Teoría, violencia política y romanticismo revolucionario de la mano en la construcción de poder popular (1965-1974). Algunas reflexiones en torno al Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR).

Miguel y Edgardo.

Resumen del Trabajo: A lo largo de la historia de izquierda chilena se han manifestado una serie de contradicciones y convergencias. En este vivir en tensión, emerge a la escena política el M.I.R. Esta ponencia presentará un análisis, enmarcado en la primera etapa de este partido político (1965-1974), promoviendo una relectura del pensamiento mirista, de su praxis política y, del “fuego vital” que empapaba y empoderaba a estos sujetos revolucionarios. Propongo una lectura del M.I.R. desde una perspectiva política y culturalista, lo que nos permitirá entenderlo, no sólo como un partido de férrea línea ideológica, sino como una comunidad de sujetos “amantes de la vida” que soñaron, trabajaron y lucharon por la construcción de un país mejor.

Esta ponencia fue presentada en la Primera Jornada de Historia de las Izquierdas en Chile, Izquierda y Construcción Democrática el 26 de Agosto de 2008, organizada por la Universidad de Santiago de Chile, el Instituto de Estudios Avanzados USACH, el Instituto de Ciencias Alejandro Lipschutz, la Universidad ARCIS, la Universidad Academia de Humanismo Cristiano y la Universidad Cardenal Silva Henríquez.

 

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Los revolucionarios y la revolución. Una lectura a Salvador Allende.

Luis Pino Moyano[1].

Hablar de Salvador Allende Gossens y de su pensamiento político implica una serie de desafíos. En términos personales, debo hacer presente una serie de cuestiones emocionales. Yo nací casi nueve años después del Golpe Militar de 1973 que impusiera una dictadura asesina en nuestro país. Pero crecí escuchando de Salvador Allende. Recuerdo que muchas veces en la casa de mi abuelo se escuchó el casete, que era la copia de la copia de la copia con algunos discursos de Allende, los bandos militares y al final el “discurso de despedida”, en el cual el Presidente Allende daba a conocer que resistiría hasta el final el ataque artero de los militares. Un discurso en el que se dirige a chilenos y chilenas, a las víctimas de lo que vendría y a los victimarios, inclusive, entre ellos, “los traidores”, algunos mencionados con nombre y apellido. Y, finalmente, el mensaje esperanzador de que “otros hombres” harían la construcción necesaria para volver a caminar por las “anchas alamedas”. Y ahí emana otro de los desafíos. El de la formación académica e historiográfica que invita a diferenciar entre discursividad y acción, lo que trasunta en el reconocimiento de ciertos rasgos “mesiánicos” en la figura de Allende, de la fusión marxismo y romanticismo, de las concepciones modernas, entre otras. Y está el desafío político que se presenta como un camino con bifurcación. Un camino conduce a cuestionar el concepto de revolución y con ello hacer un examen crítico del proceso dirigido por la Unidad Popular entre 1970 y 1973. Aquí nos adentramos al clásico debate entre reforma y revolución, pugna teórica y práctica de las izquierdas en Chile. Y el otro camino, del desafío político, es nuestra manera de mirar hacia el pasado. Tertuliano, un “padre de la iglesia” señalaba que la “sangre de los mártires es la semilla de la iglesia”, cita fácil de parafrasear en el discurso de la izquierda chilena. Nuestro apego a la figura de mártires obnubila nuestra mirada a los errores. Nos hace colocar a los finados en un pedestal y no reconocerlos dentro de su humanidad como si fuesen seres impecables, inerrantes, santos. Un historiador con el cual es difícil de estar de acuerdo, Alfredo Jocelyn-Holt, señaló en el contexto de las conmemoraciones de los cien años de la masacre de Santa María de Iquique que: “lo mejor de la izquierda chilena es cuando lucha y gana batallas posibles. Pero sucede que la izquierda actual está confundida. Su sector blando renuncia a sus luchas de ayer “concertándose”, mientras que su sector duro insiste en estos memoriales auto-justificativos. La izquierda precisa proyectos viables, no lloriqueos ni autotraiciones. Sólo entonces sus víctimas podrán descansar en paz”[2]. Puede sonar duro, pero se da cuenta de algo que nos falta. Evidentemente, mi intención no es llamar al olvido. Creo que debemos mirar constantemente hacia atrás, pero dichos actos de recordación deben estar ligados a una función social y política, que planteándola de cuajo, es la misma que señalara Marx en una de sus más citadas tesis sobre Feuerbach: “los filósofos han interpretado de diversos modos el mundo, pero de lo que se trata es de transformarlo”. No podemos permitir que el dolor nos paralice dejándonos como sujetos escleróticos. Debemos asumir con responsabilidad nuestra tarea intelectual y política, de manera tal que recordando nuestro pasado, tengamos la posibilidad de interpretar nuestro presente y forjar un futuro mejor, entendiendo que “la historia es nuestra y la hacen los pueblos”[3]. Y al entender que es nuestra es que asumo estos desafíos no como limitaciones, puesto que no creo en la neutralidad, sino más bien, como elementos a tener en cuenta, ya sea para afinar o potenciar la mirada.

La ponencia que presento, consiste en un acercamiento teórico a la revolución y como resultado de dicho ejercicio, una lectura al pensamiento de Allende, a partir del análisis discursivo.

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[1] Estudiante de Licenciatura en Historia con mención en Estudios Culturales de la Universidad Academia de Humanismo Cristiano. E-Mail: luispinomoyano@gmail.com

Ponencia presentada en la 2ª Jornada de Estudiantes de Historia de la Universidad Academia de Humanismo Cristiano, “Historia Política y Social de Chile (Siglo XX)”, efectuada los días 29 y 30 de septiembre de 2009.

[2] Jocelyn-Holt, Alfredo. “Iquique a 100 años”. En: Diario La Tercera, Ideas & Debates, Santiago, domingo 23 de diciembre de 2007, p. 4.

[3] Frase tomada del discurso de despedida de Allende, en La Moneda. 11 de septiembre de 1973.