La rebelión de los pingüinos.

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Bien lo dijo The Economist: Michelle Bachelet puede decir con conocimiento de causa que no hay nada peor que una luna de miel con niños. En los albores del actual gobierno se desató una de las manifestaciones masivas más potentes de las últimas décadas, que cambió la agenda e incluso desencadenó un cambio de gabinete. El historiador Alfredo Jocelyn-Holt analiza con perspectiva la movilización estudiantil y reflexiona sobre las consecuencias que ésta tuvo y -tiene- en el país.

Por Alfredo Jocelyn-Holt

Wi Guant A Veter Edukeichon. Tradukción: Keremos Una Mejor Educación?”, “La Educación Chilena No Se Vende? se Defiende!!!”, “Algunos Duermen. Otros Comen. Nosotros sólo les abrimos los ojos”, “Francia 1968/Chile 2006”, “Soy Estudiante, Perdón, Soy Un Producto Devaluado”, “Gordi: ¿Estás Conmigo?”. Eso era lo que se leía en algunos de los miles de lienzos colgados de los frontis de los liceos y colegios tomados y en paro, entre abril y junio pasados. Muchos irónicos, otros ácidos, en un lenguaje muy de chicos rebeldes actuales que, junto con ingeniarlos, conmovieron al país con su llamado a la conciencia.

Las movilizaciones de estudiantes secundarios marcaron el año como, quizá, ningún otro hecho noticioso. Tanto su carácter sorpresivo, la magnitud y el apoyo nacional logrados, y el haber puesto en jaque al gobierno como también al legado económico y educacional de la dictadura, evidenciaron que existe un país subterráneo, hasta ahora desatendido por el establishment, dispuesto, sin embargo, a hacerse oír.

El contexto no pudo ser mejor elegido. Bachelet estaba recién encumbrada y acaparaba todavía la expectación internacional. El precio del cobre era, día a día, más espectacular. Se comenzaba a discutir cómo repartirse -no digamos que muy seriamente- los excedentes. La ministra Blanlot sugería gastarlos en Haití. En ese escenario a nadie en el gobierno le cabía en la mente tamaña movilización. En un primer momento, cien mil estudiantes que, con el correr de las semanas, llegó a involucrar a un millón por todo el país. Jóvenes dirigentes, hasta entonces desconocidos, en todos los medios, hablando de corrido, mostrando ante las cámaras hasta más paciencia y conocimientos legales que los políticos más fogueados. Sus pancartas emplazaban sensatamente: “¿Hay Algo de Raro En Querer Una Buena Educación?”.

Días después de que la señora Bachelet anunciara en su discurso del 21 de mayo medidas para fortalecer la educación preescolar -una de sus promesas electorales-, los secundarios, defraudados, subieron el volumen. La táctica fue impecable. Partieron formulando reivindicaciones que venían de antes, para, muy luego, repudiar el sistema educacional entero. Al final los lienzos proclamaban: “Se Busca: Bachelet. Recompensa: Eliminación de la J.E.C. Una P.S.U. gratuita. Una educación digna e igualitaria. Un pa$e escolar grati$. Destrucción de la L.O.C.E.”.

La exigencia de terminar con la L.O.C.E. -vigente desde un día antes de que Pinochet dejara el mando-, fuera de que llamaba al Estado a tomar cartas en el asunto, condenaba toda privatización o mercantilización de la educación, a la vez que cuestionaba la transición y el consensualismo concertacionista. “¿Qué democracia dicen tener con la L.O.C.E. de Pinochet?”, “Sólo sé que No LOCÉ”.

El gobierno, pillado con los pantalones en las rodillas, se entrampa inicialmente en descoordinaciones ministeriales. Sólo atina a decir que se ha invertido mucho en educación, lo cual es cierto, pero sin que ello redunde en mejores rendimientos según las mediciones internacionales que tanto gustan a los educólogos del oficialismo. Al final, Bachelet deriva el asunto fuera de las instancias políticas (léase Congreso y partidos), y lo radica en una comisión masiva de más de 70 miembros, en que se da cabida corporativa a todos los intereses educacionales comprometidos, entre los más destacados quienes en calidad de “expertos” llevan años manejando el sistema desde, también, otras comisiones. El ambiente, sin embargo, logra distenderse. El gobierno gana tiempo, y los estudiantes, si bien deciden seguir participando, se reservan el derecho a volver a protestar. Lo intentan en septiembre pero más apagadamente.

El movimiento, de hecho, pierde fuerza, y así como estalla, se comienza a disolver. El asambleísmo, aunque notable en un principio (sus líderes se presentan como voceros más que representantes, con lo cual evitan singularizar un núcleo capital), termina, sin embargo, por restarle unidad. Se rumorea que el gobierno presiona a apoderados y promueve disensiones internas. La transversalidad del movimiento -entre sus líderes figuraban militantes de la UDI hasta el PC- si bien encuentra eco entre los universitarios, el Colegio de Profesores y otras instancias sociales, no logra sumar a la oposición. Por último, la escalada violentista que acompaña las jornadas de protesta debilita el apoyo inicial generalizado de la opinión pública. Los muchachos, ubicados en la vereda del frente, tanto de Carabineros (que despliega una represión inusitada) como de anarquistas, lumpen y agitadores (el FPMR), logran persuadir que sus “formas de lucha” son pacíficas. Se repliegan a los recintos escolares, donde llevan a cabo jornadas culturales, de diálogo y reflexión. Se encargan del orden en los recintos. Rechazan provocaciones. En fin, muestran un impecable sentido público. Con todo, el desgaste y el peligro de que jóvenes pudiesen sufrir desgracias se vuelve real, y ello terminó por jugar a favor del gobierno. El asunto se institucionalizó en la comisión y no se pasó a más? Por ahora.

Estamos aún en espera. La comisión presidencial aún no emite sus propuestas, y no se sabe si el oficialismo va a poder negociar un acuerdo nacional. No está claro hasta qué punto existe voluntad política real para revertir la institucionalidad legada de la dictadura, menos si, como se ha sabido, conspicuos concertacionistas son mantenedores de redes de colegios subvencionados: un negocio al que se puede acceder con poca inversión (por eso su mala calidad), ningún know how previo, ínfima fiscalización y, sin embargo, se aseguran retornos lucrativos considerables. Conste que lo mismo se puede decir de las universidades privadas.

De ahí que la oposición y ciertos grupos de presión se hayan atrincherado férreamente en torno a la “libertad de educación”, similar a cuando defienden el “derecho a la vida” cada vez que se habla de aborto, o cuando, otrora, se sostenía que el matrimonio era “indisoluble” para así objetar una ley de divorcio. Más complicado aún, el tema de más o menos Estado hace prender luces de alerta. Cualquier reversión de políticas respecto a un área tan emblemática y sensible como la municipalización de la educación repercutiría en ámbitos análogos o conexos como el sistema económico o el binominalismo electoral.

Con todo, las movilizaciones ya produjeron efectos políticos concretos. Pusieron en jaque el estilo más participativo y “ciudadano” de la administración Bachelet. Esta se vio forzada a hacer un cambio de gabinete y destituyó a altos oficiales de Carabineros. Quedó patente, además, que existen formas de oposición potente, más “espontáneas”, que no pasan por los partidos u otros grupos organizados conocidos: lo que se ha llamado “sociedad civil” y “empoderamiento” social, estrenados junto a medios técnicos novedosos, “ciberactivistas”, que permiten aglutinar y producir impacto eficaz e inmediato.

Sin embargo, estamos aún en espera porque la demanda social detrás de las movilizaciones no va a desaparecer tan fácilmente. El que hayan sido chicos muy jóvenes quienes produjeron este nuevo fenómeno no es casual. Ellos sufren y constatan en carne propia la desigualdad apremiante, que si bien ha sido objeto de diagnóstico y reflexión, hasta ahora no había repercutido en las calles de manera tan masiva. “La L.O.C.E. nos va a dejar lavando Loza”. “La L.O.C.E. es Loser”. Poseen más coraje -tienen menos que perder- que sus padres o incluso sus coetáneos universitarios. Lograron las manifestaciones más masivas de que se tiene recuerdo en la historia reciente, mayores que las que vivimos durante la UP a raíz de la ENU. Estos son los hijos o nietos de quienes, en su momento, también protestaron, levantaron consignas, se tomaron las aulas y calles. Hoy, les hacen ver a sus “viejos” sus propias falencias, sus olvidos y autocomplacencia. Como decían en sus lienzos: “Los estudiantes no tuvieron clases de Historia: Están haciendo Historia”. Está por verse qué tanto más.

Tomado de la Revista Qué pasa.

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