Elementos constituyentes del Espacio Geográfico.

60389849

1. El espacio es constituido por seres humanos. Milton Santos planteará que: la Historia no se escribe fuera del espacio y no hay sociedad aespacial. El espacio en sí mismo, es social”[1]. Cuando Milton Santos piensa en el espacio como constructo social está pensando, además, en la rearticulación del dasein de Heidegger, en tanto, estamos frente a un ser-en-el-tiempo, que como diría la re-lectura sartreana se está condenado a ser. Dicha existencia presupone una espacialidad. De ahí que Milton Santos señale que “los acontecimientos están en el propio corazón de la interpretación geográfica de los fenómenos sociales”[2]. Por su parte, Doreen Massey señala que el espacio es producto de intrerrelaciones, que van desde lo global a lo íntimo (lo que nos recuerda a Foucault y su “historia de la sexualidad”). Es la esfera de la multiplicidad (la polifonía).

2. El espacio es constituido en un tiempo. Milton Santos da en el clavo cuando señala que: “El fenómeno humano es dinámico y una de sus formas de afirmarlo está exactamente en la transformación cualitativa del espacio habitado”[3]. Dicha concepción heredara de Marx (el materialismo dialéctico), da cuenta de que la historia está en movimiento. Marx hablaría de la “rueda de la historia” que avanza o retrocede según el accionar de la clase en sí y para sí. Santos se pregunta si es que ¿se puede pensar que la inercia se impondrá al movimiento?[4]. La respuesta a dicha interrogante es negativa, en los términos planteados por el geógrafo. Ahora bien, el tiempo no determina a los sujetos, sino más bien, son éstos, los que construyen temporalidad. Dicha configuración temporal está supeditada al deber-ser-hacer del sujeto conciente, en tanto colectivo. Son los sujetos los que hacen la historia. Yi Fu Tuan dirá que el cuerpo se encuentra en un espacio y tiempo determinado, lo cual trasunta en una configuración en la mirada Tienen el mundo de frente. Por ende, el hombre es la medida.

3. El espacio representa las ideas de la clase dominante. El espacio ha sido configurado históricamente en relación a la lucha de clases. Milton Santos diría que al obedecer a la división mundial del trabajo, “la sociedad sería el ser; y el espacio, la existencia”[5]. Al proponer que hay que entender una fracción del planeta teniendo en cuenta la totalidad que la engloba, se está proponiendo que no se puede disociar la particularidad de las condiciones globales de explotación. Santos da cuenta de los modos de producción, cuando señala que “en cada momento histórico las maneras de hacer son diferentes”[6]. El mismo autor dice que: “El factor distintivo determinante –de la especie humana- es el trabajo; lo que hace del hombre una forma de vida sui generis es su capacidad de producir”[7]. Dicha “actitud de invención”, le ha sido enajenada al ser humano bajo el sistema capitalista. Para Santos, “los modos de producción se tornan concretos sobre una base territorial históricamente determinada”. Las formas espaciales, en ese sentido, vienen a ser un lenguaje de los modos de producción. A su vez, “el modo de producción se expresa por una lucha y por una interacción entre lo nuevo, que domina, y lo viejo”, y son ellos los que “escriben la Historia en el tiempo, las formaciones sociales la escriben en el espacio”[8]. Y es aquí, que no hay que olvidar que el sistema capitalista es de orden mundial, por ende, “el movimiento del espacio, es decir, su evolución, es al mismo tiempo un efecto y una condición del movimiento de una sociedad global”[9]. En esta lógica, el Estado-nación es formación socioeconómica, por ende, una totalidad. Bajo lo cual, un país subdesarrollado, viene a ser una formación socioeconómica dependiente. Althusser diría que: “La formación económica y social es ‘un objeto real que existe independiente de su conocimiento, pero que no puede ser definido a no ser por su conocimiento’”[10].

4. El espacio forma parte de la fragmentación de la identidad. Siguiendo a David Harvey tenemos que decir que la posmodernidad ha producido un “culto a la fragmentación posmoderna”. Dice: La negativa a aceptar que hay procesos básicos en el trabajo y que esas verdades conocibles pueden ser establecidas, puede fácilmente dirigir a políticas de “vista gorda” (“voy a perseguir mi particular interés político y al diablo con todo el resto”)”[11]. Dicha fragmentación ha radicalizado el discurso individualista en vez de potenciar la sociabilidad.

5. El espacio es parte de las luchas políticas del presente y el porvenir. Cuando me refiero a esto me refiero a la posibilidad de “hacer la historia”, lo que es gravitante en la producción de Doreen Massey, puesto que ella rompe con la idea moderna de progreso. Señala, siguiendo a Laclau, que: “sólo si concebimos el futuro como genuinamente abierto podemos aceptar o adherir a una noción genuina de política”[12]. Espacio e Historia se encuentran abiertos y en constante devenir. Comprender esto, según Massey, “es un prerrequisito para la existencia de la política”. Con eso, se rompe con el determinismo, característico del marxismo estructuralista, dejando el potencial en “la productividad de la incoherencia”[13]. Dicha concepción de la temporalidad abre el espacio necesario a la intersubjetividad. Massey señala que “la historia lineal única organiza el espacio en una secuencia temporal. En consecuencia, rechazar la temporalización del espacio abre nuestras historias a la multiplicidad y permite reconocer que el futuro no está escrito de antemano, sino que, al menos en cierto grado y dentro de las condiciones que imponen las circunstancias que no elegimos, está en nuestras manos construirlo”[14]. El devenir histórico, claro que se juega en la espacialidad. La ciudad puede ser entendida como “lugar revolucionario”, como una “semilla de libertad”. La “Ciudad impulsor de desarrollo y perfeccionamiento de las técnicas. Un lugar en “constante ebullición”[15].

Luis Pino Moyano, Licenciado en Historia.

[1] Milton Santos. De la totalidad al lugar. Barcelona, Oikos-Tau, 1996, pp. 17, 18.

[2] Milton Santos. La naturaleza del espacio. Técnica y tiempo. Razón y emoción. Barcelona, Editorial Ariel, 2000, p. 80.

[3] Milton Santos. Metamorfosis del espacio habitado. Barcelona, Oikos-Tau, 1996, p. 37.

[4] Ibídem, p. 15.

[5] Ibídem, p. 28.

[6] Ibídem, p. 65.

[7] Ibídem, p. 83.

[8] Santos. De la totalidad… Op. Cit., p. 23.

[9] Ibídem, p. 25.

[10] Ibídem, p. 22. Cita de Louis Althusser. “Esquisse du Concept d’Histoire”. La Pensée 121 (1965).

[11] David Harvey. Espacio del capital. Capítulo 7: Capitalismo: La fábrica de fragmentación. (Edición digitalizada).

[12] Doreen Massey. “La filosofía y la política de la especialidad: algunas consideraciones”. En: Leonor Arfurch (compiladora). Pensar este tiempo. Espacios, afectos, pertenencias. Buenos Aires, Editorial Paidós, 2005, p. 109.

[13] Ibídem, pp. 109, 121.

[14] Ibídem, p. 127.

[15] Santos. Metamorfosis… Op. Cit., p. 52.

Cristianismo, Socialismo y Revolución. El Movimiento Cristianos por el Socialismo (Chile, 1971-1973).

 

Reunión de Fidel Castro, en su visita a Chile, con los 80 sacerdotes de Cristianos por el Socialismo. Fotografía tomada de la revista Punto Final. Año VI, Nº 146, martes 7 de diciembre de 1971, p. 51.

Reunión de Fidel Castro, en su visita a Chile, con los 80 sacerdotes de Cristianos por el Socialismo. Fotografía tomada de la revista Punto Final. Año VI, Nº 146, martes 7 de diciembre de 1971, p. 51.

 

RESUMEN.

Este artículo presenta un análisis, desde el estudio de los Nuevos Movimientos Sociales, sobre Cristianos por el Socialismo, durante los años 1971 a 1973. La lectura que se hace de este movimiento, que es expresión del diálogo cristiano-marxista, centra su mirada en los elementos que constituyen un movimiento social: el cambio social al que se aspira, las estructuras de movilización, las oportunidades y restricciones políticas, y los marcos de acción colectiva.

PALABRAS CLAVES: Cristianismo, marxismo, nuevos movimientos sociales, revolución.

El artículo puede leerse acá.

 

Teoría, violencia política y romanticismo revolucionario de la mano en la construcción de poder popular (1965-1974). Algunas reflexiones en torno al Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR).

Miguel y Edgardo.

Resumen del Trabajo: A lo largo de la historia de izquierda chilena se han manifestado una serie de contradicciones y convergencias. En este vivir en tensión, emerge a la escena política el M.I.R. Esta ponencia presentará un análisis, enmarcado en la primera etapa de este partido político (1965-1974), promoviendo una relectura del pensamiento mirista, de su praxis política y, del “fuego vital” que empapaba y empoderaba a estos sujetos revolucionarios. Propongo una lectura del M.I.R. desde una perspectiva política y culturalista, lo que nos permitirá entenderlo, no sólo como un partido de férrea línea ideológica, sino como una comunidad de sujetos “amantes de la vida” que soñaron, trabajaron y lucharon por la construcción de un país mejor.

Esta ponencia fue presentada en la Primera Jornada de Historia de las Izquierdas en Chile, Izquierda y Construcción Democrática el 26 de Agosto de 2008, organizada por la Universidad de Santiago de Chile, el Instituto de Estudios Avanzados USACH, el Instituto de Ciencias Alejandro Lipschutz, la Universidad ARCIS, la Universidad Academia de Humanismo Cristiano y la Universidad Cardenal Silva Henríquez.

 

Descargar el texto.

 

Esa comunidad imaginada llamada Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas.

lenin en fabricas

Siempre cuando se habla de Revolución, se está dando cuenta, explícita o implícitamente, de una “ruptura” que separa “lo antiguo” de “lo nuevo”. Se niega públicamente lo pasado. Pero sucede que, inclusive, en dicha negación se arrastran elementos de lo antiguo. Toda revolución tiene algo de continuidad, por más reaccionaria que suene la frase. El problema radica en que los revolucionarios no tienen presente, a lo menos en términos discursivos, esta realidad. Ante eso, decimos que, claramente, el comunismo presupone el “fin de la historia”. Pero, ¿qué fin? ¿Uno que se prolongue ad aeternum? No. Es el fin de la historia, que da paso a la construcción de una “nueva historia”. Esa construcción nueva, en tanto “superación dialéctica”, no presupone el fin de las contradicciones. Y qué mejor ejemplo que el de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (desde aquí en adelante URSS).

La Revolución Rusa, iniciada en a comienzos del siglo XX, de la cual emerge y asciende poderosamente la facción bolchevique, que a la sazón era una minoría en el sector revolucionario. Ahí la capacidad de liderazgo de Vladimir Ilich Uliánov Lenin, para conducir el proceso revolucionario, a partir de la creación de una vanguardia. En el mítico octubre de 1917, que según Hobsbawm da inicio al “siglo corto”, se asalta el poder y se remueve el gobierno de Kerensky, iniciando un proceso de guerra civil hasta 1921. Lamentablemente, Lenin sufre un atentado en 1922, lo que llevó a su desaparición pública hasta 1924. De ahí hasta 1926 se produjera una pugna interna por la sucesión entre Trotsky y Stalin, con las consecuencias sabidas por todos. Se consolida el bolchevismo, de aquí hasta la década de los ’40, bajo la égida de Stalin. En 1936 se dicta una constitución que consolida el régimen, pero sustituye elementos fundamentales del modelo anterior. Sobre todo, con la sustitución de la organización fundamental: el soviet, esa asamblea compartimentada de obreros, campesinos y soldados, era la que daba unidad y base en torno a la cual se articula el movimiento popular. Gramsci decía sobre esto: “Este nuevo gobierno es la dictadura del proletariado industrial y de los campesinos pobres, que debe ser el instrumento de la supresión sistemática de las clases explotadoras y de su expropiación. El tipo de Estado proletario no es la falsa democracia burguesa, forma hipócrita de la dominación oligárquica financiera, sino la democracia proletaria, que realizará la libertad de las masas trabajadoras; no el parlamentarismo, sino el autogobierno de las masas a través de sus propios órganos electivos; no la burocracia de carrera, sino órganos administrativos creados por las propias masas, con participación real de las masas en la administración del país y en la tarea socialista de construcción. La forma concreta del Estado proletario es el poder de los Consejos y de las organizaciones similares”[1]. La dictadura del proletariado es sustituida por la dictadura de la vanguardia o, más específicamente, la dictadura del “sol rojo”: Stalin. Más adelante, traeremos a colación éste tópico.

Debemos partir de la idea que toda idea de nación emana del constructo moderno. El marxismo, también emana de dicho constructo. Lo pone en sospecha, para ocupar la conceptualización de Ricoeur, pero conserva uno de sus principales elementos: el discurso teleológico: la idea del cambio social y la instauración de un “nuevo orden”. A pesar de ello, el marxismo no hizo estudios concienzudos en relación al tema del nacionalismo. Uno de los autores que dedica un espacio de reflexión en torno al nacionalismo es, precisamente, Stalin. Él señala: “Nación es una comunidad humana estable, históricamente formada y surgida sobre la base de la comunidad de idioma, de territorio, de vida económica y de psicología, manifestada ésta en la comunidad de cultura”[2]. La definición es bastante completa. El hecho de plantearla, en términos teóricos, como una comunidad. Hay una serie de elementos comunes que confluyen en la cultura. Dicha construcción es histórica, en tanto obedece a un proceso dinámico, que busca la permanencia, pero que no es su carácter. Esa formación histórica es, por antonomasia, dinámica. Una de las maneras bajo la cual la construcción nacional puede conservarse es mediante el derecho de autodeterminación de los pueblos. Señala que ése es el punto indispensable para resolver la cuestión nacional. Dijo: “La nación tiene derecho a organizarse sobre la base de la autonomía. Tiene derecho incluso a separarse. Pero eso no significa que deba hacerlo bajo cualesquiera condiciones, que la autonomía o la separación sean siempre y en todas partes ventajosas para la nación, es decir, para la mayoría de ella, es decir, para las capas trabajadoras”[3]. Esto que suena bien, conlleva a la negación de uno de los principios fundamentales del marxismo: el internacionalismo. Marx y Engels darían cuenta de que el capitalismo era el resultado de una clase, como la burguesía, la cual era de carácter universal. Por ende, la explotación, es de carácter universal. La derrota de dicho sistema, para que se perpetúe, no puede proyectarse en términos locales. Los proletarios del mundo deben unirse para derrotar al enemigo apátrida (en el imperio no se pone nunca el sol). Stalin, a través de lo que eufemísticamente se dio en llamar “coexistencia pacífica”, hizo que la revolución se quedara en Rusia y no se proyectara a nivel internacional. Si la URSS intervino en otros países, lo hizo en aquellos que funcionaron como sus satélites. Pero no acudió en defensa de los procesos revolucionarios de otros países, ni en apoyo de los proyectos de revolución. Eso, conllevó el repudio de distintas organizaciones de izquierda en el mundo, y a que, países como China y Albania rompieran relaciones con la URSS por considerarla “poco comunista”. Trotsky señalaba: “La perspectiva de la revolución permanente puede resumirse en estas palabras: la victoria total de la revolución democrática en Rusia es inconcebible de otra manera que a través de la dictadura del proletariado apoyada en el campesinado. La dictadura del proletariado, que inevitablemente pondrá a la orden del día no sólo tareas democráticas sino también socialistas, dará al mismo tiempo un poderoso impulso a la revolución socialista internacional. Sólo el triunfo del proletariado en Occidente evitará la restauración burguesa y permitirá construir el socialismo hasta sus últimas consecuencias”[4]. Dicha revolución, de carácter permanente, fue negada por el régimen de Stalin. Trotsky planteó: “En este sentido es imposible no reconocer que la concepción de la revolución permanente ha pasado bien el examen de la historia. Durante los primeros años del régimen soviético nadie la negó expresamente; por el contrario, se la aceptaba en cantidad de publicaciones oficiales. Pero, cuando la reacción burocrática contra Octubre se abrió paso en la pasiva y osificada cúpula de la sociedad soviética, desde un comienzo atacó esta teoría. Es que ella reflejaba más acabadamente que ninguna otra la primera revolución proletaria de la historia y a la vez el carácter incompleto, limitado y parcial de ésta. Así, por oposición, se originó la teoría del socialismo en un solo país, el dogma básico del stalinismo”[5].

Dicha revolución hacia adentro, conllevó a que el proyecto comunista de la URSS se transformara en un proyecto nacional. Balibar diría que: “Habría que asombrarse de que los movimientos racistas contemporáneos hayan dado lugar a formaciones de ‘ejes’ internacionales, lo que Wilhelm Reich llamaba en tono provocador el ‘internacionalismo nacionalista’. Provocador, pero justo, porque para él se trataba de comprender los efectos miméticos de este internacionalismo paradójico y de otro internacionalismo que tendía cada vez más a realizarse como ‘nacionalismo internacionalista’, a medida que, siguiendo el ejemplo de la ‘patria del socialismo’ y alrededor de ella, por debajo de ella, los partidos comunistas se transformaban en ‘partidos nacionales’”[6]. Del internacionalismo se pasó al nacionalismo. El Partido Comunista de la Unión Soviética (PCUS), de ser un partido revolucionario, pasó no sólo a ser un partido nacional, el partido único, sino además, un partido “conservador”. Un partido que decía cómo debían hacerse las cosas. Que planteaba la autodeterminación de los pueblos, pero no la autodeterminación del pueblo. K. Deutsch diría que el proyecto nacional conllevaba la: “integración mínima hasta el consentimiento pasivo ante las órdenes de tal gobierno; integración política más profunda hasta el sostén activo de tal Estado común, pero perpetuando la cohesión”[7]. Vale decir, la construcción y configuración del estado nacional soviético se hizo al amparo de la fuerza. La dictadura del proletariado fue reemplazada por la dictadura de un sujeto.

He ahí la contradicción más profunda de la URSS. El comunismo debía propender a la destrucción del Estado, puesto que en dicha tarea revolucionaria radicaba la destrucción de las clases sociales. En la URSS la contradicción clasista no sólo permaneció, en tanto, se conservó la estructura del aparato estatal, al servicio del proyecto político soviético, sino que, además, emergió una nueva clase social, una suerte de “aristocracia-proletaria”, compuesta por la vanguardia iluminada del PCUS. Estamos frente a lo que en términos orwellianos trasunta en que todos son iguales, pero hay unos que son más iguales que otros. La identidad nacional y la cohesión existieron en la URSS mediante la cooptación.

Dicha contradicción fue esbozada prematuramente por Rosa Luxemburgo cuando señaló que: “¡Sí, dictadura! Pero esta dictadura consiste en la manera de aplicar la democracia, no en su eliminación, en el ataque enérgico y resuelto a los derechos bien atrincherados y las relaciones económicas de la sociedad burguesa, sin lo cual no puede llevarse a cabo una transformación socialista. Pero esta dictadura debe ser el trabajo de la clase y no de una pequeña minoría dirigente que actúa en nombre de la clase; es decir, debe avanzar paso a paso partiendo de la participación activa de las masas; debe estar bajo su influencia directa, sujeta al control de la actividad pública; debe surgir de la educación política creciente de la masa popular”[8]. La dictadura no era el fin, sino el medio por el cual las minorías, los explotados, llegarían al poder.

Esto hace recordar a Anderson cuando plantea que la nación es una “comunidad imaginada”, a lo cual Chaterjee plantea la interrogante: “¿imaginada por quién?”. En este caso, fue imaginada por unos pocos. Demás está decir, que hemos aprendido que el poder no se toma, sino, más bien, se ejerce. Lo que debiese trasuntar en la comprensión y la práctica de que quien aspira a ser “revolucionario” debe serlo hasta el fuero más íntimo de su ser.

Las recetas universales no existen. Y eso es bastante bueno. Si no, estaríamos llorando aún el “fin de la historia”. Todavía podemos imaginar…

Luis Pino Moyano, Lic. en Historia.

En imágenes, desde la izquierda: Stalin, Trotsky, Antonio Gramsci y Rosa Luxemburgo.

En imágenes, desde la izquierda: Stalin, Trotsky, Antonio Gramsci y Rosa Luxemburgo.

[1] Gramsci, Antonio. “La Internacional Comunista”. En L’Ordine Nuovo, 24 de mayo de 1919.

[2] Stalin, Iosiv. El marxismo y la cuestión nacional. Viena, enero de 1913.

[3] Ibídem.

[4] Trotsky, León. Tres concepciones de la Revolución Rusa. Agosto de 1939.

[5] Ibídem.

[6] Balibar, Etienne. “Racismo y nacionalismo. En: Balibar, Etienne y Wallerstein, Immanuel. Raza, nación y clase. Madrid, Lepala, 1991, p. 101.

[7] Citado por: Jaffrelot, Christophe. “Los modelos explicativos del origen de las naciones y del nacionalismo. Revisión crítica”. En: Delannoi, Gil y Taguieff (compiladores). Teorías del nacionalismo. Barcelona, Ediciones Paidós, 1993, p. 211.

[8] Luxemburgo, Rosa. “La Revolución Rusa”Obras Escogidas.

Historia y Ciencias Sociales 1º Medio.

04-iv-paulo-freire-estudiar-no-consumir-ideas-crearlas-recrearlas

Información Relativa a la Asignatura.

Introducción a la Asignatura: Conceptos, Indicaciones y Evaluaciones.

Diaporamas de las Clases.

2. Contextualizando la historia del siglo XX.

3. Nacionalismo, Darwinismo Social e Imperialismo.

4. Karl Marx, marxismo.

5. 1ª Guerra Mundial y Tratado de Versalles.

6. Fascismos y Nazismo.

7. Esa comunidad imaginada llamada Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (este texto fue ocupado como material base para el desarrollo de las clases sobre este tema).

8. Segunda Guerra Mundial.

Información para Profundizar.

Manual de Investigación para el Estudiante. Tomado del sitio web del Centro de Recursos para el Aprendizaje.

Historia y Ciencias Sociales 8º Básico.

04-iv-paulo-freire-estudiar-no-consumir-ideas-crearlas-recrearlas

Información Relativa a la Asignatura.

Introducción a la Asignatura: Conceptos, Indicaciones y Evaluaciones.

 Diaporamas de las Clases.

2. ¿Fue oscurantista la Edad Media?

3. La Modernidad.

4. El Renacimiento.

5. La Reforma Protestante.

6. La Monarquía absoluta en Francia.

Información para Profundizar.

Manual de Investigación para el Estudiante. Tomado del sitio web del Centro de Recursos para el Aprendizaje.