Recordar, conmemorar, un 8 de marzo.

mujeres-por-la-vida-1985

En un día como hoy, el mercado, esa magna construcción del capitalismo histórico, coopta una fecha que no tiene nada de feliz. No puede ser feliz la opresión y la explotación realizada por seres humanos a otros seres humanos. Explotación que está sustentada en la división del trabajo, que no sólo es de clase, sino también, sexual. Como diría Flora Tristán “el hombre oprimido puede oprimir a otro ser, que es su mujer. Ella es la proletaria del proletariado mismo”. Frente a ese ejercicio de explotación, es que en 1908 40.000 costureras, proletarias, se alzaron ocupando la herramienta política de la huelga. ¿Las razones? Mejores salarios (iguales a los de los hombres), reducción a las horas de trabajo (a 10 horas laborales), mejora en las condiciones higiénicas, capacitación y rechazo al trabajo infantil. ¿El resultado? Como en muchos lugares y en tantos momentos de la historia, recibieron la represión. Represión que terminó en la muerte. El 8 de marzo de 1908, en la ciudad de Nueva York, en la Cotton Textile Factory, 129 trabajadoras mueren quemadas al interior de su lugar de trabajo. Por ende, esto nada tiene que ver con flores, chocolates, ropas, joyas y mercanchifles al por mayor. Este es un momento para recordar y para conmemorar. Se trata de un acto de dignidad eminentemente político.

Por eso reconocemos, en esta hora, a la mujer obrera, aquella que supo de la devaluación de su trabajo, junto a la funcionalización de su útero en pos de (re)producir más mano de obra barata. Reconocemos a aquellas mujeres que desde el espacio privado, en su función de madres, han cobijado, educado, sostenido a sus hijas e hijas. Reconocemos a nuestras compañeras de vida, aquellas con quienes caminamos, como diría Benedetti, “codo a codo”, sabiendo que “somos mucho más que dos”. Reconocemos a todas aquellas mujeres que muy tempranamente, y más allá de cualquier silencio historiográfico y político, comenzaron a preguntarse por la liberación, entendiendo, como Olympe de Gouges en la Revolución Francesa, que como mujeres y ciudadanas tenían el derecho y el deber de subir a la tribuna, de la misma manera en que lo hacían al cadalso. Reconocemos a todas esas mujeres que lucharon por el voto de las mujeres, y con ello, de la posibilidad de participar de las discusiones y decisiones en el espacio público. Reconocemos a las mujeres obreras, a las campesinas, a las pobladoras, a las intelectuales, a las estudiantes, a todas quienes en el siglo pasado soñaron con la revolución socialista, comprometiéndose en las tareas de la liberación de los pobres del campo y la ciudad y que luego de golpes y exilios, se encontraron con la segunda ola del feminismo, dando cuenta de que quien propugna la revolución debe serlo hasta la más ínfima expresión de su vida. Reconocemos a aquellas madres y abuelas, que con una foto de sus esposos, hijos e hijas colgando en el pecho, extendieron el espacio privado y lo llevaron al público, clamando por justicia y libertad. Reconocemos a todas quienes siguen luchando para eliminar, de una vez por todas, la exclusión, las desigualdades de género, el maltrato en todas sus formas, la minusvaloración. Aquellas que siguen anhelando la democracia en el país y en la casa. Democracia que no es como la chata alegría que no sabemos si llegó o no, sino como el goce que transgrede mandatos culturales, prejuicios y sistemas opresivos. Goce que respira la libertad de ser, buscando como diría Gioconda Belli hace sólo unas horas atrás, “romper para siempre / el hielo, las tormentas / y derramar el verde de nuestros brazos y piernas / para abrazarlos / y destetar la historia / que ha querido mordernos”.

Puede parecer raro, para algunas y algunos, que un hombre lea estas palabras, en tanto representante de aquello que se busca romper: el patriarcado. Pero el patriarcado, en tanto la estructura de dominación de más larga duración en la historia de la humanidad, es el resultado de los hombres, pero no de todos los hombres. Es la construcción de los menos, que como ideología se nos vende como mandato cultural, como rol histórico, como lo correcto, como lo natural. Es parte de las ideas de la clase dominante, que se transforma en sentido común y nos conforma. Por ende, se trata de una batalla que también debemos dar, y que no requiere de negaciones que nos lleven a la pusilanimidad. Por el contrario, reconocernos en la explotación de cada humano y humana nos hace pasar de la otredad a la ipseidad. Del otro y la otra que es también un yo. Entendernos y estudiarnos sectorialmente ha conllevado tremendos aportes analíticos y proyectuales. Cómo no agradecer todos aquellos estudios que nos han hablado de, quienes Luis Vitale nominó como, “la mitad invisible de la historia”, de la cual, por sólo citar un ejemplo, el trabajo “Queremos votar en las próximas elecciones” de Edda Gaviola, Ximena Jiles, Lorella Lopresti y Claudia Rojas, es una obra precursora, que a la fecha sigue abriendo caminos. En ese sentido, el estudio de la particularidad nos ha traído mayores luces acerca de la globalidad. Pero la otra desfragmentación, aquella que conlleva a que la lucha de quienes son dominados y dominadas, por coerción o coacción, también sea “sectorial”, parcelada, reporta más dudas que certidumbres. Sobre todo cuando queda tanto por hacer. Elena Caffarena, gran luchadora feminista, cerca de sus cien años diría que “Nuestro objetivo no terminaba en obtener el derecho a concurrir a un acto electoral y manifestar una preferencia. Era también el derecho a ser candidatas, a ser elegidas, a expresar directamente las necesidades de las mujeres, y ampliar la base de la democracia en Chile que estaba reducida, por lo menos, a la mitad […] Sería un desatino no reconocer que hemos avanzado en esta batalla. Pero el riesgo de convertir en monumento a las mujeres que participamos en esta etapa, es creer, equivocadamente, que la tarea está concluida. En las casas y en las calles hay mujeres bastante más interesantes que yo, que están luchando todos los días y que tienen mucho que decir, de aquí para adelante”[*].

Debemos pugnar por luchar hasta derrotar la cultura de la dominación y todo lo que en pos de ella se construye, encontrándonos y caminando en aquello que lírica y bellamente Redolés llamó “Bello Barrio”, el lugar “donde tú vas con tu sueño y la ternura viva en los labios / Porque acá nadie discrimina a los que van con su sueño y la ternura viva en los labios”.

 

El Manzano, Cajón del Maipo, 8 de marzo de 2013.

Luis Pino Moyano

Lic. en Historia.


[*] Pamela Jiles. “Mi abuela cumple cien años”. Punto Final. Nº 593, 14 al 28 de marzo de 2003. Tomado de: http://www.puntofinal.cl/539/miabuela.htm (Revisada en marzo de 2013).

 

1890-1907: DE UNA HUELGA GENERAL A OTRA. CONTINUIDADES Y RUPTURAS DEL MOVIMIENTO POPULAR EN CHILE.

El pase de diapositivas requiere JavaScript.

 

Sergio Grez Toso.

Hemos escogido los años de 1890 y 1907 como puntos de observación de la evolución del movimiento popular en nuestro país durante la época del cambio de siglo y de la matanza de la escuela Santa María de Iquique, por tratarse de dos momentos de gran significado, dos hitos simbólicos de su historia.

Nuestra ponencia intentará trazar una caracterización general del movimiento popular en ambos instantes, y entregar algunos elementos explicativos de su desarrollo entre esas fechas.

El panorama que se proyectará no será tarapaqueño sino nacional (con el riesgo de etnocentrismo que ello implica), lo cual subraya su carácter general y la necesidad de contar con estudios monográficos que permitan avanzar en la construcción de una visión más rica y detallada que, dando cuenta de las diferencias regionales y locales, las integre en una perspectiva de conjunto nacional.

Seguir leyendo…

LA GUERRA PREVENTIVA: ESCUELA SANTA MARÍA DE IQUIQUE. LAS RAZONES DEL PODER.

El pase de diapositivas requiere JavaScript.

Sergio Grez Toso.

INTRODUCCIÓN

¿Por qué se masacró a los huelguistas en Iquique el 21 de diciembre de 1907?

¿Cuál fue el sentido de la operación militar ordenada por el poder contra los obreros instalados en la Escuela Santa María y en la Plaza Manuel Montt?

Según Eduardo Devés, autor del principal estudio sobre este luctuoso acontecimiento, además de existir una contradicción de intereses entre los salitreros y el fisco, de un lado, y los trabajadores del otro, las autoridades estaban convencidas que los miles de obreros chilenos, peruanos y bolivianos que habían bajado desde la Pampa y unido su movimiento reivindicativo al de sus compañeros iquiqueños, constituían una amenaza real o potencial para la seguridad de la ciudadanía, para sus vidas y propiedades[1]. La negativa de los pampinos de abandonar la Escuela Santa María confirmaba a los ojos de las autoridades que eran un peligro real y que no iban a subordinarse a las exigencias patronales[2]. La suerte estaba echada.

Partiendo de esta interpretación, ampliamente probada por la investigación de su autor, quisiera ahondar en las motivaciones que tuvieron los dirigentes del Estado responsables de la masacre a través del análisis de sus comunicaciones y de las explicaciones que dieron a la opinión pública. Al mismo tiempo, intentaré avanzar una breve reflexión acerca del sentido general de este acto represivo en el contexto de los debates sobre la “cuestión social” en vísperas del Centenario de la Independencia de Chile.

Luego de una sucinta revisión de los hechos que condujeron al ametrallamiento de los trabajadores, analizaremos las justificaciones de los principales agentes del Estado más directamente involucrados en estos sucesos.

Seguir leyendo…

Cantata de Santa María de Íquique.

El pase de diapositivas requiere JavaScript.

1. Pregón

Señoras y Señores
venimos a contar
aquello que la historia
no quiere recordar.
Pasó en el Norte Grande,
fue Iquique la ciudad.
Mil novecientos siete
marcó fatalidad.
Allí al pampino pobre
mataron por matar.

Seremos los hablantes
diremos la verdad.
Verdad que es muerte amarga
de obreros del Salar.
Recuerden nuestra historia
de duelo sin perdón.
Por más que el tiempo pase
no hay nunca que olvidar.
Ahora les pedimos
que pongan atención.

2. Relato I

Si contemplan la pampa y sus rincones
verán las sequedades del silencio,
el suelo sin milagro y oficinas vacías,
como el último desierto.

Y si observan la pampa y la imaginan
en tiempos de la Industria del Salitre
verán a la mujer y al fogón mustio,
al obrero sin cara, al niño triste.

También verán la choza mortecina,
la vela que alumbraba su carencia,
algunas calaminas por paredes
y por lecho, los sacos y la tierra.

También verán castigos humillantes,
un cepo en que fijaban al obrero
por días y por días contra el sol;
no importa si al final se iba muriendo.

La culpa del obrero, muchas veces,
era el dolor altivo que mostraba.
Rebelión impotente, ¡una insolencia!
La ley del patrón rico es ley sagrada.

También verán el pago que les daban.
Dinero no veían, sólo fichas;
una por cada día trabajado,
y aquélla era cambiada por comida.

¡Cuidado con comprar en otras partes!
De ninguna manera se podía
aunque las cosas fuesen más baratas.
Lo había prohibido la Oficina.

El poder comprador de aquella ficha
había ido bajando con el tiempo
pero el mismo jornal seguían pagando.
Ni por nada del mundo un aumento.

Si contemplan la pampa y sus rincones
verán las sequedades del silencio.
Y si observan la pampa cómo fuera
sentirán, destrozados, los lamentos.

3. Canción I

El sol en desierto grande
y la sal que nos quemaba.
El frío en las soledades,
camanchaca y noche larga.
El hambre de piedra seca
y quejidos que escuchaba.
La vida de muerte lenta
y la lágrima soltada.

Las casas desposeídas
y el obrero que esperaba
al sueño que era el olvido
sólo espina postergada.
El viento en la pampa inmensa
nunca más se terminara.
Dureza de sequedades
para siempre se quedará.

Salitre, lluvia bendita,
se volvía la malvada.
La pampa, pan de los días,
cementerio y tierra amarga.
Seguía pasando el tiempo
y seguía historia mala,
dureza de sequedades
para siempre se quedará.

4. Relato II

Se había acumulado mucho daño,
mucha pobreza,
muchas injusticias;
ya no podían más y las palabras
tuvieron que pedir lo que debían.

A fines de mil novecientos siete
se gestaba la huelga en San Lorenzo
y al mismo tiempo todos escuchaban
un grito que volaba en el desierto.

De una a otra Oficina, como ráfagas,
se oían las protestas del obrero.
De una a otra Oficina, los Señores,
el rostro indiferente o el desprecio.

Qué les puede importar la rebeldía
de los desposeídos, de los parias.
Ya pronto volverán arrepentidos,
el hambre los traerá, cabeza gacha.

¿Qué hacer entonces, qué, si nadie escucha?
Hermano con hermano preguntaban.
Es justo lo pedido y es tan poco
¿tendremos que perder las esperanzas?

Así, con el amor y el sufrimiento
se fueron aunando voluntades,
en un solo lugar comprenderían,
había que bajar al puerto grande.

5. Canción II:

Vamos, mujer
Vamos mujer, partamos a la ciudad.
Todo será distinto,
no hay que dudar.
No hay que dudar,
confía, ya vas a ver,
porque en Iquique todos van a entender.

Toma mujer mi manta,
te abrigará.
Ponte al niñito en brazos,
no llorará.
No llorará, confía,
va a sonreír.
Le cantarás un canto,
se va a dormir.

¿Qué es lo que pasa?,
dime, no calles más.
Largo camino
tienes que recorrer
atravesando cerros,
vamos mujer.
Vamos mujer, confía,
que hay que llegar
en la ciudad
podremos ver todo el mar.

Dicen que Iquique
es grande como un Salar,
que hay muchas casas lindas,
te gustarán.
Te gustarán, confía,
como que hay Dios,
allá en el puerto
todo va a ser mejor.

¿Qué es lo que pasa?,
dime, no calles más.
Vamos mujer,
partamos a la ciudad.
Todo será distinto,
no hay que dudar.
No hay que dudar, confía,
ya vas a ver,
porque en Iquique
todos van a entender.

6. Relato III
Del quince al veintiuno,
mes de diciembre,
se hizo el largo viaje por las pendientes.
Veintiséis mil bajaron o tal vez más
con silencios gastados en el Salar.
Iban bajando ansiosos,
iban llegando los miles de la pampa,
los postergados.
No mendigaban nada,
sólo querían respuesta a lo pedido,
respuesta limpia.

Algunos en Iquique los comprendieron
y se unieron a ellos,
eran los Gremios.
Y solidarizaron los carpinteros,
los de la Maestranza,
los carreteros,
los pintores y sastres,
los jornaleros,
lancheros y albañiles,
los panaderos,
gasfiteros y abastos,
los cargadores.
Gremios de apoyo justo,
de gente pobre.

Los Señores de Iquique
tenían miedo;
era mucho pedir
ver tanto obrero.
El pampino no era hombre cabal,
podía ser ladrón o asesinar.
Mientras tanto
las casas eran cerradas,
miraban solamente tras las ventanas.
El Comercio
cerró también sus puertas,
había que cuidarse de tanta bestia.
Mejor que los juntaran en algún sitio,
si andaban por las calles
era un peligro.

7. Interludio cantado

Se han unido con nosotros
compañeros de esperanza
y los otros, los más ricos,
no nos quieren dar la cara.

Hasta Iquique nos hemos venido
pero Iquique nos ve como extraños.
Nos comprenden algunos amigos
y los otros nos quitan la mano.

8. Relato IV

El sitio al que los llevaban
era una escuela vacía
y la escuela se llamaba
Santa María.

Dejaron a los obreros,
los dejaron con sonrisas.
Que esperaran les dijeron
sólo unos días.

Los hombres se confiaron,
no les faltaba paciencia
ya que habían esperado
la vida entera.

Siete días esperaron,
pero qué infierno se vuelven
cuando el pan
se está jugando con la muerte.

Obrero siempre es peligro.
Precaverse es necesario.
Así el Estado de Sitio
fue declarado.

El aire trajo un anuncio,
se oía tambor ausente.
Era el día veintiuno
de diciembre.

9. Canción III

Soy obrero pampino y soy
tan reviejo como el que más
y comienza a cantar mi voz
con temores de algo fatal.

Lo que siento en esta ocasión,
lo tendré que comunicar,
algo triste va a suceder,
algo horrible nos pasará.

El desierto me ha sido infiel,
sólo tierra cascada y sal,
piedra amarga de mi dolor,
roca triste de sequedad.

Ya no siento más que mudez
y agonías de soledad
sólo ruinas de ingratitud
y recuerdos que hacen llorar.

Que en la vida no hay que temer
lo he aprendido ya con la edad,
pero adentro siento un clamor
y que ahora me hace temblar.

Es la muerte que surgirá
galopando en la oscuridad.
Por el mar aparecerá,
ya soy viejo y sé que vendrá.

10. Relato V

Nadie diga palabra
que llegará un noble militar,
un General.
Él sabrá cómo hablarles,
con el cuidado que trata el caballero a sus lacayos.
El General ya llega
con mucho boato
y muy bien precavido
con sus soldados.
Las ametralladoras
están dispuestas
y estratégicamente
rodean la escuela.

Desde un balcón les habla
con dignidad.
Esto es lo que les dice el General
“Que no sirve de nada
tanta comedia.
Que dejen de inventar
tanta miseria.
Que no entienden deberes
son ignorantes.
Que perturban el orden,
que son maleantes.
Que están contra el país,
que son traidores.
Que roban a la patria,
que son ladrones.
Que han violado a mujeres,
que son indignos.
Que han matado a soldados,
son asesinos.
Que es mejor que se vayan
sin protestar
Que aunque pidan y pidan
nada obtendrán.
Vayan saliendo entonces
de ese lugar,
que si no acatan órdenes
lo sentirán”.

Desde la escuela,
“El Rucio”,
obrero ardiente,
responde sin vacilar
con voz valiente,
“Usted,
señor General
no nos entiende.
Seguiremos esperando,
así nos cueste. Ya no somos animales,
ya no rebaños,
levantaremos la mano,
el puño en alto.
Vamos a dar nuevas fuerzas
con nuestro ejemplo
Y el futuro lo sabrá,
se lo prometo.
Y si quiere amenazar
aquí estoy yo.
Dispárele a este obrero
al corazón”.

El General que lo escucha
no ha vacilado,
con rabia y gesto altanero
le ha disparado,
y el primer disparo
es orden para matanza
y así comienza el infierno
con las descargas.

11. Canción letanía

Murieron tres mil seiscientos,
uno tras otro.
Tres mil seiscientos mataron
uno tras otro.

La escuela Santa María
vio sangre obrera.
La sangre que conocía
sólo miseria.

Serían tres mil seiscientos
ensordecidos.
Y fueron tres mil seiscientos
enmudecidos.

La escuela Santa María
fue el exterminio
de vida que se moría,
sólo alarido.

Tres mil seiscientas miradas
que se apagaron.
Tres mil seiscientos obreros
asesinados.

12. Canción IV

Un niño juega en la escuela
Santa María.
Si juega a buscar tesoros
¿qué encontraría?

A los hombres de la pampa
que quisieron protestar
los mataron como perros
porque había que matar.

No hay que ser pobre, amigo,
es peligroso.
No hay ni que hablar, amigo,
es peligroso.

Las mujeres de la Pampa
se pusieron a llorar
y también las matarían
porque había que matar.

No hay que ser pobre, amiga,
es peligroso.
No hay que llorar, amiga,
es peligroso.

Y a los niños de la Pampa
que miraban, nada más,
también a ellos los mataron
porque había que matar.

No hay que ser pobre, hijito,
es peligroso.
No hay que nacer, hijito,
es peligroso.

¿Dónde están los asesinos
que mataron por matar?
Lo juramos por la tierra,
los tendremos que encontrar.

Lo juramos por la vida,
lo tendremos que encontrar.
Lo juramos por la muerte,
los tendremos que encontrar.

Lo juramos compañeros,
ese día llegará.

13. Canción pregón

Señoras y señores,
aquí termina las historia
de la escuela Santa María.
Y ahora con respeto
les pediría
que escuchen la canción
de despedida.

14. Canción final

Ustedes que ya escucharon
la historia que se contó
no sigan allí sentados
pensando que ya pasó.
No basta sólo el recuerdo,
el canto no bastará.
No basta sólo el lamento,
miremos la realidad.

Quizás mañana o pasado
o bien, en un tiempo más,
la historia que han escuchado
de nuevo sucederá.
Es Chile un país tan largo,
mil cosas pueden pasar
si es que no nos preparamos
resueltos para luchar.
Tenemos razones puras,
tenemos por qué pelear.
Tenemos las manos duras,
tenemos con qué ganar.

Unámonos como hermanos
que nadie nos vencerá.
Si quieren esclavizarnos,
jamás lo podrán lograr.
La tierra será de todos
también será nuestro el mar.
Justicia habrá para todos
y habrá también libertad.
Luchemos por los derechos
que todos deben tener.
Luchemos por lo que es nuestro,
de nadie más ha de ser.

Descripción de la obra.

La “Cantata Santa María de Iquique” fue compuesta por Luis Advis a fines de 1969. El texto se basa en el libro “Reseña Histórica de Tarapacá, del cual extrajo la mayoría de los datos históricos. Musicalmente, la obra sigue la estructura de las antiguas cantatas populares, pero sustituye el motivo religioso tradicional por un tema social. Es música de tradición europea que incluye elementos de raíz americana.

A principios de 1970 el director musical de Quilapayún, Eduardo Carrasco le pidió a Luis Advis que arreglara algunas canciones de la cantante griega Danae. Ese mismo día, Advis le enseñó parte del material en que estaba trabajando: una cantata inspirada en la masacre de los obreros del salitre en 1907. Al poco tiempo Quilapayún montó la “Cantata Santa María de Iquique” y la estrenó oficialmente en julio de 1970 en el Segundo Festival de la Nueva Canción Chilena. Un par de meses después del estreno, Quilapayún y Héctor Duvauchelle entraron a los ex estudios de la RCA para grabarla. Los integrantes del registro fueron: en Quilapayún: Eduardo Carrasco, Carlos Quezada, Willy Oddó, Patricio Castillo, Hernán Gómez, Rodolfo Parada; y como relator: Héctor Duvauchelle.

Si bien, el compositor no se declara perteneciente a ningún partido político, la cantata logra un revuelo social como pocas obras. Esto, además de ser la obra cumbre del movimiento de la Nueva Canción Chilena.

“Lucho, sin ser político, había dado en el clavo”, escribió Eduardo Carrasco en su libro “Quilapayún, la Revolución y las Estrellas” (Ornitorrinco.1988).

Luego del Golpe Militar las cintas masters de la “Cantata Santa María de Iquique” fueron destruidas. Sin embargo, el conjunto en su exilio siguió presentándola. En 1978, Quilapayún vuelve a grabar esta pieza en Europa pero para gran disgusto de Advis, encargaron al escritor argentino Julio Cortázar la remodelación de parte del texto original e hicieron pequeños arreglos instrumentales. Aunque esta nueva versión fue grabada dos veces, el grupo siguió interpretándola después como fue creada originalmente por su autor.

“No me gusta que corrijan mis textos sin preguntarme, además que en ninguna parte yo uso la palabra pueblo como la usa Cortázar. Estaba tan molesto con ese señor que le iba a escribir una carta, pero no lo hice porque al mes siguiente murió”, dijo a la prensa Advis.

El 1 de noviembre de 1997 la misma agrupación musical vuelve vestir sus tradicionales ponchos negros y presenta por primera vez “La Cantata Santa María de Iquique” en las salitreras del norte grande, (en Santa Laura, al interior de Iquique). En ese concierto participaron Daniel Valladares, Rodolfo Parada, Patricio Wang, Hugo Lagos. Guillermo García y Hernán Gómez. Invitada: la cellista Gabriela Olivares; y relator: Héctor Noguera.

En 1999 por iniciativa de La División de Cultura y SCD fue publicada la partitura de la “Cantata Santa María de Iquique”, dentro de una colección de partituras chilenas. La edición abre con un texto de Eduardo Carrasco que dice:

” … Su valor radica en el modo como en ella se han logrado sintetizar, la inspiración y el talento del autor, con los sentimientos y valores de la época en que fue escrita. Ella fue compuesta entre el mes de noviembre de 1969 y marzo de 1970 para ser interpretada por el conjunto Quilapayún.

Para llevar a cabo esta composición, el autor tuvo como base algunos trozos de obras anteriores, escritas como música para teatro (obras de Jaime Silva y de Isidora Aguirre), así como un conjunto de poemas escritos a comienzos de 1968, como resultado de un largo viaje por Iquique (norte de Chile) y sus alrededores. El capítulo especial dedicado a la matanza de la Escuela de Santa María del libro regional titulado “Reseña histórica de Tarapacá”, de Carlos Alfaro Calderón y Miguel Bustos publicado en Iquique el año 1935, sirvió como única ayuda informativa para la confección del texto. El tema recuerda la matanza de mineros que tuvo lugar en 1907, en la Escuela Santa María de Iquique, hecho que a pesar de ser ignorado por la historia oficial, quedó grabado en la memoria de las gentes del norte.

Esta Cantata Santa María marca el resultado más logrado en un género de obras, anteriores y posteriores a esta, que se ha denominado en Chile y en América Latina, “cantata”, precisamente por el modelo que ha establecido esta obra. La idea central es la de unir ritmos folklóricos nacionales con una música de mayor elaboración, dando lugar a un género intermedio entre lo popular y lo culto. Ella conserva además el carácter dramático de la esencia de la cantata clásica, aunque en este caso la acción que se musicaliza está relatada y no cantada (recitativo). Eso permite un mayor realismo en el relato y una mayor atención prestada al carácter dramático de la música. Este género abrió un horizonte insospechado al desarrollo de la música popular en Chile y en el continente, pero además, permitió establecer un nuevo puente entre los músicos doctos y los músicos populares, sentando así las bases de una nueva música que, sin dejar de ser popular en el sentido de la amplia difusión, no renuncia a propósitos artísticos más ambiciosos.

Esta conserva las arias y coros cantados, los trozos instrumentales de la cantata clásica. La orquestación está escrita para instrumentos folklóricos, agregando a ellos un violoncello y un contrabajo, y conservando la alternancia entre coros y solistas. La obra, de gran factura expresiva, utiliza en forma original la armonía clásica romántica, creando efectos climáticos de gran impacto emocional. Introduce además eficaces contrapuntos, logrando un sentido de unidad compositiva rara vez lograda en obras de este tipo.

La obra se estrenó en julio de 1970, en el Teatro La Reforma de Santiago de Chile, y fue posteriormente presentada en el segundo Festival de la Nueva Canción Chilena, que tuvo lugar en agosto del mismo año, en el Estadio Chile de Santiago (actual Estadio Victor Jara). En su estreno fueron intérpretes el conjunto Quilapayún y el actor Héctor Duvauchelle, quien también participó en la primera grabación de la obra, realizada pocos meses después…”.

Tomado de Canzoni contro la guerra.

La crisis moral de la República. Enrique Mac-Iver.

Voy a hablaros sobre algunos aspectos de la crisis moral que atravesamos; pues yo creo que ella existe y en mayor grado y con caracteres más perniciosos para el progreso de Chile que la dura y prolongada crisis económica que todos palpan.

Me parece que no somos felices; se nota un malestar que no es de cierta clase de personas ni de ciertas regiones del país, sino de todo el país y de la generalidad de los que lo habitan. La holgura antigua se ha trocado en estrechez, la energía para la lucha en laxitud, la confianza en temor, las expectativas en decepciones. El presente no es satisfactorio y el porvenir aparece entre sombras que producen la intranquilidad.

No sería posible desconocer que tenemos más naves de guerra, mas soldados, mas jueces, mas guardianes, mas oficinas, mas empleados y mas rentas publicas que en otros tiempos; pero, ¿tendremos también ma­yor seguridad, tranquilidad nacional, superiores garantías de los bienes, de la vida y del honor, ideas más exactas y costumbres más regulares, ideales más perfectos y aspiraciones más nobles, mejores servicios, mas población y más riqueza y mayor bienestar? En una palabra: ¿progresamos?

Hace cinco anos se levantó el censo decenal de la República. El recuento de la población no fue satisfactorio, pues aparecía un aumento por demás pobre y en escala muy inferior a la de anteriores censos.

Se dijo que la operación era incompleta y defectuosa y hasta ahora no ha si do oficialmente aprobada. Con esto pudimos desentendernos de un hecho tan grave y revelador del estado del progreso del país; pero, en verdad, deficiencias y vicios considerables en el censo no se ven y sus cifras continúan manifestando que la población no aumenta por lo menos en el grado que corresponde a un pueblo que prospera.

Mas, si el numero de los habitantes de Chile no crece, o crece con desalentadora lentitud, en cambio el numero de contravenciones a la ley penal aumenta con inusitadas proporciones. Comienza a oírse que en San­tiago, por ejemplo, se necesitan ocho jueces del crimen, el doble de los que existen para atender medianamente las necesidades del servicio.

En el verano último se me hizo notar un curioso fenómeno que acaecía en uno de los departamentos de la provincia de Maule, y que probablemente se verá también en otras regiones del territorio. Los pequeños propietarios rurales enajenaban sus tierras a precios ínfimos para asilarse en los centres de población, y lo hacían porque les faltaba seguridad para sus bienes y para su vida. El bandolerismo ahuyenta de los campos a los labradores, el agente principal de la producción agrícola, en un país que desde hace veinte años no sabe dónde está el fondo de sus cajas.

Hace poco daba alguien cuenta de otro hecho curioso que se presenta en Chile. El número de escuelas ha aumentado; pero a medida que las escuelas aumentan la población escolar disminuye.

No sé si la enseñanza primaria sea mejor ahora de lo que fue en años atrás; ello es probable porque los maestros formados en nuestras es­cuelas pedagógicas adquieren conocimientos generales y profesionales más extensos, más completes y más científicos que los recibidos en otros tiempos. Por desgracia, ni la superioridad técnica de los maestros, ni la mejoría de los métodos modifican la significación del dato relativa a la matrícula escolar hasta el punto de que fuera posible sostener que adelantamos, que la ilustración cunde, que la ignorancia se va.

Pienso que no hay negocio público en Chile más trascendental que éste de la educación de las masas populares. Es redimirla de los vicios que las degradan y debilitan y de la pobreza que los esclaviza, y es la incorporación en los elementos de desarrollo del país de una fuerza de valor incalculable.

No me es difícil creer que la instrucción secundaria y superior se han generalizado considerablemente en los últimos tiempos, el número de personas ilustradas es más crecido ahora de lo que fue antes; se puede encontrar un bachiller hasta en las silenciosas espesuras de los bosques australes.

Pero, ¿será inexacto el hecho de que, estando más extendida la instrucción y siendo más numerosas las personas ilustradas, las grandes figuras literarias y políticas, científicas y profesionales que honraron a Chi­le y que con la influencia de su saber y sus prestigios encauzaron las ideas y las tendencias sociales carecen hasta ahora de reemplazantes? Hemos tenido muchos hombres de la pasada generación de nombradía americana y aun europea, y me parece que nadie se ofenderá si digo que no acontece lo mismo en la generación actual.

Entre los elementos de progreso de una sociedad pocos hay superiores a la energía para el trabajo y al espíritu de empresa. Uno y otro se desarrollan con la educación y el ejemplo y con el ejercicio que es la gimnasia que los afirma y fortifica. Esa ha sido la principal fuerza del pueblo inglés y del pueblo americano, y, en general, del europeo del Occidente.

Ni de espíritu de empresa ni de energía para el trabajo carecemos nosotros, descendientes de rudos pero esforzados montañeses del norte de España. ¿A dónde no fuimos? Proveíamos con nuestros productos las costas americanas del Pacifico y las islas de la Oceanía del hemisferio del sur, buscábamos el oro de California, la plata de Bolivia, los salitres del Perú, el cacao del Ecuador, el café de Centroamérica, fundábamos bancos en La Paz y en Sucre, en Mendoza y en San Juan; nuestra bandera corría todos los mares y empresas nuestras y manos nuestras bajaban hasta el fondo de las aguas en persecución de la codiciada perla.

A la iniciativa, al esfuerzo y al capital de nuestros conciudadanos debemos los primeros ferrocarriles y telégrafos, puertos, muelles, establecimientos de crédito, grandes canales de irrigación y toda clase de empresas.

¿Podría con verdad afirmarse que el espíritu y la energía que entonces animaran a nuestro país para el trabajo se hayan, no digo fortificado sino siquiera mantenido? ¿Significará algo el que hayamos perdido nuestra acción comercial e industrial en el extranjero y que el extranjero no reemplace en nuestro propio territorio? En general, ¿se gasta hoy actividad para la lucha de la vida y para crear fuentes de riqueza por medio del trabajo libre, o se ve una funesta tendencia al reposo enervante y la empleomanía?

Preguntas son éstas que todos pueden responder y las respuestas no serán tal vez satisfactorias para los que cuentan entre los elementos de apreciación del progreso de un país, la energía de sus habitantes para el trabajo, y el espíritu de empresa.

La producción en realidad no aumenta desde hace años; si no fuera por el salitre, podría decirse que disminuye; la agricultura vegeta; la minería aun en estos días de grandes precios, permanece estacionaria; la incipiente manufactura galvanizada con el dinero público y con el sacrificio de todos, no prospera; el comercio y el trafico son siempre los mismos y el capital acumulado es menor.

¿Tenemos algunos rieles más, algunas escuelas, algunos pocos mi­les de habitantes? Enhorabuena; ¿pero qué importancia tiene esto para juzgar de nuestro adelanto, si esos centenares de rieles debieran ser millares, si esas docenas de escuelas debieran ser centenares y si esos pocos miles de habitantes debieran ser millones? ¿Y qué vale ello delante de las obras publicas en ruinas, de la agricultura decadente, de las minas inutilizadas, del comercio anémico, de los capitales perdidos, del ánimo enfermo?

En el desarrollo humano el adelanto de cada pueblo se mide por el de los demás; quien pierde su lugar en el camino del progreso, retrocede y decae. ¿Que éramos comparados con los países nuevos como el Brasil, la Argentina, México, la Australia, el Canadá? Ninguno de ellos nos superaba; marchábamos adelante de unos y a la par de los otros.

¿Que somos en el día de hoy? Me parece que la mejor respuesta es el silencio. Y sería bien triste por cierto que nos consoláramos de la perdida de nuestro puesto preferente, con el poder militar, como se consolaban con su espada y sus pergaminos los incapaces que se veían desalojados por la actividad de los hombres de iniciativa y de trabajo.

No hay para que avanzar en esta somera investigación acerca del estado del país en lo que se relaciona con su progreso; importa más preguntarse ¿por qué nos detenemos?, ¿qué ataja el poderoso vuelo que había ornado la República y que había conducido a la más atrasada de las colonias españolas a la altura de la primera de las naciones hispanoamericanas?

En mi concepto, no son pocos los factores que han conducido al país al estado en que se encuentra; pero sobre todos me parece que predomina uno hacia el que quiero llamar la atención y que es probablemente el que menos se ve y el que más labora, el que menos escapa a la voluntad y el más difícil de suprimir. Me refiero ¿Por qué no decirlo bien alto? A nuestra falta de moralidad pública; sí, a la falta de moralidad pública que otros podrían llamar la inmoralidad pública.

Mi propósito no es otro que el de señalar un mal gravísimo de nuestra situación, que participa más de la naturaleza de mal social que de mal político, con el objeto de provocar un estudio acerca de sus causas y sus remedies, y para el fin de corregirlo en bien de todos y no en beneficio de individuos, bandos o partidos.

Quiénes son los responsables de la existencia de ese mal, no sé; ni me importa saberlo; expongo y no acuso, busco enmiendas y no culpas. La historia juzgará y su fallo ha de decir si la responsabilidad por la lamen­table situación a que ha ligado el país es de algunos o de todos, resultado de errores y de faltas, o de hechos que no caen bajo el dominio y la previsión de los hombres.

Quería decir también que la moralidad pública de la que hablo no es esa moralidad que se realiza con no apropiarse indebidamente los dineros nacionales, con no robar al fisco, con no cometer raterías, perdónenme la palabra. Tal moralidad que llamaré subalterna, depende de otra más alta moralidad, y sus quebrantos los sancionan los jueces ordinarios y no la decadencia nacional y la historia.

Hablo de la moralidad que consiste en el cumplimiento de su deber y de sus obligaciones por los poderes públicos y por los magistrados, en el leal y completo desempeño de la función que les atribuye la carta funda­mental y las leyes, en el ejercicio de los cargos y empleos, teniendo en vista el bien general y no intereses y fines de otro género.

Hablo de la moralidad que da eficacia y vigor a la función del estado y sin la cual esta se perturba y se anula hasta el punto de engendrar el despotismo y la anarquía y como consecuencia ineludible, la opresión y el despotismo, todo en daño del bienestar común, del orden público y del adelanto nacional.

Es esa moralidad, esa alta moralidad, hija de la educación intelectual y hermana del patriotismo, elemento primero del desarrollo social y del progreso de los pueblos; es ella la que formó los cimientos de la grandeza de los Estados Unidos y que se personalizó en un Washington; es ella la que condujo a nuestra República al primer rango entre las naciones americanas de origen español y que se personalice en ciertos tiempos, no en un hombre sino en el gobierno, en la administración, en el pueblo de Chile.

Yo no admiro y amo el pasado de mi país a pesar de sus errores y de sus faltas, por sus glorias en la guerra, sino por sus virtudes en la paz. Sin estas tan inútiles como en los actuales tiempos el salitre, habrían sido para la prosperidad de la república los grandes descubrimientos mineros la creación de los mercados de California y Australia y las facilidades de la navegación que nos acercaron a todos los centros productores y de consu­mo.

No hay qué encarecer la parte que corresponde a la moral pública en el adelantamiento de un pueblo, la historia de las nacionalidades americanas de nuestra misma raza de sobra lo demuestra.

No han sido ni un régimen nuevo disconforme con las costumbres, ni el aislamiento, ni la ignorancia, ni otros hechos semejantes, los que mantuvieron y aún mantienen en parte a las repúblicas que nacieron a la vida en el primer cuarto de este siglo que concluye, en un perpetuo vaivén entre la anarquía y el despotismo y apartadas del camino del progreso; ha sido la falta de moralidad pública, ha sido el olvido del deber por el funcionario y el abandono de la función pública para dar paso a las ambiciones personales, al odio, a la venganza, a la codicia y al interés de bandería.

¡Ignorancia! ¿Eran acaso sabios los pueblos del Brasil? ¿Fue más ilustrado Chile que el Perú y Méjico, que Colombia y Venezuela?

¡El aislamiento, las distancias, la escasez de población! ¿Era más densa nuestra población que la de Centroamérica? ¿Eran más cortas las distancias en el Brasil que en el Uruguay? ¿Estaba menos aislado Chile que Méjico y el Perú?

¡El régimen nuevo desconforme con las costumbres! ¿Eran menos nuevo y más conforme con las costumbres el régimen adoptado en Chile que el adoptado en Bolivia o en Nueva Granada? No niego la influencia de hechos como los aludidos en las anarquías y despotismo hispanoamericanos; pero nadie podrá negar tampoco que así como se moderó el efecto de esos hechos en Chile, pudo moderarse en otras partes, si verdadero imperio hubiese ejercido la moral pública, si la idea, y el sentimiento del deber para con el país y la sociedad hubieran dominado en el funcionario.

Estos elementos morales del progreso, más indispensables son en países que no pueden desenvolverse sino por medio del esfuerzo constante del hombre, que en otros donde la naturaleza más generosa reemplaza en mucho la acción física e intelectual de aquél.

¿Se pondrá en duda que, como obedeciendo a una ley de atavismo de la raza, se presenta hoy en Chile; aunque con manifestaciones diversas, el mismo fenómeno que perturbó el progreso de una gran parte de la América? ¿Pensará alguien que no sufre verdaderamente el país de una crisis moral así como ha sufrido y sufre de una crisis económica? Me atrevo a creer que no; y si engañara, bastaría poner los ojos en las funciones más ordinarias y comunes del Estado para adquirir el convencimiento de que la moralidad pública se halla profundamente quebrantada entre nosotros.

¡Cuántos esfuerzos y cuántos sacrificios costó el derecho electoral!

Esa conquista del trabajo de muchos años, ese fruto de las lágrimas de nuestras mujeres y de la sangre de nuestros conciudadanos, ese premio de la energía y de la perseverancia de nuestros políticos y del pueblo, esa base de nuestras instituciones, del buen gobierno y del orden público, es mercancía que se compra y que se vende, materia que se falsifica, tema de una burda y siniestra comedia.

Y si mal funciona el poder electoral en su generación; ¡qué triste es su desempeño en lo que llamaremos su fiscalización o control! Ya no se califican elecciones sino que se justifican fraudes.

Ni en Chile ni en otras partes han sido siempre la ley y la verdad las inspiradoras de los que intervienen en ese acto. Generalmente dominan en él la pasión y el interés político o partidista, que tanto perturban el criterio y que es natural produzcan resoluciones erróneas o injustas de parte de las corporaciones políticas tratándose de cosas que a los partidos y a la política atañen.

Pero nótese el carácter del fenómeno que presenciamos. Entre nosotros no se viola la ley, no se desconoce la verdad, no se atropella el derecho, no se desnaturaliza y envilece, en una palabra, la función electoral fiscalizadora, por error producido por pasión nacida del interés político, por interés político proveniente de las convicciones y del anhelo del bien vinculado al predominio de un sistema o de un partido, como antes ha sucedido y en muchas partes sucede, no. El fenómeno es más simple, más llano, más casero. Sin verdadero interés político o partidista, sin pasión, sin error, por mero apego a una persona o a un grupo o por antipatía a otra persona o a otro grupo, por tener un voto más o por no tener un voto menos, por adquirir un adherente para otra injusticia o por no desagradar a alguien, por una pequeña venganza o por pagar un pequeño servicio, fría y tranquilamente, sin acordarse por un momento siquiera de los intereses públicos y del derecho, se quita al elegido su asiento y se da asiento al no elegido y se falsifica la representación nacional. No es un secreto para nadie que el voto parlamentario en la calificación de elecciones ha llegado a ser objeto de arreglos, de trueques, de contratos entre individuos o grupos.

He visto mucho malo, muy malo y mucho bueno, muy bueno; pero, lo digo francamente, eso no lo había visto nunca. Ha transcurrido más de veinte años desde que una guerra tan justificada en su iniciación como gloriosa en su mantenimiento y fructífera en sus resultados, repletó de oro las arcas públicas. Los que éramos jóvenes en aquellos días legendarios no sentíamos dominado el espíritu por la embriaguez de la victoria ni afligido el corazón por los sacrificios de la grandiosa lucha; satisfacciones y dolores ante otra preocupación, otra atracción; era el progreso, el engrandecimiento y la felicidad de Chile, era su misión bienhechora en el continente sudamericano. El oro de los territorios que nos obligó a tomar, no la avidez y el egoísmo sino la propia seguridad, había de ser la vara que haría brotar puertos y ferrocarriles, canales y caminos, escuelas e inmigración, industrias riquezas, trabajo y bienestar en toda la extensión de la República.

Con nuestros pobres ahorros y el económico centavo arrancado al sudor del pueblo por vía del impuesto, habíamos hecho la primera línea férrea del hemisferio austral, el primer telégrafo, las obras públicas relativamente más difíciles y costosas de la tierra hispanoamericana. Con millones en la mano y estimulados por la aspiración patriótica del adelanto de Chile y por la conveniencia de garantir con su engrandecimiento la seguridad nacional ¿qué no haríamos? Las cualidades manifestadas en la guerra no serían sino reflejo del esfuerzo, de la perseverancia, del heroísmo que ostentaríamos en las obras de la paz.

¡ Qué amargo despertar! Sueños fueron los puertos y ferrocarriles, canales y caminos, escuelas e inmigración, industrias y riquezas, trabajo y bienestar; el oro vino, pero no como lluvia benéfica que fecundiza la tierra, sino como un torrente devastador que arrancó del alma la energía y la esperanza y arrastró con las virtudes públicas que nos engrandecieran.

Cabe aquí el recuerdo de un hecho que no sería difícil comprobar. Hace pocos años, cuando aún estaba intacto nuestro crédito, que no hemos sabido mantener, la potencia financiera de la República y del Gobierno sin esfuerzos habría alcanzado para pagar con generosidad todos los servicios, para hacer cinco puertos, siendo uno de ellos militar y comercial, para construir cuatro mil Kilómetros de líneas férreas, para abrir siete mil kilómetros de carreteras, para regar quinientas mil hectáreas de suelo y para costear las grandes obras de salubridad de nuestras ciudades municipales.

No digo que se tuviera el personal necesario para esas obras, pero si afirmo que podrían tenerse los fondos para realizarlas.

Permítaseme ahora formular una cuestión. En un país nuevo, cuyo fomento y cuyo progreso dependen más de la iniciativa y del esfuerzo del poder público que de la iniciativa y del esfuerzo particular, en que se desperdicia el tiempo y se malgastan los ingentes recursos que hubieran de destinarse a aquellos objetos ¿Se cumple la función gubernativa? ¿Se atienden debidamente los grandes intereses nacionales? Y si no atienden estos intereses ni se cumple esa función, ¿hay moralidad pública?

Venciendo resistencias naturales y tradicionales, en un momento que se consideró propicio, se creó la autonomía comunal, el gobierno local. Este nuevo organismo del poder público debía por una parte moderar el exceso de facultades del primer magistrado de la República y por la otra, atender con más acierto y eficacia a la administración de los negocios que interesan exclusivamente a la ciudad, a la villa, a la aldea, a la comuna.

¿Qué resultados ha producido en la práctica esa laboriosa y trascendental reforma? El desaparecimiento del gobierno y de los servicios locales y una vergüenza nacional. ¿Era como se decía y se dice por algunos, que el país no estaba preparado para una institución semejante, que no había elementos personales suficientes ilustrados para el gobierno comunal? Me parece que no.

El pueblo no ha resistido ni perturbado la acción de las autoridades locales, ni ella ha encontrado un escollo en las ideas, costumbres, y sentimientos del pueblo. Tampoco ha carecido a comuna de recursos necesarios para ser convenientemente administrada.

Elementos personales de sobra, con ilustración más que suficiente, ha habido para el desempeño de las funciones del gobierno local, nadie podría con verdad sostener lo contrario, sobre todo tratándose de nuestras principales ciudades, de las ciudades que más brillantes escándalos han dado.

Un país en que el gobierno se corrompe, en que sólo por excepción se encuentra una municipalidad que sirva con honradez al fin de su instituto, es un país cuya masa social está moralmente enferma o es un país cuya moral pública se halla en quiebra.

Y sin la existencia de este último estado, ¿cómo se explican los hechos que vengo enunciando? ¿Cómo el abandono de las obras nacionales más necesarias y valiosas por más de un año y hasta completar su ruina? ¿Cómo los pactos políticos sobre la base del reparto de los empleos? ¿Cómo la previsión de éstos sin atender ni a las aptitudes personales ni el interés general? ¿Cómo las corruptelas, los vicios y el desasimiento de la administración? ¿Cómo, finalmente, la ausencia de todo intento formal y la impasibilidad musulmana con que se contempla, no diré nuestra decadencia, pero si diré nuestra estagnación?

Tan absurdo sería sostener que un estado comercial es bueno cuando la generalidad de las personas carecen de recursos para cumplir sus obligaciones, como sostener que el estado moral es bueno cuando la generalidad deja de cumplir sus deberes.

Ceguera sería desconocer que el país es víctima (empleo deliberadamente la palabra) tanto de una crisis económica, cuanto de una crisis moral que detiene su antigua marcha progresista.

Consecuencia de innovaciones poco atinadas o efectos de vicios y pasiones, resultado de sucesos fatales u obra de la imprevisión y el abandono, el hecho es que no sería ya temeridad decir, dando a las frases una acepción general y sin referirlas a hombres ni a partidos determinados: falta gobierno, no tenemos administración.

No pienso que deba disimularse la realidad de nuestro estado y mucho menos pienso que sea razonable desalentarse ente esa realidad. Estas crisis son plagas que azotan a los pueblos que se desvían de los caminos trazados por los principios que rigen la vida de las sociedades; matan a los débiles, los fuertes se reponen y cobran nuevas energías para la lucha del progreso.

Señalar el mal es hacer un llamamiento para estudiarlo y conocerlo y el conocimiento de él es un comienzo de la enmienda. Una sola fuerza puede extirparlo, es la de la opinión pública, la voluntad social encaminada a ese fin; y para formar esa opinión y convertirla en voluntad dispuesta a obrar, hay que poner de manifiesto la llaga que nos debilita ahora y nos amenaza para el futuro y hay que hacer sentir los estímulos del deber y del patriotismo y aun los del interés por el propio bienestar.

Formada esa opinión pública vendrán y se cumplirán leyes que dan sufragio ilustrado y consciente, que abren la puerta de la representación nacional, cerrada hoy por falsas teorías constitucionales y en resguardo de una fantástica independencia parlamentaria, a muchos de los más aptos para los cargos legislativos, que apartan de los altos puestos de la administración a la incapacidad y la ignorancia, que sancionan eficazmente el abandono del deber y el olvido del bien común; se corregirán los errores, se castigarán las faltas, se enmendarán los rumbos y volverá el país a ver cumplida la función gubernativa para su felicidad y su progreso.

Los propósitos levantados, las ideas benéficas, las empresas salvadoras, sin mezcla de egoísmo personal o partidista, allega siempre fuerzas poderosas que los apoyen y no sólo cuentan con los sostenedores que tienen en el campo, sino con una inagotable y abnegada reserva. Es la juventud que, sin más ley de servicio obligatorio que la escrita en su alma ansiosa del bien y amante de la patria, se alista bajo la bandera que representa una gran causa nacional.

Tengo fe en los destinos de mi país y confío en que las virtudes públicas que lo engrandecieron volverán a brillar con su antiguo esplendor.

Discurso sobre la crisis moral de la República, Santiago, 1900.