Portales ¿momio?

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Cuando comienza a extinguirse la controversia que produjo el hallazgo de los restos de Diego Portales, el historiador Alfredo Jocelyn Holt despliega su artillería contra un debate que, a su juicio, no ha aportado nada nuevo: “Sabemos su edad, estatura, grupo sanguíneo, en suma, su ADN supuestamente objetivo e indesmentible. Así y todo, la momia no es más que una momia. No habla, está muerta, y no nos responde lo crucial”, dice.

Por: Alfredo Jocelyn-Holt

Una antigua costumbre

La momificación es un viejo rito funerario. Le debemos a Heródoto los detalles del arte, versión egipcia. Primero, le extraían el cerebro por los orificios de la nariz con pinzas metálicas. Un sacerdote hacía una incisión en el abdomen con un cuchillo; removía las entrañas y succionaba los intestinos por el ano. Se lavaba el cadáver con vino de palmera, rellenaban el vientre con arena, resina, serrín y sustancias aromáticas. Aplicaban esmaltes a la zona de los ojos. Sumergían el cuerpo por treinta a setenta días en un baño de sal eflorescente. Lo untaban con goma, secaban y procedían a vendarlo con tiras de lino. Luego, colocaban el cadáver en un féretro de madera, dentro a su vez de otros ataúdes hasta que, por último, lograban meterlos todos en un gran sarcófago de piedra.

Extraño, aunque, ¿qué tanto? Los babilónicos aderezaban los restos mortales hasta volverlos maniquíes de cera, como los de Madame Tussaud. Se sabe de sectas mahometanas en que los deudos se comen al difunto, mientras que otros pueblos primitivos los cuelgan de los árboles en bolsas de cuero, o, ya esqueletos, fuera de las chozas. Los persas los exponen a las aves de rapiña, estimándose un muy buen augurio si se llega a extraer el ojo derecho primero. En el Orinoco los salvajes pulverizan los huesos, y con el polvillo refuerzan sus brebajes, y lo que es en la India, las viudas se lanzan a la pira humeante.

Embalsamar tiene, al menos, cierta lógica. Se trata que el cadáver goce de una nueva vida por un tiempo indefinido, asegurándose que el alma, después de abandonar el cuerpo, tenga donde volver, propósito que no siempre se cumple. A Tutankamón lo hallaron, después de 33 siglos, transformado en una masa carbonizada a causa de la cantidad exagerada de ungüentos aplicados. Si no hubiese sido por la mascarilla de oro que cubría el rostro, y el magnífico tesoro con que lo sepultaron, este joven de 18 años, al parecer, insignificante como rey, habría sido un fiasco. Al menos la leyenda de una “maldición” que persigue a sus profanadores, inventada por una prensa ávida de “noticias”, se encarga de revivirlo periódicamente. No es el único negocio lucrativo en que se han visto envueltas las momias. Durante largo tiempo se creyó que éstas, en realidad el betún con que se las cubría, tenían poderes medicinales milagrosos. Por eso, cuando escasearon, cundió el tráfico de momias falsas, cadáveres de criminales y suicidas que sirvieron de reemplazo.

Momias, pues, sobran. En Roma se conocen cementerios enteros de frailes embalsamados. En Palermo los hay de laicos, con ropa de calle, en espera de que sus deudos los visiten y hablen. Las hay, también, caseras o ambulantes. A Jeremy Bentham, el filósofo utilitarista, sentado y con chupalla, lo llevan a las sesiones del consejo de la Universidad de Londres. Charles Maurras, el fundador de la reaccionaria Acción Francesa, quería que su corazón estuviese siempre en el canasto de costura de su madre. El del duque de Orleans, a principios del siglo XVIII, sin embargo, se lo devoró su perro Gran Danés mientras lo disecaban para guardarlo como reliquia familiar. Lenin, en cambio, siempre ha estado a buen resguardo, habiendo instalado los soviéticos en los subterráneos del mausoleo en la Plaza Roja un laboratorio sofisticadísimo que monitorea las temperaturas del cadáver. Precaución que a los argentinos no se les ha ocurrido; quien se interese por las peripecias, en América y Europa, que corrieron las distintas “muñecas rubias”, como le gustaba decir a Borges, remítase simplemente a la magnífica novela de Tomás Eloy Martínez, Santa Evita.

En Chile, también, abundan. Sergio Paz, en Santiago Bizarro, destaca al menos tres. La de un tal “Monsieur Martel”, un desconocido al que no se le ha podido dar cristiana sepultura porque no se sabe el nombre, y dos momias egipcias de entre 3.500 a 6.000 años de antigüedad, todas ellas en el Museo de Historia Natural. Habría que agregar la del cerro El Plomo, las momias chinchorro del norte del país, y, por último, el reciente hallazgo de Diego Portales.

¿Portales, momio?

La extraordinaria notoriedad que ha cobrado este macabro descubrimiento exige una explicación. Pero, ¿de qué tipo? Que lleguemos a saber más sobre el ministro ahora que disponemos de su esqueleto es dudoso. ¿O, se piensa que al escanear su anatomía más íntima vamos a verificar, al fin, que “cargaba” más a la derecha que a la izquierda? En estas últimas semanas, con la momia aún “tibia”, comunicacionalmente hablando, ¿qué se ha dicho, en cuanto reportaje y sitio web disponible, que no hayamos oído decir una y otra vez? ¿Que el ministro es el fundador de la República; que era un monumento de sobriedad y honestidad, a diferencia de “otros”, no tan “portalianos” después de todo; que era mujeriego y tirano, o, por el contrario, el salvador de la patria que va y viene de cuando en cuando, devolviéndonos el sentido de país, para así enrielarnos en el curso histórico del cual no debiéramos nunca desviarnos?

Sucede con la momia de Portales lo mismo que con la momia del cerro El Plomo. A ésta se le han hecho todos los exámenes que la ciencia inventa periódicamente para no perder su prestigio. Sabemos su edad, estatura, grupo sanguíneo, las liendres adheridas al pelo y piel, lo que comió y tomó antes de que se congelara, en suma, su ADN supuestamente objetivo e indesmentible. Así y todo, la momia no es más que una momia. No habla, está muerta, y no nos responde lo crucial, concretamente por qué niños inocentes son sacrificados en aras de un propósito mayor, como el que siga corriendo el agua por los ríos Mapocho y Maipo y de ese modo se riegue nuestro asfaltado Valle de Santiago, o bien, el que vuelva a aparecer el sol todas las mañanas y no se pare el mundo. Las momias son, en verdad, objetos y no personas, de indiscutible interés médico o, incluso, antropológico, para qué decir, conmoción periodística, pero no hitos históricos en sentido estricto.

Lo que, sin lugar a dudas, nos permite entrever este tipo de fascinación morbosa es mucho más actual. Hace rato que a Portales lo han fosilizado convirtiéndolo en fetiche. Volverlo totémico congrega a la feligresía correspondiente. A quienes les entusiasman los mandones de turno, que un Portales mano dura, encarnación poco menos que del “alma nacional”, de repente, reviva, por muy apolillado que esté, les viene muy bien. (¡Gracias por el milagro concedido! Más aún, si sus sucedáneos de anteayer se desploman ante nuestros ojos. En cambio, si sostenemos que Portales era un tal por cual, resucitar el prontuario criminal con que algunos historiadores se ganan la vida es, también, una bendición del cielo. (¡Aún tenemos Portales contra quien disparar nuestros mortíferos petardos!)

Portales es bastante más que un mito maquillado por taxidermistas detrás del escenario. Portales es fundamentalmente un problema, un enigma que suscita más incógnitas que respuestas, poniendo a dura prueba nuestra capacidad limitada para pensarnos racionalmente. ¿Qué tanta influencia puede un solo hombre, por muy genial o providencial que nos parezca, ejercer humanamente y con ello cambiar o restaurar el curso histórico conforme o no a nuestros valores y prejuicios? ¿Qué tanto nos pueden revelar sus rastros y huellas, admitamos que discutibles y sujetos, por tanto, a interpretaciones múltiples? ¿Cuánto pueden la expectación y el atosigamiento noticioso fijar el justo lugar en la historia de unos restos mortales, unas osamentas, secuestradas permanentemente, que así como reaparecen, también se pudren? ¿La historia es una constatación de un designio divino o de un diseño prefijado por autoridades, cónclaves y laicos comprometidos que consagran la opinión canónica, y con eso, amén? ¿Qué tan “egipcios” seguimos siendo, tres mil o más años después?

*Alfredo Jocelyn-Holt Historiador, director del Instituto de Estudios Humanísticos de la Universidad Diego Portales, y autor de El Peso de la Noche. Nuestra frágil fortaleza histórica (1997).

Tomado de la Revista Qué pasa

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