Teoría, violencia política y romanticismo revolucionario de la mano en la construcción de poder popular (1965-1974). Algunas reflexiones en torno al Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR).

Miguel y Edgardo.

Resumen del Trabajo: A lo largo de la historia de izquierda chilena se han manifestado una serie de contradicciones y convergencias. En este vivir en tensión, emerge a la escena política el M.I.R. Esta ponencia presentará un análisis, enmarcado en la primera etapa de este partido político (1965-1974), promoviendo una relectura del pensamiento mirista, de su praxis política y, del “fuego vital” que empapaba y empoderaba a estos sujetos revolucionarios. Propongo una lectura del M.I.R. desde una perspectiva política y culturalista, lo que nos permitirá entenderlo, no sólo como un partido de férrea línea ideológica, sino como una comunidad de sujetos “amantes de la vida” que soñaron, trabajaron y lucharon por la construcción de un país mejor.

Esta ponencia fue presentada en la Primera Jornada de Historia de las Izquierdas en Chile, Izquierda y Construcción Democrática el 26 de Agosto de 2008, organizada por la Universidad de Santiago de Chile, el Instituto de Estudios Avanzados USACH, el Instituto de Ciencias Alejandro Lipschutz, la Universidad ARCIS, la Universidad Academia de Humanismo Cristiano y la Universidad Cardenal Silva Henríquez.

 

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El origen de la violencia.

“Quería referirme un poco a la violencia. Porque este mes, compañeros, en la televisión, la violencia aparece con mucho ritmo, con mucha sonajera.

La violencia, rasgan vestiduras porque se quema una micro, pero yo no escuché a esa misma gente rasgar esas mismas vestiduras y gritar cuando se quemó a Rodrigo Rojas, no escuché ese mismo clamor, no escuché eso cuando dejaron a la niña –Carmen Gloria Quintana- quemada entera.

No escuché eso en la televisión, no escuché la misma vehemencia en la defensa del no a la violencia, no escuché eso cuando a los compañeros profesionales –un día como hoy- que fueron secuestrados en el colegio Latinoamericano, en pleno día. No escuché a la televisión diciendo: “¡¿Por qué secuestran a la gente, por Dios, qué está pasando?!”. No. Todos callados. No escuché nada cuando al día siguiente estas personas aparecieron muertas. No solamente muertas, sino ¡de-go-lla-das!

Yo les pregunto ¿De dónde viene la violencia? ¿Quiénes son los violentos? ¿Somos nosotros? ¿O son ellos, los poderosos, los ricos?

¡¿De dónde viene la violencia?!

Cuando la Unidad Popular tocó sus bienes, tocó sus minas, que dicen que el Todopoderoso se las dio a ellos, tocó el mar, tocó la tierra, las fábricas, solamente tocaron cosas, bienes, nunca se mató a ninguno de ellos ¿Qué pasó? ¡Estuvieron 17 años ¡asesinando gente! Haciendo desaparecer gente, quemando a los campesinos en hornos, allá en Lonquén.

¿Quiénes son los violentos? ¿De dónde viene la violencia?

¿Qué cosa más violenta que una persona tenga que vivir con 80 mil pesos, 100 mil pesos, 120 mil pesos en el mes? Y otros, por nombrar los que yo conozco, digamos, los senadores y los diputados, que los escoge la gente que vota -yo no voto porque no creo en el voto-, pero ¿Qué más violencia que esa?

¿Por qué uno tiene que vivir con un poquito, dejar a sus cabros chicos botados, porque tienen que salir los dos, el papá y la mamá a trabajar? ¿Por qué empujan a nuestra gente al consumo de drogas? ¿Por qué empujan a nuestra gente a la delincuencia en las poblaciones? ¡¿Por qué?!

Porque hay una desigualdad impresionante. Aquí están los ricos y los pobres. La clase media, pobre de ella, pero aquí están los ricos y los pobres.

¿Qué más violencia, compañeros, que el asesinato de mis hijos? Eran estudiantes, eran dirigentes, y en ese tiempo, como hoy día también, era muy peligroso ser joven y pensar. Porque lo que ellos quieren es que los jóvenes no piensen, quieren verlos botados, tirados en los pastos, borrachos, con droga, ganándose la plata fácil…

Así quieren vernos, pero los que piensan… son peligrosos.

¿Cómo mataron a mis hijos un 29 de marzo del ’85? A Eduardo salieron con armas de guerra a la calle a buscarlo. ¡Con armas de guerra andaban buscando a los hermanos Vergara! Lo mataron por la espalda inmediatamente de una ráfaga.

Rafael corría más rápido, porque él había entrado a las milicias y tenía más práctica y más ejercicio. Pero el Rafa volvió a donde estaba su hermano y trató de tocarlo. Ahí, los “valientes policías” le dieron una ráfaga a la altura de los glúteos, dejándolo parapléjico, y teniéndolo ya en sus manos, esposado, le pegó un tiro en la cabeza con el cañón afirmado en la nuca.

¡Ese es el principio del 29 de marzo! Un principio violento. ¿Quién empieza la violencia? ¿Quiénes son los violentos en este mundo entero? ¿Quiénes son los que dejan morirse de hambre en África a la gente mientras tienen guardados millones de dólares?

Alguien fue a la casa a decirme que quería limpiar la imagen del 29, porque el 29 de marzo es violento, porque los desmanes, porque la cosa, las bombas y las cuestiones… Mire, compañero, le dije: Yo no me voy a prestar para una cosa así, porque el 29 de marzo ha sido desde el comienzo -desde el asesinato brutal de mis hijos- violento. Y hemos hecho una respuesta violenta porque tenemos derecho a hacerlo.

Si nos pisotean, si nos matan, si hacen lo que quieren con nosotros, tenemos derecho a levantarnos y a defendernos. Y los 29 de marzo han sido todos violentos desde el principio hasta ahora. Y desde ahí que los chiquillos se enfrentan a peñascazos con los pacos. Y es por eso que les molesta, porque si hubiéramos hecho una romería calladitos en una sala, a nadie le hubiera molestado.

A ellos les molesta el desorden y la violencia porque ellos son los dueños del desorden y de la violencia. Nadie más puede hacer eso. Nosotros no tenemos derecho. ¡Nosotros tenemos que morir piola! ¡Callados! ¡Morirnos de hambre callados! Que nuestros hijos se prostituyan y callados. ¡Yo jamás voy a renunciar a la violencia de mis compañeros! De mis amigos, de los muchachos que yo conozco en la población, que durante todos estos años nos han acompañado. Que se han arriesgado, los han tomado presos, les han pegado, han perdido sus trabajos, han perdido el estudio.

Entonces, yo les digo desde mi corazón, los quiero así como son: Rebeldes, violentos. Honestos con ellos mismos. Los quiero porque ellos son los que nos han mantenido vivos a nosotros, todos estos años. Ellos son los que consiguieron que el sistema se fijara en nosotros y dijeran: “Ya, vamos a ver qué se puede hacer” y descubrieron que fue un asesinato, después de veintitantos años –cosa que nosotros sabíamos desde el principio-.

Por Luisa Toledo.

Estas palabras de Luisa Toledo, son un extracto de las que dijo en el Pedagógico este año (2012), y publicadas en El Ciudadano.

Franja política por el NO (Chile, 1988).

Subo este especial realizado por “Teleanálisis” que da cuenta de la lucha política realizada por la “Concertación de Partidos por el No”, sobre todo en su recordada acción propagandística.

 

Y, a modo de Bonus Track, subo cuatro spots de la campaña del Sí (en un sólo vídeo) que parodian algunos elementos de la propaganda opositora, buscando generar miedo en la población. Una buena muestra de lo que significa una “campaña del terror”.

La dictadura de Pinochet y su configuración de Estado Nacional.

Hablar de Pinochet y su régimen, y esto lo digo de manera muy personal, es un ejercicio complejo, por decir lo menos. Son muchos los sentimientos, emociones y juicios que ya han sido concebidos, individual y colectivamente, con respecto al ya extinto militar y su obra, que (re)pensar y poner el resultado de ello en un registro escrito, a uno lo hace sentir, como si estuviera en una selva escabrosa. Lo que, desde luego, no impide el análisis ni la crítica. La idea de este ensayo es analizar la configuración del Estado Nacional, realizada por la dictadura de Pinochet, teniendo como base el discurso del General en Chacarillas, el 9 de Julio de 1977[1], el que en mí opinión, re-une los lineamientos generales de dicho proceso. Todo esto, siguiendo la lógica habermasiana, de la cual me declaro un advenedizo, a partir de la lectura del texto: “Teoría de la acción comunicativa”[2]. Por ende, ideas-conceptos tales como: racionalidad, irracionalidad, “mundo de la vida”, mito, retrato, imágenes, entre otras, surgirán con fuerza, constituyéndose en el sustento de la reflexión.

La alocución realizada por Pinochet en Chacarillas, nos deja entrever ciertas premisas, que nos permiten señalar que estamos frente a la construcción y configuración, no sólo de Estado ni de organización político-administrativa, sino también, de una “nueva” racionalidad, que construye un “mundo de la vida”, con certezas y eficiencias. “Mundo de la vida”, que no sólo es aceptado y vivido por colaboradores y simpatizantes, sino que ha sido transversal al país, luego de la imposición forzosa de dicha racionalidad. Esto como resultado claro de la dictadura militar, la que al decir de Tomás Moulian, produjo el “sangriento parto” del Chile actual, produciendo un nuevo “orden, afirmado sobre el terror”[3].

Pero ese “orden racional”, fue construido y fundamentado, si se quiere, a partir de un mito, o del conjunto de ellos. Este, es definido, por la historiadora María Angélica Illanes, como: “mito de la diferencia”[4]. Es interesante notar, que para la reflexión de Habermas, el mito cobra una importancia fundamental. Habermas, toma una definición de Godelier, para explicar lo que es el mito. Godelier señala que el mito: “construye un gigantesco juego de espejos en el cual la recíproca imagen del hombre y del mundo se refleja hasta el infinito y continuamente se compone y recompone en el prisma de la naturaleza y cultura”[5]. Este imaginario, reflejado en el mito, es construido “por medio de la formación de analogías las causas y poderes invisibles que generan y regulan al mundo no humano (naturaleza) y al mundo humano (cultura) revisten atributos humanos, esto es, se presentan espontáneamente al hombre como seres dotados de conciencia, de voluntad, de autoridad y de poder, es decir como seres análogos al hombre que, sin embargo, se distinguen de él en que saben lo que él no sabe, hacen lo que no puede hacer, controlan lo que él no puede controlar y que, en consecuencia, se distinguen de él en que le son superiores”[6]. Teniendo presente esta conceptualización del mito, y volviendo a Illanes, el “mito de la diferencia” es el “orden institucional en sí”, lo que ha permitido, y permite hablar, de la “excepcionalidad” y “superioridad” chilena en el concierto latinoamericano. Esta construcción mítica, “el mito portaliano”, fue realizada por Francisco A. Encina, en la década de los ’20 y ’30, y otros historiadores y estudiosos, los que valoran y ensalzan la construcción de estado nacional, sustentada en un ordenamiento autoritario y republicano[7]. Para esta historiadora, este mito, “como todo mito, sirvió para construir una determinada identidad política refundacional, capaz incluso de otorgar sentido y articular proyectos disímiles; es decir, fue útil para establecer, en una época de convulsión histórica, aquellas seguridades y certidumbres necesarias, tanto para el resguardo del ideario conservador, como también para garantizar la opción político-institucional de las fuerzas del cambio. He aquí la paradoja, quizás sólo comprensible desde una perspectiva mitológica”[8]. Esta construcción mítica, ha originado la aparición de otros mitos, entre los que se cuentan: “el padre de la patria”, “la anarquía post-independencia”, “Portales, constructor de Estado”, “el valiente roto chileno”, “la pacificación de la Araucanía”, “la dictadura de Balmaceda”. En resumen, Illanes decreta que la historia chilena ha sido “una invención narrativa pura y sin mancha”[9]. Para Illanes, el mayor “cuento mítico”, que es propio del siglo XX, es la prescindencia política de las Fuerzas Armadas[10]. Pero los hechos han demostrado que: “las fuerzas armadas entraron al primer plano del escenario político del siglo XX. Emergieron cada vez que decidieron ‘salvar la patria’ –ya bajo designios nacionalistas, fascistoides y/o electoral populistas…”[11].

Es de esta construcción mítica en la que Pinochet se fundamenta. La elección de la fecha de la alocución no es casualidad: 9 de Julio, día en el que se conmemora la “inmolación”, “patriotismo” y “coraje” de los setenta y siete héroes jóvenes de La Concepción. De hecho, se intenta ligar el momento. Se celebra el “Día de la Juventud”, momento en el cual, setenta y siete jóvenes, adherentes al gobierno militar, toman simbólicamente el lugar de estos “héroes”, para coadyuvar en la tarea de construcción del Estado de nuevo cuño. Vale decir, que la afirmación de la dictadura, por ende su legitimidad, radica en la sangre de los héroes, de los cuales las Fuerzas Armadas se consideran herederos fidedignos. Esto lleva a Pinochet a decir que: “la patria y los valores permanentes están por encima cualquier sacrificio personal que su defensa pueda demandar”. Estos valores patrióticos se habrían visto trastocados por el gobierno de la Unidad Popular y su “amenaza totalitarista y comunista”. Frente a esta amenaza, la ciudadanía habría lanzado un “llamado angustioso” al que los militares habrían prestado oído, “regando con su sangre”, cayendo en la lucha “por la liberación de Chile”. El grito de La Concepción se volvería a repetir: “¡Los chilenos no se rinden jamás!”. Era la lucha nacional contra el internacionalismo marxista-leninista. Esta lucha obedece al carácter de los chilenos. Pinochet habla del “temple de nuestra raza” y de la “fibra de nuestra nacionalidad”, los cuales incentivan a “los chilenos de verdad” a alzarse en beneficio de la dignidad y la soberanía nacional. El 11 de septiembre de 1973, sería el primer paso en la construcción del sueño de una “patria libre, unida, grande y soberana”. Pero este hecho, que da pie a la “liberación” de Chile, se origina en algo que trasciende a la humanidad. Y es que el golpe de Estado, ha sido, para el General, la “difícil e irrenunciable misión” colocada en los hombros de los institutos armados, nada más y nada menos, que, “por Dios y la historia”. Al ser de esta manera, la construcción de Estado en Chile, no es otra cosa que la obra de Dios, en la persona de sus “siervos”, los comandantes en jefe de las Fuerzas Armadas y de Orden, los que a su vez, son encabezados por el mesías-redentor: Augusto Pinochet. Por lo tanto, las personas que llevan a cabo esta labor son puestas en condiciones supra-humanas. Trascienden a los tiempos y a las épocas, por ello, tienen la sapiencia para captar y el poder para actuar conforme a “valores morales”, “eternos”, “anidados en el alma nacional”. Y ellos se saben en esa labor mesiánica. La construcción de este nuevo Estado, es la estructuración proyectiva del porvenir de Chile, que no es otra cosa, que seguir la “senda trazada” hacia “la luz”. Por lo cual, y Pinochet no tiene ningún empacho en decirlo, el “volver atrás”, a la antigua democracia, es caminar hacia “las penumbras de la esclavitud”. Hay dos frases de Pinochet, con las que concluye el discurso, que fortalecen esta tesis. En la primera, Pinochet, señala que su confianza está puesta en Dios, en el pueblo de Chile, sumergido en el peso de la noche[12] de la obediencia servil, y “en nuestras Fuerzas Armadas y de Orden que, con patriotismo, hoy guían sus destinos; y, “el futuro de Chile está en vosotros, cuya grandeza estamos labrando[13]. Los chilenos son meros espectadores de la escena de la conformación nacional, puesto que no son libres. Puede sonar a “anarquismo”, pero la libertad verdadera, en mí opinión, es la ausencia de la ley. Y cuando son otros los que guían destino y labran nuestra grandeza nos posicionan en la esfera de la esclavitud. Si ellos, se colocan en la posición de instrumentos divinos, los ciudadanos son rebajados a una condición infra-humana. Ellos asisten al presente y futuro que trazan otros. Y al tener un designio, una mirada teleológica, que emana de “lo alto”, nos encaminan a las veredas del progreso, a las que difícilmente llegaríamos mediante nuestras capacidades humanas.

Toda esta construcción mítica, que yo, desde mí posición, considero injusta, destructora, alienante, inhumana, hasta irrisoria y ridícula, no deja de ser una construcción racional, y por ende, puede constituirse en un piso sobre el cual se funda la construcción del “nuevo” Estado. Esto, y en primera instancia, porque el mito es un retrato imaginario de lo real.. Para Habermas, un retrato proporciona “un ángulo de mira bajo el que la persona representada aparece de una determinada manera…Del mismo modo, las imágenes del mundo fijan el marco categorial en cuyo seno todo lo que acaece en el mundo puede interpretarse de determinada manera como algo. Y al igual que los retratos, tampoco las imágenes del mundo pueden ser verdaderas o falsas”[14]. Un retrato, al igual que una imagen, en el mundo habermasiano, simplemente, es. Ahora bien, esta tesis se ve reforzada habla de la paradoja de la irracionalidad que, a la vez, es racionalidad. Él argumenta: “Quien sistemáticamente se engaña sobre sí mismo se está comportando irracionalmente, pero quien es capaz de dejarse ilustrar sobre su irracionalidad, no solamente dispone de la racionalidad de un agente capaz de juzgar y actuar racionalmente con arreglo a fines, de la racionalidad de un sujeto moralmente lúcido y digno de confianza en asuntos práctico-morales, de la racionalidad de un sujeto sensible en sus valoraciones y estéticamente capaz, sino también de la fuerza de comportarse reflexivamente frente a su propia subjetividad y penetrar las coacciones irracionales a que pueden estar sistemáticamente sometidas sus manifestaciones cognitivas, sus manifestaciones práctico-morales y sus manifestaciones práctico-estéticas”[15]

Esta construcción irracional-racional, ha permitido la configuración de Estado, que opera bajo la lógica de lo que Habermas llama el “mundo de la vida”, este, según lo planteado en clases, que emana del pensamiento del filósofo y sociólogo alemán, se refiere a la dimensión simbólica de la sociedad. Es el “mundo de la vida” el que permite a los individuos y adoptar a los grupos “orientaciones racionales de acción”[16]. Esta orientación, viabiliza, a quienes comparten ése “mundo de la vida”, la posibilidad de configurar racionalmente sus vidas[17]. Esta racionalidad para Habermas posee una serie de signos que la identifican: afirmaciones fundadas, acciones eficientes, acciones reguladas por normas y autorrepresentaciones específicas[18]. Los dos últimos signos, corresponden a la ampliación de la racionalidad realizada por Habermas. No está demás decir, que el proyecto de construcción de un Estado de nuevo cuño, impulsado por la dictadura, opera bajo las lógicas de la racionalidad, tal y como Habermas lo plantea. De hecho, en nuestra reflexión de la fundamentación mítica de dicho programa, se habló de las autorrepresentaciones específicas, las que son racionales, al operar bajo valores culturales[19]. Es decir, el mito es el reflejo de una cultura que valora sobremanera el orden, sus héroes, la divinidad  y la tradición. Eso permite hablar de la “raza chilena” y, no sólo eso, establecer un juicio de valor al hablar del “chileno de verdad”, uno que al igual que la señalética de detención frente a los trenes, para, mira y escucha, pero no actúa. Esto porque es obediente al destino que ha trazado Dios. Y si no lo ve de esa manera, “por lo menos”, es obediente al destino trazado a la sombra de las bayonetas. Si bien es cierto, Habermas plantea que las “coacciones” no son racionales, en este caso, bajo la lógica de Pinochet, opera racionalmente en el tejido que el mismo ha diseñado. En primer lugar, porque opera con afirmaciones fundadas, las que, a su vez, actúan “bajo la normativa vigente”, lo que de por sí, es un acto racional[20]. El ejemplo que podríamos ocupar, es lo relativo a la violación de los Derechos Humanos.

Los Derechos Humanos, por definición, son universales, inalienables, imprescriptibles e inamniestables. Pero Pinochet, y el “mundo de la vida” que configura y vive, hacen que lo vea de otra manera. El dictador menciona en su discurso, que ha rechazado un crédito externo, porque como condición, un país debía supervisar la situación de los derechos humanos en Chile. Frente a eso, Pinochet señala que la dignidad nacional no se “tranza” ni se “hipoteca”. Además, dice que la historia y la idiosincrasia chilena han sido forjadas en el respeto de la dignidad del hombre. Lo que sucedía en Chile, eran “limitaciones excepcionales”, impuestas a “ciertos derechos” en forma “transitoria”. La causa de esta ruptura es la “agresión marxista-leninista” que conduciría, indefectiblemente, hacia la anarquía. Esta actitud, fundamenta Pinochet, es contraria a una actitud “débil o demagógica frente al terrorismo”, lo cual, en sus propias palabras, es “complicidad por omisión, con una de las formas más brutales de violación de los derechos humanos”. En otras palabras, se considera esta ruptura violenta, la del golpe, como un “complemento duro”, “pero, necesario”, que permita “asegurar la liberación nacional”, “proyectar horizontes de paz y progreso” para el presente y futuro de Chile y, fundamentalmente, dar vida a un nuevo régimen político-institucional. Es decir, los crímenes de lesa humanidad, entre ellos, terrorismo de Estado, asesinato de centenares de opositores políticos, desaparición de muchos de ellos, torturas masivas y sistemáticas; todos estos actos humanos repugnantes, fueron hechos bajo la gran inspiración de salvar al país, de lo que el General Leigh denominó el “cáncer marxista”. Vale decir, esto se efectuó por el bien supremo de la patria. Dichos crímenes son, entonces, un mal menor. Ante esto, María Angélica Illanes señala: “El golpe militar de 1973 y la ferocidad desatada ante nuestros ojos estupefactos, corresponde al momento histórico es que estos otrora perros guardianes de rebaño, se transforman en lobos soltados al descampo de la patria, haciendo del día noche y del ciudadano libre un malhechor”[21]. No podemos llamar a lo bueno, malo o a lo malo, bueno. La destrucción física, moral o espiritual de otros seres humanos, que no son otra cosa que hermanos terrenos, no puede ser justificada con nada. Ningún horror justifica las atrocidades que se cometieron. Ninguno. El problema es que este pensamiento se ha asentado en la mentalidad de muchos chilenos, quienes a pesar de los informes Rettig y Valech, siguen creyendo que el golpe y la dictadura fueron un pronunciamiento legítimo de un sector de la sociedad. Y no sólo eso, dicho “pronunciamiento”, trajo éxito y estabilidad al país. Pero, ¿a costo de qué o quiénes? Nuestro sistema social, político y económico está asentado sobre miles de cuerpos de chilenos y ha sido regado con su sangre. Sangre a torrentes, resultado vivo y tangible de la violencia y la represión. Ahora bien, lo terrible del asunto, es que no sólo sería racional por el hecho de tener fundamentación, sino que, además, por haber actuado bajo la normativa vigente. Se violaron los derechos humanos, pero todo fue justificado bajo la legalidad establecida por quienes ostentaban la condición de jueces y partes. Y no sólo eso, en un arrebato de poder cuasi-omnímodo, lo borraron, con otras leyes. No sólo cumplieron labores mesiánicas al “salvar” a Chile del “caos y tinieblas” que se avecinaban, sino también, tienen el poder de re-orientar la historia y poner los “puntos finales”, donde ellos creen que lo amerita.

Todo lo anterior, se resume bajo una tesis que argumenta y solidifica la posición. Pinochet dijo: “La libertad y la democracia no pueden sobrevivir si ellas no se defienden de quienes pretenden destruirlas”. ¿Necesita esto de más comentarios? Si ustedes creen que sí, yo creo que el estómago no da para tanto. Bueno, es sólo mí opinión.

A la vez, la construcción de este “nuevo” Estado, es racional, porque posee acciones eficientes. Vale decir, que plantean una proyección que puede ser evaluada de manera objetiva y técnica. De hecho,la Dictadurada origen a un tipo de político y lo posiciona en las esferas de poder. Me refiero al tecnócrata. Esto se hace latente en una de las cualidades que posee la “nueva democracia” creada por Pinochet y compañía y, que veremos más adelante.

La importancia del discurso en Chacarillas, radica en que es aquí, donde Pinochet, presenta los “pasos fundamentales para avanzar en el proceso institucional del país”. Frente a esto, el 11 de septiembre del ’73, no sólo significa el derrocamiento de un gobierno “ilegítimo y fracasado”, sino, el término de un régimen político-institucional “ya agotado”, lo que comporta el “imperativo de construir uno nuevo”. Pinochet habla de una “obra eminentemente creadora”, pero “enraizada en la tradición nacional”. Esta obra deberá seguir, para ello, el “sendero del derecho”, el cual es resultado de la “evolución social” y su consecuente armonía, la cual debe co-existir con una nueva norma jurídica objetiva e impersonal, las que deben dar paso a una “nueva democracia”. ¿Cómo debiera ser ella, según Pinochet? Da una serie de cualidades “infaltables” en ella: “autoritaria”, “protegida”, “integrada”, “tecnificada” y “de auténtica participación social”[22]. Es autoritaria, porque posee una autoridad “fuerte y vigorosa”, que hace “imperar el orden jurídico”. Es protegida porque el Estado se encuentra comprometido con la libertad y dignidad del hombre y con los valores esenciales de la nacionalidad. De ahí emana una de las frases anteriormente vista: “La libertad y la democracia no pueden sobrevivir si ellas no se defienden de quienes pretenden destruirlas”. Es integradora, porque busca “robustecer” “el objetivo nacional” y “los objetivos permanentes de la nación”. Esta democracia busca la unidad de “la gran familia de ella”. Por ello, niega “la lucha de clases”, puesto que no existe ni debe existir. Esta negación, es también una negación por decreto[23]. Ahora bien, esta negación es hecha a lo que, comúnmente, algunos significan por “lucha de clases”. Esta lectura tiende a pensar a los marxistas como violentos, lo que daría cuenta de la “única” forma de llegar al poder: la fuerza. Pero el término no se refiere a eso. Marx, junto a Engels en el Manifiesto Comunista, al señalar que la historia de la humanidad ha sido una constante lucha de clases, se está refiriendo a la contradicción relacional, en términos sociales y económicos, que se han dado en la misma. En definitiva, estamos hablando de desigualdad, lo que es contradictorio, sobre todo, en sociedades liberales, o en todas las que propugnan la igualdad entre los seres humanos. La negación de esta lucha, es la negación de la clase, y cuando no existe clase, en tanto que diferenciación, ¿hacia qué orientar la política? ¿A dónde iremos, si ya no hay pobres ni oprimidos? En buena hora no existieran. Pero cuando es producto de una negación, vale decir, de una mentira, o de una verdad a medias, o lisa y llanamente, de una omisión, el futuro que emane de eso no puede ser muy auspicioso que digamos. Es Tecnificada, porque inserta la ciencia y la técnica en la discusión política, a través de los tecnócratas. Ellos buscan como aporte: “reducir el debate ideológico”, teniendo como sustento el “aporte de los más capaces”, en busca de “dar estabilidad al sistema”. Y, al final, de auténtica participación social. Esta se fundamenta en el principio de subsidiariedad. Ahora bien, se lleva a efecto, mediante la libertad económica, la cual, según Pinochet, se puede lograr “impedir la asfixia de las personas por la férula de un Estado omnipotente”. En este punto, una de las ideas fundamentales, es la del derecho a la propiedad, la que según Büchi, está por sobre los derechos vagos, como el del medioambiente.

Para llegar a ese proceso, habría que entenderlo, como uno en forma gradual, con tres pasos. Recuperación, del poder político integralmente asumido por las Fuerzas Armadas. Transición, en la que se pasaría de colaboración a la participación. Y al final, la etapa de Normalidad o consolidación, en la cual el poder es ejercido directamente por la civilidad, aunque las Fuerzas Armadas, cautelan las bases de la institucionalidad y la seguridad nacional. En el momento que habla en Chacarillas, Pinochet habla de que Chile está en la etapa de Recuperación yla Transición, debe comenzar antes de Diciembre del ’80, al  ser redactadala Constitución del ’80.

Cuando hablamos de Transición, estamos hablando, en términos estrictos, de “tránsito” o “paso de un estado a otro”. Pinochet, aunque suene irrisorio, dijo acerca de la Transición: “Así como los marxistas llaman pasar del sistema burgués a través de la dictadura del proletariado, nosotros también tenemos que pasar, y no se puede escapar, por la dictadura de la democracia, aun cuando no les gusta a algunos”[24]. Quizá este sea uno de los términos más repetidos en la política nacional. La estamos viviendo, o no, es la pregunta. Sí y no, dependiendo de la transición a la que nos referimos. Ya no vivimos la de Pinochet, desde el regreso a la democracia. Desde ese momento, se vive la normalidad o consolidación. Es decir, vivimos el Estado a la imagen y semejanza de Pinochet, sustentado en el mismo mito y en las mismas imágenes. Vale decir, nuestra democracia, es hija de la “nueva” creada por Pinochet, cuya definición desglosamos y contestamos. En cambio, hay una transición que comenzó, pero que no ha terminado y, al parecer, no ha avanzado mucho. Se trata de la Transición diseñada por la Concertación de Partidos por la Democracia. Un tránsito sin fin, “eterno”. Muchas veces, la gente gritó: “¡y va caer!, grito que se multiplicaba de voz en voz. Luego, con los gobiernos de la Concertación, no faltó acto por hacer, en el que alguien no gritara: ¡y ya cayó!… Pero seguimos, y seguiremos así, mientras no nos preguntó ¿para qué cayó? Insisto, vivimos en el Chile de Pinochet, diseñado, cortado y confeccionado por el militar. ¿Por qué no se ha hecho nada? Creo que hay dos razones. La primera tiene que ver con la “amnesia social”, la que es resultado de verdades “en la medida de lo posible”. Patricio Aylwin, en una ocasión señaló: “El pasado no se puede reconstruir. Ni podemos devolverle la vida a los muertos ni devolverle el trabajo a los que lo perdieron… El pasado se fue. Qué le vamos a hacer. Las injusticias la cometieron otros”[25]. Pero la más importante, en mi opinión, es la incapacidad, teórica y práctica, del movimiento político-social y artístico que configure una verdadera democracia, participativa, en la cual, la soberanía resida en los trabajadores. Esta idea la sintetizó el MAPU en un manifiesto: “la fortaleza de Pinochet reside en nuestra debilidad”[26] .

Frente a esto, tenemos dos armas para comenzar nuestra construcción: la memoria y la acción. Con respecto a la memoria, Gabriel Salazar señala: “No es tiempo de obediencia mecánica, sino de responsable desobediencia civil. Porque es tiempo de proyectar un país desde dentro y para dentro. Desde nosotros mismos y para nosotros mismos. Legítimamente. Igualitariamente. Sin mentirnos. Porque la soberanía sólo exige obedecerse a sí misma. Es autónoma, como el sol”[27]. Sobre la acción Foucault, dice lo siguiente: “Si las sociedades se mantienen y viven, es decir, si los poderes no son en ellas ‘absolutamente absolutos’, es porque, tras todas las aceptaciones y las coerciones, más allá de las amenazas, de las violencias y de las persuasiones, cabe la posibilidad de ese movimiento en el que la vida ya no se canjea, en el que los poderes no pueden ya nada y en el que, ante horcas y las ametralladoras, los hombres se sublevan”[28].

Autonomía y sublevación… Es hora de comenzar a trabajar con ellas, para construir un país mejor. Al fin y al cabo, no tenemos nada que perder, excepto nuestras cadenas. En cambio tenemos un mundo entero por ganar[29].

 Luis Pino Moyano.

Santiago, Primavera de 2007.


[1] Contador, Ana María. Continuismo y discontinuismo en Chile. Selección de discursos de Jorge Alessandri, Eduardo Frei Montalvo, Salvador Allende y Augusto Pinochet. (Santiago: Bravo y Allende Editores, 1989).

[2] Habermas, Jürgen. Teoría de la acción comunicativa. Tomo 1: Racionalidad de la acción y racionalización social. (Madrid: Taurus Ediciones, 1998), pp. 15-43; 69-110.

[3] Moulian, Tomás. Chile Actual: Anatomía de un mito. (Santiago: Lom Ediciones y Universidad Arcis, 1997), pp. 151, 171.

[4] Illanes, María Angélica. La Batalla de la Memoria. Ensayos históricos de nuestro siglo. Chile 1900-2000. (Santiago: Grupo Editorial Planeta, 2002), pp. 163-175. Correspondiente a la intervención en la presentación  del libro de Luis Moulian y Gloria Guerra, Frei, biografía de un estadista utópico, Santiago, 2000. El ensayo es intitulado en el libro de Illanes como: La Caída del Mito de la Diferencia.

[5] Citado por Habermas. Op. Cit., p. 74.

[6] Ibídem, p. 75.

[7] Entre las obras que reflexionan con respecto a dicha construcción están: Salazar, Gabriel. Construcción de Estado en Chile. (Santiago: Editorial Sudamericana, 2005) y Loyola, Manuel y Grez, Sergio (compiladores). Los proyectos nacionales en el pensamiento político y social chileno del siglo XIX. (Santiago: Ediciones Universidad Raúl Silva Henríquez, 2002).

[8] Illanes. Op. Cit., p. 166.

[9] Ibídem, p. 172.

[10] Ibídem, p. 172.

[11] Ibídem, p. 173.

[12] La frase entre las comas es mía. El concepto peso de la noche, fue elaborada por Diego Portales en su carta a Joaquín Tocornal. Valparaíso, 16 de Julio de 1832.

[13] Las acentuaciones son mías.

[14] Habermas. Op. Cit., p. 89.

[15] Ibídem, p. 41.

[16] Ibídem, p. 70.

[17] Ibídem, p. 71.

[18] Ibídem, p. 33, 34.

[19] Ibídem, p. 39.

[20] Ibídem, p. 38.

[21] Illanes. Op. Cit., p. 175.

[22] Compárese con lo planteado por Portales, en uno de sus textos epistolarios: “La república es el sistema que hay que adoptar, pero ¿sabe cómo yo la entiendo para estos países? Un gobierno fuerte, centralizador, cuyos hombres sean verdaderos modelos de virtud y patriotismo, y así enderezar a los ciudadanos por el camino del orden y de las virtudes”. Citado en: De Ramón, Armando. Historia de Chile. Desde la invasión incaica hasta nuestros días (1500-2000). (Santiago: Catalonia Ltda.., 2003), p. 73.

[23] El artículo 8 de la Constitución de 1980 rezaba: “Todo acto de persona o grupo destinado a propagar doctrinas que atenten contra la familia, propugnen la violencia o una concepción de la sociedad, del Estado o del orden jurídico, de carácter totalitario o fundada en la lucha de clases, es ilícito o contrario al ordenamiento institucional de la República”. En: Constitución Política de la República de Chile. (Santiago: División Nacional de Comunicación Social, Octubre de 1980), p. 3.

[24] Revista Cauce, 10 de septiembre de 1985. En: Correa, Sofía (et. al). Historia del siglo XX chileno. (Santiago: Editorial Sudamericana, 2001), p. 322.

[25] Aylwin, Patricio, en: La Época, 6 de Agosto de 1993, p. 1. Citado por: Salazar, Gabriel. Construcción de Estado en Chile: La historia reversa de la legitimidad. Proposiciones, Nº 24, Santiago, 1994, p. 92.

[26] Un Camino para Chile. Manifiesto del MAPU a los trabajadores y al pueblo. III pleno nacional en la clandestinidad. Marzo de 1980.

[27] Salazar, Gabriel. Proyectando país globalizado tras 220 años de vida “independiente” (o la revolución del hijo pródigo). En: Moulian, Tomás (Coordinador). Construir el Fututo. Aproximaciones a proyectos de país. Volumen 1. Colección Escafandra. (Santiago: LOM Ediciones, 2002), p. 203.

[28] Citado a modo de epígrafe en: Arancibia, Juan P. Extraviar a Foucault. (Santiago: Ediciones Palinodia, 2005), p. 7.

[29] Marx, Karl y Engels, Friedrich. El Manifiesto Comunista. (Buenos Aires: Centro Editor de Cultura, 2006), p. 94.

*Este fue un trabajo realizado en la cátedra de Comunidad y Sociedad, dictado por el Profesor Marcos Águirre (2007).

TERCER MANIFIESTO DE HISTORIADORES: La Dictadura Militar y el Juicio de la Historia.

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I ¿Qué es el Juicio de la Historia?

Ante la muerte de Augusto Pinochet, numerosas personalidades públicas y medios de comunicación han declarado que la evaluación definitiva de su persona y su dictadura la hará el Juicio de la Historia. La mayoría de los seguidores de Pinochet, por ejemplo, piensan que ese juicio debe basarse en el óptimo estado actual de la economía chilena, lo que prueba la grandeza de su obra. Para la mayoría de sus víctimas y detractores, en cambio, ese juicio no puede sino fundarse en los crímenes, robos y abusos perpetrados por su dictadura, lo que prueba el origen deleznable del sistema que dejó en herencia.

Lo que resulta evidente, es que su dictadura dividió una vez más a la sociedad chilena en ganadores (beneficiados por ella) y perdedores (las víctimas y los perjudicados por el mercado). También es evidente que el Juicio Histórico posterior a eso no puede sino estar dividido. ¿Puede el Juicio de la Historia escindirse en perspectivas contrapuestas? ¿Puede ser un factor que reproduce el conflicto? ¿Qué es y cómo debe ser un real y legítimo Juicio de la Historia?

Es lógico pensar que, si la historia la hacen los hombres y las mujeres, la rectificación de los procesos históricos que se tornan anómalos y conflictivos la tienen que realizar los mismos hombres y mujeres. Pero ¿de qué modo? Desde luego: todos ellos, pero no divididos en ganadores (endémicos) y en perdedores (de siempre), sino en comunidad. Es decir: como ciudadanía en actitud de ejercer colectivamente su Poder Constituyente. De ser así, se deriva de eso que, si la mayoría de los chilenos está invocando el Juicio de la Historia, el único modo legítimo y racional de llevarlo a cabo es recuperando el principio supremo de la soberanía ciudadana. Recuperación que es factible cuando el mismo proceso histórico que se vive va en esa dirección.

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Pensando en voz alta sobre “Los archivos del Cardenal”.

Hace un par de años atrás, Canal 13 puso en la pantalla la serie Los 80, la que, sin dudas, fue un éxito en sintonía. A propósito de ella hubo muchas conversaciones, motivados por los recuerdos y emociones de quienes vivimos en esa década. Fue una serie que hizo que hombres y mujeres, en el seno de sus hogares, se sentaran juntos frente a un televisor. Si bien es cierto, durante toda la serie hubo alusiones a lo político, el año pasado dicho contenido se explicitó, poniendo en escena la militancia activa de un joven frentista, Gabriel, quien tiene una relación sentimental con Claudia Herrera (Loreto Aravena). De hecho, Gabriel (Mario Horton) en el capítulo final de la temporada, fue sorprendido por un operativo de la CNI del cual sobrevive ajusticiando a uno de los integrantes del aparato represor. Claudia tiene que pasar a la clandestinidad. Final abierto. Final que dejó varias cosas en la palestra. Entre ellas, el poder performativo del lenguaje fílmico. Gabriel era un joven apuesto a quien nadie que veía la serie esperaba que muriera. Era algo así como “el jovencito de la película”. Eso rebota en la causa. Porque probablemente muchos televidentes, que anhelaban que Gabriel sobreviviera no estuvieron y/o no están de acuerdo con la causa propiciada por el Frente Patriótico Manuel Rodríguez. Pero de una u otra forma, dicha causa política era legitimida en la figura de Gabriel. Su disparo ajustició, no asesinó.

Televisión Nacional de Chile, siguiendo el camino trazado por la serie Los 80, captando a su “público cautivo”, pone en escena la serie Los archivos del Cardenal. Desde que comenzó a publicitarse impactó a los televidentes. De hecho, en la hora convulsa que atravesamos socialmente, varios, que estaban en veredas lisas y cómodas durante el período dictatorial sacaron sus voces para señalar su molestia frente a esta representación. El senador Carlos Larraín, de Renovación Nacional, en las semanas previas al estreno televisivo de la serie señaló: la serie toma hechos que ocurrieron exactamente hace 40 años, pero que tiene connotación política evidente; la izquierda como víctima, y eso es lo que le da pábulo para actuar en política con cierto sentido de superioridad”[1]. Las palabras del senador resultan ser una publicidad a la inversa para la serie, precisamente por su “connotación política evidente”. El problema es que los medios televisivos, todos los días, transmiten una serie de programas con contenidos que no tienen “connotación política evidente”, para gran parte del público seducido por la imagen o por rostros que para muchos son creíbles. Esto hace recordar lo señalado por Pierre Bourdieu quien señaló que La televisión es un universo en el que se tiene la impresión de que los agentes sociales, por más que aparenten importancia, libertad, autonomía, e incluso a veces gocen de un aura extraordinaria (basta con leer las revistas de televisión), son títeres de unas exigencias que hay que describir, de una estructura que hay que liberar de su ganga y sacar a la luz”[2]. Es ese contenido menos evidente el peligroso, en tanto se presenta como la verdad y no como una interpretación de la realidad.

Los archivos del Cardenal explícita el contenido político. Las imágenes, los conceptos, la música, todo el constructo escénico nos hace saber qué veremos antes de que la serie sea estrenada. Tal vez no conozcamos la trama de la obra de ficción, pero conocemos el tramado histórico en el cual subyace. De hecho, en el primer capítulo nos encontramos con el caso de los “Hornos de Lonquén”, en el cual se encontraron los restos de quince hombres entre 15 y 51 años. En las imágenes del próximo capítulo  se muestra la expropiación de la bandera chilena con la que se juró la independencia, acto político realizado por el MIR.

Si me pidieran sintetizar en dos conceptos el primer capítulo de la serie, tendría que decir: víctima y miedo. No es la víctima conceptualizada por Larraín, sino más bien, es la víctima de la tortura, el asesinato, la desaparición. Y es que la Vicaría de la Solidaridad fue clave a la hora de impulsar la defensa contra las violaciones a los Derechos Humanos. La víctima, en sí misma, es humana, lo que le escinde de su militancia política. Como humano no debió sufrir los rigores de la dictadura. Claramente, se debe reconocer la tarea de las iglesias, sobre todo de la Iglesia Católica, que oficialmente no se puso del lado del gobierno (como en el caso argentino, por ejemplo), defendiendo a los que sufren, la búsqueda del establecimiento de “verdad y justicia” (ambos ideales bíblicos) y, además, condenando la acción represiva impulsada por el régimen de facto. Esa fue una mano potente alzada en defensa de los familiares de ejecutados, torturados y desaparecidos. ¡Qué duda cabe! Pero si hacemos una  mirada crítica a dicho proceso, tenemos que decir que dicha esencialización, centrada en la figura del ser humano, olvida al militante. Como esencialización es ahistórica. Olvida que quienes murieron, fueron torturados o desaparecieron fueron llevados a dicha situación de manera forzosa por encarnar al enemigo interno, ése que atentaba contra el orden establecido por la clase dominante. Lo que, en otras palabras, olvida o deja en segundo plano, el proyecto histórico que buscaban concretizar. Y es que no podemos ponerle palabras al dolor, representado genialmente por Los archivos del Cardenal, pero si algo estaba “lleno de palabras” y de sentido, era la causa y las luchas encabezadas por el movimiento político-social de izquierdas en la larga jornada, que, entre otros logros, llevó a Salvador Allende al gobierno.

Por otro lado, decíamos que en el primer capítulo de la serie nos encontramos con el miedo. Y es el miedo ante la “seriedad de la muerte”. Muchos optaron por el silencio, por cerrar sus ojos y tapar sus oídos para no ver lo que sucedía afuera de sus mundos particulares. El miedo, desde la otra vereda, se ve en el secreto, en el cuidado que se debe tener con la información. Y es que cualquiera puede ser un sapo. Eso queda graficado de manera elocuente en la escena en la que Ramón Sarmiento (Benjamín Vicuña) conversa con su amigo carabinero, que participó en la detención y ejecución de un amigo común, Luis Emilio, nieto de la nana de Ramón. El uniformado le señala que lo último que le dice Luis Emilio fue: “me estai palanqueando”. Y antes de cualquier condena moral (¡participó en el asesinato de su amigo!) le señala a Ramón: “ya no se puede confiar en los amigos”. Ese miedo, construido por la teatralidad terrorista, es, sin duda, la obra más sólida de la dictadura. El miedo traspasa los límites del 11 de marzo de 1990. Actúa como dijera Max Weber: “una cantidad suficiente de bayonetazos en el momento preciso genera la cultura del temor, que dura más tiempo que el bayonetazo”.

Es prematuro establecer juicios sobre la serie Los archivos del Cardenal, luego de ver su primer capítulo, por lo que estas líneas deben ser tenidas como pensamientos en voz alta. Como interrogantes que se dilucidarán cuando conozcamos el tramado en su totalidad. A lo largo de las semanas veremos si a los conceptos de víctima y miedo, se suman las de militancia y proyecto histórico. Por el momento, agradecemos a Televisión Nacional de Chile por poner al aire Los archivos del Cardenal, porque renueva nuestras razones para conversar, reflexionar y debatir sobre nuestro pasado reciente y, porque llega en un momento de nuestra historia en el cual las calles se llenan de gritos y colores, por la emergencia de luchas contra el orden construido por la dictadura, potenciado por los gobiernos de la Concertación y radicalizado y legitimado por el actual gobierno. Es la reflexión sobre nuestro pasado-presente, unida a la acción política y social las que coadyuvan a la destrucción del miedo y nos permiten proyectar un mejor futuro.

Luis Pino Moyano.


[1] “Carlos Larraín pataleó en La Moneda por ‘Los archivos del Cardenal’”. The Clinic. 13 de julio de 2011. Disponible en: http://www.theclinic.cl/2011/07/13/carlos-larrain-pataleo-en-la-moneda-por-los-archivos-del-cardenal/ (revisada el 22 de julio de 2011).

[2] Bourdieu, Pierre. Sobre la televisión. Barcelona, Editorial Anagrama, 1997, p. 53.

Informe Valech: Perspectiva desde la historia.

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por Gabriel Salazar

No hay duda que el dramático testimonio de 28.000 chilenos torturados (que pudieron ser 100.000 si hubieran declarado todos los que vivieron de un modo u otro esa experiencia) en casi 1.200 recintos bajo control militar o policial, es una verdad que está siendo diluida al lado de afuera de la historia.

Recortar, parcelar, ocultar partes o toda la memoria de esas violaciones, es un crimen cívico que más tarde o más temprano verá renacer, en actitud justiciera, la memoria de los hechos. Pues el recuerdo colectivo de los crímenes contra el pueblo puede adormecerse, pero nunca extinguirse. Del Informe Valech han dicho diversos personeros públicos –con solemnes ademanes de autoridad– que tiene gran valor “ético”, pero ningún valor “judicial”. Lo cual equivale a decir que, según lo primero, ese Informe tiene virtudes que son, en cierto modo, anestésicas (tranquiliza conciencias de superficie) y que, de acuerdo a lo segundo, carece de utilidad práctica para hacer justicia (implicando que la única justicia es la que dictaminan los jueces).

Se comprende que, al convertir el Informe Valech en una verdad puramente ‘ética’, se le catapulta a la alta esfera de los valores trascendentales, donde, en medio de gestos compungidos, se podrían extinguir o sublimar las responsabilidades concretas que en ese Informe se denuncian. Y que, por otro lado, al aplicarle el trámite de la trabajosa verdad ‘judicial’, se le reduce a un gesto sin capacidad para producir sentencias y penalidades. Por un lado o por otro, por tanto, el Informe Valech está siendo empujado para entrar en la posteridad sólo como una elegante invitación para reconocer vagas responsabilidades ‘institucionales’ (general Cheyre), o anónimas responsabilidades ‘individuales’ (jefe de la Armada), o para emitir ‘mea culpas’ a nombre de la humanidad (políticos), o exhortaciones a dolerse de víctimas y victimarios (jefe de la Iglesia Católica), o dignos lavados de manos para quedar libres de toda “connivencia” (Corte Suprema).

No hay duda que el dramático testimonio de 28.000 chilenos torturados (que pudieron ser 100.000 si hubieran declarado todos los que vivieron de un modo u otro esa experiencia) en casi 1.200 recintos bajo control militar o policial, es una verdad que está siendo diluida al lado de afuera de la historia. Que está siendo despojada, en esencia, de su historicidad. Más aun: de su contenido político. ¿Y a nombre de qué? ¿A nombre, acaso, de los derechos humanos y soberanos de la ciudadanía? ¿O a nombre del encubrimiento y salvaguarda de los poderes fácticos que han modelado y controlado (y siguen controlando) el destino de la Nación?

¿Por qué, incluso, se pretende mantener oculto por 50 años los nombres de los que torturaron por sus propias manos y de los que, por su propia mente, permitieron y supervisaron la aplicación sistemática de la técnica política y militar de torturar? ¿Por qué publicar la verdad relativa a la víctima y no la relativa al victimario, por qué cercenar una verdad en la que están unidos ambos, los dos, indisolublemente, en los hechos, en los significados y en la posteridad?

Los testimonios recogidos en el Informe Valech, además de su valor ético o judicial, tienen el enorme valor de ser testimonios ciudadanos y, como tales, son testimonios nacionales. Y éstos no se validan sólo en ámbito ilimitado de lo ético o en el ámbito limitado de lo judicial, sino en el ámbito dinámico y expansivo de lo histórico y, sobre todo, de lo político.

Los historiadores sabemos que las certezas ciudadanas constituyen verdades históricas. Y que los testimonios del Informe Valech tienen ese carácter, lo prueba el hecho de que nadie ha osado dudar de ellos. Todos han debido desfilar ante ellos y reverenciar su verdad, pues ésta tiene la majestad soberana de la memoria histórica. Por esto, da lo mismo que sirvan para alimentar procesos judiciales o no (sin embargo, su contenido de verdad colectiva debiera tener peso judicial), porque su destino real es activar procesos históricos y políticos, que es donde se ejercitan los derechos de todos y adquiere sentido real la soberanía ciudadana (que a su vez está por encima de toda ley positiva, venga ésta de un consenso ciudadano previo, o de mano de un dictador).

Por esto mismo, es un delito de lesa soberanía asumir los testimonios nacionales por parcialidades, doliéndose junto a las víctimas pero apartando y ocultando a los victimarios carnales y políticos, individuales e institucionales, que violaron los derechos humanos y ciudadanos. Recortar, parcelar, ocultar partes o toda la memoria de esas violaciones, es un crimen cívico que más tarde o más temprano verá renacer, en actitud justiciera, la memoria de los hechos. Pues el recuerdo colectivo de los crímenes contra el pueblo puede adormecerse, pero nunca extinguirse.

¿Y cuáles podrían ser las tareas históricas y políticas que se desprenden de los testimonios ciudadanos del Informe Valech? Tentativamente, tres: 1) dejar a la luz, plenamente expuestos, a todos los responsables materiales y políticos de las violaciones cometidas a los derechos humanos y ciudadanos de los chilenos; responsables individuales e institucionales (las instituciones no son otra cosa que un conjunto de individuos que administran un mismo estatuto, que ellos mismos u otros han establecido); 2) juzgar cívica, histórica y políticamente a las instituciones involucradas en esas violaciones: las Fuerzas Armadas, el Poder Judicial, la clase política y otras agencias con poder fáctico, que no sólo desde 1973, sino desde el siglo XIX, han venido actuando no para desplegar la soberanía ciudadana y la unidad de los chilenos, sino para limitarla y victimizar a unos en beneficio de otros; 3) potenciar en todos sus aspectos el poder ciudadano, a objeto de controlar, juzgar y sustituir permanentemente las instituciones y los individuos que no actúen en línea con la verdadera voluntad, necesidades e intereses de la comunidad nacional.

El Informe Valech, en tanto testimonio histórico ciudadano, no puede ser administrado sólo por las instituciones del Estado. Ni por los mismos poderes que en ese Informe se denuncian y que hoy, reverenciándose los unos a los otros, tratan de escamotear de ese Informe su proyección histórica y política (el “mea culpa” implica, para las víctimas, deshistorizar el pasado, y su par: el “nunca más”, deshistorizar el presente). Se trata de la verdad histórica de la sociedad civil, que debe ser asumida por ésta, y por nadie más.

La Historia de Chile indica que este Informe es una oportunidad para que esa sociedad civil, el pueblo mismo, comience a romper la ya excesivamente larga tradición según la cual los poderes fácticos son los únicos que pueden administrar (regular, recortar, ocultar, escamotear) las verdades contenidas en la memoria histórica de la gran mayoría de los chilenos.

Gabriel Salazar. Historiador y vicepresidente del área identidad cultural de Corporación Representa.

Tomado de El Mostrador.

Discurso del general Augusto Pinochet en cerro Chacarillas con ocasión del día de la juventud el 9 de julio de 1977.

Al celebrarse hoy el Día de la Juventud que instituyéramos hace dos años en este mismo lugar, retorno a él con renovada fe en el futuro de Chile.

Concurro así a la invitación que me ha formulado el Frente Juvenil de Unidad Nacional, que también celebra en esta noche el segundo aniversario de su creación, como un movimiento propio y responsable de la juventud chilena, que quiso identificar su compromiso con la defensa y proyección histórica del 11 de septiembre, uniéndolo a aquel imperecedero ejemplo de patriotismo que representa la inmolación de los 77 héroes juveniles de La Concepción.

Mi corazón de viejo soldado revive con profunda emoción el coraje insuperable de Luis Cruz Martínez y de los otros 76 jóvenes chilenos, que junto a él, en plena soledad de la sierra peruana, supieron demostrar con la entrega de sus vidas, que nuestra Patria y los valores permanentes del espíritu están por encima de cualquier sacrificio personal que su defensa pueda demandar.

Mi espíritu de Presidente de la República se llena de justificada esperanza, al contemplar que la juventud de hoy ha sabido descubrir el sello de eternidad y de exigencia que encierra para las generaciones siguientes la sangre que nuestros mártires derramaron pensando en la grandeza futura de Chile.

Como muy bien lo señaláis en el lema que habéis escogido, ellos murieron porque soñaban en una Patria libre, unida, grande y soberana. Convertir ese ideal en la más plena realidad posible, efectivamente es y será vuestra obra. Abriros diariamente el surco para que podáis emprender y proseguir esa tarea, es en cambio la difícil e irrenunciable misión que Dios y la historia han colocado sobre nuestros hombros.

Hace muy poco, de nuevo el pueblo chileno supo reeditar durante tres años de heroica lucha en contra de la inminente amenaza de totalitarismo comunista, aquel supremo grito de guerra de la Batalla de la Concepción: “Los chilenos no se rinden jamás”. Y cuando acudiendo al llamado angustioso de nuestra ciudadanía, las Fuerzas Armadas y de Orden, decidieron actuar el 11 de septiembre de 1973, nuevamente nuestra tierra fue regada por la sangre de muchos de nuestros hombres, que cayeron luchando por la liberación de Chile.

Quedaba de este modo en evidencia que el temple de nuestra raza y la fibra de nuestra nacionalidad para defender la dignidad o la soberanía de nuestra patria no habían muerto ni podrían morir jamás, porque son valores morales que se anidan en el alma misma de la chilenidad. Hoy, volvemos a enfrentar una lucha desigual, contra una acción foránea de diversos orígenes y tonalidades, que a veces adopta la forma de la agresión enemiga, y que en otras ocasiones se presenta bajo el rostro de una presión amiga.

En ese complejo cuadro, Chile continuará actuando con la prudencia y mesura que tradicionalmente han caracterizado nuestra política internacional, aun en horas muy difíciles. Nuestra colaboración hacia los organismos internacionales y nuestro diálogo franco y leal con los países y Gobiernos amigos seguirán comprometiendo los mejores esfuerzos y la más amplia buena voluntad de parte nuestra. Pero por ningún motivo permitiremos que dicha actitud se confunda con debilidad o vacilación ante quienes pretendan dictarnos desde el exterior, el camino que debemos seguir, ya que su determinación es de exclusivo resorte de nuestra soberanía interna.

Por esta razón, dispuse recientemente que renunciáramos a la solicitud de un crédito externo, cuyo otorgamiento pretendió condicionarse públicamente a un examen de un Gobierno extranjero acerca de la evolución de nuestra situación en materia de derechos humanos. Estoy cierto de que en esta actitud me acompaña el país entero, porque si hay algo que todo chileno de verdad tiene muy en claro es que la dignidad de nuestra patria no se transa ni se hipoteca ante nada ni frente a nadie.

Desbordes del imperialismo ya superados.

Quienes pretenden doblegarnos con presiones o amenazas foráneas, se equivocan rotundamente, y sólo verán crecer una cohesión interna que siempre se agiganta ante la adversidad. Quienes, por su parte pretenden desde el interior aliarse con estos desbordes internacionales que parecieran revivir formas de imperialismo que creíamos ya superadas en el Occidente, sólo logran retratarse mejor en sus ambiciones sin freno, y hacerse acreedores al justo desprecio del pueblo chileno.

Menos aceptable son todavía los intentos de intervención foránea cuando la causa que se invoca para ella es una supuesta defensa de los derechos humanos.

Nuestra historia y nuestra idiosincrasia se han forjado en el respeto a la dignidad del hombre. Sólo una amarga experiencia reciente, que estuvo a punto de conducirnos a la guerra civil, nos ha hecho comprender que los derechos humanos no pueden sobrevivir en un régimen político y jurídico que abre campo a la agresión ideológica del marxismo-leninismo, hoy al servicio del imperialismo soviético, o a la subversión terrorista, que convierte a la convivencia social en una completa anarquía.

Resulta incomprensible que toda restricción a determinados derechos de las personas se enjuicie como una presunta transgresión de los derechos humanos, mientras que la actitud débil o demagógica de muchos gobiernos frente al terrorismo no merezca reparo alguno en la materia, aun cuando es evidente que ella se traduce en una complicidad por omisión, con una de las formas más brutales de violación de los derechos humanos.

Es posible que nuestro enfoque más amplio y profundo en esta materia sea difícil de comprender para quienes no han vivido un drama como el nuestro. He ahí, en cambio, la razón por la cual las limitaciones excepcionales que transitoriamente hemos debido imponer a ciertos derechos, han contado con el respaldo del pueblo y de la juventud de nuestra Patria, que han visto en ella el complemento duro pero necesario para asegurar nuestra Liberación Nacional, y proyectar así amplios horizontes de paz y progreso para el presente y el futuro de Chile. La juventud se ha destacado por su comprensión visionaria hacia la exigencia histórica que afrontamos en el sentido de dar vida a un Nuevo Régimen político institucional.

Es por ello que, al cumplir el Frente Juvenil dos años de vida, siento el deber de expresar que, respetando el carácter plenamente autónomo e independiente de este movimiento, el Gobierno que preside aprecia debidamente los importantes avances que aquel ha ido logrando en su misión de unir a la juventud chilena en cursos humanos, geográficos y económicos; con el 11 de septiembre y con la nueva institucionalidad que a partir de esa fecha está surgiendo. De ahí que haya escogido esta noche, que ya se identifica con la juventud de nuestra Patria, para señalar públicamente los pasos fundamentales que hemos delineado para avanzar en el proceso institucional del país. Nada me parece más apropiado que hacerlo en un acto juvenil, ya que seréis vosotros, jóvenes chilenos, los responsables de dar continuidad a la tarea en que estamos empeñados y los más directos beneficiados con el esfuerzo que en ella ha puesto desde su inicio, el país entero.

Frente al éxito ya perceptible del plan económico, el progreso en las medidas de orden social, y el orden y la tranquilidad que hoy brindan una vida pacífica a nuestros compatriotas, la atención pública se ha centrado ahora en mayor medida en nuestro futuro jurídico-institucional. Las sanas inquietudes de la juventud y de otros sectores nacionalistas por una participación cada vez mayor se inserta en esa realidad.

Para un adecuado enfoque de este problema, es conveniente reiterar una vez más, que el 11 de septiembre no significó sólo el derrocamiento de un Gobierno ilegítimo y fracasado, sino que representó el término de un régimen político-institucional definitivamente agotado, y el consiguiente imperativo de construir uno nuevo.

No se trata pues de una tarea de mera restauración sino de una obra eminentemente creadora, sin perjuicio de que dicha creación para ser fecunda debe enraizarse en los signos profundos de nuestra auténtica y mejor tradición nacional.

Nuestra democracia.

Ello nos señala el deber de caminar por el sendero del Derecho, armonizando siempre la flexibilidad en la evolución social con la certeza de una norma jurídica objetiva e impersonal, que obligue por igual a gobernantes y gobernados. En esa perspectiva, advertimos nítidamente que nuestro deber es dar forma a una nueva democracia que sea autoritaria, protegida, integradora tecnificada y de auténtica participación social, características que se comprenden mejor cuando el individuo se despoja de su egolatría, ambición y egoísmo.

Una democracia es autoritaria, en cuanto debe disponer un orden jurídico que asegure los derechos de las personas, con una adecuada protección de los Tribunales de Justicia independientes y dotados de imperio para hacer cumplir sus resoluciones.

Protegida, en cuanto debe afianzar como doctrina fundamental del Estado de Chile el contenido básico de nuestra Declaración de Principios, reemplazando el Estado liberal clásico, ingenuo e inerme, por uno nuevo que esté comprometido con la libertad y la dignidad del hombre y con los valores esenciales de la nacionalidad. Consiguientemente, todo atentado en contra de estos principios, cuyo contenido se ha ido precisando en las Actas Constitucionales vigentes, se considera por éstas como un acto ilícito y contrario al ordenamiento institucional de la República. La libertad y la democracia no pueden sobrevivir si ellas no se defienden de quienes pretenden destruirlas.

Integradora, en cuanto debe robustecer el Objetivo Nacional y los Objetivos permanentes de la Nación, para que por encima de legítimas divergencias en otros aspectos más circunstanciales, los sucesivos Gobiernos tengan en el futuro la continuidad esencial que les ha faltado en el pasado. De ahí debe brotar un poderoso elemento de unidad de la gran familia chilena, a la cual se ha pretendido sistemáticamente disgregar por tanto tiempo, impulsando una lucha de clases que no existe y no debe existir.

Tecnificada, en cuanto al vertiginoso progreso científico y tecnológico del mundo contemporáneo, no puede ser ignorado por las estructuras jurídicas, resultando en cambio indispensable que se incorpore la voz de los que saben al estudio de las decisiones. Sólo ello permitirá colocar la discusión en el grado y nivel adecuados, reducir el margen de debate ideológico a sus justas proporciones, aprovechar el aporte de los más capaces, y dar estabilidad al sistema.

De auténtica participación social, en cuanto a que sólo es verdaderamente libre una sociedad que, fundada en el principio de subsidiariedad, consagra y respeta una real autonomía de las agrupaciones intermedias entre el hombre y el Estado, para perseguir sus fines propios y específicos. Este principio es la base de un cuerpo social dotado de vitalidad creadora, como asimismo de una libertad económica que, dentro de las reglas que fija la autoridad estatal para velar por el bien común, impida la asfixia de las personas por la férula de un Estado omnipotente. Estamos frente a una tarea que, por su naturaleza y envergadura, debe ser gradual. De este modo, nos alejamos por igual de dos extremos: el del estancamiento, que más tarde o más temprano siempre conduce los procesos sociales a rupturas violentas, y el de la precipitación, que traería consigo la rápida destrucción de todo nuestro esfuerzo, el retorno del régimen anterior con sus mismos hombres y vicios y, muy pronto, un caos similar o peor al que vivimos durante el Gobierno marxista.

Las etapas.

El proceso concebido en forma gradual contempla tres etapas: la de recuperación, la de transición y la de normalidad o consolidación. Dichas etapas se diferencian por el diverso papel que en ellas corresponde a las Fuerzas Armadas y de Orden, por un lado, y a la civilidad, por el otro. Asimismo, se distinguen por los instrumentos jurídico-institucionales que en cada una de ellas deben crearse o emplearse.

En la etapa de recuperación el Poder Político ha debido ser integralmente asumido por las Fuerzas Armadas y de Orden, con colaboración de la civilidad, pero en cambio, más adelante, sus aspectos más contingentes serán compartidos con la civilidad, la cual habrá de pasar así de la colaboración a la participación.

Finalmente, entraremos en la etapa de normalidad o consolidación, el Poder será ejercido directa y básicamente por la civilidad, reservándose constitucionalmente a las Fuerzas Armadas y de Orden el papel de contribuir a cautelar las bases esenciales de la institucionalidad, y la seguridad nacional en sus amplias y decisivas proyecciones modernas.

Hoy nos encontramos en plena etapa de recuperación, pero estimo que los progresos que en todo orden estamos alcanzando, nos llevan hacia la de transición.

Durante el período que falta de la etapa de recuperación, será necesario completar la dictación de Actas Constitucionales, en todas aquellas materias de rango constitucional aún no consideradas por ellas, como también de algunas leyes trascendentales, como de seguridad, trabajo, previsión, educación y otras que se estudiarán en forma paralela. De esta manera, quedará definitivamente derogada la Constitución de 1925, que en sustancia ya murió, pero que jurídicamente permanece vigente en algunas pequeñas partes, lo que no resulta aconsejable.

Simultáneamente, deberán revisarse las Actas Constitucionales ya promulgadas, en aquellas materias donde su aplicación práctica hubiere demostrado la conveniencia de introducir ampliaciones, modificaciones o precisiones.

La culminación de todo este proceso de preparación y promulgación de las actas constitucionales, que continuará desarrollándose progresivamente desde ahora, estimo que deberá en todo caso estar terminado antes del 31 de diciembre de 1980, ya que la etapa de transición no deberá comenzar después de dicho año, coincidiendo su inicio con la plena vigencia de todas las instituciones jurídicas que las actas contemplen.

Entre las referidas actas constitucionales, ocupa un lugar prioritario la que habrá de regular el ejercicio y la evolución de los Poderes Constituyente, Legislativo y Ejecutivo. Para orientar en esta materia a la Comisión de Estudios de la Nueva Constitución, el Presidente que os habla entregará próximamente ciertas directrices fundamentales que permitan a dicha comisión preparar el anteproyecto pertinente, para su posterior consulta al Consejo de Estado, antes del pronunciamiento final que corresponderá a la Junta de Gobierno.

Dichas orientaciones para el esquema que deberá regir en la etapa de transición son principalmente las siguientes:

– El Poder Constituyente deberá permanecer siendo ejercido por la Junta de Gobierno. Sin embargo, él se ejercerá normalmente con previa consulta al Consejo de Estado.

– El Poder Ejecutivo deberá permanecer siendo ejercido por el Presidente de la Junta de Gobierno, en calidad de Presidente de la República, y con las facultades de que hoy está investido.

– El Poder Legislativo, de acuerdo a la tradición nacional, deberá tener dos colegisladores: el Presidente de la República y una Cámara Legislativa o de Representantes, como se podría denominar, sin perjuicio de las facultades legislativas que, en esta etapa de transición, deberá mantener la Junta de Gobierno, en carácter extraordinario.

Estas autoridades deberán comprender, por una parte, el derecho de cada uno de sus integrantes a presentar proyectos de ley a través de la Presidencia de la República, y por la otra, la facultad de solicitar, antes de la promulgación de cualquier ley, que su texto sea revisado por la Junta de Gobierno. En este último caso, si en la Junta prevaleciera la opinión de que un precepto atenta contra la Seguridad Nacional, éste no podrá ser promulgado. Se trata de un veto absoluto, destinado a operar en los casos en que la Junta de Gobierno lo interponga, a petición de cualquiera de sus miembros, diferenciándose así del veto ordinario del Presidente de la República frente a la Cámara Legislativa.

Por su parte, y tal como lo expusiera el 18 de marzo pasado, la Cámara Legislativa o de Representantes deberá tener una composición mixta: un tercio de sus miembros habrá de corresponder a personalidades de alto relieve nacional, que la integrarán por derecho propio o por designación presidencial, y los otros dos tercios restantes, serán representantes de Regiones o agrupaciones de Regiones, en una cantidad proporcional al número de sus habitantes.

En cuanto a la legislación ordinaria, se deberán contemplar sistemas de iniciativa de las leyes, de veto presidencial y otros, que eviten los excesos demagógicos que caracterizaron a los últimos períodos de nuestro anterior Parlamento.

Especial importancia cabe atribuir a que la Cámara Legislativa cuente con Comisiones Técnicas, en que participen establemente, con derecho a voz, las personas más calificadas en el plano científico, técnico y profesional en las diversas materias.

La instalación de esta Cámara Legislativa deberá realizarse durante el año 1980 y para su primer período, cuya duración será de 4 ó 5 años, dado que no es factible la realización de elecciones, los representantes de las Regiones habrán de ser designados por la Junta de Gobierno.

Posteriormente, en cambio, dichos representantes regionales se elegirán ya por sufragio popular directo, de acuerdo a sistemas electorales que favorezcan la selección de los más capaces, y que eviten que los partidos políticos vuelvan a convertirse en máquinas monopólicas de la participación ciudadana.

Constituida la Cámara Legislativa en este período, es decir, con dos tercios de sus miembros elegidos popularmente, deberá corresponder a la propia Cámara el designar al ciudadano que a partir de esa fecha desempeñará el cargo de Presidente de la República por un período de seis años.

Simultáneamente con lo anterior, que implicará el paso de la etapa de transición a la de consolidación, corresponderá aprobar y promulgar la nueva Constitución Política del Estado, única y completa, recogiendo como base la experiencia que arroje la aplicación de las Actas Constitucionales. La etapa de transición servirá así para culminar los estudios del proyecto definitivo de la nueva Carta Fundamental.

Al bosquejar este plan general ante el país, el Gobierno cree cumplir con su misión de esclarecer las líneas básicas sobre las cuales anhela desarrollar nuestra evolución institucional próxima, durante la cual también será necesario intensificar la elaboración y consagración jurídica de las nuevas formas de participación social, tanto de carácter gremial o laboral, como estudiantil, profesional, vecinal y de las demás expresiones ciudadanas en general.

Jóvenes chilenos:

La posibilidad de materializar integralmente este plan está sujeta a la condición de que el país siga presentando los signos positivos que nos han permitido avanzar hasta la fecha. Para ello se requiere indispensablemente el concurso patriótico de toda la ciudadanía, y muy especialmente, el idealismo generoso de la juventud, que debe encender de mística nuestro camino hacia el futuro.

No ignoro que se levantarán muchos escollos, ambiciones y personalismos, que de mil maneras pretenderán impedir nuestra marcha, y hacernos volver hacia atrás, donde sólo nos esperarían las penumbras de la esclavitud. Pero estoy seguro de que la luz que emerge al final de nuestra ruta será siempre más fuerte y más luminosa, y por encima de todo, confío plenamente en Dios, en el pueblo de Chile, y en nuestras Fuerzas Armadas y de Orden que, con patriotismo, hoy guían sus destinos.

Mis queridos jóvenes:

El futuro de Chile está siempre en vosotros, cuya grandeza estamos labrando.

Bando Nº 5 de la Junta Militar de Gobierno, 11 de septiembre de 1973.

Teniendo presente:

1º Que el gobierno de Allende ha incurrido en grave ilegitimidad demostrada al quebrantar los derechos fundamentales de libertad de expresión, libertad de enseñanza, derecho de reunión, derecho de huelga, derecho de petición, derecho de propiedad y derecho en general, a una digna y segura subsistencia;

2º Que el mismo gobierno ha quebrantado la unidad nacional, fomentando artificialmente una lucha de clases estéril, y en muchos casos cruenta, perdiendo el valioso aporte que todo chileno podría hacer en búsqueda del bien de la Patria, y llevando a una lucha fratricida y ciega, tras ideas extrañas a nuestra idiosincrasia, falsas y probadamente fracasadas.

3º Que el mismo gobierno se ha mostrado incapaz de mantener la convivencia entre los chilenos al no acatar ni hacer cumplir el Derecho, gravemente dañado en reiteradas ocasiones;

4° Que, además, el gobierno se ha colocado al margen de la Constitución en múltiples oportunidades, usando arbitrios dudosos e interpretaciones torcidas e intencionadas, o en forma flagrante en otras, las que por distintos motivos han quedado sin sanción;

5° Que, asimismo, usando el subterfugio que ellos mismos han denominado “resquicios legales”, se han dejado leyes sin ejecución, se han atropellado otras y se han creado situaciones de hecho ilegitimas desde su origen;

6º Que, también, reiteradamente ha quebrado el mutuo respeto que se deben entre si los Poderes de Estado, dejando sin efecto las decisiones del Congreso Nacional, del Poder Judicial y de la Contraloría Ge­neral de la República, con excusas inadmisibles o sencillamente sin explicaciones;

7º Que el Poder Ejecutivo se ha extralimitado en sus atribuciones en forma ostensible y deliberada, procurando acumular en sus manos la mayor cantidad de poder político y económico, en desmedro de actividades nacionales vitales y poniendo en grave peligro todos los derechos y libertades de los habitantes del país;

8º Que el Presidente de la República ha mostrado a la faz del país que su autoridad personal esta condicionada a las decisiones de comités y directivas de partidos políticos y grupos que le acompañan, perdiendo la imagen de máxima autoridad que la Constitución le asigna, y. por tanto, el carácter presidencial del gobierno;

9º Que la economía agrícola, comercial e indus­trial del país se encuentra estancada o en retroceso y la inflación en acelerado aumento, sin que se vean indicios, siquiera, de preocupación por esos problemas, los que están entregados a su sola suerte por el gobierno, que aparece como un mero espectador de ellos;

10º Que existe en el país anarquía, asfixia de li­bertades, desquiciamiento moral y económico y, en el gobierno, una absoluta irresponsabilidad o incapacidad que han desmejorado la situación de Chile impidiendo impidiendo al puesto que por vocación le corresponde, dentro de las primeras naciones del continente;

11º Que todos los antecedentes consignados en los números anteriores son suficientes para concluir que están en peligro la seguridad interna y externa del país, que se arriesga la subsistencia de nuestro Estado independiente y que la mantención del gobierno es inconveniente para los altos intereses de la República y de su Pueblo Soberano;

12º Que estos mismos antecedentes son, a la luz de la doctrina clásica que caracteriza nuestro pensamiento histórico, suficientes para justificar nuestra intervención para deponer al gobierno ilegitimo, inmoral y no representativo del gran sentir nacional, evitando así los mayores males que el actual vacío del poder pueda producir, pues para lograr esto no hay otros medios razonablemente exitosos, siendo nuestro propósito restablecer la normalidad económica y social del país, la paz, tranquilidad y seguridad perdidas;

13º Por todas las razones someramente expuestas, las Fuerzas Armadas han asumido el deber moral que la Patria les impone de destituir al gobierno que, aunque inicialmente legitimo, ha caído en la ilegitimidad flagrante, asumiendo el Poder por el solo lapso en que las circunstancias lo exijan, apoyado en la evidencia del sentir de la gran mayoría nacional, lo cual de por si, ante Dios y ante la Historia, hace justo su actuar y, por ende, las resoluciones, normas e instrucciones que se dicten para la consecución de la tarea de bien común y de alto interés patriótico que se dispone cumplir, y

14º En consecuencia, de la legitimidad de estas normas se colige su obligatoriedad para la ciudadanía, las que deberán ser acatadas y cumplidas por todo el país y especialmente por las autoridades.

FIRMADO. JUNTA DE GOBIERNO DE LAS FUERZAS ARMADAS Y CARABINEROS DE CHILE.