Cristianismo, Socialismo y Revolución. El Movimiento Cristianos por el Socialismo (Chile, 1971-1973).

 

Reunión de Fidel Castro, en su visita a Chile, con los 80 sacerdotes de Cristianos por el Socialismo. Fotografía tomada de la revista Punto Final. Año VI, Nº 146, martes 7 de diciembre de 1971, p. 51.

Reunión de Fidel Castro, en su visita a Chile, con los 80 sacerdotes de Cristianos por el Socialismo. Fotografía tomada de la revista Punto Final. Año VI, Nº 146, martes 7 de diciembre de 1971, p. 51.

 

RESUMEN.

Este artículo presenta un análisis, desde el estudio de los Nuevos Movimientos Sociales, sobre Cristianos por el Socialismo, durante los años 1971 a 1973. La lectura que se hace de este movimiento, que es expresión del diálogo cristiano-marxista, centra su mirada en los elementos que constituyen un movimiento social: el cambio social al que se aspira, las estructuras de movilización, las oportunidades y restricciones políticas, y los marcos de acción colectiva.

PALABRAS CLAVES: Cristianismo, marxismo, nuevos movimientos sociales, revolución.

El artículo puede leerse acá.

 

Teoría, violencia política y romanticismo revolucionario de la mano en la construcción de poder popular (1965-1974). Algunas reflexiones en torno al Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR).

Miguel y Edgardo.

Resumen del Trabajo: A lo largo de la historia de izquierda chilena se han manifestado una serie de contradicciones y convergencias. En este vivir en tensión, emerge a la escena política el M.I.R. Esta ponencia presentará un análisis, enmarcado en la primera etapa de este partido político (1965-1974), promoviendo una relectura del pensamiento mirista, de su praxis política y, del “fuego vital” que empapaba y empoderaba a estos sujetos revolucionarios. Propongo una lectura del M.I.R. desde una perspectiva política y culturalista, lo que nos permitirá entenderlo, no sólo como un partido de férrea línea ideológica, sino como una comunidad de sujetos “amantes de la vida” que soñaron, trabajaron y lucharon por la construcción de un país mejor.

Esta ponencia fue presentada en la Primera Jornada de Historia de las Izquierdas en Chile, Izquierda y Construcción Democrática el 26 de Agosto de 2008, organizada por la Universidad de Santiago de Chile, el Instituto de Estudios Avanzados USACH, el Instituto de Ciencias Alejandro Lipschutz, la Universidad ARCIS, la Universidad Academia de Humanismo Cristiano y la Universidad Cardenal Silva Henríquez.

 

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Esa comunidad imaginada llamada Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas.

lenin en fabricas

Siempre cuando se habla de Revolución, se está dando cuenta, explícita o implícitamente, de una “ruptura” que separa “lo antiguo” de “lo nuevo”. Se niega públicamente lo pasado. Pero sucede que, inclusive, en dicha negación se arrastran elementos de lo antiguo. Toda revolución tiene algo de continuidad, por más reaccionaria que suene la frase. El problema radica en que los revolucionarios no tienen presente, a lo menos en términos discursivos, esta realidad. Ante eso, decimos que, claramente, el comunismo presupone el “fin de la historia”. Pero, ¿qué fin? ¿Uno que se prolongue ad aeternum? No. Es el fin de la historia, que da paso a la construcción de una “nueva historia”. Esa construcción nueva, en tanto “superación dialéctica”, no presupone el fin de las contradicciones. Y qué mejor ejemplo que el de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (desde aquí en adelante URSS).

La Revolución Rusa, iniciada en a comienzos del siglo XX, de la cual emerge y asciende poderosamente la facción bolchevique, que a la sazón era una minoría en el sector revolucionario. Ahí la capacidad de liderazgo de Vladimir Ilich Uliánov Lenin, para conducir el proceso revolucionario, a partir de la creación de una vanguardia. En el mítico octubre de 1917, que según Hobsbawm da inicio al “siglo corto”, se asalta el poder y se remueve el gobierno de Kerensky, iniciando un proceso de guerra civil hasta 1921. Lamentablemente, Lenin sufre un atentado en 1922, lo que llevó a su desaparición pública hasta 1924. De ahí hasta 1926 se produjera una pugna interna por la sucesión entre Trotsky y Stalin, con las consecuencias sabidas por todos. Se consolida el bolchevismo, de aquí hasta la década de los ’40, bajo la égida de Stalin. En 1936 se dicta una constitución que consolida el régimen, pero sustituye elementos fundamentales del modelo anterior. Sobre todo, con la sustitución de la organización fundamental: el soviet, esa asamblea compartimentada de obreros, campesinos y soldados, era la que daba unidad y base en torno a la cual se articula el movimiento popular. Gramsci decía sobre esto: “Este nuevo gobierno es la dictadura del proletariado industrial y de los campesinos pobres, que debe ser el instrumento de la supresión sistemática de las clases explotadoras y de su expropiación. El tipo de Estado proletario no es la falsa democracia burguesa, forma hipócrita de la dominación oligárquica financiera, sino la democracia proletaria, que realizará la libertad de las masas trabajadoras; no el parlamentarismo, sino el autogobierno de las masas a través de sus propios órganos electivos; no la burocracia de carrera, sino órganos administrativos creados por las propias masas, con participación real de las masas en la administración del país y en la tarea socialista de construcción. La forma concreta del Estado proletario es el poder de los Consejos y de las organizaciones similares”[1]. La dictadura del proletariado es sustituida por la dictadura de la vanguardia o, más específicamente, la dictadura del “sol rojo”: Stalin. Más adelante, traeremos a colación éste tópico.

Debemos partir de la idea que toda idea de nación emana del constructo moderno. El marxismo, también emana de dicho constructo. Lo pone en sospecha, para ocupar la conceptualización de Ricoeur, pero conserva uno de sus principales elementos: el discurso teleológico: la idea del cambio social y la instauración de un “nuevo orden”. A pesar de ello, el marxismo no hizo estudios concienzudos en relación al tema del nacionalismo. Uno de los autores que dedica un espacio de reflexión en torno al nacionalismo es, precisamente, Stalin. Él señala: “Nación es una comunidad humana estable, históricamente formada y surgida sobre la base de la comunidad de idioma, de territorio, de vida económica y de psicología, manifestada ésta en la comunidad de cultura”[2]. La definición es bastante completa. El hecho de plantearla, en términos teóricos, como una comunidad. Hay una serie de elementos comunes que confluyen en la cultura. Dicha construcción es histórica, en tanto obedece a un proceso dinámico, que busca la permanencia, pero que no es su carácter. Esa formación histórica es, por antonomasia, dinámica. Una de las maneras bajo la cual la construcción nacional puede conservarse es mediante el derecho de autodeterminación de los pueblos. Señala que ése es el punto indispensable para resolver la cuestión nacional. Dijo: “La nación tiene derecho a organizarse sobre la base de la autonomía. Tiene derecho incluso a separarse. Pero eso no significa que deba hacerlo bajo cualesquiera condiciones, que la autonomía o la separación sean siempre y en todas partes ventajosas para la nación, es decir, para la mayoría de ella, es decir, para las capas trabajadoras”[3]. Esto que suena bien, conlleva a la negación de uno de los principios fundamentales del marxismo: el internacionalismo. Marx y Engels darían cuenta de que el capitalismo era el resultado de una clase, como la burguesía, la cual era de carácter universal. Por ende, la explotación, es de carácter universal. La derrota de dicho sistema, para que se perpetúe, no puede proyectarse en términos locales. Los proletarios del mundo deben unirse para derrotar al enemigo apátrida (en el imperio no se pone nunca el sol). Stalin, a través de lo que eufemísticamente se dio en llamar “coexistencia pacífica”, hizo que la revolución se quedara en Rusia y no se proyectara a nivel internacional. Si la URSS intervino en otros países, lo hizo en aquellos que funcionaron como sus satélites. Pero no acudió en defensa de los procesos revolucionarios de otros países, ni en apoyo de los proyectos de revolución. Eso, conllevó el repudio de distintas organizaciones de izquierda en el mundo, y a que, países como China y Albania rompieran relaciones con la URSS por considerarla “poco comunista”. Trotsky señalaba: “La perspectiva de la revolución permanente puede resumirse en estas palabras: la victoria total de la revolución democrática en Rusia es inconcebible de otra manera que a través de la dictadura del proletariado apoyada en el campesinado. La dictadura del proletariado, que inevitablemente pondrá a la orden del día no sólo tareas democráticas sino también socialistas, dará al mismo tiempo un poderoso impulso a la revolución socialista internacional. Sólo el triunfo del proletariado en Occidente evitará la restauración burguesa y permitirá construir el socialismo hasta sus últimas consecuencias”[4]. Dicha revolución, de carácter permanente, fue negada por el régimen de Stalin. Trotsky planteó: “En este sentido es imposible no reconocer que la concepción de la revolución permanente ha pasado bien el examen de la historia. Durante los primeros años del régimen soviético nadie la negó expresamente; por el contrario, se la aceptaba en cantidad de publicaciones oficiales. Pero, cuando la reacción burocrática contra Octubre se abrió paso en la pasiva y osificada cúpula de la sociedad soviética, desde un comienzo atacó esta teoría. Es que ella reflejaba más acabadamente que ninguna otra la primera revolución proletaria de la historia y a la vez el carácter incompleto, limitado y parcial de ésta. Así, por oposición, se originó la teoría del socialismo en un solo país, el dogma básico del stalinismo”[5].

Dicha revolución hacia adentro, conllevó a que el proyecto comunista de la URSS se transformara en un proyecto nacional. Balibar diría que: “Habría que asombrarse de que los movimientos racistas contemporáneos hayan dado lugar a formaciones de ‘ejes’ internacionales, lo que Wilhelm Reich llamaba en tono provocador el ‘internacionalismo nacionalista’. Provocador, pero justo, porque para él se trataba de comprender los efectos miméticos de este internacionalismo paradójico y de otro internacionalismo que tendía cada vez más a realizarse como ‘nacionalismo internacionalista’, a medida que, siguiendo el ejemplo de la ‘patria del socialismo’ y alrededor de ella, por debajo de ella, los partidos comunistas se transformaban en ‘partidos nacionales’”[6]. Del internacionalismo se pasó al nacionalismo. El Partido Comunista de la Unión Soviética (PCUS), de ser un partido revolucionario, pasó no sólo a ser un partido nacional, el partido único, sino además, un partido “conservador”. Un partido que decía cómo debían hacerse las cosas. Que planteaba la autodeterminación de los pueblos, pero no la autodeterminación del pueblo. K. Deutsch diría que el proyecto nacional conllevaba la: “integración mínima hasta el consentimiento pasivo ante las órdenes de tal gobierno; integración política más profunda hasta el sostén activo de tal Estado común, pero perpetuando la cohesión”[7]. Vale decir, la construcción y configuración del estado nacional soviético se hizo al amparo de la fuerza. La dictadura del proletariado fue reemplazada por la dictadura de un sujeto.

He ahí la contradicción más profunda de la URSS. El comunismo debía propender a la destrucción del Estado, puesto que en dicha tarea revolucionaria radicaba la destrucción de las clases sociales. En la URSS la contradicción clasista no sólo permaneció, en tanto, se conservó la estructura del aparato estatal, al servicio del proyecto político soviético, sino que, además, emergió una nueva clase social, una suerte de “aristocracia-proletaria”, compuesta por la vanguardia iluminada del PCUS. Estamos frente a lo que en términos orwellianos trasunta en que todos son iguales, pero hay unos que son más iguales que otros. La identidad nacional y la cohesión existieron en la URSS mediante la cooptación.

Dicha contradicción fue esbozada prematuramente por Rosa Luxemburgo cuando señaló que: “¡Sí, dictadura! Pero esta dictadura consiste en la manera de aplicar la democracia, no en su eliminación, en el ataque enérgico y resuelto a los derechos bien atrincherados y las relaciones económicas de la sociedad burguesa, sin lo cual no puede llevarse a cabo una transformación socialista. Pero esta dictadura debe ser el trabajo de la clase y no de una pequeña minoría dirigente que actúa en nombre de la clase; es decir, debe avanzar paso a paso partiendo de la participación activa de las masas; debe estar bajo su influencia directa, sujeta al control de la actividad pública; debe surgir de la educación política creciente de la masa popular”[8]. La dictadura no era el fin, sino el medio por el cual las minorías, los explotados, llegarían al poder.

Esto hace recordar a Anderson cuando plantea que la nación es una “comunidad imaginada”, a lo cual Chaterjee plantea la interrogante: “¿imaginada por quién?”. En este caso, fue imaginada por unos pocos. Demás está decir, que hemos aprendido que el poder no se toma, sino, más bien, se ejerce. Lo que debiese trasuntar en la comprensión y la práctica de que quien aspira a ser “revolucionario” debe serlo hasta el fuero más íntimo de su ser.

Las recetas universales no existen. Y eso es bastante bueno. Si no, estaríamos llorando aún el “fin de la historia”. Todavía podemos imaginar…

Luis Pino Moyano, Lic. en Historia.

En imágenes, desde la izquierda: Stalin, Trotsky, Antonio Gramsci y Rosa Luxemburgo.

En imágenes, desde la izquierda: Stalin, Trotsky, Antonio Gramsci y Rosa Luxemburgo.

[1] Gramsci, Antonio. “La Internacional Comunista”. En L’Ordine Nuovo, 24 de mayo de 1919.

[2] Stalin, Iosiv. El marxismo y la cuestión nacional. Viena, enero de 1913.

[3] Ibídem.

[4] Trotsky, León. Tres concepciones de la Revolución Rusa. Agosto de 1939.

[5] Ibídem.

[6] Balibar, Etienne. “Racismo y nacionalismo. En: Balibar, Etienne y Wallerstein, Immanuel. Raza, nación y clase. Madrid, Lepala, 1991, p. 101.

[7] Citado por: Jaffrelot, Christophe. “Los modelos explicativos del origen de las naciones y del nacionalismo. Revisión crítica”. En: Delannoi, Gil y Taguieff (compiladores). Teorías del nacionalismo. Barcelona, Ediciones Paidós, 1993, p. 211.

[8] Luxemburgo, Rosa. “La Revolución Rusa”Obras Escogidas.

Recordar, conmemorar, un 8 de marzo.

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En un día como hoy, el mercado, esa magna construcción del capitalismo histórico, coopta una fecha que no tiene nada de feliz. No puede ser feliz la opresión y la explotación realizada por seres humanos a otros seres humanos. Explotación que está sustentada en la división del trabajo, que no sólo es de clase, sino también, sexual. Como diría Flora Tristán “el hombre oprimido puede oprimir a otro ser, que es su mujer. Ella es la proletaria del proletariado mismo”. Frente a ese ejercicio de explotación, es que en 1908 40.000 costureras, proletarias, se alzaron ocupando la herramienta política de la huelga. ¿Las razones? Mejores salarios (iguales a los de los hombres), reducción a las horas de trabajo (a 10 horas laborales), mejora en las condiciones higiénicas, capacitación y rechazo al trabajo infantil. ¿El resultado? Como en muchos lugares y en tantos momentos de la historia, recibieron la represión. Represión que terminó en la muerte. El 8 de marzo de 1908, en la ciudad de Nueva York, en la Cotton Textile Factory, 129 trabajadoras mueren quemadas al interior de su lugar de trabajo. Por ende, esto nada tiene que ver con flores, chocolates, ropas, joyas y mercanchifles al por mayor. Este es un momento para recordar y para conmemorar. Se trata de un acto de dignidad eminentemente político.

Por eso reconocemos, en esta hora, a la mujer obrera, aquella que supo de la devaluación de su trabajo, junto a la funcionalización de su útero en pos de (re)producir más mano de obra barata. Reconocemos a aquellas mujeres que desde el espacio privado, en su función de madres, han cobijado, educado, sostenido a sus hijas e hijas. Reconocemos a nuestras compañeras de vida, aquellas con quienes caminamos, como diría Benedetti, “codo a codo”, sabiendo que “somos mucho más que dos”. Reconocemos a todas aquellas mujeres que muy tempranamente, y más allá de cualquier silencio historiográfico y político, comenzaron a preguntarse por la liberación, entendiendo, como Olympe de Gouges en la Revolución Francesa, que como mujeres y ciudadanas tenían el derecho y el deber de subir a la tribuna, de la misma manera en que lo hacían al cadalso. Reconocemos a todas esas mujeres que lucharon por el voto de las mujeres, y con ello, de la posibilidad de participar de las discusiones y decisiones en el espacio público. Reconocemos a las mujeres obreras, a las campesinas, a las pobladoras, a las intelectuales, a las estudiantes, a todas quienes en el siglo pasado soñaron con la revolución socialista, comprometiéndose en las tareas de la liberación de los pobres del campo y la ciudad y que luego de golpes y exilios, se encontraron con la segunda ola del feminismo, dando cuenta de que quien propugna la revolución debe serlo hasta la más ínfima expresión de su vida. Reconocemos a aquellas madres y abuelas, que con una foto de sus esposos, hijos e hijas colgando en el pecho, extendieron el espacio privado y lo llevaron al público, clamando por justicia y libertad. Reconocemos a todas quienes siguen luchando para eliminar, de una vez por todas, la exclusión, las desigualdades de género, el maltrato en todas sus formas, la minusvaloración. Aquellas que siguen anhelando la democracia en el país y en la casa. Democracia que no es como la chata alegría que no sabemos si llegó o no, sino como el goce que transgrede mandatos culturales, prejuicios y sistemas opresivos. Goce que respira la libertad de ser, buscando como diría Gioconda Belli hace sólo unas horas atrás, “romper para siempre / el hielo, las tormentas / y derramar el verde de nuestros brazos y piernas / para abrazarlos / y destetar la historia / que ha querido mordernos”.

Puede parecer raro, para algunas y algunos, que un hombre lea estas palabras, en tanto representante de aquello que se busca romper: el patriarcado. Pero el patriarcado, en tanto la estructura de dominación de más larga duración en la historia de la humanidad, es el resultado de los hombres, pero no de todos los hombres. Es la construcción de los menos, que como ideología se nos vende como mandato cultural, como rol histórico, como lo correcto, como lo natural. Es parte de las ideas de la clase dominante, que se transforma en sentido común y nos conforma. Por ende, se trata de una batalla que también debemos dar, y que no requiere de negaciones que nos lleven a la pusilanimidad. Por el contrario, reconocernos en la explotación de cada humano y humana nos hace pasar de la otredad a la ipseidad. Del otro y la otra que es también un yo. Entendernos y estudiarnos sectorialmente ha conllevado tremendos aportes analíticos y proyectuales. Cómo no agradecer todos aquellos estudios que nos han hablado de, quienes Luis Vitale nominó como, “la mitad invisible de la historia”, de la cual, por sólo citar un ejemplo, el trabajo “Queremos votar en las próximas elecciones” de Edda Gaviola, Ximena Jiles, Lorella Lopresti y Claudia Rojas, es una obra precursora, que a la fecha sigue abriendo caminos. En ese sentido, el estudio de la particularidad nos ha traído mayores luces acerca de la globalidad. Pero la otra desfragmentación, aquella que conlleva a que la lucha de quienes son dominados y dominadas, por coerción o coacción, también sea “sectorial”, parcelada, reporta más dudas que certidumbres. Sobre todo cuando queda tanto por hacer. Elena Caffarena, gran luchadora feminista, cerca de sus cien años diría que “Nuestro objetivo no terminaba en obtener el derecho a concurrir a un acto electoral y manifestar una preferencia. Era también el derecho a ser candidatas, a ser elegidas, a expresar directamente las necesidades de las mujeres, y ampliar la base de la democracia en Chile que estaba reducida, por lo menos, a la mitad […] Sería un desatino no reconocer que hemos avanzado en esta batalla. Pero el riesgo de convertir en monumento a las mujeres que participamos en esta etapa, es creer, equivocadamente, que la tarea está concluida. En las casas y en las calles hay mujeres bastante más interesantes que yo, que están luchando todos los días y que tienen mucho que decir, de aquí para adelante”[*].

Debemos pugnar por luchar hasta derrotar la cultura de la dominación y todo lo que en pos de ella se construye, encontrándonos y caminando en aquello que lírica y bellamente Redolés llamó “Bello Barrio”, el lugar “donde tú vas con tu sueño y la ternura viva en los labios / Porque acá nadie discrimina a los que van con su sueño y la ternura viva en los labios”.

 

El Manzano, Cajón del Maipo, 8 de marzo de 2013.

Luis Pino Moyano

Lic. en Historia.


[*] Pamela Jiles. “Mi abuela cumple cien años”. Punto Final. Nº 593, 14 al 28 de marzo de 2003. Tomado de: http://www.puntofinal.cl/539/miabuela.htm (Revisada en marzo de 2013).

 

El origen de la violencia.

“Quería referirme un poco a la violencia. Porque este mes, compañeros, en la televisión, la violencia aparece con mucho ritmo, con mucha sonajera.

La violencia, rasgan vestiduras porque se quema una micro, pero yo no escuché a esa misma gente rasgar esas mismas vestiduras y gritar cuando se quemó a Rodrigo Rojas, no escuché ese mismo clamor, no escuché eso cuando dejaron a la niña –Carmen Gloria Quintana- quemada entera.

No escuché eso en la televisión, no escuché la misma vehemencia en la defensa del no a la violencia, no escuché eso cuando a los compañeros profesionales –un día como hoy- que fueron secuestrados en el colegio Latinoamericano, en pleno día. No escuché a la televisión diciendo: “¡¿Por qué secuestran a la gente, por Dios, qué está pasando?!”. No. Todos callados. No escuché nada cuando al día siguiente estas personas aparecieron muertas. No solamente muertas, sino ¡de-go-lla-das!

Yo les pregunto ¿De dónde viene la violencia? ¿Quiénes son los violentos? ¿Somos nosotros? ¿O son ellos, los poderosos, los ricos?

¡¿De dónde viene la violencia?!

Cuando la Unidad Popular tocó sus bienes, tocó sus minas, que dicen que el Todopoderoso se las dio a ellos, tocó el mar, tocó la tierra, las fábricas, solamente tocaron cosas, bienes, nunca se mató a ninguno de ellos ¿Qué pasó? ¡Estuvieron 17 años ¡asesinando gente! Haciendo desaparecer gente, quemando a los campesinos en hornos, allá en Lonquén.

¿Quiénes son los violentos? ¿De dónde viene la violencia?

¿Qué cosa más violenta que una persona tenga que vivir con 80 mil pesos, 100 mil pesos, 120 mil pesos en el mes? Y otros, por nombrar los que yo conozco, digamos, los senadores y los diputados, que los escoge la gente que vota -yo no voto porque no creo en el voto-, pero ¿Qué más violencia que esa?

¿Por qué uno tiene que vivir con un poquito, dejar a sus cabros chicos botados, porque tienen que salir los dos, el papá y la mamá a trabajar? ¿Por qué empujan a nuestra gente al consumo de drogas? ¿Por qué empujan a nuestra gente a la delincuencia en las poblaciones? ¡¿Por qué?!

Porque hay una desigualdad impresionante. Aquí están los ricos y los pobres. La clase media, pobre de ella, pero aquí están los ricos y los pobres.

¿Qué más violencia, compañeros, que el asesinato de mis hijos? Eran estudiantes, eran dirigentes, y en ese tiempo, como hoy día también, era muy peligroso ser joven y pensar. Porque lo que ellos quieren es que los jóvenes no piensen, quieren verlos botados, tirados en los pastos, borrachos, con droga, ganándose la plata fácil…

Así quieren vernos, pero los que piensan… son peligrosos.

¿Cómo mataron a mis hijos un 29 de marzo del ’85? A Eduardo salieron con armas de guerra a la calle a buscarlo. ¡Con armas de guerra andaban buscando a los hermanos Vergara! Lo mataron por la espalda inmediatamente de una ráfaga.

Rafael corría más rápido, porque él había entrado a las milicias y tenía más práctica y más ejercicio. Pero el Rafa volvió a donde estaba su hermano y trató de tocarlo. Ahí, los “valientes policías” le dieron una ráfaga a la altura de los glúteos, dejándolo parapléjico, y teniéndolo ya en sus manos, esposado, le pegó un tiro en la cabeza con el cañón afirmado en la nuca.

¡Ese es el principio del 29 de marzo! Un principio violento. ¿Quién empieza la violencia? ¿Quiénes son los violentos en este mundo entero? ¿Quiénes son los que dejan morirse de hambre en África a la gente mientras tienen guardados millones de dólares?

Alguien fue a la casa a decirme que quería limpiar la imagen del 29, porque el 29 de marzo es violento, porque los desmanes, porque la cosa, las bombas y las cuestiones… Mire, compañero, le dije: Yo no me voy a prestar para una cosa así, porque el 29 de marzo ha sido desde el comienzo -desde el asesinato brutal de mis hijos- violento. Y hemos hecho una respuesta violenta porque tenemos derecho a hacerlo.

Si nos pisotean, si nos matan, si hacen lo que quieren con nosotros, tenemos derecho a levantarnos y a defendernos. Y los 29 de marzo han sido todos violentos desde el principio hasta ahora. Y desde ahí que los chiquillos se enfrentan a peñascazos con los pacos. Y es por eso que les molesta, porque si hubiéramos hecho una romería calladitos en una sala, a nadie le hubiera molestado.

A ellos les molesta el desorden y la violencia porque ellos son los dueños del desorden y de la violencia. Nadie más puede hacer eso. Nosotros no tenemos derecho. ¡Nosotros tenemos que morir piola! ¡Callados! ¡Morirnos de hambre callados! Que nuestros hijos se prostituyan y callados. ¡Yo jamás voy a renunciar a la violencia de mis compañeros! De mis amigos, de los muchachos que yo conozco en la población, que durante todos estos años nos han acompañado. Que se han arriesgado, los han tomado presos, les han pegado, han perdido sus trabajos, han perdido el estudio.

Entonces, yo les digo desde mi corazón, los quiero así como son: Rebeldes, violentos. Honestos con ellos mismos. Los quiero porque ellos son los que nos han mantenido vivos a nosotros, todos estos años. Ellos son los que consiguieron que el sistema se fijara en nosotros y dijeran: “Ya, vamos a ver qué se puede hacer” y descubrieron que fue un asesinato, después de veintitantos años –cosa que nosotros sabíamos desde el principio-.

Por Luisa Toledo.

Estas palabras de Luisa Toledo, son un extracto de las que dijo en el Pedagógico este año (2012), y publicadas en El Ciudadano.

De dogmas, hombres nuevos, muerte y martirologio. La relación subterránea marxismo-cristianismo en Chile, 1960-70.

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Autor: Luis Pino Moyano.

Resumen: Esta comunicación presenta las “coincidencias de contenido” entre el  marxismo y el cristianismo en las décadas de 1960-70 en Chile. Dichas coincidencias, que se encuentran en lo subterráneo del discurso dan cuenta de la síntesis dialéctica, en la cual no sólo son superados y negados los elementos de la tesis más débil en términos cualitativos, sino que son  absorbidos por ella, dando continuidad a la contradicción. Centraremos  nuestra mirada en las categorías de hombre nuevo, sacrificio, muerte y  martirologio y en los sujetos históricos Salvador Allende y Miguel  Enríquez.

Palabras clave: Dogma, hombre nuevo, sacrificio, muerte, mártir / martirologio.

Publicación: 2011-12-03.

Tipo: Artículo original.

Formato: PDF.

Fuente: Revista Izquierdas 0718-5049 (2011) Num. 11.

Idioma: Español.

Derechos: De los autores.

Leer desde Revista iZQUIERDAS, pinchando aquí.

La religión que busca no ser opio. La relación cristianismo-marxismo en Chile, 1968-1975.

“La religión que busca no ser opio. La relación cristianismo-marxismo en Chile, 1968-1975”, es la tesis con la que obtuve el grado de Licenciado en Historia con mención en Estudios Culturales de la Universidad Academia de Humanismo Cristiano. Fue aprobada con distinción máxima, nota 7.0, por la profesora guía Cristina Moyano y por el profesor informante Igor Goicovic.

Pongo a disposición de ustedes mi tesis. Agradecería la lectura, comentarios e, inclusive, la difusión. Las únicas condiciones que coloco son: citar siempre su autoría y el lugar desde donde fue tomada y, no obtener ningún rédito comercial a partir de ella.

La forma de citarla es:

Luis Pino Moyano. La religión que busca no ser opio. La relación cristianismo-marxismo en Chile, 1968-1975. Tesis para optar al grado de Licenciado en Historia con mención en Estudios Culturales de la Universidad Academia de Humanismo Cristiano. Santiago, 2011.

Descargar Tesis.

 

Luis Pino Moyano.

Franja política por el NO (Chile, 1988).

Subo este especial realizado por “Teleanálisis” que da cuenta de la lucha política realizada por la “Concertación de Partidos por el No”, sobre todo en su recordada acción propagandística.

 

Y, a modo de Bonus Track, subo cuatro spots de la campaña del Sí (en un sólo vídeo) que parodian algunos elementos de la propaganda opositora, buscando generar miedo en la población. Una buena muestra de lo que significa una “campaña del terror”.

Fernando Ortiz Letelier. Militante comunista, historiador y profesor.

Luis Pino Moyano[1].

 En este profesor nacido en Puerto Montt el año 1922 se puede ver encarnada esa unión forjada al acero entre el académico y el militante, en la cual, si bien es cierto, la tarea de la militancia era la prioritaria, puesto que lo más importante para estos actores, los historiadores marxistas, era llevar a cabo las tareas que condujeran a la toma del poder, el rol intelectual no fue dejado de lado, muy por el contrario, fue ejercido con mucho profesionalismo, lo que podrá verse en los antecedentes biográficos que las siguientes líneas presentarán.

  1. La vida en la que se funden la intelectualidad y la militancia.

Desde Puerto Montt este joven estudiante viajó a Santiago, en 1943, para llevar a cabo sus estudios de Pedagogía en Historia, Geografía y Educación Cívica en el Instituto Pedagógico de la Universidad de Chile, estudios que suspendió por un tiempo debido a la enfermedad y deceso de su padre. Al retomar sus estudios, se graduó de manera brillante, con una tesis titulada: “El Movimiento Obrero en Chile (1891-1919). Antecedentes”[2]. Era el año 1956. En ese mismo año, su maestro, Hernán Ramírez Necochea, publicaba su libro “Historia del Movimiento Obrero en Chile”.

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[1] Licenciado en Historia con mención en Estudios Culturales de la Universidad Academia de Humanismo Cristiano. Este artículo forma parte de una investigación mayor desarrollada por el Núcleo Temático de Investigación: “Desarrollo de la historiografía marxista chilena hasta el golpe militar de 1973”, dirigido por las académicas Ana López Dietz y Paula Raposo Quintana.

[2] Orlando Millas, en su prólogo al libro de Ramírez Necochea, “Origen y formación del Partido Comunista de Chile”, refiere a la obra de Ortiz con el título de “La Cuestión Social en Chile. Antecedentes. 1891-1919”. Millas, Orlando. “El tema y la significación de esta obra”. Ramírez Necochea, Hernán. Origen y formación del Partido Comunista de Chile. Moscú, Editorial Progreso, 1984, p. 5.