En memoria de Fernando Ortiz Letelier, Luis Moulian Emparanza y Luis Vitale Cometa, historiadores y militantes…

Opinión.

Haciendo otra lectura de la capucha.

Según el diccionario de la RAE la capucha es una prenda de vestir y un encapuchado es un sujeto asociado a ciertas prácticas religiosas del catolicismo romano en semana santa. Claramente, no es lo que se piensa cuando se escucha esa palabra en los noticieros de televisión. Se piensa en “violentistas”, “desadaptados”, “lumpen” o, en los “infilitrados”, de los cuales algunos, según sabemos hoy por ciertas investigaciones periodísticas, no sólo tienen nombre y apellido, sino también portan una placa.

Mientras veía las noticias, luego de la “marcha de los paraguas” este jueves 18 de agosto de 2011, noté el funcionamiento de la “seguridad” dentro de la columna de los manifestantes. “Hay que mantener el orden”, se decía, continuamente. Y los que aparecieron portando una capucha fueron motejados como “flaites”. No puedo sacarme de la cabeza el grito de uno de los defensores del orden (no hablo de un uniformado): “-¡anda a leer un libro y después hablai de educación!”. ¡Cómo si la educación estuviese asociada sólo a la práctica de la lectura! ¿Es que acaso sólo pueden hablar de educación aquellos que participan del sistema y no aquellos que han sido excluidos de él? ¿No es precisamente una de las peores cosas del actual sistema de educación el hecho de que existan “colegios para pobres” que enseñan poco y nada con la finalidad de re-producir mano de obra obediente y barata? ¿El muchacho que gritó eso pensará que la educación en el actual sistema es un instrumento de ascenso social, olvidando que el sistema neoliberal barrió con el estado benefactor, y lo que hoy asegura ascenso está ligado a la práctica del consumo, por ende al poder de adquisición –real o artificial, mediante tarjetas?

Yo nunca he ocupado una capucha. Cada vez que he marchado o he protestado por algo lo he hecho con mi rostro descubierto. Pero eso no me hace más valiente ni mejor. Soy uno, entre tantos que hemos tomado esa opción. Pero respeto al compañero o compañera que ha optado por tomar una capucha y cubrir su rostro. Y mi respeto está ligado al entendimiento. Entiendo por qué lo hacen. Y las dos razones están asociadas al uso excesivo de la teatralidad represiva de las fuerzas policiales, que por ejemplo cuando salen montados en sus caballos permiten recordar a los militares “palomeando rotos”, como antaño. Ante esa represión se alza una defensa. No todos pensamos en que la correlación de fuerzas en una marcha es totalmente dispar y no hay para qué engrosar las filas del martirologio, sino están aquellos que piensan que hay que defenderse, que hay que luchar contra aquél que te está reprimiendo. Y también es una defensa contra los “disparos” de las cámaras en manos de funcionarios uniformados o de civil que buscan retratarnos a quienes participamos de las movilizaciones. Porque hoy, como ayer, nos tienen a todos identificados. Y algunos ya sea para cuidarse más o, ya sea por miedo, cubren su rostro contra ese ataque que no se siente pero que se ve. Ahora bien, pensándolo, sin querer queriendo he estado encapuchado cuando con mi kufiyya o con mi bufanda he tapado mi rostro para protegerme de los gases lacrimógenos. Después del Caso Bombas y las “evidencias” del fiscal Peña, que no hay que olvidar trabaja hoy en el Ministerio del Interior para Hinzpeter, cualquier cosa se puede esperar. Y cuando uno dice cualquier cosa, lo dice literalmente.

Hace un tiempo atrás, leí un texto de la historiadora María Rosaria Stabili sobre el gobierno de Balmaceda (que fue escrito en 1991 a propósito de los cien años de la guerra civil), en el cual concluía que los chilenos portan un pequeño Portales dentro de sí, por más “libertarios” que éstos sean. Si cuando precisamente el actual orden está siendo puesto en cuestión, ¿no es una contradicción cuidar el “orden”? Si para la clase dominante ya marchar por las calles, interrumpiendo el “normal” tráfico vehicular, es un acto de desorden y violencia. Recuerdo a un uniformado diciéndome un día “-Desaloje la vía pública”. No se necesitan encapuchados para ser reprimidos. Como diría Miguel Enríquez a fines de la década de los sesenta: “Sólo la chatura mental y política pueden suponer que las clases dominantes necesiten pretextos para desencadenar la represión: si no los tienen, los inventan”. ¿Alguien podría decir que no ha sido así?

Luis Pino Moyano.


A propósito del 18.

 

Estamos a sólo horas de un nuevo 18 de Septiembre… en las calles comienzan a enarbolarse las banderas, desde los negocios sale el olor a las empanadas, “está buena la carne”, señala el comercial de una de las tantas empresas monopólicas del país… Hoy, comienza la temporada de fondas, y los periodistas hacen votos por ver a la Bachelet bailar un pie de cueca… y es que las tradiciones son importantes, dicen.

Todo eso, con el propósito de celebrar “nuestras” fiestas patrias… el 18, celebramos el “Día de la Independencia” y el 19, las “glorias de nuestro ejército”.

Partamos por la primera de las celebraciones. Pongámonos de pie… resuenan trompetas… “Día de la Independencia”. ¿Independencia? ¿De quién? Si nosotros vemos la historia, notaremos que la guerra de emancipación es un conflicto elitario. Es la lucha entre una misma clase. Es la lucha de la aristocracia criolla contra la aristocracia peninsular. También se nos señala a través de la historia, que es un proceso multicausal. ¿Cuáles son esas causas? Todas son causas que rodean, de una manera u otra, a la aristocracia. La fundamental, es que los criollos han sido dejados de lado, no eran tomados en cuenta para los cargos más importantes de la colonia hispánica. Sólo podían tener acceso algunos puestos de mediana importancia en el cabildo. Otra de las causas… el daño que habían producido algunas medidas económicas de la dinastía borbona, en la precaria industria “nacional”. ¿Quiénes son los dañados? Ellos. En especial, la aristocracia criolla. A ellos se les alzó los impuestos, ellos perdieron plata con la sobresaturación de mercaderías y la consecuente falta de circulante, y ellos fueron las víctimas del contrabando de los delincuentes del camino, de piratas y corsarios. Ellos son las víctimas del mal gobierno de García Carrasco… lo que se soluciona con su derrocamiento, y con la puesta de Mateo de Toro y Zambrano. Veamos a ese personaje. Un caballero anciano, 83 años, realista, manejable por su frágil memoria. Cómo será, que la prensa de farándula de la época (un chistecito no le hace mal a nadie), señalaba que el Conde de la Conquista (cargo comprado), se quedaba con la opinión del último que le hablaba. Ese fue el hombre que “dirigió” el cabildo abierto del 18 de Septiembre de 1810. El principal acuerdo de esa reunión, en la que participaron los vecinos más virtuosos (concepto muy común en “La República” de Platón) y honorables de la ciudad de Santiago, fue el juramento de lealtad al rey Fernando VII, apresado por las fuerzas napoleónicas. Y ahí está el meollo del asunto… renació una concepción medieval, con respecto a la monarquía absoluta española. El concepto es más o menos así: Dios había delegado el poder al pueblo español, y el rey les gobernaba mediante el pueblo… Dios lo había querido así. Con el rey cautivo, el poder residió en el pueblo, evidentemente estamos hablando de la aristocracia, que por la defensa de sus intereses inauguró Juntas de Gobierno. Y así comienza la lucha de “nuestra” independencia. Lucha que cuando concluye con la batalla en los llanos del Maipo (1818), deja en el poder a un hijo de esta aristocracia, que asume un poder plenipotenciario… inauguró un gobierno republicano, pero en el cual el Director Supremo ejercía un poder cuasi-monárquico. Los libros de historia oficial, no muestran a los rotos. Y es que el “bajo pueblo” debía ser moralizado, disciplinado, enseñado. Por lo mismo, Portales, señala que la democracia es el “gobierno de los ilusos”… por eso, la necesidad de un gobierno autoritario y centralizador. A fines del siglo XIX, comienzan a surgir una serie de movimientos sociales (sindicales, mancomúnales, políticas)… Es ahí, donde sale a la luz, “el viejo topo de la historia” (Marx)… Pero, es una salida a la luz, desde la colonia en adelante, ese bajo pueblo fue oprimido, reprimido, humillado, subyugado. Entonces, el 18 celebramos la Independencia de una clase, la que ostenta el poder, no la del país.

Vueeeeeeelta! Llega el 19. La Parada Militar. Esa que nos hace recordar que estamos celebrando las glorias del Ejército. De ese que ha sido “siempre vencedor, jamás vencido”. ¿A quién ha vencido? No sólo a españoles, peruanos y bolivianos… con el que ha sido infranqueable es con el “enemigo interno”. Esa victoria la logró masacrando, aplastando a sangre y fuego a nuestros compatriotas, a sus compatriotas, en 1830, en 1851-1852, en 1859, en 1891, en 1901, en 1903, 1905, 1906, 1907, 1934, 1946, 1957, 1962, 1967, 1969, y desde 1973 a 1989, entre otras. No importaba… eran los pipiolos, “liberales rojos” y finalmente, eran los marxistas… qué importaban eran los “humanoides”. Lo fue aplastando a sangre y fuego a nuestros antepasados mapuches, en lo que los siúticos denominan pacificación de la Araucanía. Qué pacificación, fue una ocupación violenta. Es ese ejército, que nació para defender al pueblo, que está manchado con la sangre de sus hermanos.

Y esto no es lo que algunos elocuentes llaman “del pasado”. O lo que otros, un poquito más inteligentes, nos invitan a estudiar en su contexto. ¿Qué contexto? Nuestra nación fue forjada con el mal endémico de la desigualdad, del autoritarismo. Tenemos una democracia que ha sido tutelada por la sombra de las bayonetas. Las clases más bajas siguen siendo reprimidas, tal vez, no por las fuerzas policiales o militares, pero si por la exclusión. Es que como dijera María Angélica Illanes, el gobierno está más preocupado de construir una república, no una democracia. Por eso, escuchamos a la presidenta hablar de la importancia de los símbolos patrios, símbolos que tienen derechos (“nadie tiene el derecho de destruirlos”). Pero esos símbolos ¿a quiénes representan? A ellos. A los triunfadores.

Es tiempo, en los cuales debemos preocuparnos más de construir una verdadera democracia, que borre las exclusiones políticas, económicas y sociales. Es tiempo que la Independencia, nos alcance a todos, no sólo con las empanadas y la carne (tipo “pan y circo” romanos), sino la independencia de verdad. La que signifique nuestra autodeterminación, una verdadera soberanía popular. Y que cuando logremos eso, podamos cuidarlo con dientes y uñas, de aquellos que siempre nos han querido someter. Sólo ahí, los que no vivimos para el tiempo del gobierno popular, respiraremos, por vez primera, los aires de la libertad.

Puente Alto, 15 de septiembre de 2006.

Luis Pino Moyano.


Pensando en voz alta sobre “Los archivos del Cardenal”.

Hace un par de años atrás, Canal 13 puso en la pantalla la serie Los 80, la que, sin dudas, fue un éxito en sintonía. A propósito de ella hubo muchas conversaciones, motivados por los recuerdos y emociones de quienes vivimos en esa década. Fue una serie que hizo que hombres y mujeres, en el seno de sus hogares, se sentaran juntos frente a un televisor. Si bien es cierto, durante toda la serie hubo alusiones a lo político, el año pasado dicho contenido se explicitó, poniendo en escena la militancia activa de un joven frentista, Gabriel, quien tiene una relación sentimental con Claudia Herrera (Loreto Aravena). De hecho, Gabriel (Mario Horton) en el capítulo final de la temporada, fue sorprendido por un operativo de la CNI del cual sobrevive ajusticiando a uno de los integrantes del aparato represor. Claudia tiene que pasar a la clandestinidad. Final abierto. Final que dejó varias cosas en la palestra. Entre ellas, el poder performativo del lenguaje fílmico. Gabriel era un joven apuesto a quien nadie que veía la serie esperaba que muriera. Era algo así como “el jovencito de la película”. Eso rebota en la causa. Porque probablemente muchos televidentes, que anhelaban que Gabriel sobreviviera no estuvieron y/o no están de acuerdo con la causa propiciada por el Frente Patriótico Manuel Rodríguez. Pero de una u otra forma, dicha causa política era legitimida en la figura de Gabriel. Su disparo ajustició, no asesinó.

Televisión Nacional de Chile, siguiendo el camino trazado por la serie Los 80, captando a su “público cautivo”, pone en escena la serie Los archivos del Cardenal. Desde que comenzó a publicitarse impactó a los televidentes. De hecho, en la hora convulsa que atravesamos socialmente, varios, que estaban en veredas lisas y cómodas durante el período dictatorial sacaron sus voces para señalar su molestia frente a esta representación. El senador Carlos Larraín, de Renovación Nacional, en las semanas previas al estreno televisivo de la serie señaló: la serie toma hechos que ocurrieron exactamente hace 40 años, pero que tiene connotación política evidente; la izquierda como víctima, y eso es lo que le da pábulo para actuar en política con cierto sentido de superioridad”[1]. Las palabras del senador resultan ser una publicidad a la inversa para la serie, precisamente por su “connotación política evidente”. El problema es que los medios televisivos, todos los días, transmiten una serie de programas con contenidos que no tienen “connotación política evidente”, para gran parte del público seducido por la imagen o por rostros que para muchos son creíbles. Esto hace recordar lo señalado por Pierre Bourdieu quien señaló que La televisión es un universo en el que se tiene la impresión de que los agentes sociales, por más que aparenten importancia, libertad, autonomía, e incluso a veces gocen de un aura extraordinaria (basta con leer las revistas de televisión), son títeres de unas exigencias que hay que describir, de una estructura que hay que liberar de su ganga y sacar a la luz”[2]. Es ese contenido menos evidente el peligroso, en tanto se presenta como la verdad y no como una interpretación de la realidad.

Los archivos del Cardenal explícita el contenido político. Las imágenes, los conceptos, la música, todo el constructo escénico nos hace saber qué veremos antes de que la serie sea estrenada. Tal vez no conozcamos la trama de la obra de ficción, pero conocemos el tramado histórico en el cual subyace. De hecho, en el primer capítulo nos encontramos con el caso de los “Hornos de Lonquén”, en el cual se encontraron los restos de quince hombres entre 15 y 51 años. En las imágenes del próximo capítulo  se muestra la expropiación de la bandera chilena con la que se juró la independencia, acto político realizado por el MIR.

Si me pidieran sintetizar en dos conceptos el primer capítulo de la serie, tendría que decir: víctima y miedo. No es la víctima conceptualizada por Larraín, sino más bien, es la víctima de la tortura, el asesinato, la desaparición. Y es que la Vicaría de la Solidaridad fue clave a la hora de impulsar la defensa contra las violaciones a los Derechos Humanos. La víctima, en sí misma, es humana, lo que le escinde de su militancia política. Como humano no debió sufrir los rigores de la dictadura. Claramente, se debe reconocer la tarea de las iglesias, sobre todo de la Iglesia Católica, que oficialmente no se puso del lado del gobierno (como en el caso argentino, por ejemplo), defendiendo a los que sufren, la búsqueda del establecimiento de “verdad y justicia” (ambos ideales bíblicos) y, además, condenando la acción represiva impulsada por el régimen de facto. Esa fue una mano potente alzada en defensa de los familiares de ejecutados, torturados y desaparecidos. ¡Qué duda cabe! Pero si hacemos una  mirada crítica a dicho proceso, tenemos que decir que dicha esencialización, centrada en la figura del ser humano, olvida al militante. Como esencialización es ahistórica. Olvida que quienes murieron, fueron torturados o desaparecieron fueron llevados a dicha situación de manera forzosa por encarnar al enemigo interno, ése que atentaba contra el orden establecido por la clase dominante. Lo que, en otras palabras, olvida o deja en segundo plano, el proyecto histórico que buscaban concretizar. Y es que no podemos ponerle palabras al dolor, representado genialmente por Los archivos del Cardenal, pero si algo estaba “lleno de palabras” y de sentido, era la causa y las luchas encabezadas por el movimiento político-social de izquierdas en la larga jornada, que, entre otros logros, llevó a Salvador Allende al gobierno.

Por otro lado, decíamos que en el primer capítulo de la serie nos encontramos con el miedo. Y es el miedo ante la “seriedad de la muerte”. Muchos optaron por el silencio, por cerrar sus ojos y tapar sus oídos para no ver lo que sucedía afuera de sus mundos particulares. El miedo, desde la otra vereda, se ve en el secreto, en el cuidado que se debe tener con la información. Y es que cualquiera puede ser un sapo. Eso queda graficado de manera elocuente en la escena en la que Ramón Sarmiento (Benjamín Vicuña) conversa con su amigo carabinero, que participó en la detención y ejecución de un amigo común, Luis Emilio, nieto de la nana de Ramón. El uniformado le señala que lo último que le dice Luis Emilio fue: “me estai palanqueando”. Y antes de cualquier condena moral (¡participó en el asesinato de su amigo!) le señala a Ramón: “ya no se puede confiar en los amigos”. Ese miedo, construido por la teatralidad terrorista, es, sin duda, la obra más sólida de la dictadura. El miedo traspasa los límites del 11 de marzo de 1990. Actúa como dijera Max Weber: “una cantidad suficiente de bayonetazos en el momento preciso genera la cultura del temor, que dura más tiempo que el bayonetazo”.

Es prematuro establecer juicios sobre la serie Los archivos del Cardenal, luego de ver su primer capítulo, por lo que estas líneas deben ser tenidas como pensamientos en voz alta. Como interrogantes que se dilucidarán cuando conozcamos el tramado en su totalidad. A lo largo de las semanas veremos si a los conceptos de víctima y miedo, se suman las de militancia y proyecto histórico. Por el momento, agradecemos a Televisión Nacional de Chile por poner al aire Los archivos del Cardenal, porque renueva nuestras razones para conversar, reflexionar y debatir sobre nuestro pasado reciente y, porque llega en un momento de nuestra historia en el cual las calles se llenan de gritos y colores, por la emergencia de luchas contra el orden construido por la dictadura, potenciado por los gobiernos de la Concertación y radicalizado y legitimado por el actual gobierno. Es la reflexión sobre nuestro pasado-presente, unida a la acción política y social las que coadyuvan a la destrucción del miedo y nos permiten proyectar un mejor futuro.

Luis Pino Moyano.


[1] “Carlos Larraín pataleó en La Moneda por ‘Los archivos del Cardenal’”. The Clinic. 13 de julio de 2011. Disponible en: http://www.theclinic.cl/2011/07/13/carlos-larrain-pataleo-en-la-moneda-por-los-archivos-del-cardenal/ (revisada el 22 de julio de 2011).

[2] Bourdieu, Pierre. Sobre la televisión. Barcelona, Editorial Anagrama, 1997, p. 53.


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