicuo, subterráneo, pero no por eso menos lesivo para Chile.
Nos encontramos frente a fuerzas que operan en la penumbra, sin bandera, con armas poderosas, apostadas en los más variados lugares de influencia.
Sobre nosotros no pesa ninguna prohibición de comerciar. Nadie ha declarado que se propone un enfrentamiento con nuestra nación. Parecería que no tenemos más enemigos que los propios y naturales adversarios políticos internos. No es así. Somos víctimas de acciones casi imperceptibles, disfrazadas generalmente con frases y declaraciones que ensalzan el respeto a la soberanía y a la dignidad de nuestro país. Pero nosotros conocemos en carne propia la enorme distancia que hay entre dichas declaraciones y las acciones específicas que debemos enfrentar.
No estoy aludiendo a cuestiones vagas. Me refiero a problemas concretos que hoy aquejan a mi pueblo y que van a tener repercusiones económicas aún más graves en los meses próximos.
Chile, como la mayor parte de los países del Tercer Mundo, es muy vulnerable frente a la situación del sector externo de su economía. En el transcurso de los últimos doce meses, el descenso de los precios internacionales del cobre ha significado al país, cuyas exportaciones alcanzan a poco más de mil millones de dólares, la pérdida de ingresos de aproximadamente 200 millones de dólares, mientras los productos, tanto industriales como agropecuarios, que debemos importar, han experimentado fuertes alzas, algunos de ellos hasta un 60 por ciento.
Como casi siempre, Chile compra a precios altos y vende a precios bajos.
Ha sido justamente en estos momentos, de por sí difíciles para nuestra balanza de pagos, cuando hemos debido hacer frente, entre otras, a las siguientes acciones simultáneas destinadas al parecer a tomar revancha del pueblo chileno por su decisión de nacionalizar el cobre.
Hasta la iniciación de mi gobierno, Chile percibía por concepto de préstamos otorgados por organismos financieros internacionales, tales como el Banco Mundial y el Banco Interamericano de Desarrollo, un monto de recursos cercano a 80 millones de dólares al año. Violentamente, estos financiamientos han sido interrumpidos.
En el decenio pasado, Chile recibía préstamos de la Agencia para el Desarrollo Internacional del gobierno de los Estados Unidos (AID), por un valor de 50 millones de dólares.
No pretendemos que esos préstamos sean restablecidos. Estados Unidos es soberano para otorgar cooperación, o no, a cualquier país. Sólo queremos señalar que la drástica suspensión de esos créditos, ha significado constricciones importantes en nuestra balanza de pagos.
Al asumir la presidencia, mi país contaba con líneas de crédito a corto plazo de la banca privada norteamericana, destinadas al financiamiento de nuestro comercio exterior, por cerca de 220 millones de dólares. En breve plazo, se ha suspendido de estos créditos un monto de alrededor de 190 millones de dólares, suma que hemos debido pagar al no renovarse las respectivas operaciones.
Como la mayor parte de los países de América Latina, Chile, por razones tecnológicas y de otro orden, debe efectuar importantes adquisiciones de bienes de capital en Estados Unidos. En la actualidad, tanto los financiamientos de proveedores como los que ordinariamente otorga el Eximbank para este tipo de operaciones, nos han sido también suspendidos, encontrándonos en la anómala situación de tener que adquirir esta clase de bienes con pago anticipado, lo cual presiona extraordinariamente sobre nuestra balanza de pagos.
Los desembolsos de préstamos contratados por Chile con anterioridad a la iniciación de mi gobierno con agencias del sector público de Estados Unidos, y que se encontraban entonces en ejecución, también se han suspendido. En consecuencia, tenemos que continuar la realización de los proyectos correspondientes, efectuando compras al contado en el mercado norteamericano, ya que, en plena marcha de las obras, es imposible reemplazar la fuente de las importaciones respectivas. Pero para ello, se había previsto que el financiamiento proviniera de organismos del gobierno norteamericano.
Como resultado de acciones dirigidas en contra del comercio del cobre en los países de Europa Occidental, nuestras operaciones de corto plazo con bancos privados de ese continente basadas fundamentalmente en cobranzas de ventas de este metal, se han entorpecido enormemente. Esto ha significado la no renovación de líneas de crédito por más de 200 millones de dólares, y la creación de un clima que impide el manejo normal de nuestras compras en tales países, así como distorsiona agudamente todas nuestras actividades en el campo de las finanzas externas.
Esta asfixia financiera de proyecciones brutales, dadas las características de la economía chilena, se ha traducido en una severa limitación de nuestras posibilidades de abastecimiento de equipos, de repuestos, de insumos, de productos alimenticios, de medicamentos. Todos los chilenos estamos sufriendo las consecuencias de estas medidas, las que se proyectan en la vida diaria de cada ciudadano y naturalmente, también, en la política interna.
Lo que he descrito significa que se ha desvirtuado la naturaleza de los organismos internacionales, cuya utilización como instrumentos de la política bilateral de cualquiera de sus países miembros, por poderosos que sean, es jurídica y moralmente inaceptable. Significa presionar a un país económicamente débil. Significa castigar a un pueblo por su decisión de recuperar sus recursos básicos. Significa una forma de intervención en los asuntos internos de un país. Esto es a lo que denominamos imperialismo.
Señores delegados, ustedes lo saben y no pueden dejar de recordarlo: todo esto ha sido repetidamente condenado por resoluciones de las Naciones Unidas.
No sólo sufrimos el bloqueo financiero, también somos víctimas de una clara agresión. Dos empresas que integran el núcleo central de las grandes compañías transnacionales, que clavaron sus garras en mi país, la International Telegraph and Telephone Company y la Kennecott Copper Corporation, se propusieron manejar nuestra vida política.
La ITT, gigantesca corporación cuyo capital es superior al presupuesto nacional de varios países latinoamericanos juntos, y superior inclusive al de algunos países industrializados, inició, desde el momento mismo en que se conoció el triunfo popular en la elección de septiembre de 1970, una siniestra acción para impedir que yo ocupara la primera magistratura.
Entre septiembre y noviembre del año mencionado, se desarrollaron en Chile acciones terroristas planeadas fuera de nuestras fronteras, en colusión con grupos fascistas internos, las que culminaron con el asesinato del comandante en jefe del Ejército, general René Schneider, hombre justo, gran soldado, símbolo del constitucionalismo de las Fuerzas Armadas de Chile.
En marzo del año en curso, se revelaron los documentos que denuncian la relación entre esos tenebrosos propósitos y la ITT. Esta última ha reconocido que inclusive hizo en 1970 sugerencias al gobierno de Estados Unidos para que interviniera en los acontecimientos políticos de Chile. Los documentos son auténticos.
Posteriormente, el mundo se enteró con estupor, en julio último, de distintos aspectos de un nuevo plan de acción que la misma ITT presentara al gobierno norteamericano, con el propósito de derrocar a mi gobierno en el plazo de seis meses. Tengo aquí el documento, fechado en octubre de 1971, que contiene los 18 puntos que constituían ese plan. Proponía el estrangulamiento económico, el sabotaje diplomático, crear el pánico en la población, el desorden social, para que al ser sobrepasado el gobierno, las Fuerzas Armadas fueran impulsadas a quebrar el régimen democrático e imponer una dictadura.
En los mismos momentos en que la ITT proponía ese plan, sus representantes simulaban negociar con mi gobierno una fórmula para la adquisición, por el Estado chileno, de la participación de la ITT en la Compañía de Teléfonos de Chile. Desde los primeros días de mi administración, habíamos iniciado conversaciones para adquirir la empresa telefónica que controlaba la ITT, por razones de seguridad nacional.
Personalmente, recibí en dos oportunidades a altos ejecutivos de esa empresa. En las discusiones mi gobierno actuaba de buena fe: la ITT en cambio, se negaba a aceptar el pago de un precio fijado de acuerdo con una tasación de expertos internacionales. Ponía dificultades para la solución rápida y equitativa, mientras subterráneamente intentaba desencadenar una situación caótica en el país.
La negativa de la ITT a aceptar un acuerdo directo y el conocimiento de sus arteras maniobras, nos han obligado a enviar al Congreso un proyecto de ley de nacionalización.
La decisión del pueblo chileno de defender el régimen democrático y el progreso de la revolución, la lealtad de las Fuerzas Armadas hacia su patria y sus leyes, han hecho fracasar estos siniestros intentos.
Señores delegados: Acuso ante la conciencia del mundo a la ITT de pretender provocar en mi patria una guerra civil. Esto es lo que nosotros calificamos de acción imperialista.
Chile está ahora ante un peligro cuya solución no depende solamente de la voluntad nacional, sino que de una vasta gama de elementos externos. Me estoy refiriendo a la acción emprendida por la Kennecott Copper. Acción que, como expresó la semana pasada el ministro de Minas e Hidrocarburos del Perú en la reunión ministerial del Consejo Internacional de Países Exportadores de Cobre (CIPEC), trae a la memoria del pueblo revolucionario del Perú un pasado de oprobio del que fuera protagonista la International Petroleum Co., expulsada definitivamente del país por la revolución. Nuestra Constitución establece que las disputas originadas por las nacionalizaciones, deben ser resueltas por un tribunal que, como todos los de mi país, es independiente y soberano en sus decisiones. La Kennecott Copper aceptó esta jurisdicción y durante un año litigó ante este tribunal. Su apelación fue denegada y entonces decidió utilizar su gran poder para despojarnos de los beneficios de nuestras exportaciones de cobre y presionar contra el gobierno de Chile.
Llegó en su osadía hasta a demandar, en septiembre último, el embargo del precio de dichas exportaciones ante los tribunales de Francia, de Holanda y de Suecia. Seguramente lo intentará también en otros países. El fundamento de estas acciones no puede ser más inaceptable, desde cualquier punto de vista jurídico y moral.
La Kennecott pretende que tribunales de otras naciones, que nada tienen que ver con los problemas o negocios que existan entre el Estado chileno y la compañía Kennecott Copper, decidan que es nulo un acto soberano de dicho Estado, realizado en virtud de un mandato de la más alta jerarquía, como es el dado por la Constitución Política, y refrendado por la unanimidad del pueblo chileno.
Esa pretensión choca contra principios esenciales del derecho internacional, en virtud de los cuales los recursos naturales de un país, sobre todo cuando se trata de aquellos que constituyen su vida, le pertenecen y pueden disponer libremente de ellos. No existe una ley internacional aceptada por todos, o en este caso, un tratado específico que así lo acuerde. La comunidad mundial, organizada bajo los principios de las Naciones Unidas, no acepta una interpretación del derecho internacional subordinada a los intereses del capitalismo, que lleve a los tribunales de cualquier país extranjero a amparar una estructura de relaciones económicas al servicio de aquél. Si así fuera, se estaría vulnerando un principio fundamental de la vida internacional: el de no intervención en los asuntos internos de un Estado, como expresamente lo reconoció la tercera UNCTAD.
Estamos regidos por el derecho internacional, aceptado reiteradamente en las Naciones Unidas, en particular en la resolución 1803 de la Asamblea General: normas que acaba de reforzar la Junta de Comercio y Desarrollo, precisamente teniendo como antecedente la denuncia que mi país formuló contra Kennecott. La resolución respectiva, junto con reafirmar el derecho soberano de todos los países a disponer, libremente, de sus recursos naturales, declara que: En aplicación de este principio, las nacionalizaciones que los Estados llevan a cabo para rescatar estos recursos son expresión de una facultad soberana, por lo que corresponde a cada Estado fijar las modalidades de tales medidas y las disputas que puedan suscitarse con motivo de ellas son de recurso exclusivo de sus tribunales, sin perjuicio de lo dispuesto en la resolución 1803 de la Asamblea General.
Ésta, excepcionalmente, permite la intervención de jurisdicciones extra nacionales, siempre que exista acuerdo entre Estados soberanos y otras partes interesadas.
Es la única tesis aceptable en las Naciones Unidas. Es la única que está conforme con su filosofía y sus principios. Es la única que puede proteger el derecho de los débiles contra el abuso de los fuertes.
Como no podía ser de otra manera, hemos obtenido en los tribunales de París, el levantamiento del embargo que pesaba sobre el valor de una exportación de nuestro cobre. Seguiremos defendiendo sin desmayo la exclusiva competencia de los tribunales chilenos, para conocer de cualquier diferendo relativo a la nacionalización de nuestro recurso básico. Para Chile, esto no es sólo una importante materia de interpretación jurídica: es un problema de soberanía. Señores delegados: es mucho más, es un problema de supervivencia.
La agresión de la Kennecott causa perjuicios graves a nuestra economía. Solamente las dificultades directas impuestas a la comercialización del cobre han significado a Chile, en dos meses, pérdidas de muchos millones de dólares. Pero eso no es todo. Ya me he referido a los efectos vinculados al entorpecimiento de las operaciones financieras de mi país con la banca de Europa Occidental. Evidente es, también, el propósito de crear un clima de inseguridad ante los compradores de nuestro principal producto de exportación, lo que no logrará.
Hacia allá se dirigen, en este momento, los designios de esta empresa imperialista, porque no puede esperar que, en definitiva, ningún poder político o judicial prive a Chile de lo que legítimamente le pertenece.
Busca doblegarnos. ¡Jamás lo conseguirá!
La agresión de las grandes empresas capitalistas pretende impedir la emancipación de las clases populares. Representa un ataque directo contra los intereses económicos de los trabajadores.
Señores delegados: El chileno es un pueblo que ha alcanzado la madurez política para decidir, mayoritariamente, el reemplazo del sistema económico capitalista por el socialista.
Nuestro régimen político ha contado con instituciones suficientemente abiertas para encauzar esta voluntad revolucionaria sin quiebres violentos. Me hago un deber en advertir a esta asamblea que las represalias y el bloqueo dirigidos a producir contradicciones y deformaciones económicas encadenadas, amenazan con repercutir sobre la paz y convivencia internas. No lo lograrán. La inmensa mayoría de los chilenos sabrá resistirlas en actitud patriótica y digna.
Lo dije al comienzo: la historia, la tierra y el hombre nuestro se funden en un gran sentido nacional.
Ante la tercera UNCTAD tuve la oportunidad de referirme al fenómeno de las corporaciones transnacionales, y destaqué el vertiginoso crecimiento de su poder económico, influencia política y acción corruptora. De ahí la alarma con que la opinión mundial debe reaccionar ante semejante realidad. El poderío de estas corporaciones es tan grande, que traspasa todas las fronteras.
Sólo las inversiones en el extranjero de las compañías estadounidenses, que alcanzan hoy a los 32.000 millones de dólares, crecieron entre 1950 y 1970 a un ritmo de diez por ciento al año, mientras las exportaciones de este país aumentaron sólo a un cinco por ciento. Sus utilidades son fabulosas y representan un enorme drenaje de recursos para los países en desarrollo.
Sólo en un año, estas empresas retiraron utilidades del Tercer Mundo que significaron transferencias netas en favor de ellas de 1.723 millones de dólares, 1.013 millones de América Latina, 280 de Africa, 366 del Lejano Oriente y 64 del Medio Oriente. Su influencia y su ámbito de acción están trastocando las prácticas del comercio entre los Estados, de transferencia tecnológica, de transmisión de recursos entre las naciones y las relaciones laborales.
Estamos ante un verdadero conflicto frontal entre las grandes corporaciones y los Estados. Éstos aparecen interferidos en sus decisiones fundamentales -políticas, económicas y militares- por organizaciones globales que no dependen de ningún Estado y que en la suma de sus actividades no responden ni están fiscalizadas por ningún Parlamento, por ninguna institución representativa del interés colectivo. En una palabra, es toda la estructura política del mundo la que está siendo socavada.
Pero las grandes empresas transnacionales no sólo atentan contra los intereses genuinos de los países en desarrollo, sino que su acción avasalladora e incontrolada se da también en los países industrializados donde se asientan. Ello ha sido denunciado en los últimos tiempos en Europa y Estados Unidos, lo que ha originado una investigación en el propio Senado norteamericano. Ante este peligro, los pueblos desarrollados no están más seguros que los subdesarrollados. Es un fenómeno que ya ha provocado la creciente movilización de los trabajadores organizados, incluyendo a las grandes entidades sindicales que existen en el mundo. Una vez más, la actuación solidaria internacional de los trabajadores, deberá enfrentarse a un adversario común: el imperialismo.
Fueron estos actos los que, principalmente, decidieron al Consejo Económico y Social de las Naciones Unidas, a raíz de la denuncia presentada por Chile, a aprobar en julio pasado por unanimidad una resolución disponiendo la convocatoria de un grupo de personalidades mundiales para que estudien la función y los efectos de las corporaciones transnacionales en el proceso de desarrollo, especialmente de los países en desarrollo y sus repercusiones en las relaciones internacionales, y que presente recomendaciones para una acción internacional apropiada.
El nuestro no es un problema aislado ni único. Es la manifestación local de una realidad que nos desborda, que abarca el continente latinoamericano y al Tercer Mundo. Con intensidad variable, con peculiaridades singulares, todos los países periféricos expuestos a algo semejante.
El sentido de solidaridad humana que impera en los países desarrollados debe sentir repugnancia porque un grupo de empresas lleguen a poder interferir impunemente en el engranaje más vital de la vida de una nación, hasta perturbarlo totalmente.
El portavoz del grupo africano, al anunciar en la Junta de Comercio y Desarrollo, hace algunas semanas, la posición de estos países frente a la denuncia que hizo Chile por la agresión de la Kennecott Copper declaró que su grupo se solidarizaba plenamente con Chile, porque no se trataba de una cuestión que afectara sólo a una nación, sino que potencialmente a todo el mundo en desarrollo. Estas palabras tienen un gran valor, porque significan el reconocimiento de todo un continente de que, a través del caso chileno, está planteada una nueva etapa de la batalla entre el imperialismo y los países débiles del Tercer Mundo.
La batalla por la defensa de los recursos naturales es parte de la batalla que libran los países del Tercer Mundo para vencer el subdesarrollo. La agresión que nosotros padecemos hace parecer ilusorio el cumplimiento de las promesas hechas en los últimos años en cuanto a una acción de envergadura para superar el estado de atraso y de necesidad de las naciones de África, Asia y América Latina. Hace dos años esta Asamblea General, con ocasión del vigésimo quinto aniversario de la creación de las Naciones Unidas, proclamó en forma solemne la estrategia para el segundo decenio del desarrollo.
Por ella, todos los Estados miembros de la organización se comprometieron a no omitir esfuerzos para transformar, a través de medidas concretas, la actual injusta división internacional del trabajo y para colmar la enorme brecha económica y tecnológica que separa a los países opulentos de los países en vías de desarrollo.
Estamos comprobando que ninguno de estos propósitos se convierte en realidad. Al contrario, se ha retrocedido.
Así, los mercados de los países industrializados han continuado tan cerrados como antes para los productos básicos de los países en desarrollo, especialmente los agrícolas, y aún aumentan los indicios de proteccionismo; los términos del intercambio se siguen deteriorando. El sistema de preferencias generalizadas para las exportaciones de nuestras manufacturas y semimanufacturas, no ha sido puesto en vigencia por la nación cuyo mercado ofrecía mejores perspectivas, dado su volumen, y no hay indicios de que lo sea en un futuro inmediato.
La transferencia de recursos financieros públicos, lejos de llegar al 0,7% de producto nacional bruto de las naciones desarrolladas, ha bajado del 0,34 al 0,24%. El endeudamiento de los países en desarrollo, que ya era enorme a principios del presente año, ha subido en pocos meses de 70 a 75 mil millones de dólares.
Los cuantiosos pagos por servicios de deudas, que representan un drenaje intolerable para estos países, han sido provocados en gran medida por las condiciones y modalidades de los préstamos. Dichos servicios aumentaron en un 18% en 1970 y en un 20% en 1971, lo que es más del doble de la tasa media del decenio de 1960.
Éste es el drama del subdesarrollo y de los países que todavía no hemos sabido hacer valer nuestros derechos y defender, mediante una vigorosa acción colectiva, el precio de las materias primas y productos básicos, así como hacer frente a las amenazas y agresiones del imperialismo.
Señores delegados, les ruego meditar en nuestra realidad.
Somos países potencialmente ricos, vivimos en la pobreza. Deambulamos de un lugar a otro pidiendo créditos, ayuda, y, sin embargo, somos -paradoja propia del sistema económico capitalista- grandes exportadores de capitales.
América Latina, como componente del mundo en desarrollo, se integra en el cuadro que acabo de exponer. Junto con Asia, África y los países socialistas, ha librado en los últimos años muchas batallas para cambiar la estructura de las relaciones económicas y comerciales con el mundo capitalista, para substituir el injusto y discriminatorio orden económico y monetario creado en Bretton Woods, al término de la Segunda Guerra Mundial.
Cierto es que entre muchos países de nuestra región y los de los otros continentes en desarrollo, se comprueban diferencias en el ingreso nacional y aún las hay dentro de aquéllas donde existen varios países que podrían ser considerados como de menos desarrollo relativo entre los subdesarrollados.
Pero tales diferencias -que mucho se mitigan al compararlas con el producto nacional del mundo industrializado-, no marginan a Latinoamérica del vasto sector postergado y explotado de la humanidad.
Ya el consenso de Viña del Mar, en 1969, afirmó esas coincidencias y tipificó, precisó y cuantificó el atraso económico y social de la región, y los factores externos que determinan, destacando las enormes injusticias cometidas en su contra, bajo el disfraz de cooperación y ayuda. Porque en América Latina, grandes ciudades, que muchos admiran, ocultan el drama de cientos, de miles de seres que viven en poblaciones marginales, producto de un pavoroso desempleo y subempleo: esconden las desigualdades profundas entre pequeños grupos privilegiados y las grandes masas cuyos índices de nutrición y de salud no superan a los de Asia y de África, que casi no tienen acceso a la cultura.
Es fácil comprender por qué nuestro continente latinoamericano registra una alta mortalidad infantil y un bajo promedio de vida, si se tiene presente que en él faltan 28 millones de viviendas, el 56 por ciento de su población está subalimentada, hay más de 100 millones de analfabetos y semianalfabetos, 13 millones de cesantes y más de 50 millones con trabajos ocasionales. Más de 20 millones de latinoamericanos no conocen la moneda, ni siquiera como medio de intercambio.
Ningún régimen, ningún gobierno ha sido capaz de resolver los grandes déficit de vivienda, trabajo, alimentación y salud. Por el contrario, éstos se acrecientan año a año con el aumento vegetativo de la población. De continuar esta situación ¿qué ocurrirá cuando seamos más de 600 millones de habitantes a fines de siglo?
Tal realidad es aún más cruda en Asia y África, cuyo ingreso per cápita es más bajo y cuyo proceso de desarrollo acusa mayor debilidad.
No siempre se percibe que el subcontinente latinoamericano, cuyas riquezas potenciales son enormes, ha llegado a ser el principal campo de acción del imperialismo económico en los últimos 30 años. Datos recientes del Fondo Monetario Internacional nos informan que la cuenta de inversiones privadas de los países desarrollados en América Latina arroja un déficit en contra de ésta de 10 millones de dólares entre 1960 y 1970. En una palabra, esta suma constituye un aporte neto de capitales de esta región al mundo opulento, en diez años.
Chile se siente profundamente solidario con América Latina, sin excepción alguna. Por tal razón, propicia y respeta estrictamente la política de no intervención y de autodeterminación que aplicamos en el plano mundial. Estimulamos fervorosamente el incremento de nuestras relaciones económicas y culturales. Somos partidarios de la complementación y de la integración de nuestras economías. De ahí que trabajemos con entusiasmo dentro del cuadro de la ALALC y, como primer paso, por la formación del Mercado Común de los Países Andinos, que nos une con Bolivia, Colombia, Perú y Ecuador.
América Latina deja atrás la época de las protestas. Necesidades y estadísticas contribuyeron a robustecer su toma de conciencia. Han sido destruidas por la realidad, las fronteras ideológicas. Han sido quebrados los propósitos divisionistas y aislacionistas, y surge el afán de coordinar la ofensiva y la defensa de los intereses de los pueblos en el continente, y con los demás países en desarrollo.
Chile no está solo, no ha podido ser aislado ni de América Latina ni del resto del mundo. Por el contrario, ha recibido infinitas muestras de solidaridad y de apoyo. Para derrotar los intentos de crear en torno nuestro un cerco hostil, se conjugaron el creciente repudio al imperialismo, el respeto que merecen los esfuerzos del pueblo chileno y la respuesta a nuestra política de amistad con todas las naciones del mundo.
En América Latina, todos los esquemas de cooperación o integración económica y cultural de que formamos parte, en el plano regional y subregional, han continuado vigorizándose a ritmo acelerado, y dentro de ellos nuestro comercio ha crecido considerablemente, en particular con Argentina, México y los países del Pacto Andino.
No ha sufrido trizaduras la coincidencia de los países latinoamericanos, en foros mundiales y regionales, para sostener los principios de libre determinación sobre los recursos naturales. Y frente a los recientes atentados contra nuestra soberanía, hemos recibido fraternales demostraciones de total solidaridad. A todos, nuestro reconocimiento.
Cuba socialista, que sufre los rigores del bloqueo, nos ha entregado sin reservas, permanentemente, su adhesión revolucionaria.
En el plano mundial, debo destacar muy especialmente que desde el primer momento hemos tenido a nuestro lado, en actitud ampliamente solidaria, a los países socialistas de Europa y de Asia. La gran mayoría de la comunidad mundial nos honró con la elección de Santiago como sede de la tercera UNCTAD y ha acogido con interés nuestra invitación para albergar la próxima conferencia mundial sobre el Derecho del Mar, que reitero en esta oportunidad.
La reunión a nivel ministerial de los países no alineados, celebrada en Georgetown, Guyana, en septiembre último, nos expresó públicamente su decidido respaldo frente a la agresión de que somos objeto por la Kennecott Cooper.
El CIPEC, organismo de coordinación establecido por los principales países exportadores de cobre: Perú, Zaire, Zambia y Chile, reunido recientemente en Santiago a solicitud de mi gobierno, a nivel ministerial, para analizar la situación de agresión en contra de mi patria creada por la Kennecott, acaba de adoptar varias resoluciones y recomendaciones trascendentales a los Estados. Ellas constituyen un apoyo sin reservas a nuestra posición y un importante paso dado por países del Tercer Mundo para defender el comercio de sus productos básicos.
Estas resoluciones serán seguramente material de importante debate en la Segunda Comisión. Sólo quiero citar aquí la categórica declaración de que todo acto que impida o entrabe el ejercicio del derecho soberano de los países a disponer libremente de sus recursos naturales, constituye agresión económica, que desde luego los actos de la compañía Kennecott contra Chile son agresión económica y, por lo tanto, acuerdan suspender con ella toda relación económica y comercial, y que las disputas sobre indemnizaciones en caso de nacionalización, son de exclusiva competencia de los Estados que las decretan.
Pero lo más significativo es que se acordó crear un mecanismo permanente de protección y solidaridad en relación al cobre. Esos mecanismos, junto con la OMPEP que opera en el campo petrolero, son el embrión de lo que debiera ser una organización de todos los países del Tercer Mundo para proteger y defender todos los productos básicos, tanto los mineros e hidrocarburos como los agrícolas.
La gran mayoría de los países de Europa Occidental, desde el extremo norte con los países escandinavos hasta el extremo sur, con España, ha incrementado su cooperación con Chile y nos ha significado su comprensión. Ésta nos fue evidenciada en el proceso de renegociación de nuestra deuda.
Y, por último, hemos visto con emoción la solidaridad de la clase trabajadora mundial, expresada por sus grandes centrales sindicales y manifestada en actos de hondo significado, como fue la negativa de los obreros portuarios de El Havre y Rotterdam a descargar el cobre de Chile, cuyo pago ha sido arbitrario e injustamente embargado.
Señor presidente, señores delegados: He centrado mi exposición en la agresión a Chile y en los problemas latinoamericanos y mundiales que a ella se conectan, ya sea en su origen o en sus efectos. Quisiera ahora referirme brevemente a otras cuestiones que interesan a la comunidad internacional.
No voy a mencionar todos los problemas mundiales que están en el temario de esta asamblea. No tengo la pretensión de avanzar soluciones sobre ellos. Esta asamblea está trabajando afanosamente desde hace más de dos meses en definir y acordar medidas adecuadas. Confiamos en que el resultado de esta labor será fructífero. Mis observaciones serán de carácter general y reflejan preocupaciones del pueblo chileno.
Con ritmo acelerado se transforma el cuadro de la política internacional que hemos vivido desde la posguerra, y ello ha producido una nueva correlación de fuerzas. Han aumentado y se han fortalecido centros de poder político y económico. En el caso del mundo socialista, cuya influencia ha crecido notablemente, su participación en las más importantes decisiones de política en el campo internacional es cada vez mayor. Es mi convicción que no podrán transformarse las relaciones comerciales y el sistema monetario internacionales -aspiración compartida por los pueblos-, si no participan plenamente en ese proceso todos los países del mundo y, entre ellos, los del área socialista. La República Popular China, que alberga en sus fronteras a casi un tercio de la humanidad, ha recuperado, después de un largo e injusto ostracismo, el lugar que es el suyo en el foro de las negociaciones multilaterales y ha entablado nexos diplomáticos y de intercambio con la mayoría de los países del mundo.
Se ha ampliado la Comunidad Económica Europea con el ingreso del Reino Unido de Gran Bretaña y otros países, lo que le da un peso mayor en las decisiones, sobre todo en el campo económico.
El crecimiento económico del Japón ha alcanzado una velocidad portentosa.
El mundo en desarrollo económico está adquiriendo cada día mayor conciencia de sus realidades y de sus derechos. Exige justicia y equidad en el trato y que se reconozca el lugar que le corresponde en el escenario mundial. Motores de esta transformación han sido, como siempre, los pueblos, en su progresiva liberación para convertirse en sujetos de la historia. La inteligencia del hombre ha impulsado vertiginosos progresos de la ciencia y de la técnica. La persistencia y el vigor de la política de coexistencia pacífica, de independencia económica y de progreso social que han promovido las naciones socialistas, ha contribuido decisivamente al alivio de las tensiones que dividieron al mundo durante más de veinte años y ha determinado la aceptación de nuevos valores en la sociedad y en las relaciones internacionales.
Saludamos los cambios que traen promesas de paz y de prosperidad para muchos pueblos, pero exigimos que participen de ellas la humanidad entera. Desgraciadamente, estos cambios han beneficiado sólo en grado mezquino al mundo en desarrollo. Éste sigue tan explotado como antes. Distante cada vez más de la civilización del mundo industrializado. Dentro de él bullen nobles aspiraciones y justas rebeldías, que continuarán estallando con fuerza creciente.
Manifestamos complacencia por la superación de la guerra fría y por el desarrollo de acontecimientos alentadores: las negociaciones entre la Unión Soviética y Estados Unidos, tanto respecto al comercio como al desarme; la concertación de tratados entre la República Federal Alemana, la Unión Soviética y Polonia; la inminencia de la Conferencia de Seguridad Europea; las negociaciones entre los dos Estados alemanes y su ingreso prácticamente asegurado a las Naciones Unidas; las negociaciones entre los gobiernos de la República Popular Democrática de Corea y de la República Coreana, para nombrar los más promisorios. Es innegable que en el área internacional hay treguas, acuerdos, disminuciones de la situación explosiva.
Pero hay demasiados conflictos no resueltos, que exigen la voluntad de concordia de las partes, o la colaboración de la comunidad internacional y de las grandes potencias. Continúan activas las agresiones y disputas en diversas partes del mundo: el conflicto en el Medio Oriente, el más explosivo de todos, donde todavía no ha podido obtenerse la paz, según lo han recomendado resoluciones de los principales órganos de las Naciones Unidas, entre ellas la resolución 242 del Consejo de Seguridad; el asedio y la persecución contra Cuba; la explotación colonial; la ignominia del racismo y del apartheid; el ensanchamiento de la brecha económica y tecnológica entre países ricos y pobres.
No hay paz para Indochina, pero tendrá que haberla. Llegará la paz para Vietnam. Tiene que llegar porque ya nadie duda de la inutilidad de esta guerra monstruosamente injusta, que persigue un objetivo tan irrealizable en estos días como es imponer, a pueblos con conciencia revolucionaria, políticas que no pueden compartir porque contrarían su interés nacional, su genio y su personalidad.
Habrá paz. Pero, ¿qué deja esta guerra tan cruel, tan prolongada y tan desigual? El saldo, tras tantos años de lucha cruenta, son sólo la tortura de un pueblo admirable en su dignidad, millones de muertos y de huérfanos, ciudades enteras desaparecidas, cientos de miles de hectáreas de tierras asoladas, sin vida vegetal posible; la destrucción ecológica; la sociedad norteamericana conmovida; miles de hogares sumidos en el pesar por la ausencia de los suyos. No se siguió la ruta de Lincoln.
Esta guerra deja también muchas lecciones. Que el abuso de la fuerza desmoraliza al que la emplea y produce profundas dudas en su propia conciencia social. Que la convicción de un pueblo que defiende su independencia lo lleva al heroísmo y lo hace capaz de resistir la violencia material del más gigantesco aparato militar y económico.
El nuevo cuadro político crea condiciones favorables para que la comunidad de las naciones haga, en los años venideros, un gran esfuerzo destinado a dar renovada vida y dimensión al orden internacional.
Dicho esfuerzo deberá inspirarse en los principios de la Carta y en otros que la comunidad ha ido agregando, por ejemplo: los de la UNCTAD. Como lo hemos dicho, tres conceptos fundamentales que presiden las responsabilidades entregadas a las Naciones Unidas debieran servirle de guía: el de la seguridad colectiva económico-social y el del respeto universal a los derechos fundamentales del hombre, incluyendo los de orden económico, social y cultural, sin discriminación alguna.
Damos particular importancia a la tarea de afirmar la seguridad económica colectiva, en la cual tanto han insistido recientemente Brasil y el secretario general de las Naciones Unidas.
Como paso importante en esta dirección, la organización mundial cuanto antes debiera hacer realidad la Carta de Derechos y Deberes Económicos de los Estados, fecunda idea que llevó el Presidente de México, Luis Echeverría, a la tercera UNCTAD. Como el ilustre mandatario del país hermano, creemos que no es posible un orden justo y un mundo estable en tanto no se creen obligaciones y derechos que protejan a los Estados débiles.
La acción futura de la colectividad de naciones debe acentuar una política que tenga como protagonista a todos los pueblos. La Carta de las Naciones Unidas fue concebida y presentada en nombre de nosotros, los pueblos de las Naciones Unidas.
La acción internacional tiene que estar dirigida a servir al hombre que no goza de privilegios sino que sufre y labora: al minero de Cardiff, como al fellah de Egipto, al trabajador que cultiva el cacao en Ghana o en Costa de Marfil como al campesino del altiplano en Sudamérica; al pescador en Java, como al cafetalero de Kenya o de Colombia. Aquélla debiera alcanzar a los mil millones de seres postergados a los que la colectividad tiene la obligación de incorporar al actual nivel de la evolución histórica y reconocerle el valor y la dignidad de persona humana, como contempla el preámbulo de la Carta.
Es tarea impostergable para la comunidad internacional asegurar el cumplimiento de la estrategia para el segundo decenio del desarrollo y poner este instrumento a tono con las nuevas realidades del Tercer Mundo, y con la renovada conciencia de los pueblos.
La disminución de la cooperación y el entendimiento exigen y permiten simultáneamente reconvertir las gigantescas actividades destinadas a la guerra en otras que impongan, como nueva frontera, atender las inconmensurables carencias de todo orden de más de dos tercios de la humanidad. De modo tal que los países más desarrollados aumenten su producción y empleo en asociación con los reales intereses de una auténtica comunidad internacional.
La presente asamblea deberá concretar la realización de la Conferencia Mundial para establecer el llamado derecho del mar; es decir, un conjunto de normas que regulen de modo global todo lo referente al uso y explotación del vasto espacio marino, comprendiendo su subsuelo. Es ésta una tarea grandiosa y promisoria para las Naciones Unidas, porque estamos frente a un problema del cual recién la humanidad, como un todo, adquiere conciencia y aún muchas situaciones establecidas pueden conciliarse perfectamente con el interés general. Quiero recordar que cupo a los países del extremo sur de América Latina -Ecuador, Perú y Chile-, iniciar hace justo 20 años esta toma de conciencia, que culminará con la adopción de un tratado sobre el derecho al mar. Es imperativo que ese tratado incluya el principio aprobado por la tercera UNCTAD sobre los derechos de los Estados ribereños a los recursos dentro de su mar jurisdiccional y, al mismo tiempo, cree los instrumentos y los mecanismos para que el espacio marino extra-jurisdiccional sea patrimonio común de la humanidad y sea explotado en beneficio de todos por una autoridad internacional eficaz.
He traído hasta aquí la voz de mi país, que está unido frente a las presiones externas. Un país que pide comprensión. La merece, porque siempre ha respetado los principios de autodeterminación y ha observado estrictamente el de no intervención en los asuntos internos de otros Estados. Nunca se ha apartado del cumplimiento de sus obligaciones internacionales y ahora cultiva relaciones amistosas con todos los países del orbe. Cierto es que con algunos tenemos diferencias, pero no hay ninguna que no estemos dispuestos a discutir, utilizando para ello los instrumentos multilaterales o bilaterales que hemos suscrito. Nuestro respeto a los tratados es invariable.
Señores delegados:
He querido reafirmar así, enfáticamente, que la voluntad de paz y cooperación universales es una de las características dominantes del pueblo chileno. De ahí la resuelta firmeza con que defenderá su independencia política y económica y el cumplimiento de sus decisiones colectivas, democráticamente adoptadas en el ejercicio de su soberanía.
En menos de una semana acaban de ocurrir hechos que convierten en certeza nuestra confianza de que venceremos pronto en la lucha entablada para alcanzar dichos objetivos: el fallo del tribunal de París, levantando el embargo decretado respecto al valor de la venta de nuestro cobre; la franca, directa y cálida conversación sostenida con el distinguido presidente del Perú, Velasco Alvarado, quien reiteró públicamente la solidaridad plena de su país con Chile ante los atentados que acabo de denunciar ante ustedes; los acuerdos del CIPEC que ya cité, y mi visita a México.
Me faltan palabras para describir la profundidad, la firmeza, la espontaneidad y la elocuencia del apoyo que nos fue brindado por el gobierno y el pueblo mexicano. Recibí tales demostraciones de adhesión del presidente Echeverría, del Parlamento, las universidades y sobre todo del pueblo -expresándose en forma multitudinaria-, que la emoción todavía me embarga y me abruma por su infinita generosidad.
Vengo reconfortado porque, después de estas experiencias, sé ahora, con certidumbre absoluta, que la conciencia de los pueblos latinoamericanos acerca de los peligros que nos amenazan a todos, ha adquirido una nueva dimensión, y que ellos están convencidos que la unidad es la única manera de defenderse de este grave peligro.
Cuando se siente el fervor de cientos de miles y miles de hombres y mujeres, apretándose en las calles y plazas para decir con decisión y esperanza: Estamos con ustedes, no cejen, ¡vencerán!, toda duda se disipa, toda angustia se desvanece. Son los pueblos, todos los pueblos al sur del río Bravo, que se yerguen para decir ¡basta!, ¡basta! a la dependencia, ¡basta! a las presiones, ¡basta! a las intervenciones; para afirmar el derecho soberano de todos los países en desarrollo a disponer libremente de sus recursos naturales.
Existe una realidad hecha voluntad y conciencia en más de 250 millones de seres que exigen ser oídos y respetados.
Cientos de miles y miles de chilenos me despidieron con fervor al salir de mi Patria y me entregaron el mensaje que he traído a esta Asamblea mundial. Estoy seguro que ustedes, representantes de las naciones de la tierra, sabrán comprender mis palabras. Es nuestra confianza en nosotros lo que incrementa nuestra fe en los grandes valores de la Humanidad, en la certeza de que esos valores tendrán que prevalecer, no podrán ser destruidos.
Balance Patriótico (por Vicente Huidobro).
Un país que apenas a los cien años de vida está viejo y carcomido, lleno de tumores y de supuraciones de cáncer como un pueblo que hubiera vivido dos mil años y se hubiera desangrado en heroísmos y conquistas.
Todos los inconvenientes de un pasado glorioso pero sin la gloria. No hay derecho para llegar a la decadencia sin haber tenido apogeo.
Un país que se muere de senectud y todavía en pañales es algo absurdo, es un contrasentido, algo así como un niño atacado de arteriosclerosis a los once años.
El sesenta por ciento de la raza, sifilítica. El noventa por ciento, heredo-alcohólicos (son datos estadísticos precisos); el resto insulsos y miserables a fuerza de vivir entre la estupidez y las miserias. Sin entusiasmo, sin fe, sin esperanzas. Un pueblo de envidiosos, sordos y pálidos calumniadores, un pueblo que resume todo su anhelo de superación en cortar las alas a los que quieren elevarse y pasar una plancha de lavandera sobre el espíritu de todo aquel que desnivela el medio estrecho y embrutecido.
En Chile cuando un hombre carga algo en los sesos y quiere salvarse de la muerte, tiene que huir a países más propicios llevando su obra en los brazos como la Virgen llevaba a Jesús huyendo hacia Egipto. El odio a la superioridad se ha sublimado aquí hasta el paroxismo. Cada ciudadano es un Herodes que quisiera matar en ciernes la luz que se levante. Frente a tres o cuatro hombres de talento que posee la República, hay tres millones setecientos mil Herodes.
Y luego la desconfianza, esa desconfianza del idiota y del ignorante que no sabe distinguir si le hablan en serio o si le toman el pelo. La desconfianza que es una defensa orgánica, la defensa inconsciente del cretino que no quiere pasar por tal cree que sonriendo podrá enmascarar su cretinismo, como si la mirada del hombre sagaz no atravesara su sonrisa mejor que un reflector.
El huaso macuco disfrazado de médico que al descubrirse teoría microbiana exclama: a mí no me meten el dedo en la boca; el huaso macuco disfrazado de filósofo que al oír los problemas del transformismo dice: a otro perro con ese hueso; el pobre huaso macuco disfrazado de artista o de político que cree que diciendo: no comprendo, mata a alguien en vez de hacer el mayor elogio.
Por eso Chile no ha tenido grandes hombres, ni podrá tenerlos en muchos siglos. ¿Qué sabios ha tenido Chile? ¿Que teoría científica se debe a un chileno? ¿Qué teoría filosófica ha nacido en Chile? ¿Qué principio químico ha sido descubierto en Chile? ¿Qué político chileno ha tenido trascendencia universal? ¿Qué producto de fabricación chilena o qué producto del alma chileno se ha impuesto en el mundo?
No recuerdo nunca en una universidad de Europa, ni en Francia, ni Alemania, ni en ningún otro país haber oído el nombre de un chileno, ni haberlo leído en ningún texto.
Esto somos y no otra cosa. Es preciso que se diga de una vez por todas la verdad, es preciso que ni vivamos sobre mentiras, ni falsas ilusiones. Es un deber, porque sólo sintiendo palpitar la herida podremos corregimos y salvarnos aún a tiempo y mañana podremos tener hombres y no hombrinos.
Decir la verdad significa amar a su pueblo y creer que aún puede levantársele y yo adoro a Chile, amo a mi patria desesperadamente, como se ama a una madre que agoniza.
Recorred nuestros paseos, mirad las estatuas de nuestros hombres de pensamiento: ¡qué cisos de valores efectivos! A la excepción de 4 ó 5, ninguno de ellos habría sabido responder en un examen universitario de hombres serios ¡qué sabios de aldea, qué cerebros más primarios! ¿En dónde fuera de aquí iban a tener estatuas esos pobrecitos?
Es necesario levantar estatuas en los paseos y como no hay a quién elevárselas, el pueblo busca el primero que pilla, y cuando es el pueblo el que levanta monumentos, ellos surgen debidos a las influencias de familias, son los hijos que levantan monumento al papá en agradecimiento por haberlos echado al mundo. ¡Es conmovedor!
¿Y el mérito, en dónde está el mérito? El pueblo pasa soñoliento y lánguido, arrastrando su cuerpo como un saco de pestes, su cuerpo gastado por la mala alimentación y carcomido de miserias y entre tanto la sombra de Francisco Bilbao llora de vergüenza en un rincón. ¿Qué hombre ha sabido sintetizar el alma nacional?
¡Pobre país; hermosa rapiña para los fuertes!
Y así vienen, así se dejan caer sobre nosotros; las inmensas riquezas de nuestro suelo son disputadas a pedazos por las casas extranjeras y ellos viendo la indolencia y la imbecilidad troglodita de los pobladores del país, se sienten amos y les tratan como a lacayos, cuando no como a bestias. Ellos fijan los precios de nuestros productos, ellos fijan los precios de nuestra materia prima al salir del país y luego nos fijan otra vez los precios de esa misma materia prima al volver al país elaborada. Y como si esto fuera poco, ellos fijan el valor cotidiano de nuestra moneda.
Vengan los cuervos. Chile es un gran panizo. A la chuña, señores, corred todos, que todavía quedan migajas sobre la mesa.
¡Es algo que da náuseas!
Chile aparece como un inmenso caballo muerto, tendido en las laderas de los Andes bajo un gran revuelo de cuervos.
El poeta inglés pudo decir: “Algo huele a podrido en Dinamarca”, pero nosotros, más desgraciados que él, nos veremos obligados a decir: “Todo huele a podrido en Chile”.
Un gran banquero alemán decía en una ocasión a un ex Encargado de Negocios de Chile en Austria: “Los políticos chilenos se cotizan como las papas”, y un magnate de las finanzas francesas decía otra vez, y esto lo oí yo: “Desde que a los políticos argentinos les dio por ponerse honrados, el gran panizo para los negocios es Chile”.
Y esos prohombres de la política chilena, esos señores que entregarían el país maniatado por una sonrisa de Lord Curzon y unos billetes de Guggenheim, no se dan cuenta que cada vez que esos hombres les dan la mano, les escupen el rostro.
¡Qué desprecio deben sentir los señores del cobre por sus abogados!
¡Qué asco debe sentir en el fondo de su alma en el amo de nuestras fuerzas eléctricas por los patrióticos tinterillos que defienden sus intereses en desmedro de los intereses del país!
Y no es culpa del extranjero que viene a negocios en nuestra tierra. Se compra lo que se vende; en un país en donde se vende conciencias, se compra conciencias. La vergüenza es para el país. El oprobio es para el vendido, no para el comprador.
Frente a la antigua oligarquía chilena, que cometió muchos errores, pero que no se vendía, se levanta hoy una nueva aristocracia de la banca, sin patriotismo, que todo lo cotiza en pesos y para la cual la política vale tanto cuanto sonante pueda sacarse de ella. Ni la una ni la otra de estas dos aristocracias ha producido grandes hombres, pero la primera, la de los apellidos vinosos, no llegó nunca a la impudicia de esta obra de los apellidos bancosos.
La historia financiera de Chile se resume en la biografía de unos cuantos señores que asaltaban el erario nacional, como Pancho Falcato asaltaba las casas de una hacienda. Pero aquéllos más cobardes que éste, porque el célebre bandido por los menos exponía su pellejo.
¡Pobre Chile! Un país que ha tenido por toda industria el aceite de Santa Filomena y los dulces de la Antonia Tapia.
(Chile tiene hierro, Chile entero es un gran bloque de hierro y no posee altos hornos. La Argentina no tiene hierro y tiene altos hornos).
¿Y la justicia?
La justicia de Chile haría reír, si no hiciera llorar. Una justicia que lleva en un platillo de la balanza la verdad y en el otro platillo, un queso. La balanza inclinada del lado del queso.
Nuestra justicia es un absceso putrefacto que empesta el aire y hace la atmósfera irrespirable. Dura o inflexible para los de abajo, blanda y sonriente con los de arriba. Nuestra justicia está podrida y hay que barrerla en masa. Judas sentado en el tribunal después de la crucificación, acariciando en su bolsillo las treinta monedas de su infamia, mientras interroga a un ladrón de gallinas.
Una justicia tuerta. El ojo que mira a los grandes de la tierra, sellado, lacrado por un peso fuerte y sólo abierto el otro, el que se dirige a los pequeños, a los débiles.
Buscáis a los agitadores en el pueblo. No, mil veces no; el más grande agitador del pueblo es la injusticia, eres tú mismo que andas buscando a los agitadores de abajo y olvidas a los de arriba.
Las instituciones, las leyes, acaso no sean malas, pero nunca hemos tenido hombres, nunca hemos tenido un alma, nos ha faltado el Hombre.
El pueblo lo siente, lo presiente y se descorazona, se desalienta, ya no tiene energías ni para irritarse, se muere automáticamente como un carro cargado de muertos que sigue rodando por el impulso adquirido.
Hace días he visto al pueblo agrupado en torno a la estatua de O’Higgins. ¿Qué hacían esos hombres al pie del monumento? ¿Qué esperaban? ¿Buscaban acaso protección a la sombra del gran patriota?
Tal vez creían ellos que el alma del Libertador flotaba en el aire y que de repente iba a reencarnarse en el bronce de su estatua y saltando desde lo alto del pedestal se lanzaría al galope por las calles y avenidas, dando golpes de mandoble hasta romper su espada de tanto cortar cabezas de sinvergüenzas y miserables.
No valía la pena haberos libertado para que arrastrarais de este modo mi vieja patria, gritaría el Libertador.
Y luego, como una trompeta, exclamara a los cuatro vientos: despiértate, raza podrida, pueblo satisfecho en tu insignificancia, contento acaso de ser un mendigo harapiento del sol, resignado como un Job que lame su lepra en un establo.
Los países vecinos pasan en el tren del progreso hacia días de apogeo y de gloria. El Brasil, la Argentina, el Uruguay ya se nos pierden de vista y nosotros nos quedamos parados en la estación mirando avergonzados el convoy que se aleja. Hasta el Perú hoy es ya igual a nosotros y en cinco años más, en manos del dictador Leguía, nos dejará también atrás, como nos dejará Colombia, que se está llenando de inmigrantes europeos.
¿Y esto debido a qué? Debido a la inercia, a la poltronería, a la mediocridad de nuestros políticos, al desorden de nuestra administración, a la chuña de migajas y, sobre todo, a la falta de un alma que oriente y que dirija.
Un Congreso que era la feria sin pudicia de la imbecilidad. Un Congreso para hacer onces buenas y discursos malos.
Un municipio del cual sólo podemos decir que a veces poco ha faltado para que un municipal se llevara en la noche la puerta de la Municipalidad y la cambiase por la puerta de su casa. Si no empeñaron el reloj de la Intendencia y la estatua de San Martín, es porque en las agencias pasan poco por artefactos desmesurados.
¿Hasta cuándo, señores? ¿Hasta cuándo?
Es inútil hablar, es inútil creer que podemos hacer algo grande mientras no se sacuda todo el peso muerto de esos viejos políticos embarazados de palabras ñoñas y de frases hechas.
Al día siguiente del 23 de enero, cuando el país estaba sobre un volcán, ¿saben ustedes en qué se entretenía una de las lumbreras de nuestra vieja politiquería, a quienes preguntaban militares qué opinaban sobre la designación de don Emilio Bello para ponerle al frente del Gobierno? En dar una conferencia de dos horas para probar que el nombramiento de don Emilio Bello era razonable, pues este caballero había sido Ministro de Relaciones cuando el General Altamirano era Ministro del Interior; por lo tanto, pasando el Ministro del Interior a la Jefatura del país, al Ministro de Relaciones le tocaba pasar al Interior, automáticamente, según las leyes, a la Vicepresidencia de la República, en caso de quedar vacante la Presidencia, y por lo tanto…, etc.
No se le ocurrió por un momento hablar de la competencia ni de la energía, ni de los méritos o defectos del señor Bello. El pobre estaba buscando argucias justificativas cuando se trataba de obrar rápidamente, hipnotizado por las palabras cuando había que saltar por encima de todo. Pobre atleta enredado en la madeja de lanas de una abuela cegatona, en los momentos en que la casa esta ardiendo.
He ahí el símbolo de nuestros políticos. Siempre dando golpes a los lados, jamás apuntando el martillazo en medio del clavo.
Cuando se necesita una política realista y de acción, esos señores siguen nadando sobre las olas de sus verbosidades.
Por eso es que toda nuestra insignificancia se resuelve en una sola palabra: Falta de alma.
¡Crisis de hombres! ¡Crisis de hombres! ¡Crisis de Hombre!
Porque, como dice Guerra Junqueiro, una nación no es una tienda, ni un presupuesto una Biblia. De la mera comunión de vientres no resulta una patria, resulta una piara. Socios no es lo mismo que ciudadanos. Al hablar de Italia decimos: la Italia del Dante, la Italia de Garibaldi, no la Italia de Castagneto, y es que el espirito cuenta y cuenta por sobre todas las cosas, pues sólo el espíritu eleva el nivel de una nación y de sus compatriotas.
Se dice la Francia de Voltaire, de Luis XIV, de Víctor Hugo, la Francia de Pasteur: nadie dice la Francia de Citroën, ni de monsieur Cheron. Nadie dice la España de Pinillos, sino la España de Cervantes. Y Napoleón solo vale más que toda la historia de la Córcega; como Cristóbal Colón vale más que toda la historia de Génova.
El mundo ignorará siempre el nombre de los pequeños politiquillos y comerciantes que vivieron en la época de los grandes hombres. Sólo aquellos que lograron representar el alma nacional llegaron hasta nosotros; de Grecia guardamos en nuestro corazón el nombre de Platón y de Pericles, pero no sabemos quiénes eran sus proveedores de ropa y alimentos.
En Chile necesitamos un alma, necesitamos un hombre en cuya garganta vengan a condensarse los clamores de tres millones y medio de hombres, en cuyo brazo vengan a condensarse las energías de todo un pueblo y cuyo corazón tome desde Tacna hasta el Cabo de Hornos el ritmo de todos los corazones del país.
Y que este hombre sepa defendernos del extranjero y de nosotros mismos.
Tenemos fama de imperialistas y todo el mundo nos mete el dedo en la boca hasta la campanilla. Nos quitan la Patagonia, la Puna de Atacama, firmamos el Tratado de Ancón, el más idiota de los tratados, y nos llaman imperialistas.
Advirtiendo de pasada que hubo un ministro de Chile en Argentina, el ministro Lastarria, que tuvo arreglado el asunto de la Patagonia, dejando a la Argentina como límite sur el río Negro, y este ministro fue retirado de su puesto por antipatriota. Tal ha sido siempre la visión de nuestros gobernantes. Los macucos tan maliciosos y tan diablos y sobre todo tan boquiabiertos.
Necesitamos lo que nunca hemos tenido, un alma. Basta repasar nuestra historia. Necesitamos un alma y un ariete, diré, parafraseando al poeta ibero.
Un ariete para destruir y un alma para construir.
El descontento era tan grande, la corrupción tan general, que dos revoluciones militares estallaron al fin: la del 5 de septiembre de 1924 y la del 23 de enero de 1925.
La primera giraba a todos los vientos como veleta loca, para caer luego en el mismo desorden y en la misma corrupción que atacara en el gobierno derrocado, echando sobre las espaldas de un solo hombre culpas que eran de todos; pero más que de nadie, de aquellos que, en vez de ayudarle, amontonaban los obstáculos en su camino.
La segunda, hecha por un grupo de verdaderos idealistas, se diría que principia a desflecarse y a perder sus rumbos iniciales al solo contacto de la eterna lepra del país, los políticos viejos.
¿Hasta cuándo tendrán la ingenuidad de creer que esa gente va a enmendarse y cambiar de un solo golpe sus manías del pasado, arraigadas hasta el fondo de las entrañas, como quien se cambia un paletó?
Dos revoluciones llenas de buenos propósitos, pero escamoteadas por los prestidigitadores de la vieja politiquería, de esa vieja politiquería incorregible y con la cual no hay que contar sino para barrerla.
El país no tiene más confianza en los viejos, no queremos nada con ellos. Entre ellos, el que no se ha vendido, está esperando que lo compren.
Y no contentos con tener la mano en el bolsillo de la Nación, no han faltado gobernantes que emplearan a costillas del Fisco a más de alguna de sus conquistas amorosas, pagando con dineros del país sus ratos de placer. ¿Y éstos son los que se atreven hablar de patriotismo? Roban, corrompen las administraciones y, como si esto fuera poco, convierten al Estado en un cabrón de casa pública.
¿Qué se puede esperar de un país en el cual al más grande de los ladrones, al que comete la más gorda de las estafas, se llama admirativamente: ¡Gallo padre!? Este es un peine, dicen, y lo dejan pasar sin escupirle el rostro.
Se dice que el robo lo tenemos en la sangre, que es herencia araucana. Bonita disculpa de francachela. Pues bien, si lo tenemos en la sangre, quiere decir que hay que extirparlo cortando cabezas. Por ahí sale la sangre. Si no hay más remedio, que salga como un río.
¡Que mueran ellos, pero que no muera el país!
Que suban al arca unos cuantos Noé y los demás perezcan en el diluvio de la sangre pútrida.
Como la suma de latrocinios de los viejos políticos es ya inconmensurable, que se vayan, que se retiren. Nadie quiere saber más de ellos. Es lo menos que se les puede pedir.
Entre la vieja y la nueva generación, la lucha va a empeñarse sin cuartel. Entre los hombres de ayer sin más ideales que el vientre y el bolsillo, y la juventud que se levanta pidiendo a gritos un Chile nuevo y grande, no hay tregua posible.
Que los viejos se vayan a sus casas, no quieran que un día los jóvenes los echen al cementerio.
Todo lo grande que se ha hecho en América y sobre todo en Chile, lo han hecho los jóvenes. Así es que pueden reírse de la juventud. Bolívar actuó a los 29 años. Carrera, a los 22; O’Higgins, a los 34, y Portales, a los 36.
Que se vayan los viejos y que venga juventud limpia y fuerte, con los ojos iluminados de entusiasmo y de esperanza.
Pasado-Presente en Rojinegro. El MIR y la Historia.
Esta ponencia fue presentada el miércoles 20 de octubre de 2010, en la IV Jornadas de Historia Política: Vitalizando la Historia Política: Utilidades Teóricas y Prácticas, Estudios sobre Chile 1970-2010, en la Universidad de Valparaíso.
Yo acuso (Discurso del Senador Pablo Neruda).
Sesión del martes 6 de enero de 1948.
El Presidente consulta a la sala si se acepta o no que se celebre esta sesión especial destinada a oír a Neruda.
El señor Secretario: Resultado de la votación: 9 votos por la afirmativa, 9 por la negativa, 1 abstención y 2 pareos.
El señor Alessandri Palma (Presidente): Se va a repetir la votación, pero antes quiero retirarme de la Sala. Considero que esta votación importa una censura a la Mesa y dejo presentada la renuncia al cargo de Presidente del Senado.
El señor Rodríguez de la Sotta: No ha sido mi ánimo censurar a su Señoría los hechos son hechos y dejo presentada mi renuncia al Senado.
El señor Neruda: ¡Esto es lo que deseaban provocar! ¡Totalitarismo! ¡Las órdenes del Gobierno!
El señor Martínez Montt (Presidente): Se va a repetir la votación.
El señor Neruda: Señor Presidente, como consta al Senado, por meses he estado guardando rigurosamente un pareo con el Senador señor Maza, quien viaja por diversos países. Los Senadores liberales en este momento no han guardado ninguna consideración para dejarme siquiera defender, como corresponde a un colega. En este caso, autorizado por mi partido, rompo definitivamente el pareo.
El señor Videla: ¡Falta a un compromiso de honor Su Señoría, votando por su conveniencia!
El señor Contreras Labarca: ¡No falta a ningún compromiso el señor Neruda! ¡Ustedes quieren acallar la voz de Neruda!
El señor Rodríguez de la Sotta: Las palabras del señor Senador Neruda, que dan a impedir, me obligan a decir dos breves palabras más. Yo respeto, como el que más, el sagrado derecho de defensa de cualquier ciudadano, con mucha mayor razón el de un Senador ante sus jueces, que no somos nosotros. Los jueces del Honorable señor Neruda, en este caso, no están en esta sala; están en el edificio de enfrente, en los Tribunales de Justicia. Allí es donde Su Señoría tiene que hacer su defensa.
El señor Lafertte: Allá y aquí también, señor Senador.
El señor Guevara: Y también se defenderá en las calles
El señor Secretario: Resultado de la votación: 10 votos por la negativa, 9 por la afirmativa, 1 abstención y 1 pareo.
El señor Martínez Montt (Presidente): Aprobada la cuestión previa planteada por el Honorable señor Rodríguez de la Sotta.
El señor Neruda: Entonces, hablaré en la sesión de esta tarde.
El señor Martínez Montt (Presidente): Se levanta la sesión.
El señor Neruda: Pido la palabra, señor Presidente.
El señor Videla (Presidente): Tiene la palabra Su Señoría.
El señor Neruda: Vuelvo a ocupar la atención del Senado, en los dramáticos momentos que vive nuestro país, para ocuparme del documento enviado por mí a diversas personalidades americanas en defensa del prestigio de Chile y que hace una rápida historia de nuestro sombrío panorama político.
El Presidente de la República ha dado un paso más en la desenfrenada persecución política que lo hará notable en la triste historia de este tiempo, iniciando una acción ante los Tribunales de Justicia, pidiendo mi desafuero para que, desde este recinto, se deje de escuchar mi crítica a las medidas de represión que formarán el único recuerdo de su paso por la historia de Chile. Al hablar ante el Honorable Senado en este día, me siento acompañado por un recuerdo de magnitud extraordinaria.
En efecto, en un 6 de enero como éste, el 6 de enero de 1941, un titán de las luchas de la libertad, un Presidente gigantesco, Franklin Delano Roosevelt, dio al mundo el mensaje en que estableció las cuatro libertades, fundamentos del futuro por el cual se luchaba y se desangraba el mundo.
Estas fueron:
1.- Derecho a la libertad de palabra;
2.- Derecho a la libertad de cultos;
3.- Derecho a vivir libres de miseria;
4.- Derecho a vivir libres de temor;
Este fue el mundo prometido por Roosevelt. Es otro el mundo que desean el Presidente Truman y los también Presidentes Trujillo, Moriñigo, González Videla.
En Chile no hay libertad de palabra, no se vive libre de temor. Centenares de hombres que luchan por que nuestra patria viva libre de miseria son perseguidos, maltratados, ofendidos y condenados. En este 6 de enero de 1948, siete años justos después de aquella declaración rooseveltiana, soy perseguido por continuar fiel a las altas aspiraciones humanas y he debido sentarme por primera vez ante un tribunal por haber denunciado a la América la violación indigna de esas libertades en el último sitio del mundo en que yo hubiera deseado ocurriera: CHILE.
Esta acusación de que se me hace objeto es historia antigua. No hay país, no hay época en que mi caso no tenga ilustres y conocidos antecedentes. ¿Se deberá ello a que en los países se repiten periódicamente los fenómenos de traición y antipatriotismo? No lo creo. Los nombres de los que fueron acusados livianamente son nombres que hoy día todo el mundo respeta; fueron, una vez pasadas la persecución y la perfidia, incluso dirigentes máximos de sus países y sus compatriotas confiaron en su honradez y en su inteligencia para dirigir el destino de sus patrias y ellos llevaron siempre como un timbre de honor, el máximo timbre de honor, la persecución que fueron objeto.
No, la causa debe ser otra. Ella fue estudiada y expuesta en forma lúcida por Guizor, historiador francés monarquista, Ministro de Luis Felipe de Orléans. He aquí lo que dice en su obra De las conspiraciones y la justicia política, página 166:
“¿Qué hará el Gobierno que ve agitarse bajo su mano la sociedad mal administrada? Inhábil para gobernarla, intentará castigarla. El Gobierno no ha sabido realizar sus funciones, emplear sus fuerzas. Entonces, pedirá que otros poderes cumplan una tarea que no es suya, le presten su fuerza para un uso al cual no está destinada. Y como el poder judicial se halla vinculado a la sociedad mucho más íntimamente que cualquier otro, como todo desemboca o puede desembocar en juicios, tal poder tendrá que salir de su esfera legítima para ejercerse en aquélla en que el Gobierno no ha podido bastarse a sí mismo.
En todos aquellos lugares en que la política ha sido falsa, incapaz y mala, se ha requerido a la justicia para que actuara en su lugar, para que se comportara, según motivos procedentes de la esfera del Gobierno y no de las leyes, para que abandonara finalmente su sublime sede y descendiera hasta la palestra de los partidos. ¿En qué se convertiría el despotismo si no gobernara absolutamente a la sociedad, si sólo tolerara alguna resistencia? ¿Adónde iría a parar si no hiciera tolerar su política a los tribunales y nos los tomara como instrumentos? Si no reina en todas partes, no estará seguro en parte alguna. Es por naturaleza tan débil que el menor ataque lo hace peligrar. La presencia del más pequeño derecho lo perturba y amenaza”. He aquí expuesta por un francés de la primera mitad del siglo pasado la exacta situación del gobierno chileno en el año 1948. He aquí explicado por qué se ha pedido mi desafuero y se me injuria, aprovechando la censura de sur a norte del país por periodistas bien o mal pagados.
Al acusarme de haber herido el prestigio de mi patria por haber publicado en el extranjero la verdad que en mi patria un régimen de facultades extraordinarias y de censura no me permite hacer saber, no se infiere una injuria a mí sino a los más grandes hombres de la humanidad y a los Padres de la Patria. Es curioso verse motejado de antipatriótico por haber hecho lo mismo que hicieron en el extranjero los que nos dieron independencia y echaron las bases de lo que debiera haber sido siempre una nación libre y democrática. Al tachárseme de traidor y antipatriota, ¿no se me dirige acaso la misma acusación que los Osorio, los San Bruno, los Marcó del Pont dirigían contra O’Higgins, contra los Carrera, contra todos los chilenos expatriados en Mendoza o en Buenos Aires, que, después de haber luchado en Rancagua, combatían con la pluma a los invasores que más tarde iban a vencer con espada?
La misma acusación que en mi contra se mueve fue hecha por el Gobierno tiránico de Juan Manuel de Rosas, que se llamaba a sí mismo Ilustre Restaurador de las Leyes. También el tirano pidió al Gobierno de Chile la extradición de Sarmiento para ser juzgado por traición y falta de patriotismo. Tengo a mano un párrafo de la altiva carta que Sarmiento dirigió en esa ocasión al Presidente de Chile. Dice así:
“La conspiración por la palabra, por la prensa, por estudio de las necesidades de nuestro pueblo; la conspiración por el ejemplo y persuasión; la conspiración por los principios y las ideas difundido por la prensa y la enseñanza; esta nueva conspiración será. Excelentísimo Señor, de mi parte, eterna constante, infatigable, de todos los instantes, mientras una gota de sangre bulla en mis venas, mientras un sentimiento moral viva en mi conciencia, mientras la libertad de pensar y de emitir el pensamiento exista en algún ángulo de la tierra”.
Por su parte Juan Bautista Alberdi, también exiliado en nuestra patria, escribía: “No más tiranos ni tiranías, argentina o extranjera, toda tiranía es infernal y sacrílega. Si el argentino es tirano y tiene ideas retardatarias, muera el argentino. Si el extranjero es liberal y tiene ideas progresistas, viva el extranjero”. Rosas no logró tener en sus manos a Sarmiento ni a Alberdi y, una vez caído el tirano, Sarmiento fue Presidente de su patria.
Podría ser cuento de nunca acabar el citar todos los hombres libres que se vieron obligados a enjuiciar los regímenes tiránicos que sojuzgaban su patria y contra quienes se movió la acusación de traición y antipatriotismo. Víctor Hugo, implacable fustigador de Napoleón III desde su destierro de Guernesey; Víctor Hugo, el poeta inmenso y el patriota abnegado, fue también acusado de traición por parte de Napoleón, el Pequeño, y sus secuaces, que preparaban para Francia la humillación y la derrota de Sedan.
En Chile, 1868, la propia Corte Suprema y su Presidente, don Manuel Montt, fueron causados, por razones políticas, ante el Parlamento. La acusación, acepta por la Cámara de Diputados, no prosperó en el Senado. De esa acusación el jurista señor Larraín Zañartu dice lo siguiente:
“Se trata de procesar a un hombre para conseguir la ruina de su partido, de socavar un sólido edificio para aprovechar sus cimientos, de destruir la Constitución para ejercitar una estéril venganza personal”. Las últimas palabras del señor Larraín Zañartu parece que hubieran sido escritas en previsión de lo que ahora sucede.
¿Cómo deberían calificar los que a mí me injurian y procesan a los apristas peruanos que desde Argentina, Chile y todo el continente revelaron los crímenes de los gobiernos de los señores Leguía, Sánchez Cerro y Benavides? Si fueran lógicos, deberían tratarlos como a mí de traidores, pero en su país no piensan lo mismo y a uno de ellos lo han designado Vicepresidente del Senado. En cambio, sí que pensaron lo mismo los dictadores atacados.
Y ¿qué decir de Venezuela? El dicterio de traidor que se me aplica fue aplicado con igual razón por Juan Vicente Gómez, Juan Bisonte, contra aquellos que lo combatieron. Y nuevamente nos encontramos con que el pueblo de allá acaba de ungir Presidente electo a uno de ellos, Rómulo Gallegos, amigo mío personal y que sufrió en su tiempo la persecución que ahora sufro.
De estos hechos se desprende una lección: los ejemplos de Argentina, de Perú, de Venezuela, de Chile mismo indican que, tarde o temprano, la justicia se abre paso y la justicia impera. Los hombres que fueron expatriados en tiempos del Gobierno del General Ibañez y desde el extranjero lo combatieron con la palabra y la acción y que fueron denigrados como traidores, fueron después dirigentes estimados en su tierra. Uno de ellos, reelegido Presidente de la República, es ahora Presidente de esta Alta Corporación y, seguramente, se indignaría si alguien sostuviera que, al combatir en el extranjero un régimen que él consideraba tiránico, cometió un delito de lesa patria. Siempre, tarde o temprano, triunfa la buena causa.
Este hecho indiscutido, esta sensación que hace que el perseguido sienta aun en los momentos del tormento la infinita superioridad que lo distingue de su perseguidor; esa sensación de estar luchando por la buena causa que hizo exclamar a Giordano Bruno al ser condenado a la hoguera: “Estoy más tranquilo en este banquillo que Uds. – y señaló a los jueces eclesiásticos – que me condenáis a muerte”; esa convicción en una justicia que separa la buena de la mala fe y la causa justa de la injusta, fue expresada por nuestro compatriota Francisco Bilbao en forma magistral durante su proceso. Dijo así:
“Aquí dos nombres: el del acusador y el del acusado. Dos nombres enlazados por la fatalidad de la historia y que rodarán en la historia de mi patria. Entonces veremos, señor Fiscal, cuál de los dos cargará con la bendición de la posteridad. La filosofía también su código y este código es eterno. La filosofía os asigna el nombre de retrógrado. Y bien, innovador, he aquí lo que soy; retrógrado, he aquí los que sois”. Dice José Victorino Lastarria a este respecto: “El vaticinio no podía dejar de cumplirse, pues los iracundos estallidos de odio de los servidores del antiguo régimen han labrado siempre la gloria futura de sus víctimas y han contribuido al triunfo de la verdad y de la libertad casi con más eficiencia que los esfuerzos de los que la sustentan”. La posteridad honra y glorifica al autor de la Sociabilidad chilena. Sin embargo, Francisco Bilbao fue condenado bajo los cargos de inmoral, blasfemo, a ver su obra quemada por la mano de verdugo.
No aspiro a méritos ni a recompensa. Pero tengo la certeza absoluta de que, tarde o temprano, más bien temprano que tarde, el inicuo proceso político a que he sido sometido será juzgado como merece y sus inspiradores y perpetradores recibirán el nombre que les corresponde. Pero nadie podrá remediar el daño que se ha causado al país al obligar a los tribunales a abandonar la tarea que les corresponde para librar al Gobierno del resultado de los desaciertos que ha cometido y que no sabe cómo remediar.
Voy a hacerme cargo de las observaciones que mi persona, mi obra y mi actitud en las presentes circunstancias han merecido al Honorable Senador don Miguel Cruchaga Tocornal en la sesión del 23 de diciembre del pasado año. El Honorable señor Cruchaga no es solo un miembro distinguido de esta Alta Corporación, sino también un ilustre hijo de Chile; su labor de tratadista, de diplomático y de Canciller le han valido una destacada situación en el extranjero. Se cita su nombre como una autoridad indiscutible en materias internacional y se usan sus juicios como argumentos de gran valor y peso. En cuanto a su prestigio en el interior; es inútil que me refiera a él, ya que es de todos conocido. Me bastará recordar que el señor Cruchaga Tocornal, después de haber desempeñado con brillo las más altas funciones de Canciller de la República, ocupó, en tiempos difíciles, la presidencia de esta Corporación.
Es por lo tanto, con cierta alarma que noto, en las observaciones que el Honorable Senador me dedicó, falta de claridad no sólo en los juicios, sino también en las bases estrictamente jurídicas de sus argumentaciones, y sentiría que su limpio prestigio de jurista, que jamás debió ser empañado, sufriera los ataques de quien menos se podría esperar: de él mismo, que habría entrado en franca contradicción no sólo con la generosidad y la equidad que debería merecerle un compatriota y colega suyo, no sólo con los principios cristianos que lo obligarían a estudiar, analizar y profundizar un asunto antes de pronunciar sobre su prójimo un juicio de esos que la Biblia llama temerarios; no sólo con la serenidad e imparcialidad que deben presidir la actuación de todo jurisconsulto para no caer en afirmaciones aventuradas, sino, lo que es gravísimo, con lo que él ha sostenido en su tratado universalmente conocido; en una palabra, que se convirtiera, de la noche a la mañana, en el detractor e impugnador de su propia obra, sobre la que descansa su fama de internacionalista.
Pido perdón al Honorable señor Cruchaga y a esta Alta Corporación por estas dudas irreverentes pero, en verdad, no atino a explicar dentro de las normas universalmente conocidas de Derecho Público la grave afirmación en mi contra, emitida por el Honorable señor Cruchaga, cuando dice así: “El Senado ha tenido el triste privilegio de presenciar uno de los hechos más insólitos ocurridos en la historia de Chile. Producido un conflicto diplomático entre la República y un Gobierno extranjero, un miembro de esta Corporación no ha trepidado en volverse contra su propia patria atacando al Ejecutivo y convirtiéndose en ardiente defensor no de Chile, sino justamente de dicho Gobierno extranjero”.
No deseo, por el momento, referirme a la parte personal, apasionada y subjetiva de la frase que he citado. El desagrado que ella pueda causarme, sobre todo por ser aventurada e injusta, es superado por la sensación de malestar que me produce el pensar la cara de asombro y de incredulidad que habrán puesto los admiradores chilenos y extranjeros del señor Cruchaga Tocornal y que aún debe dominarlos.
No es posible – deben pensar – que el sereno y circunspecto tratadista haya abandonado el escrupuloso uso del vocabulario técnico-jurídico para caer en una confusión tan arbitraria y populachera de términos que tiene cada cual en una confusión tan arbitraria y populachera de términos que tienen cada cual un significado preciso; y todo, ¿para qué? Para llegar a una conclusión que no honra a un tratadista.
ESTABILIDAD DEMOCRÁTICA EN CHILE: UNA MIRADA HISTÓRICA.
Universidad de Chile
Departamento de Pregrado
Cursos de Formación General
Curso: La economía Chilena: visiones alternativas y problemas
Tomás Moulian
Doce Conferencias
Voy a hacer un análisis diferente al de Gonzalo Vial, usando un modelo histórico – genérico, puesto que relaciono la estabilidad de la democracia en Chile con momentos históricos precisos, en los cuales ésta pudo consolidarse o pudo destruirse, Hablar de un enfoque histórico – genérico puede parecer una tautología; al fin y al cabo lo específicamente histórico es el estudio del desarrollo y los cambios. Pero o que quiero enfatizar es que hubo momentos y coyunturas iniciales en que la democracia, siendo todavía muy reciente y muy débil, pudo retroceder o aniquilarse. También quiero enfatizar que al tomar la democracia presidencialista de la Constitución del 25 ciertos caminos (en sus momentos iniciales, superada la crisis política en 1932), se inscribe en ella un código de posibilidades y restricciones que marca sus futuras evoluciones.
Cuando hablo de democracia, estoy hablando del orden político contemporáneo que se estabilizo en Chile en 1932. Es decir, de un sistema que se caracterizaba por un régimen presidencialista diferente al que había habido hasta 1924, por un pluralismo político amplio (ya que en el espectro político existieron partidos marxistas aun en el período de proscripción del partido comunista, entre 1947 y 1958) y, por último, por un participación electoral en constante y veloz ampliación, como señalaba Gonzalo Vial. Desde las reformas de 1962, el voto y la inscripción se hicieron obligatorios en Chile, de modo que en 1973 la población electoral se había multiplicado por cuatro.
Puede decirse que ese sistema político democrático fue estable, comparándolo con dos parámetros, el de América Latina y el de la historia interna. La democracia política contemporánea fue estable comparada con los otros ciclos de la historia chilena: todos ellos duraron un tiempo semejante o un tiempo menor. El ciclo del “orden conservador”, que, oyendo a hablar a algunos historiadores, se creería fue eterno, de hecho duró entre 1830 y 1860 aproximadamente, como ya lo mostraron los libros de Gonzalo Vial o Julio Heisse; entonces empezó una mutación del presidencialismo extremo del primer periodo (1860-91), se quebró con la guerra civil; el otro ciclo comenzó con la guerra civil y terminó en 1924, con el golpe militar contra Alessandri. Entonces, cuarenta años (1932-73) es una larga duración, comparada con el ciclo interno de la historia política chilena, y sobre todo con América Latina.
EL FRENTE POPULAR Y LA INSTITUCIONALIZACIÓN DEL CONFLICTO
El momento en que democracia política se estabilizó en Chile, después de la “restauración conservadora” de Arturo Alessandri, entre 1932 y 1938, correspondió a las coaliciones de centro-izquierda del tipo “frente popular”, que duraron entre 1938 y 1946 y que eligieron a tres presidentes. Ese fue el momento de estabilización de la democracia chilena contemporánea, pero también pudo ser su momento de destrucción. Una importante pregunta histórica es ¿por qué en vez de debilitarse la democracia cuando surgieron las coaliciones de centro izquierda como fuerzas gobernantes sucedió el fenómeno contrario, de estabilización de la misma?
A causa de un programa de reformas mucho menos profundo y que producía menos sensación subjetiva de amenaza en las fuerzas políticas dominantes de la época, como fue el programa de reformas de Arturo Alessandri, hubo un golpe militar en 1924. Entonces no deja de ser una sorpresa que con la elección de Pedro Aguirre Cerda, en 1938, se consolidara la democracia política contemporánea, que en 1932 recién se había restaurado bajo nuevas formas.
La razón principal y espero poder demostrarlo, es opuesta a la que señala Vial en su conferencia. Creo que el régimen político democrático se estabilizó en Chile porque consiguió institucionalizarse el conflicto de clases como conflicto político electoral; es decir, permitió que se “trasladara” hacia el nivel de la competencia regulada por el poder. Es importante entender que la democracia política se desarrolló en Chile cuando ya el consenso estaba destruido. Resurgió cuando ya existía una izquierda marxista. Se produjo, entonces, una confluencia azarosa, pero eficaz, entre ciertos proyectos políticos (los proyectos de la coalición de centro izquierda) y una coyuntura de emergencia de nuevos actores. Eso permitió este fenómeno de institucionalización del conflicto social, del conflicto de clase como conflicto político. Comprender esa hipótesis requiere ciertas explicaciones.
Para que un sistema político funcione debe cumplir algunos requisitos. Primero, se necesitan normas políticas que tengan que ver con la distribución y sucesión en el poder o con el procesamiento de los conflictos y que deben ser operantes para todas las fuerzas principales. Segundo, se requiere que el sistema político funciones como una estructura de mediación, es decir, que las organizaciones políticas que existen en la sociedad expresen los conflictos de intereses fundamentales. Esto significa que los partidos políticos deben ser orgánicos, y “representar” a sectores sociales. Esas dos cualidades son importantes pero todavía no bastan. Si tenemos la pura legalidad tendremos un gobierno coercitivo que asegura su dominio (la obediencia a las normas) mediante la fuerza. Si existe lo segundo, tendremos un sistema político representativo. Pero se requiere una tercera cualidad, la legitimidad del sistema político. Tiene que existir, por parte de los actores políticos principales, una cierta forma de representarse al sistema político como una estructura equitativa de oportunidades políticas, de modo que valga la pena seguir en él, que no se suscite en uno o varios de los actores principales el interés por destruirlo, porque siente o calcula que gana más destruyéndolo que participando en él.
Lo que sucedió en la coyuntura histórica de los gobiernos de centro izquierda fue que integraron a fuerzas políticas que habían aflorado desde 1932 para adelante; entre ellas, una izquierda marxista que demostraba interés por participar en el sistema político y que pudo verlo como una estructura equitativa de oportunidades. Esa izquierda podía calificar al Estado de burgués, pero sus prácticas políticas fueron de integración.
La cualidad del sistema político chileno, desde el periodo originario de los frentes populares, era producir institucionalización política; tanto es así que sectores que habían estado sometidos a la lógica de opresión o de exclusión política empezaron a sentirse interesados en la incorporación o en la participación en el sistema político. Este interés no se basaba en la performance del sistema económico (existía un 20% de miseria como lo afirmaba Gonzalo Vial), sino en un Estado que operaba como eficiente regulador de los conflictos sociales, integrando a un sistema de negociaciones y de transacciones a la clase obrera organizada, a empresarios y a la clase media.
Los momentos fundacionales del sistema político chileno fueron, en primer lugar, el gobierno de Alessandri, entre 1932 y 1938, y luego la experiencia de casi diez años de coaliciones de centro izquierda. Entonces, en un momento originario, en una coyuntura muy particular de la historia política de Chile, el sistema político reveló la capacidad de generar legitimidad, de modo que la obediencia política pudo ser compatible con una cierta participación.
El problema de la legitimidad era crucial en el período 1932-38, porque las transformaciones sociales ocurridas desde el auge salitrero, que habían empezado a manifestarse políticamente, en la sociedad chilena desde la década del veinte, generaron una transformación estructural del campo de fuerzas. El dato básico fue que apareció una izquierda con poder electoral en el horizonte político. El 17% de los votos que obtuvo Marmaduque Grove (ex coronel de ejército, líder de la “República Socialista”) en 1932, demostraba la existencia de una izquierda que se postulaba socialista y que tenía significación política. Entonces, hay una configuración nueva del campo de fuerzas, propia de la década de los 30.
Hasta entonces, si bien el Partido Comunista existía desde 1922, éste estaba en un momento izquierdista junto con todo el movimiento comunista internacional de la época. No es que se negara a participar en elecciones, ya que llevó a Lafferte como candidato presidencial en 1931 y 1932. Pero no sacó más que el 0,5% de los votos. Estaba en otra cosa, y tenía poco arrastre electoral.
El fenómeno del grovismo significa la aparición del Partido Socialista como una fuerza electoral significativa. Además, entre 1933 y 1935, el Partido Comunista cambió su línea de asalto desde fuera del Estado Burgués, por una política de alianzas amplias en el interior del sistema político representativo existente. Se cristalizó una configuración nueva del campo de fuerzas, surgida en la década de los 30, podemos llamarla una configuración tripartita, de tres tendencias políticas. Desde la década de los treinta, el espectro político ha estado estructurado con una izquierda que postulaba al socialismo como ideal de sociedad, una tendencia intermedia donde en un tiempo predomino el radicalismo, y una tendencia de la derecha.
En la década del veinte, la izquierda del sistema político era el Partido Radical, puesto que el Partido Obrero socialista (1912), o después el Partido Comunista (1922), casi no participaban del sistema político. Los radicales podían autodenominarse partido de centro, pero su posicionamiento en el espectro político era de izquierda, puesto que el Partido democrático vivía un proceso de creciente degeneración. En la década del treinta apareció la izquierda socialista comunista y esto marcó el posterior desarrollo de la democracia: por eso marcó el posterior desarrollo de la democracia: por eso mismo había un problema de legitimidad. El sistema político debía parecer como una estructura equitativa de oportunidades, no sólo para la derecha y el centro radical. Era básico que apareciera así también para una izquierda que postulaba al socialismo en el largo plazo, que empezaba a tomar significación política y que, si era proscrita, podía convertirse en una fuerza destructora que atacaría desde fuera al sistema político.
Entonces el problema, tal como estaba planteado, era el de hacer convivir, en el interior de un mismo espacio político, a una izquierda marxista con una derecha en la cual el “alessandrismo” del año 20 había debilitado las corrientes modernizadoras del liberalismo, expresado en la Alianza Liberal. Hasta 1919 existía un sector importante de la derecha que era capaz de integrar una coalición de la reformas, junto con el radicalismo y el Partido Demócrata. El “alessandrismo” alejó de es apolítica de reformas y de modernización a un sector importante de la derecha. Esta era una fuerza en proceso de derechización. En esas condiciones se produjo la integración al sistema político de esa izquierda marxista, que en el largo plazo aspiraba al socialismo.
¿Cómo se consiguió eso? Creo que esa la gran pregunta relacionada con la estabilidad de la democracia en Chile. Aquí no se consolidó cualquier democracia. Se estabilizó una democracia con el Partido Comunista y el Partido Socialista participando en el gobierno, durante los diez años de la post crisis que se vivieron después de los oscuros tiempos transcurridos entre 1924 y 1932.
Ese fenómeno social nuevo, esa estructuración tripartita del campo de fuerzas, explica en gran medida la constitución del Frente Popular y el triunfo de Pedro Aguirre Cerda. ¿Cómo pudo suceder en Chile? Como todos saben, los “frentes populares” fueron creados para resolver el problema de la amenaza del fascismo, de la inclusión de la Unión Soviética en las alianzas europeas para la defensa contra Hitler. Sin embargo, esa línea fue más duradera y mas eficiente históricamente en esa ultima cola del mundo que era Chile, porque en España desencadeno una guerra civil y en Francia duro menos (su política militar estuvo íntimamente ligada a la derrota aplastante de los franceses ante la invasión alemana). Esta “invención europea” se afincó en Chile, y con va y vienes, duró diez años: los socialistas se retiran, vuelven, se dividen; los comunistas participan rara vez en los ministerios, pero la coalición elige tres presidentes. Más aun, impulsa una cierta forma de desarrollo de la sociedad chilena que vamos a tratar de describir.
Desde el siglo XIX nos hemos caracterizado por copiar todas las modas ideológicas. No obstante, que esta copia haya sido fructífera tiene que ver tanto con razones de fondo como con el azar histórico. ¿Por qué sobrevivió la democracia, todavía inmadura, a la elección de Pedro Aguirre Cerda? Para usar la analogía anunciada ¿por qué el niño siguió creciendo? De un palmetazo en la cabeza de esa débil democracia, unos cuantos militares pudieron hacer reaparecer el ciclo pretoriano.
Primero veamos por qué surgieron estas coaliciones de centro izquierda, por qué ganaron y por qué ayudaron a reforzar la estabilidad democrática.
Entender por qué se formó esa coalición no es difícil. Fue importante en ese proceso el papel del Partido Comunista, pero éste era una fuerza sin gran significación electoral; tenía el 4% de los votantes en 1937. Lo interesante, como pregunta histórica, es por qué el radicalismo giró a la izquierda y por qué estuvo dispuesto a ir a una coalición con los socialistas y los comunistas. La respuesta básica es que lo impulsa la estructuración tripartita del sistema político que se empieza a consolidar en ese momento: al ser un partido intermedio tiene ofertas y expectativas bilaterales.
En un régimen presidencial, un partido de derecha jamás espera que la izquierda le proponga elegir al Presidente de la República. Eso está fuera de todo realismo político. Lo característico de los partidos intermedios era que recibían ofertas bilaterales y tenían expectativas bilaterales. Dentro de ciertas restricciones, podían aliarse con la derecha, podían aliarse con la izquierda. ¿Por qué el PR eligió aliarse con la izquierda? Primero, porque había sufrido transformaciones ideológicas que lo acercaban a ésta. Pero las ideologías no lo explicaban todo: también el PR se caracterizaba por mirar a la política con enorme flexibilidad y pragmatismo. Entonces las puras transformaciones ideológicas no explican el proceso. Lo que sucedió fue que el PR podía tener expectativas de poder presidencial puestas en la izquierda, pero no podía tenerlas en la derecha. Esta no le ofrecía la Presidencia, la izquierda se la ofreció.
¿Cómo el PC, que hasta 1933 proponía realizar pronto el socialismo o la dictadura revolucionaria de obreros y campesinos, se colocó, unos años después, en la lógica de garantizarle al PR el cumplimiento de su expectativa de poder presidencial? ¿Cómo el PS, que surgió a la vida política con el golpe militar populista de 1932, estuvo dispuesto, pese a que desde su origen las coaliciones con el centro le representaron costos, a apoyar al PR? Fueron las condiciones políticas de la coyuntura las que mejor explican lo ocurrido; por eso he hablado de un análisis genético del desarrollo de la democracia.
En 1938 el PC, pese a que tenía apenas el 4% de los votos, cumplió el papel de garantizar al PR que se iba a cumplir su expectativa de poder presidencial. Y los socialistas se vieron forzados, pese a que pretendían aprovechar el carisma populista de Grove, a apoyar a un radical. En esa coyuntura, lo que hace comprensible la actitud del PR, fuerza política decisiva, fue el ver en la izquierda una garantía de poder que no vio en la derecha.
Hubo algo suicida en la actitud de la derecha chilena de esa época. Al fin y al cabo, Alessandri tenía en 1920 un programa de reformismo burgués, por llamarlo de algún modo. Lo botaron los militares con el apoyo inicial y el aplauso clamoroso de la llamada “fronda aristocrática”. En este periodo crítico de la historia política chilena la derecha no percibió que el PR era una fuerza política disponible y que constituía, por lo tanto, un objeto de seducción política (porque sin su concurso se corría el peligro de perder las elecciones). En 1938 la derecha no fue capaz de mirar hacia el centro como un aliado político. Algo había pasado con ella. La experiencia histórica del “alessandrismo”, y sus secuelas, había creado una derecha defensiva, con pánico a los cambios, cuyas corrientes modernizadoras eran más débiles que sus corrientes conservadoras y reactivas.
Entonces, la derecha de 1938 no estaba en condiciones de ver en el centro político un aliado, porque no estaba dispuesta a perder la presidencia. Al fin y al cabo el presidencialismo se estaba recién poniendo en práctica. Entonces, esa derecha, incapaz de acercarse al centro, eligió el “camino propio”, con un candidato que tenía una imagen muy reaccionaria, aunque en realidad no lo era tanto, desde cierto punto de vista. En efecto, el modo de resolver la crisis económica de 1932-28, de Gustavo Ross, fue un modo ecléctico, pero éste quedó señalado como “hambreador del pueblo”. Se generaron en el interior de la derecha movimientos, como la Juventud Conservadora y los Liberales Doctrinarios, que propusieron otros candidatos en vez de Ross. Los sectores dominantes de la derecha insistieron en Ross, porque estaban seguros de ganar. Cegados por la seguridad del triunfo, no miraron hacia el centro, no les preocupaba; basándose en las elecciones del 1937, creían que iban a barrer.
Y no ganaron por un azar histórico. La derecha hizo cálculos políticos racionales; con Ross podía ganar, porque había otro candidato (Ibáñez) que disputaba al Frente el voto popular. El Ibáñez de 1038 tenía un discurso anti oligarquico, de reformas sociales avanzadas y criticaba al Frente Popular por “centrista”. Pero el 5 de septiembre de 1938 ocurrió la insurrección nazista. Insisto en este detalle histórico para poner atención sobre el papel del azar en la política. Maquiavelo, mucho antes que Lenin, puso atención en la “fortuna”. César Borgia lo previó todo menos la muerte del Papa, su padre y perdió su poder. La derecha no podía prever lo incalculable: que los nazis iban a intentar tomarse el poder y que iban a terminar masacrados en el Seguro Obrero. “Sesenta y ocho muertos en la escalera”, se tituló la novela de Carlos Drogueet sobre esos trágicos acontecimientos. Ese azar histórico cambió la historia política de Chile contemporáneo. Por supuesto que operaban factores estructurales; entre ellos una configuración nueva del campo de fuerzas, pero es muy posible que Pedro Aguirre Cerda ni hubiese ganado si no sucede el putsch del 5 de septiembre. Sin éste hubiésemos tenido un desarrollo histórico distinto. Así, el triunfo de Pedro Aguirre Cerda ocurrió por una confluencia de factores estructurales, entre ellos una configuración nueva del campo de fuerzas, y de coyunturas históricas fortuitas.
Pero ¿por qué aquello que surgió en 1938, tan precariamente, ganando apenas por un uno por ciento, permitió diez años de gobierno estables, sin que los derribaran los militares? Hay que pensar que en ese año todavía quedaba mucho del mundo de la hacienda. Chile era todavía una sociedad muy estamental, quizás mas estamental que de clases. En ella el linaje importaba mucho y el poder político estaba asociado no sólo a la fortuna, sino también al “orden de las familias”. La elite se auto asignaba una absoluta legitimidad para dirigir. ¿Cómo esa sociedad soportó que un viejo político, radical, y masón, apoyado por una masa de plebeyos, llegara a gobernar? Las coaliciones de centro izquierda consolidaron la democracia política contemporánea y fundaron un estilo de desarrollo que fue bastante duradero. Pueden señalarse varias razones para ello.
Primero, la experiencia histórica de la crisis, del periodo de desorden político que se extendió de 1924 a 1932. Esa situación caótica generó una aspiración de orden político que se concretó en la llamada “reacción civilista” contra las intervenciones militares: ¡Basta de pretorianismo, basta de Ibáñez o Grove! Aspiración, entonces de una sucesión regulada en el poder. Pero, además, la crisis dejó otra enseñanza. La derecha ya había intentado el golpe militar y había fracasado; lo intentó el año 24 y generó un desorden que duró ocho años. Por lo tanto, existía una derecha que, cuando pensaba en la intervención de los militares en política, recordaba al coronel Ibáñez. Los militares en política representaban las reformas y no la restauración del orden conservador. Por lo menos significaban una amenaza, ya que las fuerzas armadas no querían aparecer como delegadas y tendían a tener un proyecto cesarista, con un discurso más allá de las clases, por encima de la derecha y de la izquierda. No aceptaban el rol de mediadoras de clases dominantes. Buscaban un camino propio; por eso se puede usar la palabra cesarismo o incluso bonapartismo. Existía una derecha que donde veía militares, pensaba en un peligro, o en una “caja de Pandora”, de la cual podría salir alfo favorable, pero también algo desfavorable; ellas podían tomar medidas de desarrollo capitalista y de protección del mercado interno, pero también negar a todos su representación política, castigando juntos a comunistas y conservadores: Rafael Luis Gumucio y Elías Laffarte compartieron la misma relegación. Entonces existía una derecha que ya había vivido la experiencia de un gobierno militar y de actitud antipolíticos.
Segundo, se produjo una distribución afectivamente compensada del poder político. No sabemos qué hubiese pasado si, además de ganar la presidencia en 1938, la izquierda hubiese ganado el Parlamento. Las elecciones parlamentarias habían tenido lugar antes, en 1937. Entonces la derecha se aseguró una sólida mayoría parlamentaria. Así se produjo una situación típica del régimen político chileno: un Presidente de la coalición de centro izquierda y un Parlamento, que en el periodo 1937-41 estaba en manos de la derecha ¿Por qué entonces ella iba a dejar de ver el sistema político como un sistema de oportunidades políticas equitativas? Aunque la alianza de centro izquierda elegía al Presidente, la derecha podía realizar en el Parlamento una política de contención, defensiva, de neutralización de las reformas. Y esto fue así durante todo el periodo.
En 1941 la derecha sufrió una derrota electoral en las elecciones parlamentarias. Apenas llegó al treinta por ciento. Y, sin embargo, a través de la integración ministerial del Partidlo Liberal, en algunos momentos críticos del momento de Ríos, la derecha fue compensada de la pérdida de peso electoral y de control del Parlamento. En realidad, la derecha nunca enfrentó la necesidad del gobierno militar. Esto lo fue descubriendo a través de la práctica. Cuando salió Pedro Aguirre Cerda no lo sabía, no tenía la experiencia de cómo hacer una eficiente política de contención.
Existieron oportunidades políticas para una estrategia defensiva, que la derecha no hubiese tenido si antes de perder la presidencia hubiese sufrido una derrota muy fuerte en las elecciones parlamentarias de 1937.
Tercero, la tolerabilidad del programa de reformas es otro punto que explica la estabilidad. Si bien, podemos decir, no había consenso en los fines últimos (pensemos en el modelo de sociedad que la coalición de centro izquierda tenía en la cabeza y en el que tenía la derecha), lo que realizaron las coaliciones de centro izquierda era tolerable para la derecha. Ante el dilema de estabilidad versus cambio, dicha coalición siempre opto por la estabilidad. Fue su gran astucia política y al mismo tiempo su gran debilidad. El hecho de que tendencialmente hubiera preferido esa opción está ligado a la estabilización de la democracia en esos diez años críticos en los cuales pudo haberse derrumbado.
La permanente opción por la institucionalización, por la estabilidad, les permitió a las fuerzas de centro izquierda ser lo que fueron: las fuerzas que fomentaron la industrialización capitalista, apoyada en el Estado, mas la democratización social, inaugurando un estilo de desarrollo. El argumento no es que la industrialización comenzó en la post crisis o con los frentes populares. En algún tiempo se creyó eso; que el “gran empuje” había comenzado del 32 para adelanta. Que los “frentes populares” habían casi inaugurado la industrialización.
Lo que se inauguraba en verdad era un nuevo papel del Estado en relación con la industrialización, una intervención más racional y planeada, mucho más intensa, en cantidad y calidad, que lo que había habido anteriormente.
Entonces es interesante que una coalición de radicales con socialistas y comunistas haya formulado un programa de modernización capitalista, que es lo que hicieron los “frentes populares”. Esa coalición nunca intentó el socialismo, sino el desarrollo industrial más la democratización social. Y en los dilemas optó siempre por la estabilidad, optó siempre por la transacción con la derecha para evitar la crisis política, bien retirando proyectos o bien permitiéndole a la derecha, a través de los liberales, una cierta participación en los gobiernos llamados de la “Unión Nacional”, o aun la cautela de ciertos intereses básicos. Ese énfasis en la estabilidad, esa preferencia por la transacción cuando se enfrentaban dilemas, impidió completar las tareas de modernización que eran necesarias para que tuviese espacio un estilo de democratización. Esas fueron tareas que las coaliciones de centro izquierda no abordaron y que quedaron pendientes para la década del sesenta como un peso muerto.
LAS TAREAS PENDIENTES Y EL DESENCADENAMIENTO DE LA CRISIS
Tres cuestiones básicas quedaron sin resolver. Una fue la dependencia externa crítica de la economía, expresada en la casi nula injerencia en el control de la producción cuprífera, en la escasa injerencia en la comercialización y en el débil desarrollo de la industria elaboradora de productos derivados del cobre. Los gobiernos de los “frentes populares” hicieron algo en esa materia, pero fue poco. Entonces quedó como una tarea pendiente que Ibáñez enfrentó parcialmente, y que fue abordada globalmente por los gobiernos de Frei, a través de la chilenización, y de Allende, con la nacionalización. Pero esta tarea no fue abordada en los gobiernos de los “frentes populares”, siendo asumida con retardo.
Otra deficiencia, tan importante como la anterior, fue que tampoco se asumió lo que podemos llamar el atraso agrario. Hablo de atraso agrario, no en relación a la productividad del agro, sino en relación al carácter de las relaciones sociales y productividad que existían en el campo chileno.
Por lo menos algunas de sus instituciones tenían un carácter atrasado, caso colonial, y eso afectó el desarrollo capitalista en un aspecto crítico: la marginación de la masa campesina de los bienes industriales. Este problema no fue abordado por los “frentes populares” en alguna forma de las que pudo ser enfrentado. Efectivamente se puede suponer que una reforma agraria era políticamente desestabilizadora en ese momento. La elite política de la derecha era culturalmente oligárquica y estaba ligada al latifundio. Si se hacia una reforma agraria, lo más probable es que dejara de representarse al sistema político como estructura equitativa de posibilidades y buscara, por lo tanto, soluciones alternativas. Pero lo que no tenía por qué estar fuera del horizonte histórico era la sindicalización campesina, la incorporación de los campesinos al sistema de negociación, con el objeto de unificar y ampliar el mercado interno. Eso quedó como una reforma pendiente: persistieron sectores de carácter semicapitalista o de servidumbre, como se quiera llamarlo. Esos sectores sociales son, desde el punto de vista del desarrollo capitalista, una masa que no entra a formar parte de los consumidores del mercado interno, sino muy tardíamente.
Por último, los “frentes populares” o coaliciones de centro izquierda tampoco hicieron nada para mejorar las deficiencias de la representatividad del sistema político, porque si bien se había terminado la manipulación del voto por el ejecutivo, no se habían terminado el cohecho ni la sobre representación de las zonas agrarias en el Parlamento. Esas reformas se hicieron en 1958, al fin del gobierno de Ibáñez.
Entonces, podemos decir que los frentes populares, pese a tener eficiencia histórica, dejaron “cargado” el sistema político de tensiones, debido a las debilidades de su política de modernización. Se produjo un problema que afectó al desarrollo futuro, debido no a los excesos de los programas de cambios, sino justamente a lo contrario, al carácter muy contrabalanceado y muy compensatorio que tenía el sistema político, con demasiado “Estado de Compromiso”. Esa característica explica la estabilidad del orden político, que en todo caso pospuso tareas que, desde el punto de vista del propio modelo de desarrollo (capitalismo más democratización), hubiese sido necesario que se hicieran antes.
En este aspecto el ejemplo básico es el “atraso agrario”, la permanencia en el campo de formas productivas y de relaciones sociales semi capitalistas. Hay escasa penetración del capitalismo en la agricultura chilena. Hasta la reforma agraria de Frei, existía una completa imbricación entre la hacienda y el minifundio, ambas tecnológicamente poco eficientes. La existencia de una agricultura semi capitalista afectó al proceso de industrialización. Pero, además produjo un efecto de radicalización del discurso. Ciertos temas de modernización se cargaron de un contenido cuasi subversivo. El tema del atraso agrario en la década de los sesenta, dadas las fuerzas sociales que parecieron en el escenario, se verbalizó más en términos de justicia social que de penetración capitalista en el campo.
Es necesario recordar que la revolución francesa de 1789, o la revolución inglesa del Siglo XVII, “revolucionaron” la tenencia tradicional de la tierra, y eso no conspiró contra el capitalismo; al contrario, desarrolló una estructura de tenencia de la tierra que ha estado en la base del capitalismo francés o inglés. En Chile, el tema de la reforma agraria como discurso no pudo, en la década de los sesenta, estar ligado al desarrollo capitalista. Estaba cargado de otros contenidos semánticos y aparecía desvinculado del proceso de industrialización y del desarrollo capitalista. Por el tipo de fuerzas sociales que predominaron en la década de los sesenta, las reformas de la situación agraria no fueron vistas como tareas de modernización, sino como tareas de “revolución social”.
¿Y cuáles eran las fuerzas sociales de la década del sesenta? Sabemos que desde los treinta existió un campo de fuerzas políticas que era estructuralmente tripartito, con una izquierda socialista marxista, que aspiraba en el futuro a cambiar la sociedad capitalista, un partido intermedio, como el radicalismo, y una derecha muy poco modernizadora. Pero para entender lo que sucedía hay que distinguir entre estructura y funcionamiento. Hay sistemas con estructura tripartita que en algunos momentos funcionan con dos tendencias. En el periodo de los frentes populares, tenemos una bipartición del campo entre la derecha y la izquierda. La izquierda en el gobierno, la derecha en la posición, y un partido liberal que de repente coqueteaba con las coaliciones de centro izquierda. No hay polaridad política, sino estabilidad.
En la década del sesenta, el proceso fue el opuesto. Casi siempre hubo un funcionamiento multipartidario, sin alianzas, con un doble centro, y, en las elecciones de 1970, una situación de tres tercios. Uno diría que no hay, fuera del período de la Unidad Popular, partición del campo entre dos fuerzas enfrentadas abiertamente. Sin embargo, existió un creciente grado de polarización política. ¿Por qué? Porque, a diferencia del sistema de partidos de la década anterior, el de la década del sesenta no fue aliancista. La propensión coalicional del sistema político cayó verticalmente y se agudizó la polarización política. Uno puede pensar que debió ser todo lo contrario, dado que hasta 1970-73 no existió un polo enfrentado directamente con el otro. Pero en vez de tener un sistema mucho más flexible, tenemos en ese período uno más inflexible y más polar.
¿Qué hay detrás de esto? Creo que es real el análisis de Vial sobre la miseria; creo que el problema de fondo son estas modernizaciones incompletas y atrasadas que pendían sobre la sociedad chilena; tareas que históricamente debieron haberse realizado antes y que se acumularon todas en un momento histórico. Esta situación fue agravada por el crecimiento de la participación electoral. En 1957 votaron 800.000 personas, mientras que en 1973 votaron 4.500.000. Entonces, en ese contexto de participación electoral se produjo la radicalización de todas las fuerzas políticas. Dije de todas, Una radicalización de la izquierda, una radicalización de la derecha y un papel político muy particular del tipo de centro dominante que surgió en la década de los sesenta.
La Democracia Cristiana cumplió papeles cambiantes, lo que es típico de los partidos intermedios. Así, la DC, el año 64, le proporcionó a la derecha una salida para evitar el triunfo de Allende, pero su papel político fue muy diferente en el periodo 1964-70. En la coyuntura electoral del 64 fue moderadora, pero el 64 y 70 operó como fuerza centrífuga; colaboró a la radicalización política del espectro, empujando a la derecha hacia la derecha, y a la izquierda hacia la izquierda. Eso lo llamamos una doble centrifugación. En vez de operar como factor moderador de las tensiones políticas jugó, por su posicionamiento en el espectro, un papel radicalizador.
¿Por qué? Porque le tocó asumir las tareas históricas que quedaban pendientes. Porque el verdadero continuador de los frentes populares en Chile fue la DC. Ella intentó completar el ciclo de reformas anti oligárquicas de la sociedad chilena; entre ellas la chilenización del cobre, pero especialmente la reforma agraria y la sindicalización campesina. Entonces ¿cómo no iba a arrastrar a la derecha hacia la derecha cuando, justamente, lo que había caracterizado a las clases dominantes chilenas era la de ser la expresión política conjunta del latifundio y la burguesía, a través de partidos del tipo conservador? En la práctica, la no existencia de una representación biclasista, con un partido conservador que tuviera que ver con los latifundistas interesados en mantener el atraso agrario, fue un factor perturbador. Liberales y conservadores tenían un gran número de latifundistas entre sus elites políticas, y los intereses del latifundio tenían una fuerte expresión en el sistema político. Entonces, cuando la DC puso en ejecución la reforma agraria, el conjunto de la elite política derechista se colocó en contra.
La estrategia de la DC fue la profundización de la industrialización con cambios agrarios: “les quitamos el latifundio, pero modernizamos la industria”. Con eso creyeron que iban a conseguir la división de la clase dominante en dos partidos, uno moderno y otro tradicional. Pero se produjo la reconstitución de la derecha en un solo partido; una derecha que luchó unificada contra la reforma agraria como si ésta fuera la muerte del capitalismo. En realidad, era la muerte del latifundio, pero no tenía por qué haber sido la muerte del capitalismo en la sociedad, ya que la DC no planteaba nacionalizaciones industriales, y ni siquiera en la agricultura. Frente a una derecha conservadora, con una ausencia casi total del proyecto de modernización, el programa de la DC produjo un movimiento uniforme de la derecha hacia la derecha y no el surgimiento de un partido burgués moderno que representara políticamente de un modo separado a los sectores más conservadores.
Se les pudo hacer a los latifundistas el siguiente discurso: “nosotros, en aras de la modernización y de cambios que prevengan una revuelta futura, somos partidarios de la sindicalización campesina y de la división de la tierra, acepten el sacrificio”. Esa argumentación no prosperó, no sólo por el conservantismo de la derecha, que la hacía insensible, sino también porque estábamos en la década del sesenta, en la época de la Revolución cubana, donde los temas de la revolución y del cambio global de estructura eran los temas de Chile y de América Latina.
La radicalización de la izquierda ¿qué tuvo que ver con la DC? Al desarrollarse un partido intermedio, tan reformista que hablaba de revolución ¿qué le quedaba a la izquierda? Si la DC hacía la reforma agraria, ¿cuáles eran las tareas de la izquierda? Cuando pregunto qué le quedaba a la izquierda pienso dentro de un sistema de competencia electoral. ¿Cómo definía su principio de identidad de izquierda si la reforma agraria ya la había hecho Frei?
Las identidades y los espacios electorales requieren diferenciación y especificidad porque existía un mercado político. No estábamos en un sistema donde Presidente, legisladores y alcaldes eran nombrados. En un sistema de competencia electoral, la lógica de la diferenciación opera muy fuertemente y ¿qué necesitaba la izquierda para diferenciarse de la DC? Anunciar la nacionalización de la industria, el tránsito al socialismo. Necesitaba ganarle a Tomic, disputarle la votación popular. Esa es la segunda centrifugación que proviene desde el centro: la DC empujó a la izquierda hacia la izquierda, porque le expropió, por así decirlo, su discurso revolucionario. Este proceso – la izquierdización de la izquierda – se juntó con otro y lo activó por influencia no del “guevarismo”, sino del “castrismo”.
El guevarismo influyó en casi toda América Latina. En Chile influyó sobre el MIR. Sus militantes leían devotamente al Ché, pero se saltan sus capítulos donde decía que Chile y Uruguay eran excepciones históricas, por la fuerza de sus democracias representativas. Guevara se hizo la pregunta: ¿era Cuba una excepción histórica? Y se contestó que no; que en casi toda América Latina la guerrilla era la forma principal de lucha. Observen ustedes la mentalidad política de la época: se postula un fenómeno particular e histórico sin estudiar los correspondientes sistemas de clases, como validez general. Así el Ché fue a morir heroica e inútilmente en Bolivia.
En Chile, la influencia importante fue la del castrismo, del cual surgió la idea de que había que pasar luego a la fase socialista de la revolución, porque si no la estabilidad política no era posible. La teoría gradualista de la revolución, que era la que tenía la izquierda chilena, especialmente los comunistas, fue declarada insensible. Apareció la obsesión por llegar rápido al socialismo. Esto podría perfectamente analizarse como un mito de izquierda, puesto que se suponía que el criticado estado burgués podría transformarse, desde dentro y rápidamente, como por encanto, en un estado socialista. Esa era la izquierda que existía, que se fue desarrollando en los sesenta. Entonces, la influencia cubana y la lógica de diferenciación de la izquierda respecto de la DC para disputar el voto popular, generaron una radicalización de esa izquierda, la cual afectó al PS más que al PC.
Para terminar, porque tengo un problema de tiempo, creo que la crisis chilena (y aquí seguramente voy a discrepar con Gonzalo Vial), fue fundamentalmente política. Pienso que no hubiera habido término de la democracia chilena si no es por el periodo de la Unidad Popular, lo que no significa decir que lo ocurrido es responsabilidad exclusiva de la izquierda.
Evidentemente el sistema político aumentó considerablemente su carga tensional con el triunfo de Allende, pero éste accedió “pacíficamente” al gobierno. ¿Por qué? En primer lugar, porque el Partido Nacional, como tal, no buscó la fórmula de la salida extralegal para impedir la votación del Congreso Pleno. Fue un grupo marginal el que organizó el asesinato de Schneider. La derecha buscó una fórmula legal. El sistema consistía en que Alessandri fuera elegido por el Congreso Pleno, que acto seguido renunciara y que, finalmente, se convocara a una nueva elección. Frei podría ser reelegido porque había pasado un nuevo período presidencial. La DC dijo que no, porque hubiese tenido que imponer una fuerte represión y se hubiera dividido, convirtiéndose en la “nueva derecha”. Eligió sus intereses políticos inmediatos. Además ¿quiénes fueron los otros responsables de que subiera Allende? Los militares, porque no hubo ni un golpe ni un veto militar. ¿Por qué estas conductas “pacíficas”? Porque el sistema político era muy legítimo y no era posible hacer un golpe en ese momento.
Entonces, no es que el sistema político con la subida de Allende hubiera estado ya socavado. Había dado una prueba más de que era un sistema muy representativo y muy legítimo. Había sido capaz de procesar el ascenso de Allende a través de la negociación. De esta manera, lo que pasó después fue responsabilidad política de actores concretos.
Para entender el final de este período (el golpe militar), hay que decir algunas palabras sobre la génesis de la crisis entre 1970 y 1973. Parto de una premisa: no creo que fuera fatal que Allende cayera derribado por los militares. Algunos analistas de izquierda han descubierto, después de 1973, que el golpe era inevitable: como en las tragedias griegas, se sabía desde el principio, que Edipo iba a matar a su padre; y conociéndose el género se conoce el desenlace, se sabe que todo va a terminar mal. Fue así, pero hubo múltiples coyunturas donde pudieron establecerse arreglos políticos entre el centro y la izquierda, los que hubiesen abierto otros caminos al desarrollo político posterior. Lo que fatalmente llevaba a la crisis era tratar de construir el socialismo sin conseguir la mayoría en el Estado; no sólo en las masas, sino en el Estado. Como es sabido, en ese sistema político no bastaba recurrir a la masa, puesto que las leyes se hacían en el Parlamento. ¿Qué le pasó a la UP en las elecciones municipales del año 71 cuando sacó el 50% de los votos? Demostró su apoyo en las masas, pero no tuvo ningún efecto estatal, porque los diputados habían sido elegidos en el año 1969; así era el sistema institucional chileno. En esas condiciones no se podía hacer el programa de reformas que Allende pretendía sin una coalición política con el centro. El otro camino llevaba a la crisis inevitable, pero elegirlo fue una opción. El camino de las reformas extraparlamentarias, sin negociación política, conducía a la extrema polarización. Pero lo que quiero decir es que la crisis no estaba activada desde el principio.
En pocas palabras, puede decirse que la aplicación del programa de la UP requería de la formación de un bloque democratizador con el partido intermedio dominante, la DC. La izquierda, al elegir el camino de las reformas no negociadas, contribuyó a favorecer la estrategia de centrifugación de la derecha, la cual buscaba el vaciamiento del centro hacia su lado. Cuando eso se consumó, la crisis estaba desencadenada. Por último, creo que entre 1970 y 1973, no fracasó la “vía chilena al socialismo”. Ella no fue aplicada hasta sus últimas consecuencias, porque hacerlo hubiera requerido formar una mayoría estatal para los cambios.
Este tipo de interpretación analiza la crisis de 1973, menos en términos de necesidades históricas y de factores objetivos, fuera del control de la acción política, y más como el resultado de opciones, decisiones, cálculos, conflictos o luchas entre partidos y sectores sociales. Se prefiere privilegiar esa mirada de crisis, definiéndola como crisis del sistema de partidos, como crisis de la elite política y como resultado de luchas políticas, por razones que también tiene que ver con el análisis de la dictadura miliar. La crisis política chilena era profunda, pero no necesitaba de la “cirugía mayor”, de una contra revolución burguesa. El problema no era estructural, en el sentido marxista del término, sino cultural, de radicalización de las elites políticas. La dureza del golpe se puede entender por la lógica paranoica que los actores políticos tenían. Tanto la DC como la derecha se imaginaron que la izquierda tenía fuerza para imponer una dictadura, pero el 11 de septiembre ya se habían dado cuenta que esa creencia era un mito. Entonces, es falso que se necesitara de esta contrarrevolución burguesa para salvar a la democracia. En verdad, ella se necesitaba para restaurar un sistema económico capitalista, sin presión sindical y sin interferencias provenientes de una competencia política plural.
Por último, Gonzalo Vial nos ha hablado del odio. Sí, la polarización trae consigo una carga de pasión y de violencia. Pero no se pueden comparar las odiosidades del pasado con el odio que incuba una dictadura terrorista. No creo que nada de lo que ha ocurrido estos trece años nos prepare para la democracia. Más bien, todo favorece una política con muy poco sentido racional y de cálculo una política de oposición, que es más que nada, un clamor y un grito contra la tortura, la muerte y la exclusión. En las condiciones actuales ¿puede ser de otra manera?
Tomás Moulian.
Los revolucionarios y la revolución. Una lectura a Salvador Allende.
Luis Pino Moyano[1].
Hablar de Salvador Allende Gossens y de su pensamiento político implica una serie de desafíos. En términos personales, debo hacer presente una serie de cuestiones emocionales. Yo nací casi nueve años después del Golpe Militar de 1973 que impusiera una dictadura asesina en nuestro país. Pero crecí escuchando de Salvador Allende. Recuerdo que muchas veces en la casa de mi abuelo se escuchó el casete, que era la copia de la copia de la copia con algunos discursos de Allende, los bandos militares y al final el “discurso de despedida”, en el cual el Presidente Allende daba a conocer que resistiría hasta el final el ataque artero de los militares. Un discurso en el que se dirige a chilenos y chilenas, a las víctimas de lo que vendría y a los victimarios, inclusive, entre ellos, “los traidores”, algunos mencionados con nombre y apellido. Y, finalmente, el mensaje esperanzador de que “otros hombres” harían la construcción necesaria para volver a caminar por las “anchas alamedas”. Y ahí emana otro de los desafíos. El de la formación académica e historiográfica que invita a diferenciar entre discursividad y acción, lo que trasunta en el reconocimiento de ciertos rasgos “mesiánicos” en la figura de Allende, de la fusión marxismo y romanticismo, de las concepciones modernas, entre otras. Y está el desafío político que se presenta como un camino con bifurcación. Un camino conduce a cuestionar el concepto de revolución y con ello hacer un examen crítico del proceso dirigido por la Unidad Popular entre 1970 y 1973. Aquí nos adentramos al clásico debate entre reforma y revolución, pugna teórica y práctica de las izquierdas en Chile. Y el otro camino, del desafío político, es nuestra manera de mirar hacia el pasado. Tertuliano, un “padre de la iglesia” señalaba que la “sangre de los mártires es la semilla de la iglesia”, cita fácil de parafrasear en el discurso de la izquierda chilena. Nuestro apego a la figura de mártires obnubila nuestra mirada a los errores. Nos hace colocar a los finados en un pedestal y no reconocerlos dentro de su humanidad como si fuesen seres impecables, inerrantes, santos. Un historiador con el cual es difícil de estar de acuerdo, Alfredo Jocelyn-Holt, señaló en el contexto de las conmemoraciones de los cien años de la masacre de Santa María de Iquique que: “lo mejor de la izquierda chilena es cuando lucha y gana batallas posibles. Pero sucede que la izquierda actual está confundida. Su sector blando renuncia a sus luchas de ayer “concertándose”, mientras que su sector duro insiste en estos memoriales auto-justificativos. La izquierda precisa proyectos viables, no lloriqueos ni autotraiciones. Sólo entonces sus víctimas podrán descansar en paz”[2]. Puede sonar duro, pero se da cuenta de algo que nos falta. Evidentemente, mi intención no es llamar al olvido. Creo que debemos mirar constantemente hacia atrás, pero dichos actos de recordación deben estar ligados a una función social y política, que planteándola de cuajo, es la misma que señalara Marx en una de sus más citadas tesis sobre Feuerbach: “los filósofos han interpretado de diversos modos el mundo, pero de lo que se trata es de transformarlo”. No podemos permitir que el dolor nos paralice dejándonos como sujetos escleróticos. Debemos asumir con responsabilidad nuestra tarea intelectual y política, de manera tal que recordando nuestro pasado, tengamos la posibilidad de interpretar nuestro presente y forjar un futuro mejor, entendiendo que “la historia es nuestra y la hacen los pueblos”[3]. Y al entender que es nuestra es que asumo estos desafíos no como limitaciones, puesto que no creo en la neutralidad, sino más bien, como elementos a tener en cuenta, ya sea para afinar o potenciar la mirada.
La ponencia que presento, consiste en un acercamiento teórico a la revolución y como resultado de dicho ejercicio, una lectura al pensamiento de Allende, a partir del análisis discursivo.
[1] Estudiante de Licenciatura en Historia con mención en Estudios Culturales de la Universidad Academia de Humanismo Cristiano. E-Mail: luispinomoyano@gmail.com
Ponencia presentada en la 2ª Jornada de Estudiantes de Historia de la Universidad Academia de Humanismo Cristiano, “Historia Política y Social de Chile (Siglo XX)”, efectuada los días 29 y 30 de septiembre de 2009.
[2] Jocelyn-Holt, Alfredo. “Iquique a 100 años”. En: Diario La Tercera, Ideas & Debates, Santiago, domingo 23 de diciembre de 2007, p. 4.
[3] Frase tomada del discurso de despedida de Allende, en La Moneda. 11 de septiembre de 1973.


















