Esa comunidad imaginada llamada Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas.

lenin en fabricas

Siempre cuando se habla de Revolución, se está dando cuenta, explícita o implícitamente, de una “ruptura” que separa “lo antiguo” de “lo nuevo”. Se niega públicamente lo pasado. Pero sucede que, inclusive, en dicha negación se arrastran elementos de lo antiguo. Toda revolución tiene algo de continuidad, por más reaccionaria que suene la frase. El problema radica en que los revolucionarios no tienen presente, a lo menos en términos discursivos, esta realidad. Ante eso, decimos que, claramente, el comunismo presupone el “fin de la historia”. Pero, ¿qué fin? ¿Uno que se prolongue ad aeternum? No. Es el fin de la historia, que da paso a la construcción de una “nueva historia”. Esa construcción nueva, en tanto “superación dialéctica”, no presupone el fin de las contradicciones. Y qué mejor ejemplo que el de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (desde aquí en adelante URSS).

La Revolución Rusa, iniciada en a comienzos del siglo XX, de la cual emerge y asciende poderosamente la facción bolchevique, que a la sazón era una minoría en el sector revolucionario. Ahí la capacidad de liderazgo de Vladimir Ilich Uliánov Lenin, para conducir el proceso revolucionario, a partir de la creación de una vanguardia. En el mítico octubre de 1917, que según Hobsbawm da inicio al “siglo corto”, se asalta el poder y se remueve el gobierno de Kerensky, iniciando un proceso de guerra civil hasta 1921. Lamentablemente, Lenin sufre un atentado en 1922, lo que llevó a su desaparición pública hasta 1924. De ahí hasta 1926 se produjera una pugna interna por la sucesión entre Trotsky y Stalin, con las consecuencias sabidas por todos. Se consolida el bolchevismo, de aquí hasta la década de los ’40, bajo la égida de Stalin. En 1936 se dicta una constitución que consolida el régimen, pero sustituye elementos fundamentales del modelo anterior. Sobre todo, con la sustitución de la organización fundamental: el soviet, esa asamblea compartimentada de obreros, campesinos y soldados, era la que daba unidad y base en torno a la cual se articula el movimiento popular. Gramsci decía sobre esto: “Este nuevo gobierno es la dictadura del proletariado industrial y de los campesinos pobres, que debe ser el instrumento de la supresión sistemática de las clases explotadoras y de su expropiación. El tipo de Estado proletario no es la falsa democracia burguesa, forma hipócrita de la dominación oligárquica financiera, sino la democracia proletaria, que realizará la libertad de las masas trabajadoras; no el parlamentarismo, sino el autogobierno de las masas a través de sus propios órganos electivos; no la burocracia de carrera, sino órganos administrativos creados por las propias masas, con participación real de las masas en la administración del país y en la tarea socialista de construcción. La forma concreta del Estado proletario es el poder de los Consejos y de las organizaciones similares”[1]. La dictadura del proletariado es sustituida por la dictadura de la vanguardia o, más específicamente, la dictadura del “sol rojo”: Stalin. Más adelante, traeremos a colación éste tópico.

Debemos partir de la idea que toda idea de nación emana del constructo moderno. El marxismo, también emana de dicho constructo. Lo pone en sospecha, para ocupar la conceptualización de Ricoeur, pero conserva uno de sus principales elementos: el discurso teleológico: la idea del cambio social y la instauración de un “nuevo orden”. A pesar de ello, el marxismo no hizo estudios concienzudos en relación al tema del nacionalismo. Uno de los autores que dedica un espacio de reflexión en torno al nacionalismo es, precisamente, Stalin. Él señala: “Nación es una comunidad humana estable, históricamente formada y surgida sobre la base de la comunidad de idioma, de territorio, de vida económica y de psicología, manifestada ésta en la comunidad de cultura”[2]. La definición es bastante completa. El hecho de plantearla, en términos teóricos, como una comunidad. Hay una serie de elementos comunes que confluyen en la cultura. Dicha construcción es histórica, en tanto obedece a un proceso dinámico, que busca la permanencia, pero que no es su carácter. Esa formación histórica es, por antonomasia, dinámica. Una de las maneras bajo la cual la construcción nacional puede conservarse es mediante el derecho de autodeterminación de los pueblos. Señala que ése es el punto indispensable para resolver la cuestión nacional. Dijo: “La nación tiene derecho a organizarse sobre la base de la autonomía. Tiene derecho incluso a separarse. Pero eso no significa que deba hacerlo bajo cualesquiera condiciones, que la autonomía o la separación sean siempre y en todas partes ventajosas para la nación, es decir, para la mayoría de ella, es decir, para las capas trabajadoras”[3]. Esto que suena bien, conlleva a la negación de uno de los principios fundamentales del marxismo: el internacionalismo. Marx y Engels darían cuenta de que el capitalismo era el resultado de una clase, como la burguesía, la cual era de carácter universal. Por ende, la explotación, es de carácter universal. La derrota de dicho sistema, para que se perpetúe, no puede proyectarse en términos locales. Los proletarios del mundo deben unirse para derrotar al enemigo apátrida (en el imperio no se pone nunca el sol). Stalin, a través de lo que eufemísticamente se dio en llamar “coexistencia pacífica”, hizo que la revolución se quedara en Rusia y no se proyectara a nivel internacional. Si la URSS intervino en otros países, lo hizo en aquellos que funcionaron como sus satélites. Pero no acudió en defensa de los procesos revolucionarios de otros países, ni en apoyo de los proyectos de revolución. Eso, conllevó el repudio de distintas organizaciones de izquierda en el mundo, y a que, países como China y Albania rompieran relaciones con la URSS por considerarla “poco comunista”. Trotsky señalaba: “La perspectiva de la revolución permanente puede resumirse en estas palabras: la victoria total de la revolución democrática en Rusia es inconcebible de otra manera que a través de la dictadura del proletariado apoyada en el campesinado. La dictadura del proletariado, que inevitablemente pondrá a la orden del día no sólo tareas democráticas sino también socialistas, dará al mismo tiempo un poderoso impulso a la revolución socialista internacional. Sólo el triunfo del proletariado en Occidente evitará la restauración burguesa y permitirá construir el socialismo hasta sus últimas consecuencias”[4]. Dicha revolución, de carácter permanente, fue negada por el régimen de Stalin. Trotsky planteó: “En este sentido es imposible no reconocer que la concepción de la revolución permanente ha pasado bien el examen de la historia. Durante los primeros años del régimen soviético nadie la negó expresamente; por el contrario, se la aceptaba en cantidad de publicaciones oficiales. Pero, cuando la reacción burocrática contra Octubre se abrió paso en la pasiva y osificada cúpula de la sociedad soviética, desde un comienzo atacó esta teoría. Es que ella reflejaba más acabadamente que ninguna otra la primera revolución proletaria de la historia y a la vez el carácter incompleto, limitado y parcial de ésta. Así, por oposición, se originó la teoría del socialismo en un solo país, el dogma básico del stalinismo”[5].

Dicha revolución hacia adentro, conllevó a que el proyecto comunista de la URSS se transformara en un proyecto nacional. Balibar diría que: “Habría que asombrarse de que los movimientos racistas contemporáneos hayan dado lugar a formaciones de ‘ejes’ internacionales, lo que Wilhelm Reich llamaba en tono provocador el ‘internacionalismo nacionalista’. Provocador, pero justo, porque para él se trataba de comprender los efectos miméticos de este internacionalismo paradójico y de otro internacionalismo que tendía cada vez más a realizarse como ‘nacionalismo internacionalista’, a medida que, siguiendo el ejemplo de la ‘patria del socialismo’ y alrededor de ella, por debajo de ella, los partidos comunistas se transformaban en ‘partidos nacionales’”[6]. Del internacionalismo se pasó al nacionalismo. El Partido Comunista de la Unión Soviética (PCUS), de ser un partido revolucionario, pasó no sólo a ser un partido nacional, el partido único, sino además, un partido “conservador”. Un partido que decía cómo debían hacerse las cosas. Que planteaba la autodeterminación de los pueblos, pero no la autodeterminación del pueblo. K. Deutsch diría que el proyecto nacional conllevaba la: “integración mínima hasta el consentimiento pasivo ante las órdenes de tal gobierno; integración política más profunda hasta el sostén activo de tal Estado común, pero perpetuando la cohesión”[7]. Vale decir, la construcción y configuración del estado nacional soviético se hizo al amparo de la fuerza. La dictadura del proletariado fue reemplazada por la dictadura de un sujeto.

He ahí la contradicción más profunda de la URSS. El comunismo debía propender a la destrucción del Estado, puesto que en dicha tarea revolucionaria radicaba la destrucción de las clases sociales. En la URSS la contradicción clasista no sólo permaneció, en tanto, se conservó la estructura del aparato estatal, al servicio del proyecto político soviético, sino que, además, emergió una nueva clase social, una suerte de “aristocracia-proletaria”, compuesta por la vanguardia iluminada del PCUS. Estamos frente a lo que en términos orwellianos trasunta en que todos son iguales, pero hay unos que son más iguales que otros. La identidad nacional y la cohesión existieron en la URSS mediante la cooptación.

Dicha contradicción fue esbozada prematuramente por Rosa Luxemburgo cuando señaló que: “¡Sí, dictadura! Pero esta dictadura consiste en la manera de aplicar la democracia, no en su eliminación, en el ataque enérgico y resuelto a los derechos bien atrincherados y las relaciones económicas de la sociedad burguesa, sin lo cual no puede llevarse a cabo una transformación socialista. Pero esta dictadura debe ser el trabajo de la clase y no de una pequeña minoría dirigente que actúa en nombre de la clase; es decir, debe avanzar paso a paso partiendo de la participación activa de las masas; debe estar bajo su influencia directa, sujeta al control de la actividad pública; debe surgir de la educación política creciente de la masa popular”[8]. La dictadura no era el fin, sino el medio por el cual las minorías, los explotados, llegarían al poder.

Esto hace recordar a Anderson cuando plantea que la nación es una “comunidad imaginada”, a lo cual Chaterjee plantea la interrogante: “¿imaginada por quién?”. En este caso, fue imaginada por unos pocos. Demás está decir, que hemos aprendido que el poder no se toma, sino, más bien, se ejerce. Lo que debiese trasuntar en la comprensión y la práctica de que quien aspira a ser “revolucionario” debe serlo hasta el fuero más íntimo de su ser.

Las recetas universales no existen. Y eso es bastante bueno. Si no, estaríamos llorando aún el “fin de la historia”. Todavía podemos imaginar…

Luis Pino Moyano, Lic. en Historia.

En imágenes, desde la izquierda: Stalin, Trotsky, Antonio Gramsci y Rosa Luxemburgo.

En imágenes, desde la izquierda: Stalin, Trotsky, Antonio Gramsci y Rosa Luxemburgo.

[1] Gramsci, Antonio. “La Internacional Comunista”. En L’Ordine Nuovo, 24 de mayo de 1919.

[2] Stalin, Iosiv. El marxismo y la cuestión nacional. Viena, enero de 1913.

[3] Ibídem.

[4] Trotsky, León. Tres concepciones de la Revolución Rusa. Agosto de 1939.

[5] Ibídem.

[6] Balibar, Etienne. “Racismo y nacionalismo. En: Balibar, Etienne y Wallerstein, Immanuel. Raza, nación y clase. Madrid, Lepala, 1991, p. 101.

[7] Citado por: Jaffrelot, Christophe. “Los modelos explicativos del origen de las naciones y del nacionalismo. Revisión crítica”. En: Delannoi, Gil y Taguieff (compiladores). Teorías del nacionalismo. Barcelona, Ediciones Paidós, 1993, p. 211.

[8] Luxemburgo, Rosa. “La Revolución Rusa”Obras Escogidas.

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